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EL PAPADO EN PROVENCE
Este
prelado llamado Pierre Roger de Beaufort, fue monje
benedictino y arzobispo de Ruán, antes de sumo pontífice. Fue uno de los papas
que se exilaron en Avignon (Provence, Francia), ciudad circundada por hermosos
paisajes, ornada con bellísimos jardines, poseedora de pequeñas y mágicas
callejuelas, torres encantadoras, una hermosa catedral gótica y el famoso puente
de St. Benezet (más conocido como “de Avignon”) sobre el cual, según la popular
canción, “todos bailan”.
¿Serían los papas los que bailaban sobre él? Parte de
la historia católica oficial denomina al período en que los papas se exiliaron y
establecieron en Avignon como “Cautividad del papado”. Pero lo cierto es que, si
vivir en ese lugar y de la manera en que lo hicieron los papas es estar cautivo,
más de un ser humano libre sería capaz de vender su alma por sufrir una prisión
como la que los máximos representantes de Dios en la Tierra debieron soportar en
la ciudad francesa.
Pero
Clemente VI no fue quien inauguró el exilio. Anteriormente varios papas (por
ejemplo, Juan XXII y Benedicto XII) y luego otros (Urbano V y Gregorio XI, entre
otros) juzgarían a Roma demasiado maloliente (no era para menos, con la cantidad
de cadáveres que nadaban por el Tíber) y a los italianos muy poco refinados y se
refugiarían en este país francés, donde la naturaleza había sido pródiga a la
hora de ofrecer un paisaje maravilloso y otorgar un ambiente fragante. X
Clemente VI estaba dispuesto y gustoso ante la idea de formar parte de esa
tradición tan refinada. De hecho, según la historia. parece ser que, de todos
los papas que moraron en la paradisíaca ciudad, fue quien mejor la aprovechó.
Solía bromear diciendo: “Antes de mí, nadie tenía idea de cómo ser papa”.
Clemente amaba el gozo: pero no el que se desprende de la vida contemplativa,
justamente, O, tal vez, sí: todo depende de que se suponga qué se debe
contemplar en una vida con esas características.
Él,
en efecto contemplaba: contemplaba todo aquello que había hecho traer desde
distintas regiones del globo hasta su palacio.
Contemplaba sus tejidos de oro
provenientes de Medio Oriente, contemplaba sus hermosos tapices venidos de
España y Flandes, contemplaba las sedas de Toscana, contemplaba su vajilla de
oro y plata. Y contemplaba (y algo más) a las mujeres. Fruto de ello fue una
dolencia diagnosticada oficialmente como renal pero que, todos en la permisiva
Avignon lo sabían y lo perdonaban, había sido adquirida entre sábanas, también
por demás lujosas.
Seguramente, la tan molesta enfermedad de los riñones había sido contraída en su
nido de amor predilecto: un acogedor e lntimamente romántico cuartito en la
torre de su castillo (el palacio de los papas, construido sobre el Ródano a lo
largo de tres décadas) siempre aromatizado con los más selectos perfumes
franceses y con un doble diván que, al parecer, resultaba óptimo para las
incursiones eróticas del hedonista prelado.
En 1348 decidió no reparar en gastos
y, sencillamente, compró la ciudad de Avignon. ¿Quiere decir esto que su
felicidad era completa? De ninguna manera. Su espíritu delicado, su refinado
modo de vivir se vio, a partir de un momento, peligrosamente amenazado.
Recordemos que, aún en medio del plácido paraíso provenzal, Clemente VI llevaba
a cabo su papado en tiempos en que la Inquisición apresaba, torturaba y quemaba
gente. Y, en un momento dado, el Santo Oficio reclamó que parte de su palacio le
fuera cedido para oficiar a modo de cámara de torturas.
En
esos días, los sensibles oídos del papa que nos ocupa, acostumbrados a escuchar
las dulzuras de la mejor música, las lisonjas de sus súbditos y las voces y
suspiros de sus múltiples amantes, debieron oír, seguramente, desagradables
gritos y ruegos provenientes de la sala de suplicios, sonidos todos que
ensombrecían la agradable y lujosa placidez de su estancia a la que estaba tan
acostumbrado, tal como describimos al inicio del presente capítulo. Sin embargo,
en una vida tan alejada de los preceptos cristianos, una virtud se le debe
reconocer: no cayó en la avaricia. Permitió, por ejemplo, que algunos de sus
cardenales tuvieran más de cuatrocientas mansiones y, según las crónicas,
tampoco era mezquino con el placer y permitía que todos en su Avignon
disfrutaran de los goces terrenales.
Por
supuesto, no faltaron malintencionadas voces que apodaron a la encantadora
ciudad francesa con el desagradable mote de “la Nueva Babilonia”. Petrarca, el
famoso poeta humanista del Renacimiento, describiría (de forma anónima, para no
ser llevado a la hoguera) la corte papal de Avignon con las siguientes palabras:
“La vergüenza de la humanidad, un vertedero del vicio, cloaca que recogía todas
las inmundicias del universo. Su Dios era vilipendiado, sólo se reverenciaba el
dinero y las leyes divinas y humanas son pisoteadas. Por todos lados se respira
la mentira: en el aire, en la tierra, en las casas y, sobre todo, en los
dormitorios”. |