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LAS "MADAMAS"
o "COMADRONAS"
Siempre en el campo correntino, vamos a ocuparnos ahora de las
mujeres que ayudan a bien nacer: las parteras empíricas, madamas,
o comadronas. Su situación varía. Allí donde se carece
totalmente de servicios sanitarios, reinan soberanas.
Donde hay algún tipo de control, esa
soberanía está, un tanto coartada por el médico. Así, hay zonas
críticas en las que se establece un compromiso entre ambos tipos de
medicina: la tradicional y la oficial. A veces el médico improvisa
partera a una enfermera. Otras, a falta de pan ... acepta la
colaboración de las comadronas empíricas, en ocasiones analfabetas.
Se dice entonces que la partera está "accionada" por el médico.
Tal lo que ocurría en Monte Caseros,
en julio de 1965. El facultativo procuraba introducir algunas normas
de asepsia, como hacer que las mujeres lavasen sus manos con alcohol
antes de actuar, pero no podía exigirles el uso de guantes. Se
hubieran sentido atadas con ellos. Establecía asimismo que ante
ciertas anormalidades lo llamaran. Un pacto cordial para suplir
deficiencias de las dos partes.
Como de costumbre, vamos a encontrar
siempre junto a la simple maniobra o precaución, la recurrencia a la
magia, la creencia supersticiosa. Con el embarazo, por ejemplo, que
se reconoce por la ausencia de menstruación. Si ésta continúa, señal
de que va a nacer una niña, pues "se lava la cara".
Hay otras formas de conocer el sexo
del nonato. Si se mueve al segundo mes, varón; si a los cuatro,
mujer. La ciencia dice no, pues es justamente después del cuarto mes
cuando aparecen movimientos fetales. Los anteriores no existen, son
pura sugestión de la mujer ansiosa. Otros signos son la hinchazón
(edema generalizado) de la madre, que augura varoncito, lo mismo que
el vientre en punta de la embazarada o la ubicación del feto sobre
el lado izquierdo.
El vientre redondeado o el feto a la
derecha, indican una futura nena. También si el trabajo de parto
comienza tres días antes de la fecha calculada o durante la luna
nueva o menguante. El varón llega si dicho trabajo ocurre después de
la fecha prevista o durante la ¡una llena creciente. En los cuidados
a que debe someterse la mujer embarazada, se percibe de nuevo ese
maridaje entre elementos efectivos y mágicos. Se trababa como
siempre, evitando las tareas pesadas en los dos últimos mesas de la
gestación. No se puede, eso sí, tejer "crochet" con dos agujas o
coser a máquina, ni tampoco pasar por debajo de un alambrado.
Esas precauciones evitarán que el
cordón umbilical se enrede en el niño. Por analogía, en la dieta se
trata de no comer hígado ni tripa de vaca, que hacen crecer la
placenta, ni tampoco embutidos que producen igual efecto en el
cordón umbilical. Otro tanto, más el endurecimiento de la bolsa de
las aguas, sucede si se come hígado, achuras o mondongo sin
desgarras previamente con un tenedor sus membranas. El pan seco o
la galleta, secan las aguas, y el exceso de vino produce
hemorragias.
Todo encierra cierto peligro
para la mujer que va a dar a luz. El huevo hará que el niño nazca
pegado a las membranas, el riñon provocará lunares. El hígado
asegura hijos rubios, y la morcilla, negros. La ropa de la
embarazada debe ser suelta, y la higiene, la normal. En verano se
aconseja no exagerar el baño, que —se piensa— debilita a la
criatura.
Desde el vientre de su madre, el niño
ya pide cosas. Son los antojos, y el no satisfacerlos puede provocar
la pérdida del niño o que éste nazca con la boca abierta o la
representación, en su lengua, de lo deseado. Es el niño también, el
culpable de muchos trastornos de su madre.
Si tiene mucho cabello, le producirá
acidez (agries o ardor) a ésta. Cuando no le gusta una comida, la
madre se ve obligada a vomitarla. A medida que se aproxima el parto,
la comadrona ve aumentar su trabajo. Ante una pérdida de sangre,
coloca la mano sobre el vientre de la embarazada y procura frenarla
con esta oración:
Sangre, tente en ti
como Cristo
se detuvo en sí.
Sangre, tente en las venas, como
Cristo se detuvo en la cena.
Sangre, tente en el cuerpo, como
Cristo se detuvo en el Huerto.
La señal de la Cruz, un Padrenuestro y
un Ave María completan el ensalmo.
¿Y si no se detiene la hemorragia?
"Se llama al médico", respondió la partera empírica ante la pregunta
de la investigadora.
Diversas maniobras se practican para
mejorar la posición del feto, si éste "viene mal". Con sacudidas y
las manos, acomodan el útero. Si el feto se presenta de nalgas, se
pone a la embarazada con la cabeza hacia abajo, apoyando las manos
en el suelo, mientras otra persona la sujeta con una faja por la
cintura. Se sacude entonces el cuerpo de la mujer, para que el hijo
se dé vuelta.
En ocasiones, el parto se demora, y
hay que acelerarlo. Una imagen de San Ramón, protector de la
maternidad, sobre el vientre, ayuda. O una vela invertida dedicada
al mismo santo, bajo la cama. El chico nacerá antes o al apagarse la
vela. Y son muy efectivas, se dice, las "medidas" de imágenes
sagradas. Se las toma sobre una cinta, que se atará luego al vientre
de la embarazada, la Virgen de Itatí y la de los Remedios son
buscadísimas por quienes quieren tomar sus medidas para utilizarlas
mágicamente. La futura madre anda levantada hasta el momento
en que se rompe la bolsa u de las aguas, ya que así el niño nacerá
más ligero.
Al rasgarse las membranas, la mujer se
acuesta o sienta, para que el niño no se caiga. El parto sentado es
el más frecuente y en ese sentido las parteras corre i tinas se han
adelantado al sillón obstétrico que en algunas clínicas constituye
la última novedad. Por cierto que la embarazada campesina no tiene
asiento tan cómodo, sino u banquito bajo o —mucho mejor— un calavera
de caballo. Si no se consigue, es bueno por lo menos un írozi de
ésta colocado bajo el asiento. La creencia se basa en la gran
facilidad para parir que tienen las yeguas. El dolor es admitido
como inevitable Dios así lo dispuso.
Apenas si puede tratarse de paliarlo
prodigando un trato cariñoso a la parturienta y satisfaciendo todos
sus deseos. Hay que darle todo lo que quiera comer o beber, "aunque
sea un poquito". Ubicada en su asiento, la mujer se prepara para
pujar. Apoya las rodillas en el suelo y se toma las piernas. Detrás
de ella, alguien la sostiene por la cintura. La partera aguarda,
lista.
Si la bolsa de aguas no se ha roto, un
poco de sal fina caliente en el dedo o un grano de sal gruesa bastan
para que, con un simple toque, se rasguen las membranas, tratando de
evitar que el líquido amiótico llegue a los ojos de la
partera, pues se supone que si esto sucede, quedará ciega. Nunca,
eso sí, se realiza esta operación fuera del tiempo que la
obstetricia oficial prescribe. No en balde la ciencia mayor es hija
de la vieja empina, su a veces despreciada maestra.
El tacto se practica con las manos muy
limpias y mojadas en aceite comestible. Este tiene la función de
lubricar la -zona por donde saldrá el niño y la cabeza de éste, para
que resbale más fácilmente. El cordón umbilical se corta de
inmediato, salvo en zonas donde la partera trabaja "accionada" por
el médico y su paciente esta acostada, donde se espera la expulsión
de la placenta.
La comadrona ata un hilo a unos tres
centímetros de distancia del niño, sobre el cordón. En el otro
extremo de éste se ata una cinta que se sujeta a la pierna de la
madre (la derecha si el recién nacido es varón, la izquierda si es
mujer) para evitar que el cordón "vuelva adentro".
Es frecuente que la partera trabaje
con su cigarro de hoja en los labios que, después del corte del
cordón, usará para quemar su punta. Para lo mismo sirve una cuchara
caliente. De esta forma, se practica una primitiva cauterización de
la herida. Por cierto que la partera, para poder cortar el cordón,
no tiene que haber, tenido relaciones ese día.
En tal caso, se piensa, actuaría como
un veneno sobre el niño y a ese motivo se deben muchas infecciones y
trastornos. Nuestra profesional tiene ayudantes, por lo general,
vecinas. El padre, muy pocas veces, solo en caso extremo, pues el
pudor hace que las mujeres nieguen toda participación al marido en
el trance.
Berreando ya el crío, se espera o
ayuda al "sobreparto", la expulsión de la placenta, o alumbramiento.
Masajes en el vientre o los dedos en la garganta para provocar
arcadas son algunos recursos para que la mujer contraiga los
músculos abdominales y ayude a la expulsión. Para el mismo fin es
bueno hacerle soplar en una botella.
También se buscan auxilios mágicos:
poner sal en los puños de la puérpera, manteniéndolos a los costados
del vientre; colocarle el sombrero del marido al revés; poner a la
mujer al revés, con los pies en donde antes estaba su cabeza o
recurrir, vela mediante, al auxilio de San Ramón.
La placenta en ocasiones se tira.
Otras, se la entierra bajo la gotera del rancho, con el cordón hacia
arriba, para que en el próximo parto no haya problemas.
Dos o tres días después, cicatrizados
o saturados según los casos los posibles desgarros, la madre
reinicia su vida normal. Si bien el cordón umbilical se ha roto, no
por ello se ha separado totalmente de su hijo.
Cierta relación mágica los une, y las
cosas que haga con su cuerpo pueden afectar al pequeño. Bañarse, por
ejemplo. Si tuvo una nena podrá limpiarse sí, pero evitará el baño
por treinta días, y por cuarenta si es varón. Los varoncitos, se
dice, son mucho más delicados. Llega el momento de amamantar, y hay
cocimientos o infusiones que ayudan a tener mucha leche, así como el
"peinarse" los pechos, pasando un peine desde la base hacia el
pezón. El agua, el alcohol, el aceite y la grasa intervienen en el
cuidado de estos últimos, que no deben agrietarse.
¿Y el recién nacido? A veces ¡o bañan,
otras le limpian solo la cabeza y le echan en los ojos una gotita de
limón. Se lo entalca, y sobre el ombligo colocan un trozo de tela
blanca empapado en alcohol que sujetan con el ombliguero. En ciertos
lugares, en lugar de talco se usa yerba mate tostada que, según
mentas, evita que el pequeño sufra de los intestinos o se empache.
Para prevenir la hernia, una vez caído el cordón, se sujeta una
moneda de cobre envuelta en gasa sobre el ombligo. Si a la caída del
cordón el ombligo no cicatrizara, lo mejor es espolvorearlo con ...
suifatiazol. ¡No solo de ensalmos vive la medicina popularl
Los gurises maman hasta
grandes, y cada vez que lloran. A veces hasta con dos o tres años y
aun después, pues se cree que la leche materna sienta bien como
digestivo, después de las comidas. Su ropa es la corriente, con la
infaltable faja para que no desarrollen demasiado vientre o se les
arqueen las piernas.
Existen, además, otras precauciones.
Llegado al mundo deberá enfrentar eso que todos temen, indios y
criollos, argentinos o inmigrantes: el mal de ojo. De ahí el
cordoncito rojo, y otra costumbre que tiene, además, la ventaja de
asegurar al pequeño éxito con el sexo opuesto cuando llegue a
grande.
Es el sahumerio de almohada, colchón y
ropa de cama con el humo de un nidito de colibrí quemado al efecto.
Las plumas de esa ave en la gorrita o las costuras de la ropa,
tienen también efectos protectores.
Fuente Consultada: La
Medicina Popular - Tomo 87 - La Historia Popular |