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El Club del Progreso
La fusión de las grandes familias porteñas unitarias y federales, al
día siguiente de Caseros, con el objeto de defender ¡os intereses
porteños, debía concretarse en una institución en donde pudieran
volver a confraternizar los que hasta ayer no más eran enemigos.
Esta institución fue el Club del Progreso, fundada a pocos días de
la caída de Rosas, el 25 de marzo de 1852.
Los objetivos políticos de unificar a
la oligarquía porteña están claramente explícitos en
una carta que el presidente del Club, Diego de Alvear, envía a
Mariano Várela, director del diario La Tribuna. Allí dice,
refiriéndose a la fundación del Club: "Era pues necesario destruir
los efectos de ese gobierno maquiavélico, y nada podría mejor
llenar ese objeto importante que la creación de una sociedad donde
todos pudiésemos, libre y recíprocamente, cambiar nuestras ideas y
sentimientos.
Allí se han reanudado, mi querido amigo, relaciones de
partido, de amistad y aun de parentesco; que se habían hecho casi
extrañas durante la Dictadura. Allí empezó a verificarse la única
fusión honorable y útil que reclamaba nuestro país: no la fusión de
los caracteres honrados con los perversos; no la fusión de los
hombres de opiniones erróneas con los famosos criminales, sino ¡a
fusión de los que, sirviendo a la Dictadura, no envilecieron su
nombre con la exageración de pasiones innobles, con los que habían
tenido la fortuna de salvar sus convicciones y su fama fuera del
látigo abrumador de la tiranía".
En el primer acto público del Club del Progreso, un banquete
realizado el 25 de mayo de 1852 en su sede de Perú 135, el ministro
José B. Gorostiaga, para dejar bien asentados los objetivos políticos del Club,
exclamó en su brindis: "Por la fraternidad de los dos grandes
partidos políticos que 'han dividido la República Argentina, por su
reunión para trabajar ayudados por los extranjeros al mayor bien y
prosperidad de la Patria".
Por su parte, en el estatuto del Club
se reconocían como sus fundamentos "desenvolver el espíritu de
asociación, completamente extinguido entonces, con la reunión diaria
de los caballeros más respetables, tanto nacionales como
extranjeros; borrar prevenciones infundadas, creadas por el
aislamiento y la desconfianza, uniformando en lo posible las
opiniones políticas".
No obstante, ciertos resquemores entre
unitarios y federales hicieron que estos últimos poco después
fundaran el Club de! Plata, cuyo primer presidente fue Bernardo de
Irigoyen, pero que nunca pudo llegar a alcanzar el prestigio del
Club del Progreso.
El carácter de clan porteño contra el resto del país que tuvo en sus
comienzos e! Club se muestra en el hecho de que el gobernador de la
provincia de Buenos Aires y sus ministros de Estado fueron
considerados miembros honorarios, en tanto que
Justo José de Urquiza
tuvo que someterse a la votación de los demás socios para ser
admitido.
En el discurso conmemorando los 50 años de su existencia,
el 1° de mayo de 1902, el doctor Roque Sáenz Peña denunció este
carácter porteñista del Club: "El Club del Progreso, señores, como
factor político, complementario de la acción de Caseros, desconoció
la amplitud de su misión y confundió la ruta clara de una política
expansiva y esencialmente argentina; en otras palabras, fue
exclusivista y fue porteño".
El carácter restringido del Club lo
muestra el hecho de que en 1857 el número de socios no pasaba los
doscientos sesenta y cinco, y en 1896 no llegaba a mil
cuatrocientos. En ese reducido número de socios se encontraba, no
obstante, lo más granado de la oligarquía porteña: entre sus socios
estaban Bartolomé Mitre, Julio A. Roca, Domingo F. Sarmiento, Marcos
Avellaneda, Leandro Alem, Adolfo Alsina, José, Marcos y Carlos Paz,
Carlos Pellegrini, Lucio V. Mansilia, Dalmacio Vélez Sárs-field,
Victorino de la Plaza, Roque y
Luis Sáenz Peña, Diego de Alvear, Nicolás, Tomás y Juan Anchorena,
Otto Bemberg, Miguel Cañé, Vicente Casares, Emilio Castro, Nicolás
Calvo, Mariano Drago, Rufino de Elizalde, Juan Agustín García,
Tomás Guido, José Mármol, Pastor Obligado, Vicente Quesada, Miguel Riglos, Marcelino Ugarte, etcétera.
Cumplido o no su primer objetivo
de fusionar a los dos partidos políticos, el Club sirvió en los años
sucesivos como factor aglutinante de la oligarquía porteña. En sus
salones exclusivos los distintos miembros de la clase alta se
conocían entre sí, entremezclando sus intereses mediante relaciones
amistosas o sentimentales.
El Club siguió por muchos años su carrera
triunfal: de la modesta sede inicial de Perú 135 pasó en 1857 al
edificio renacentista de la esquina de Perú y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), que acaba de ser demolido. En 1900 el Club se encuentra
en su apogeo; es entonces cuando inaugura su palacio de la avenida
de Mayo 633. Su decadencia comienza con el auge del Jockey Club.
Entonces el Club del Progreso debe abandonar su suntuoso palacio de
la Avenida de Mayo para reducirse a un edificio más modesto, en
Sarmiento 1300, donde sobrevive hasta la actualidad.
Lucio V. López, en La gran Aldea, nos ha dejado una descripción del
Club del Progreso en su momento de mayor esplendor: "¿Quién no
conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por cierto la
entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una maravilla de
arquitectura. Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido
nunca de Buenos Aires, o para el joven provinciano que recién llega
de su provincia, el Club es, o era en otro tiempo, algo como una
mansión sonada cuya crónica está llena de prestigiosos romances y en
el cual no es dado penetrar a todos los mortales. "Es en un baile
del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas treinta
años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus primeras
armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52 fundó
ese centro de buen tono, esencialmente criollo, que no ha tenido
nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el chic de
uno de los clubs de París.
Sin embargo, ser del Club del Progreso,
aun allá por
el año 70, era chic, como era cursi ser del Club del Plata, con
perdón previo de sus socios. "La entrada era cosa ardua: no entraba
cualquiera; era necesario ser crema batida de la mejor burguesía
social y política para hollar las mullidas alfombras del gran salón
o sentarse a jugar un partido de whist en el clásico salón de los
retratos que ocupa al frente de la calle Victoria.
"En esta última
sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido .empapelada cien
veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido
cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido
una generación de la cual van quedando muy pocos representantes.
Allí ha mordido la maledicencia urbana a los jugadores
trasnochadores, a los maridos calaveras, a la juventud disoluta y
disipada, y cada mordisco de mamá indignada ha hecho los estragos de
la viruela en el retrato moral de las víctimas...
El Club del
Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que han
estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil
que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez;
¡y a mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de
los hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores hacen
una mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la
libertad del sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una
reina jaqueada por la chusma de los peones sobrevivientes!"'
Durante su período de apogeo el Club del Progreso fue el telón de
fondo de los principales sucesos políticos. En sus salones se tramó
la revolución de 1874. Allí se refugió el coche de Cambaceres y
Victorino de la Plaza cuando se intentó el asesinato de Roca, en
1879. En sus puertas se mató, en el interior de un coche, el 1? de
abril de 1896, Leandro Alem.
En un papel que se encontró entre sus
ropas explicó la causa de haber elegido morir en plena calle frente
al Club del Progreso: "Quiero que mi cuerpo sea recibido por manos
amigas". La mesa donde fue depositado el cadáver se conservó como
una reliquia del Club.
Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli - La Historia Popular Tomo 15 - Vidas
y Milagros de Nuestro Pueblo |