Mientras los griegos trabajaban las ideas que más tarde formarían la plataforma
de lanzamiento para el desarrollo de la ciencia moderna, una gran civilización
florecía en China, 10.000 kilómetros/6.000 millas más al este. Los griegos
apenas la conocieron; de haber sabido algo más de ella, la valoración de su
propia inteligencia hubiera sufrido
una conmoción. En astronomía, literatura, pintura y alfarería, en tecnología
militar y administración pública, los logros chinos igualaron a los griegos. En
la fundición de hierro, ingeniería civil y agricultura, estaban muy por delante
de ellos. En terrenos como la fabricación de seda y la caligrafía, ya habían
perfeccionado artes y manufacturas de las que sus contemporáneos occidentales no
tenían ni idea.
Si
los filósofos griegos del siglo I a. C. hubieran podido ser transportados a
China, se habrían asombrado al descubrir su nivel tecnológico: arados con partes
completamente
hechas de hierro, perforaciones profundas en busca de salmuera o
gas natural, fabricación de acero a partir del hierro colado, producción en masa
de ballestas y arneses, que permitían a los caballos arrastrar cargas
extraordinarias. Sin embargo, se habrían sentido desconcertados por la
ausencia
de toda clase de especulación científica, que para ellos significaba el pan y la
sal de la vida. Y seguro que se hubieran sorprendido del poco progreso en
algunos campos —por ejemplo, la geometría—, puntos centrales en su pensamiento.
Pero no les hubiera cabido ninguna duda de que se encontraban en presencia de
una gran civilización.
Un
gran científico chino: Zhang
Heng (o Chang Heng) fue un ejemplo del tipo de científicos que era capaz de
producir la antigua China. Nacido en Nanyang, en la China central, en el año 78
d. C., fue uno de esos genios increíblemente dotados que hacían que los comunes
mortales se sintieran como si pertenecieran a una especie diferente. La amplitud
de su talento nos trae a la mente a Leonardo da Vinci; pero, como científico,
Zhang Heng era claramente superior a Leonardo. Fue uno de los cuatro grandes
pintores de su época, y produjo 20 famosas obras literarias. Y por encima de
todo fue un astrónomo. Ejerció como astrónomo real bajo la dinastía Han, en el
siglo u d. C., y trazó uno de los primeros grandes mapas estelares, rivalizando
únicamente con el que creó Hiparco en el año 129 a. C., desconocido para Zhang.
En este mapa situó las posiciones exactas de 2.500 estrellas y bautizó unas 320.
Estimó que el cielo nocturno, del que sólo podía ver una parte, contenía 11.500
estrellas. Era un poco exagerado, incluso para un observador con buena vista,
pero no fue una mala estimación. Explicó los eclipses lunares correctamente,
argumentando que se producían cuando la Luna atravesaba la sombra de la Tierra,
e imaginó la Tierra como una pequeña esfera suspendida en el espacio, rodeada
por un inmenso y lejanísimo cielo esférico. Zhang Heng también fue un gran
matemático, y mejoró anteriores estimaciones del valor de pi (la proporción de
la circunferencia de un círculo con su diámetro) dándole un valor de 3,162 en
vez de 3, lo que lo acercó al 3,142 aceptado hoy día.
El
trabajo más famoso de Zhang Heng fue un detector de terremotos, que perfeccionó
en el año 132 d. C., mil setecientos años antes del primer sismógrafo europeo.
Zhang asombró a la corte imperial con este dispositivo, que podía detectar
terremotos tan distantes que nadie cercano lo sentía siquiera.
Tenía forma de
jarrón de bronce, al que se pegaron varias cabezas en bronce de dragones, cada
una con una pelota también de bronce en su boca; alrededor del pie tenía varios
sapos de bronce con las bocas abiertas. Si la máquina detectaba un temblor de
tierra, una bola de bronce se soltaba automáticamente y caía en la boca de uno
de los sapos.
La posición del sapo en cuestión indicaba la dirección de la que
procedía el temblor. En una famosa ocasión, una bola cayó sin que se observara
un temblor perceptible; pero varios días después llegó un mensajero con noticias
de un terremoto en Kansu, a 600 kilómetros/400 millas de la corte y en la
dirección indicada por la máquina.
A
pesar de la brillantez de sus creaciones, es erróneo acreditar a Zhang Heng con
la invención del sismógrafo. Su máquina detectaba los terremotos, pero no los
media.
Calculando el número pi: El
número pi, que Zhang calculó en 3,162, no puede expresarse exactamente en
términos numéricos, ni como fracción común ni como decimal. No importa cuántos
dígitos se utilicen, la respuesta sólo puede ser aproximada. Un valor de 3, 1416
es lo bastante exacto como para que la mayoría de la gente pueda utilizarlo para
propósitos prácticos. Antes de los ordenadores, el mayor número de decimales que
alguien había sido capaz de calcular sin cometer errores era de 528. No
obstante, en 2002, un equipo japonés logró calcular 1,24 billones de decimales.
Y, aún así, sigue siendo únicamente una aproximación.
(Ver: Numero Pi)
Los
éxitos logrados por Zhang Heng, sobre todo en el campo de la ciencia,
constituyen un fiel reflejo de la sabiduría y la laboriosidad del pueblo chino,
así como una clara muestra del nivel científico alcanzado por China en la
antigüedad. En reconocimiento a sus extraordinarias contribuciones al desarrollo
mundial de la ciencia, en 1970 la Unión Astronómica Internacional (UAI) bautizó
con su nombre un cráter lunar; en 1977, el Centro de Planetas Menoresde la UAI
acordó denominar Estrella de Zhang Heng al planeta menor No. 1802; y en el 2003,
en la víspera del 1925° aniversario de su nacimiento, el planeta menor No. 9092
pasó a llamarse Estrella del Distrito Nanyang, tierra natal de Zhang Heng.