|
Volver al Portal Principal: PLANETA SEDNA
¿Qué causa la agresividad?
El análisis
de la agresividad en los animales revela una serie de condiciones básicas por
las que más o menos todas las especies, pero especialmente las situadas hacia
el extremo más elevado de la escala evolutiva, recurren a infligir heridas y
muerte a otras especies o incluso a miembros de la propia especie.
La conducta de depredación para el propio sustento es la causa más
obvia de la conducta destructivo hacia otras especies.
También instiga violencia la obtención de un territorio que proporcione
las condiciones necesarias para la subsistencia.
En términos generales, estas situaciones se traducen en agresión por
alimento y abrigo en beneficio de la supervivencia.
La agresividad dentro de una misma especie sirve para los mismos fines
en situaciones de escasez de recursos.
Adicionalmente,
la agresión dentro de la especie persigue fines reproductivos, como en las
luchas entre machos por el acceso a hembras sexualmente receptivas.
Este tipo de agresión puede considerarse dirigido a la preservación
de la especie. Generalmente se
acepta, no obstante, que a diferencia de la agresión de la depredación, el
objeto de la agresividad dentro de una especie no es provocar heridas o
muerte, sino inducir a los rivales a ceder en la competencia por los recursos.
¿Y
en el caso de los humanos? ¿Se producen agresiones en las mismas
circunstancias? Algunos estudiosos
sugieren que las condiciones que provocan la agresividad son esencialmente las
mismas para todas las especies y que no hay nada especial en la agresividad de
los humanos. Al fin y al cabo, los
humanos comúnmente matan a otras especies para ali mentarse, entablan guerras
por el control del territorio, infligen heridas y muerte a otras personas para
hacerse con sus objetos de valor y recurren a la violencia para defender lo que
estiman y quieren. A menudo, la
rivalidad sexual también conduce a la brutalidad.
Los humanos, como tantas otras especies, están dispuestos a utilizar la
fuerza para conseguir lo que desean.
Otros
estudiosos creen que estas analogías son insuficientes, y llaman la atención
sobre la evolución del neocórtex humano y sobre el hecho de que nuestra
capacidad mental supera ampliamente la de cualquier otra especie.
La reflexión moral -la capacidad de juzgar lo que es bueno y justo en
cada circunstancia- y el control volitivo en este caso la capacidad de controlar
las acciones propias de acuerdo con nuestra evaluación moral- son los
protagonistas de estas teorías. Quienes
las defienden aceptan la existencia de impulsos agresivos arcaicos, pero creen
que, por regla general, la racionalidad es capaz de controlarlos.
Por consiguiente, sostienen que es poco o nada lo que podemos aprender
indagando en la división entre lo humano y lo animal.
Personalmente,
nú posición es integradora: reconozco tanto nuestra antigua herencia evolutiva
como la comparativamente reciente expansión de nuestras facultades cognitivas.
Se
acepta generalmente que el cerebro evolucionó a partir de un núcleo
reptiliano, envuelto después por el sistema límbico, una serie de estructuras
que apareció con los paleomamíferos y que fueron, a su vez, encapsuladas por
el neocórtex, una estructura originada en los neomamíferos.
A pesar del desarrollo de un neocórtex especialmente grande, nuestro
cerebro ha conservado la estructura tripartita que integra las estructuras
aparecidas con anterioridad durante la evolución. Lo que es más importante, estas estructuras continúan
ejerciendo su influencia sobre todas las conductas vitales de los humanos tal
como lo han hecho durante miles de años.
El
sistema límbico controla todas las emociones humanas, y la amígdala, una de
las partes de este sistema, se ha revelado como la más importante de las
estructuras en el control de la agresividad.
Esta estructura participa en la inspección del entorno en busca de
indicaciones de peligro y, cuando éste se presenta, se encarga de iniciar los
procesos endocrinos que nos ayudan a enfrentamos físicamente al peligro con
eficacia.
Para
enfrentarse a un amenaza inmediata de peligro, un individuo precisa un aporte
instantáneo de energía que le permita realizar acciones vigorosas,
principalmente evitar la amenaza atacando o eludirla retirándose velozmente. La energía necesaria se hace disponible por mediación de la
liberación sistémica de, sobre todo, hormonas adrenales que estimulan el
sistema nervioso simpático gracias sobre todo al aporte de glucosa a los músculos
esqueléticos.
Esta
serie de respuestas define la conocida reacción de ataque/huida, ideal para las
emergencias que pueden ser resueltas con un episodio de acción enérgica.
En términos evolutivos, el mecanismo para este tipo de acción ha hecho
un buen servicio a la especie, pues ha ayudado a los humanos a sobrevivir en
confrontaciones inesperadas con depredadores o con otros humanos hostiles.
La capacidad de alzarse con energía y nervio, con un sentimiento de
fuerza y seguridad para enfrentarse a un reto, de concentrarse únicamente en el
aquí y ahora para enfrentarse a un peligro ha demostrado ser muy adaptativa.
Pero
este valor adaptativo ha quedado comprometido en la sociedad moderna. Por regla general, las amenazas de peligro ya no pueden resolverse
mediante el asalto directo o la huida espontánea. Las consecuencias adversas del gas radón en la vivienda,
por ejemplo, no pueden eliminarse mediante la acción física instantánea, por
mucha energía que el cuerpo acapare para enfrentarse a una aparente emergencia.
Tampoco nos sirven de mucho las estrategias de ataque y huida a la hora
de enfrentamos a problemas como los impuestos o el calentamiento global.
Pero probablemente lo más importante es que la sociedad impone sanciones
para restringir, con penalizaciones, la resolución de los conflictos comunes
por medio de acciones violentas o evasivas.
No es aconsejable que cuando un conductor negligente nos abolla el coche,
lo golpeemos en un ataque de rabia; del mismo modo, cuando alguien debe a su excónyuge
la manutención para los hijos, escapar impulsivamente del país no suele ser
una solución factible. Todos estos
casos de provocación y frustración activan, no obstante, las estructuras
arcaicas del cerebro para iniciar reacciones enérgicas, por mucho que estas
reacciones hayan perdido su utilidad en la mayoría de las situaciones.
Esto a menudo promueve una cólera irresistible y desencadena una acción
violenta que, sin embargo, no sirve para eliminar la causa de la emoción.
Para
comprender las emociones de miedo y cólera conviene reconocer su función
inicial tanto como su más reciente disyunción.
La función inicial era doble: abastecer la energía necesaria para una
acción rápida y enfocar la atención en el aquí y ahora de la acción. Estas dos respuestas, denominadas impulsividad de acción y déficit
cognitivo, todavía caracterizan nuestros ataques de cólera y rabia.
La primera insta a la acción agresiva con independencia de la eventual
utilidad de la acción; la segunda, a causa de la ocupación cognitiva en la
situación inmediata, hace que el individuo descuide las ¡aplicaciones no
inmediatas de su acción. Este
deterioro del control cognitivo, que deja a las personas ciegas a las
consecuencias de sus acciones violentas, incapacita a la persona lo bastante
como para que se considere una forma de demencia temporal mitigante de la
responsabilidad.
La
propensión a cometer actos de violencia destructivo sin duda reside en todos
nosotros. Las amenazas de
perjuicios y envilecimiento incitan reacciones que, a niveles extremos, conducen
irremisiblemente a conductas incontroladas, ¡repulsivas y agresivas. Los residuos de frustraciones inconexas y los desafíos de
la vida diaria a menudo entran en nuestra reacción ante circunstancias específicas.
Puesto que la cólera puede ser alimentada por distintas fuentes de
estimulación, a menudo ocurre que desacuerdos aparentemente sin importancia
acaban degenerando en furia y conflictos violentos.
Hasta
el momento hemos considerado la influencia -en ocasiones disfuncional- de las
estructuras arcaicas del cerebro. Ahora
nos ocuparemos de la influencia de las nuevas estructuras que nos separan de las
otras especies: el neocórtex, con sus poderes de asociación, anticipación e
inferencia.
La
mayoría de los investigadores de la agresión abraza la teoría de que la
racionalidad superior que nos proporciona el neocórtex es el antídoto contra
la violencia y ve en la racionalidad la panacea para todas las bajas
compulsiones humanas. Sin duda la
racionalidad puede impedir las explosiones de cólera, y a menudo lo hace.
Pero incluso un somero aso de los registros de violencia impulsivo y
destructivo muestra que, cuando se trata de prevenir la violencia, a menudo nos
falla la razón.
Lo
que es más importante, la racionalidad no sólo no nos ofrece un antídoto
efectivo contra la violencia, sino que es la causa directa de una nonne proporción
de la violencia perpetrada por unos humanos contra otros.
Es nuestra capacidad de razonar la que nos dice que apoderarse de las
posesiones ajenas por la fuerza y de modo que se minimicen o eviten enteramente
las repercusiones es una fórmula para el éxito.
Es así que nos aprovechamos de nuestra capacidad de anticipación para
tramar estrategias que saquen beneficio de la violencia.
Y esto no sólo pone a cada individuo en riesgo de coaccionar a otros por
medio de la violencia, sino que también inspira la violencia organizada y la
guerra.
La
agresividad humana no recibe únicamente la ayuda de nuestra superior
capacidad de anticipación y de las estrategias que ésta nos permite urdir,
sino que se ve impulsada por lo que algunos consideran la forma más elevada de
racionalidad: el razonamiento moral. Los
conceptos morales de equidad y castigo justo constituyen importantes fuentes de
agresión. Los agravios
comparativos en materia de justicia social que nos sitúan en el extremo más
pobre en recompensas pese a haber invertido esfuerzos comparables son
exasperantes e instigan a la agresión. La
violación de nuestro sentido de la justicia exige represalias.
Si se nos agravia, clamamos venganza.
El deseo de tomar represalias para enmendar entuertos conduce
frecuentemente a conflictos interpersonales.
Las guerras suelen entablarse cuando alguien convence a la población
de que las humillaciones pasadas no pueden dejarse impunes.
En ocasiones, incluso la consumación de la más vil de las atrocidades
se interpreta y defiende como un mandato moral, generalmente por referencia a
una autoridad divina.
Así
pues, el mismo neocórtex que nos permite reconocer las lacras sociales y los
peligros globales de la violencia nos proporciona razones y vías de agresión
nuevas y exclusivamente humanas. Tanto
la meticulosamente razonada concepción de estrategias de agresión eficaz
como la justificación moral de la agresión son aspectos que no se encuentran
en ninguna otra especie. Estos
motivos para la agresión nos separan del resto de los animales.
Al mismo tiempo, no obstante, compartimos todavía con los primates y
otras especies los motivos para la agresión que residen en las estructuras
arcaicas de nuestro cerebro trino.
DOLF
ZILLMANN
Profesor
distinguido de la cátedra Burnum de Psicología y Ciencias de la Inforinación
en la Universidad de Alabama
|
|