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Buenos Aires, debió duplicar o
triplicar en pocos años su capacidad habitacional para dar cabida a
los nuevos contingentes inmigratorios. La mudanza de los grupos
tradicionales al Barrio Norte (alrededores del 80) permitió alojar a
numerosas familias, que se hacinaron en los ya obsoletos caserones
del Sur. Los especuladores, a su turno, no tardaron en acondicionar
vetustos edificios de la época colonial en hacer construir
precarios alojamientos para esta demanda poco exigente y ansiosa por
obtener, mal o bien, su techo.
La improvisación, el hacinamiento, la
falta de servicios sanitarios y la pobreza sin demasiadas esperanzas
hicieron el resto. Había nacido el conventillo, y Silverio Domínguez
("Ceferino de la Calle") lo describía tiempo después en
Palomas y gavilanes (1886), un novelón de costumbres bonaerenses:
"La casa de
inquilinato presentaba un cuadro animado, lo mismo en los patios que
en los corredores. Confundidas las edades, las nacionalidades, los
sexos, constituía una especie de gusanera, donde todos se revolvían
saliendo unos, entrando otros, cruzando los más, con esa actividad
diversa del conventillo. Húmedos los patios, por allí se
desparramaba el sedimento de la población; estrechas las celdas, por
sus puertas abiertas se ve el mugriento cuarto, lleno de catres y
baúles, sillas desvencijadas, mesas perniquebradas, con espejos
enmohecidos, con cuadros almazarronados, con los periódicos de
caricaturas pegados a la pared y ese peculiar desorden de la
habitación donde duermen seis y es preciso dar buena o mala
colocación a todo lo que se tiene."
LA "ÉPOCA DE ORO" DEL CONVENTILLO
La "época de oro" del conventillo porteño se localiza hacia la
década del 80, aunque la casa de inquilinato, como institución,
desborda ese marco y se proyecta con ligeras variantes hasta hoy. Al
comenzar los años 1880 Buenos Aires cuenta con 1.770 conventillos,
en los que pernoctan 51.915 personas repartidas en 24.023
habitaciones de materia!, madera y chapas. Tres años después las
casas de inquilinato son 1.868, pero apenas se han agregado 1.622
cuartos para alojar a 12.241 nuevos parroquianos.
En 1887, pico de la década, los
conventillos son 2.835. A mediados de 1890 el número de éstos
decrece a 2.249, pero la relación habitaciones habitantes continúa
siendo alarmante: 37.603 habitantes para 94.743 inquilinos. Los
barrios o parroquias más populosas son Concepción (Caseros, Solís,
México y Chacabuco), Piedad (Alsina, Sarandí, Ayacucho, Paraguay,
Uruguay y San José), Socorro (Paraguay, Uruguay, Callao y Río de la
Plata), San Nicolás (Uruguay, Cuyo, Esmeralda y , Paraguay),
Balvanera (México, Boedo, Victoria, Medrarte, Córdoba, Paraguay,
Ayacucho y Sarandí) y San Telmo (Chacabuco, México, Paseo Colón y
Caseros).
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Parroquia |
1880 |
1898 |
1912 |
|
Concepción |
220 |
221 |
356 |
|
Piedad
|
204 |
134 |
- |
|
Socorro
|
192 |
131 |
225 |
|
San Nicolás |
182 |
0 |
324 |
|
Balvanera |
181 |
145 |
100 |
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San Telmo
|
152 |
- |
- |
Desde sus comienzos el conventillo fue
fuente de reflexión y escándalo para los hombres del 80, que habían
sido, en cierta medida, sus artífices. Complicada con ingredientes
de xenofobia, esteticismo, positivismo a! uso y fobia clasista, es
fácil adivinar el efecto que habrá causado en estos hombres la
imagen del pauperísmo (pobreza) y de la mugre vocinglera, entrevista
fugazmente al cruzar ante u portal de la calle Bolívar o Alsina.
Para algunos, lectores apresurado de
la novedosa escuela de Medán ; de los textos sociológicos de Ramo¡
Mejía, este caso de anfiteatro en un claro testimonio de las taras
hereditarias y de la inferioridad socia y biológica de la
inmigración meridional; para otros, apenas un fantasma que se
conjuraba con la causerie en el Círculo de Armas O con el
viaje a Europa, donde se reencontraba, por cierto, a los mismos
fantasmas, pero esta vez (lo que resultaba tranquilizador) en su
propia casa. Allí, desvalorizada en él fondo del conventillo
cosmopolita estaba la "resaca humana", el "áspero tropel de extrañas
gentes" de Rafael Obligado, la "ola roja" de Cañé, los "judíos
invasores" de Marte!, los italianos con "rapacidad de buitre" de
Cambaceres.
Aparte, y a bastante distancia, la
gente "decente", los criollos rancios que reconocen las claves de
las causeries de Mansilla, que saben de qué habla Lucio V. López en
¿as griegas de terracota (o lo fingen), que se vinculan "entre nos"
por un código y unos recuerdos comunes.
RAWSON
SE OCUPA DE LOS CONVENTILLOS
No faltan, sin embargo, quienes tratan de acercarse al fenómeno con
cierto rigor científico, como Eduardo Wilde en su Curso de Higiene
Pública (1883), y como Guillermo Rawson, que publica en 1885 un
revelador Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires
cuyo texto vale la pena recorrer.
Conmovido por la degradación ambiental
del conventillo, Rawson comienza su trabajo con una astuta apelación
al instinto de supervivencia de las clases pudientes, todavía
impresionadas por la epidemia de fiebre amarilla de 1871:
"Acomodados holgadamente en nuestros
domicilios, cuando vemos desfilar ante nosotros a los representantes
de la escasez y de la miseria, nos parece que cumplimos un deber
moral y religioso ayudando a esos infelices con una limosna; y
nuestra conciencia queda tranquila después de haber puesto el óbolo
de la caridad en la mano temblorosa del anciano, de la madre
desvalida o del niño pálido, débil y enfermizo que se nos acercan.
"Pero sigámolos, aunque sea con el
pensamiento, hasta la desolada mansión que los alberga; entremos con
ellos a ese recinto oscuro, estrecho, húmedo e infecto donde pasan
sus horas, donde viven, donde duermen, donde sufren los dolores de
la enfermedad y donde los alcanza la muerte prematura; y entonces
nos sentiremos conmovidos hasta lo más profundo del alma, no solo
por la compasión intensísima que ese espectáculo despierta, sino por
el horror de semejante condición. "
De aquellas fétidas pocilgas, cuyo
aire jamás se renueva y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de
las más terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se
incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella tal
vez hasta los lujosos palacios de los ricos. "Un día, uno de los
seres queridos del hogar, un hijo, que es un ángel a quien rodeamos
de cuidados y de caricias, se despierta ardiendo con la fiebre y con
el sufrimiento de una grave dolencia.
El corazón de la madre se llena de
ansiedad y de amargura; búscase sin demora al médico experimentado
que acude presuroso al lado del enfermo; y aquél declara que se
trata de una fiebre eruptiva, de un tifus, de una difteria o de
alguna otra de esas enfermedades z¡móticas que son el terror de
cuantos las conocen.
El tratamiento científico se inicia;
el tierno enfermo sigue luchando con la muerte en aquella mansión
antes dichosa, y convertida ahora en un centro de aflicción; el niño
salva, en fin, o sucumbe bajo el peso del mal que lo aqueja. "¿De
dónde ha venido esa cruel enfermedad?
La casa es limpia, espaciosa, bien
ventilada y con luz suficiente según las prescripciones dela
higiene. El alimento es escogido y su uso ha sido cuidadosamente
dirigido. Nada se descubre para explicar cómo ese organismo, sano y
vigoroso hasta la víspera, sufriera de improviso una transformación
de esta naturaleza. El enfermo ha sanado quizá, y damos gracias al
cielo y al médico por esta feliz terminación; o ha muerto dejando
para siempre en el alma de la familia el duelo y el vacío; pero no
investigamos el origen del mal; las cosas quedan en las mismas
condiciones anteriores y los peligros persisten para los demás.
"Acordémonos entonces de aquel a
cuadro de horror que hemos contemplado un momento en la casa del
pobre. Pensemos en aquella acumulación de centenares de personas, de
todas las edades y condiciones, amontonadas en el recinto malsano de
sus habitaciones; recordemos que allí se desenvuelven y se
reproducen por millares, bajo aquellas mortíferas influencias, los
gérmenes eficaces para producir las infecciones, y que ese aire
envenenado se escapa lentamente con su carga de muerte, se difunde
en las calles, penetra sin ser visto en las casas, aun en las mejor
dispuestas; y que aquel niño querido, en medio de su infantil
alegría y aun bajo las caricias de sus padres, ha respirado acaso
una porción pequeña de aquel aire viajero que va llevando a todas
partes el germen de la muerte." |