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HISTORIA DE LA SOCIEDAD CIENTÍFICA ARGENTINA:
LAS ETAPAS Y SUS HOMBRES

La historia de la Sociedad Científica Argentina abarca 130 de los 192 años de historia argentina posteriores a la Revolución de Mayo. Es innecesario, por lo tanto, señalar que ha acompañado al país a lo largo de sus épocas más prósperas y de muchas de sus crisis más graves, pero lo singular de esta institución es que lo ha hecho sin perder su rumbo, sin contaminarse con las modas intelectuales ni con las caídas morales. Aquí está, con la experiencia de los años, la memoria enriquecida por éxitos y sinsabores, pero intacta su fe en la razón, en la ciencia, en el progreso y en la libertad e intacta su vocación filantrópica de servicio a la sociedad.

Para explicar la trayectoria de esta Sociedad, podríamos señalar una sucesión de etapas o períodos, cada uno de ellos con continuidades pero también con particularidades.

Entre la fundación de la entidad y el año 1880, bajo el impulso del proyecto modernizador de Sarmiento y de su política científica, cultural e industrial, continuada por Avellaneda, tienen especial protagonismo personalidades como Estanislao Zeballos, Luis Huergo2, Germán Burmeister y Florentino Ameghino.

Es la etapa fundacional, durante la cual la Sociedad se organiza, pero además emprende audaces exploraciones, visita fábricas y talleres del despertar de la industria argentina, promueve y estudia inventos y desarrollos técnicos innovadores y organiza una primera Exposición Industrial que dio origen a la fundación de aquel Club Industrial que es hoy la Unión Industrial Argentina.

En 1875 la Sociedad inicia sus Campañas Científicas en el territorio nacional auspiciando y solventando la expedición de Francisco P. Moreno al Nahuel Huapi. Al año siguiente se realiza otra excursión científica, esta vez al Río Lujan y en 1877 es Ramón Lista quien se interna en la Patagonia, En 1879 por iniciativa de Zeballos se crea en la Científica el Instituto Geográfico Argentino.

Podemos establecer un segundo período de desarrollo institucional entre 1880 y 1898, años en que la figura política más importante de la Argentina era el presidente Julio A. Roca, cuyo vice-presidente, Norberto Quirno Costa, era miembro de la Sociedad. Es la época en que el país se inserta notablemente en la economía mundial y tiene presencia en Europa a través de presentaciones llamativas como el Pabellón Argentino en la Exposición de París de 1889, en la cual Anales recibió una medalla de plata.

Época dominada por el positivismo, en la cual fueron miembros destacados de la Científica ingenieros como Francisco Tamburini -proyectista del Teatro Colón- y Valentín Balbín -reconocido matemático-. La Sociedad, fundada hacía poco por un conjunto de estudiantes, había crecido en cantidad de adherentes, reunía afiguras de gran prestigio, había establecido una red importante de relaciones internacionales, poseía una biblioteca de gran interés y desde 1894 tenía un inmueble propio en la calle Virrey Cevallos 269, en donde permaneció por más de tres décadas.

La Científica es el epicentro de los debates en relación con la ingeniería, la industria y la implantación de los sistemas de organización propios de un país moderno en tiempos de la segunda faz de la revolución industrial.

En Anales se publican artículos de Cristóbal Giagnoni sobre el dique San Roque y sobre ferrocarriles, de Juan A. Buschiazzo sobre arquitectura, de Otto Nordenskjold sobre exploraciones, deGermán Burmeistery Carlos Berg sobre ciencias naturales. Si bien el vértigo constructivo de la Generación del Ochenta privilegia la eficacia sobre la reflexión, en medio del torbellino la Científica no ha dejado de ser un ámbito de debate y de investigación: por estos años integran la comisión redactara de Anales personalidades como Eduardo Holmberg y Ángel Gallardo, cuya sola mención es suficiente para probar el pluralismo y la hospitalidad de la entidad que alberga por igual a quienes pensaban distinto sobre la naturaleza y su evolución.

Un tercer período puede ubicarse entre 1898 y el año del Centenario, 1910. Es un momento de gran expansión de la Sociedad, que se ramifica por el interior y es también una época de crecimiento y especialización. Las páginas de Anales registran la actividad de Otto Krau-se, preocupado por la educación industrial, de Florentino Ameghino, cuyo alto magisterio ha alcanzado dimensiones filosóficas, de Juan B. Ambrosetti y Samuel Lafone Que,'edo, que han dilatado el horizonte científico extendiéndolo a los campos de la arqueología y la etnografía precolombinas.

Hasta Bartolomé Mitre, fiel lector y coleccionista de Anales, publica en sus páginas un artículo sobre lingüística precolombina. Además, aparecen artículos de Martín Doello Jurado sobre biología, de Ángel Gallardo sobre las relaciones entre biología y matemática, de Enrique Hermitte sobre combustibles, de Jorge New-bery sobre electricidad y telefonía y una gran variedad de ensayos y memorias sobre otros temas que prueban la riqueza y profundidad del movimiento científico argentino en aquellos años en que el país se contaba entre las naciones más avanzadas, por su cultura, su espíritu de iniciativa y su profunda y vigorosa seriedad.

Valga como ejemplo el hecho de que en 1902, Luis María Drago, ministro de Relaciones Exteriores y socio de la Científica, lanzó su doctrina universal-mente adoptada de que "la deuda pública no puede dar lugar a la intervención armada", y que en 1904, cuando la misión escocesa decidió abandonar la estación científica de las Islas Oreadas del Sur, la República Argentina se hizo cargo de ella, manteniéndola desde entonces como bastión de paz al servicio de la ciencia.

En 1898, siendo presidente de la institución Ángel Gallardo y habiendo cumplido la Sociedad Científica Argentina sus bodas de plata, se organizó un Congreso Científico Latinoamericano que reunió a más de 400 personas. Allí fue presentado el primer aparato de Rayos X desarrollado -o adaptado- en el país, apenas tres años después del descubrimiento de Roentgen. Las ponencias presentadas ocupan dos mil páginas de texto que fueron editadas en cinco volúmenes.
En 1910 el gobierno nacional encomendó a la entidad la organización de un Congreso Científico Internacional Americano, en coincidencia con las grandes celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo. Esta vez fueron mil qui-
nientos los asistentes y más de quinientas las ponencias presentadas, abarcando temas tan diversos como matemática, química, geología, antropología, biología o psicología y ciencias jurídicas y sociales. Ya en campo científico había desbordado a la ingeniería y a la física positivistas.
En ese mismo año, más allá de los fastos, la Científica prosiguió sus campañas en el territorio nacional, llevando a Pedro Uhart a la Laguna de Ibera.

PRIMEROS TIEMPOS DE GRANDES EMPRENDIMIENTOS
Una cuarta etapa es la que abarca los años que van desde 1910 hasta 1925. La Argentina era un país educado y próspero y, durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear había estrechado lazos de amistad con todas las potencias progresistas, pero más aún se habían afianzado los lazos entre los hombres y mujeres cultos del país con sus pares del resto del mundo. Cuando en 1925 Albert Einstein visitó la Argentina, la Sociedad Científica escuchó sus palabras en el salón de la calle Virrey Cevallos.

También en su sede nacieron muchas otras instituciones, como el Museo Social Argentino, dedicado a las humanidades. Y esta dilación del horizonte científico se comprueba también en las páginas de Ana/es, en donde aparecen por igual artículos de Cristóbal M. Hicken sobre Botánica, otros de Nicolás Besio Moreno sobre "Agustín Álvarez, sus doctrinas éticas y de igualdad" o sobre "Historia de la navegación aérea desde los tiempos más remotos hasta los primeros viajes aéreos dirigidos", textos de Ángel M. Zuloaga sobre "proyecto de travesía aérea del Atlántico Sur" o de Horacio Damianovich sobre termodinámica.

Pero, sobre todo, por esos años la Argentina pudo echar, por primera vez una mirada hacia la propia historia. Introspección e investigación que también emprendió la Científica al llegar a sus bodas de oro, iniciando la publicación de una serie de trabajos acerca del desarrollo en la Argentina de diversas actividades científicas en el lapso de su primer medio siglo (1872-1922). Desde entonces la colección "Evolución de las Ciencias en la República Argentina" es editada por la entidad cada 50 años. Su primer balance abarca ocho volúmenes.

Pero la perspectiva de los años no significó una pérdida de actualidad: la institución prosiguió reuniendo a los hombres y mujeres ras activos y estudiosos de cada generación. En 1918, al aplicarse la Reforma Universitaria en Buenos Aires, la mayor parte de los interventores designados para reorganizar las facultades eran miembros de la Sociedad Científica Argentina.

Tan destacada y potente era la presencia de la institución en aquellos años y tan reconocida era en el país y en el exterior que, entre 1925 y 1943 (entrando en su quinta etapa) pudo acometer grandes emprendimientos. Uno de ellos fue la construcción del monumental edificio de la avenida Santa Fe. El terreno, una fracción remanente de los ensanches de la avenida, fue cedido con cargo por la municipalidad. A lo largo de varios años un subsidio otorgado por el Congreso Nacional se sumó al esfuerzo de la Sociedad para levantar el edificio cuyo diseño de 1926 se debe al socio ingeniero y arquitecto Osear Schoó Lastra. La obra se terminó con notable calidad, en 1933.


Portada de Anales, la revista de divulgación editada por la Sociedad.
Allí se publican para su difusión los avances y las novedades científicas.

Fuente Consultada: Revista Todo Es Historia N°425 Nota de José Babini

Primer Astrónomo Criollos Las  Cirugías Antiguas Los Cereales 10 Estudios Médicos

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