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La
alimentación en el Mar en los siglos del descubrimiento XV-XVIII
Las
raciones del marinero: Los viajes
y los descubrimientos que caracterizaron la revolución de las especias tuvieron
éxito, no gracias a la alimentación de las tripulaciones y de los conquistadores
que los realizaron, sino a pesar de ella. Durante toda esta época, el
sentimiento general era de que un capitán sólo podía retener a sus fuerzas si
las alimentaba y les daba de beber en forma continua, y por supuesto, lo que se
les proporcionase tenía que ser lo mismo que hubiesen tomado en Europa. La
verdad es que la alimentación de los tripulantes y de las guarniciones en
aquellos climas calurosos, vista desde la perspectiva de nuestros días, era la
menos adecuada que pudiera pensarse.

Por
ejemplo, todas las provisiones de carne estaban saladas, pues de otra forma no
se hubiesen conservado bien en un clima cálido, y a menos de que se les diese un
tratamiento especial para quitarles la sal antes de consumirlas, provocaban
mucha sed. Sin embargo, ya en tiempos de Cromwell, se estipuló que los marineros
de la armada británica tenían que recibir diariamente dos libras de carne de
vacuno o de cerdo saladas, o en su lugar libra y media de pescado. La carne
normalmente estaba en proceso de descomposición, si no es que estaba
completamente podrida, y
aunque no lo estuviese, todas las vitaminas de la carne
fresca se habían destruido debido al método de conservación.
Después de
la carne, el componente principal de la ración era el pan, normalmente en forma
de galletas de barco. Los «biscuits» (la palabra procede de bis y
cutre, términos franceses que significan «cocer dos veces») por regla
general no se hacían a bordo, sino en el puerto, y en ocasiones estaban hechas
desde hacía un año, o incluso más. Si las galletas procedían de la intendencia
del gobierno, podía darse el caso de que estuviesen hechas hasta cincuenta años
antes.
La
preparación de las galletas de barco era un proceso sofisticado que exigía
varias categorías de trabajadores especializados, que se conocían como
quemadores, maestros, conductores, enrolladores y ayudantes.
Una vez
medidas las cantidades justas de harina y agua, y echadas en la artesa, llegaba
el conductor, que con sus fornidos brazos golpeaba, aporreaba, levantaba y
volteaba la mezcla hasta que tomaba la consistencia de una masa... Luego venía
el enrollador, que después de colocar la masa encima de una plataforma, se subía
en uno de los extremos de un rodillo, llamado palo de corte.
El enrollador,
cabalgando sobre este rodillo, lo hacía saltar de una forma un poco ridícula,
dándole a la masa un tratamiento que era una mezcla de golpearla y enrollaría.
El sistema resultaba poco higiénico, pues en el proceso la masa se sobaba
bastante.
A
continuación, la masa aplastada, formando una capa delgada, se cortaba en
lonchas con unos cuchillos enormes. Éstas, a su vez, se volvían a cortar en
forma de pequeños cuadraditos, y cada cuadradito se trabajaba manualmente para
darle la forma redonda de una galleta.
Las galletas se marcaban, se punzaban, y
se introducían con destreza en la boca del horno por medio de una pala que las
iba distribuyendo por el interior de éste. La tarea de lanzar las galletas para
que cayesen en el lugar preciso, se convirtió en una habilidad muy apreciada.
La galleta,
una vez terminada, era dura como una piedra, y producía agujetas en las
mandíbulas de cualquiera que no fuese un gorgojo galletero. Mientras permanecían
en espera de ser empaquetadas, o cuando se abrían a bordo del barco, las atacaba
normalmente una especie de mosca que ponía sus huevos en ellas, y con el paso
del tiempo nacían las larvas. Los marineros veteranos solían golpear las
galletas contra la mesa antes de comerlas, con la esperanza de que saliesen los
gorgojos y se marchasen, pero éstos no siempre los complacían.
La ración
de pan, en tiempos de Cromwell, era de una libra y media, además de un galón de
harina. Con esta última, los marineros intentaban hacer su propio pan, siempre
que el cocinero estuviese dispuesto. La harina, igual que las galletas,
normalmente estaba también llena de insectos.
La bebida a
bordo: Lo
peor de
la vida a bordo era la bebida. Cromwell había ordenado que sus marineros
dispusiesen de un galón de cerveza por semana -un margen generoso, incluso
aunque no hubiese ninguna otra bebida disponible a excepción del agua.
Tal y como
se fabricaba en el siglo XVI, la cerveza no se podía conservar mucho tiempo en
un barco'. Por lo tanto, Cromwell suprimió la ración de cerveza, y decidió que
en su lugar los marineros tenían que beber ron. Afortunadamente, la Royal Navy
disponía de grandes cantidades de ron desde que los ingleses conquistaron
Jamaica en 1655.
Cuando se
estaba en la mar, nadie bebía agua voluntariamente, pues se guardaba en
barriles, e invariablemente se volvía verde y viscosa al cabo de pocos días. Los
londinenses alardeaban, e hicieron creer a los capitanes de barco, que el agua
del Támesis se conservaba mejor que cualquier otra, con lo que muchos barcos
zarparon de Londres con sus barriles llenos de un liquido de alcantarilla.
Gran
parte de la vida de un capitán de barco se pasaba buscando puntos en tierra
donde poder rellenar sus barriles de agua -una tarea larga y penosa, que fue la
causante de no pocas hernias de los marineros. Cualquier lugar se hacía famoso
entre los navegantes si en él se podían renovar las provisiones de agua, y en
este sentido alcanzaron especial notoriedad la isla de Santa Elena y el Cabo de
Buena Esperanza.
Fuente Consultada:
La Búsqueda de las Especias de Ritchie
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