|
En
Ciudad del Cabo (Sudáfrica) el cirujano
Christian Barnard, asistido por un
equipo de treinta profesionales, salvó la vida de Louis Washkansky, de 55 años,
al sustituir su corazón enfermo por el de una mujer muerta en un accidente de
tránsito. Denise Darvall, de 25 años, había sufrido graves heridas en la cabeza
y en el cuerno a causa del impacto, pero su corazón quedó ileso y latía
impulsado por el sistema nervioso.
Las
circunstancias dieron a Barnard la oportunidad de practicar cirugía experimental
y a Washkansky, que moría por una enfermedad cardíaca, la oportunidad de sobrevivir.
La
operación, el primer trasplante de corazón humano que tuvo éxito, despertó un
enorme interés internacional. Notas periodísticas describieron el proceso en
forma detallada. En primer lugar, Barnard y su equipo abrieron el pecho de
Washkansky y partieron su esternón. Luego, apartaron las costillas y abrieron el
pericardio (revestimiento cardíaco) y el corazón quedó al descubierto. A través
de una máquina, la sangre de Washkansky circulaba en torno al corazón enfermo.
Al retirar el órgano, los médicos dejaron en su sitio la parte superior.
Luego,
cortaron el 95 por ciento del corazón sano de Darvall y lo cosieron a la
«cobertura» del corazón de Washkansky. Para estimular un latido, Barnard aplicó
dos electrodos al corazón y le dio una descarga eléctrica. «Fue como poner en
marcha un auto», dijo un miembro del equipo.
En el
pecho de Washkansky, un corazón nuevo empezó a bombear sangre. Horas después de
la operación, cirujano y paciente se encontraron en la sala de recuperación. «Me
prometió un corazón nuevo», susurró Washkansky. «Y tiene un corazón nuevo»,
respondió Barnard.
Aunque el trasplante en sí resultó un éx ito, Washkansky
contrajo una neumonía y murió 18 días después. La operación provocó una
discusión ética sobre los límites de la vida y la muerte y acerca del papel
adecuado de la medicina. Tradicionalmente, se pensaba que la vida acababa cuando
se detenía el corazón. Ahora, los médicos
eran capaces de reanimar o sustituir corazones que no funcionaban.
Un teólogo
jesuita de prestigio, al descubrir el corazón como una «bomba eficiente»,
rechazó las objeciones éticas de los trasplantes; otros religiosos mantuvieron
que alterar
radicalmente el cuerpo era usurpar la función de Dios. Los médicos ofrecieron
una definición nueva de la muerte: la inactividad eléctrica del cerebro. Las
cuestiones referentes a cuándo acabar con una vida y cuándo prolongarla, y sobre
quién debe tomar estas decisiones, siguen vigentes. (Imagen Izquierda:Dr.
Halmiton Naki
ayudante clandestino de Barnard. Una historia de vida para
conocer)
|