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Desde
los primeros días del homo habilis hasta el 4000 a. J.C. mas o menos , los
útiles y las armas estaban hechas de piedra, madera o hueso. La piedra es el mas
duradero de esos materiales, y el más apropiado para que perdure como prueba de
la actividad humana en el remoto pasado.
Como consecuencia de ello, este largo
período se conoce como Edad de Piedra, un concepto empleado por vez primera por
el poeta romano Tito Lucrecio Caro (95-55 a. J.C.), y reintroducido por el
arqueólogo danés Christian Jürgensen Thomsen (1788-1865) en 1834.
La
Edad de Piedra se divide en Paleolítico, Mesolítico y Neolítico (de las palabras
latinas que significan «Piedra Antigua», ((Piedra Media» y ((Piedra Nueva»,
respectivamente), periodización basada en las técnicas cada vez más avanzadas de
trabajar la piedra.
Pero
de forma ocasional, las gentes de la Edad de Piedra debieron hallar guijarros
que no eran como los demás guijarros. Ante todo, esas piedras de forma extraña
halladas por azar eran brillantes y más pesadas que las demás de su tamaño. Si
se golpeaban con un mazo de piedra, no se partían o se disgregaban, sino que se
deformaban.
Esas
piedras eran en realidad metales. Se conocen docenas de metales, pero la mayoría
se encuentran combinados con sustancias no metálicas, y el resultado son
sustancias pétreas. Tan sólo los metales inertes y que tienden a no combinarse
con otras sustancias pueden hallarse en estado libre. Los tres metales inertes
más fáciles de encontrar en estado libre son más bien raros. Se trata del cobre,
la plata y el oro. Su rareza la demuestra el hecho de que la propia palabra
metal procede de un término griego que significa "buscar".
Los
seres humanos ya trataban los nódulos metálicos en el 5000 a. J.C. o incluso
antes. Por su peculiar brillo y porque, batiéndolos, podían adoptar formas
interesantes, al principio se usaron casi exclusivamente como adornos.
El oro era el metal más buscado, porque presentaba el color más hermoso (un amarillo
reluciente) y era el más pesado y el más inerte. En efecto, con el transcurso
del tiempo no se altera. La plata, de un amarillo muy pálido, tiende a
ennegrecerse a la larga, y el rojizo cobre puede volverse verde. (Cobre deriva
de Chipre, la isla donde primitivamente se obtenía este metal.)
Los
metales se hicieron lo bastante comunes para ser usados con otros fines, cuando
los seres humanos descubrieron que pueden conseguirse de unas rocas especiales
llamadas menas. De éstas, la primera identificada fue la de cobre. El cobre, en
efecto, se combina con oxígeno, carbono o con ambos en ciertas menas, y hacia el
4000 a. J.C. se descubrió que de ellas puede obtenerse cobre en estado puro.
Al
principio, sin duda, aquel proceso fue accidental, a resultas de un voraz
incendio forestal declarado sobre una mena de cobre. Al calor del fuego, el
carbono de la madera y de la mena se combinarían con el oxígeno de la segunda
para formar dióxido de carbono, un gas que al dispersarse dejaría tras de sí el
metal.
Alguna persona observadora pudo descubrir los nódulos rojizos entre el rescoldo,
se comprenderían las circunstancias que rodean el fenómeno, se buscarían las
menas y se prendería deliberadamente el fuego. De este modo fue posible la
metalurgia u obtención de metales a partir de sus menas.
Los
adornos de cobre se hicieron más comunes en adelante, pero ese metal no podía
utilizarse en la manufactura de herramientas, en contra de lo que pudiera
creerse. Después de todo, una piedra afilada se embota con el uso, y sólo puede
volverse afilar mediante un proceso laborioso. En cambio, si una pieza de metal
con el canto cortante se embota, se puede volver a afilar sencillamente por
percusión. No obstante el cobre se desgastaba con excesiva facilidad y no podía
batirse cada vez, después de usarlo en tareas de menos importancia.
EL COBRE: El cobre fue, por ser muy maleable,
el primer metal utilizado por el hombre. Quizás le haya parecido una clase
superior de piedra, porque puede ser doblado, modelado y reducido a láminas.
Además, si se lo somete a la acción del calor, se licúa y adquiere la forma del
recipiente o molde donde es volcado. Al enfriarse, retiene esa forma y se vuelve
tan duro como la piedra. De esta manera, el cobre presentó mayores ventajas que
la piedra; una herramienta de cobre puede volverse a afilar y, si se rompe,
puede fundirse de nuevo. Más tarde, el cobre fue fundido con el estaño y el
hombre consiguió el bronce. Lo utilizó sobre todo para la fabricación de
cuchillos, espadas y puñales. Por último, al trabajar el hierro, los hombres
pudieron desmontar selvas, combatir animales peligrosos, construir
embarcaciones, edificar ciudades.
Hace
6000 años, trabajar el metal era una tarea muy laboriosa. Para reducir el cobre,
se ponían los trozos del mineral en un crisol poco profundo y, sobre éste, se
hacía un fuego con carbón de leña. El proceso implicaba elevar la temperatura
del mineral hasta más de 1000 grados. Cuando el metal se había fundido, el
crisol era retirado, probablemente con una pala de madera, y la masa resultante
se vertía en un molde de piedra o de arcilla.
Esta
acción requería mucha habilidad, puesto que el cobre, en pocas cantidades y
depositado en un recipiente plano, tarda menos de 15 segundos en enfriarse. Las
posibilidades de quemarse con el metal líquido o al extraer el crisol del horno,
por otra parte, eran muy elevadas. Luego, la aleación se fundía otra vez -para
que se adaptara a la forma del molde- y podía ser forjada -se golpeaba
repetidamente el objeto con un martillo de piedra hasta que éste tomara su forma
definitiva-. En última instancia, "sólo" quedaba pulir, decorar y enfriar el
objeto. La dificultad que implicaba fabricar herramientas de cobre explica, en
gran medida, la lentitud con que se desarrolló la metalurgia.
Fuentes: Historia y
Cronología de la Ciencia y los Descubrimientos de Isaac Asimov
Enciclopedia Encarta - Enciclopedia Electrónica - Wikipedia
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