La tauromaquia, nombre con
que se designa el combate de toros contra hombres, se practicó antiguamente en
Tesalia y en Roma donde esas lidias integraban el programa de los espectáculos
circenses.
En la actualidad, la tauromaquia se redujo a la corrida de toros,
espectáculo típicamente español en el que, desde hace siglos, un hombre provisto
de una capa y una espada enfrenta, en la arena, a un toro enfurecido. No debemos
confundir el toro doméstico con el toro de combate, descendiente directo de las
antiguas razas salvajes.
(imagen de: http://www.visitingspain.es/blog/category/tradiciones)
Un toro de lidia es un animal
indómito, sumamente feroz y de fuerza extraordinaria; tiene el cuerpo brillante,
la cabeza relativamente pequeña pero provista de astas punzantes, y un cuello
poderoso. El hombre, durante la corrida, se empeñará con toda su fuerza y su
astucia en debilitar los músculos de ese cuello para que el animal, obligado a
bajar la cabeza, pueda recibir la estocada, de arriba hacia abajo y entre los
omóplatos.
Los toros de lidia son criados en
las “ganaderías”, amplios espacios de campo donde vivirán hasta el día en
que se los lleva a la arena. Se acostumbra marcar al toro de un año de edad; esa
operación consiste en imprimir sobre la piel del animal y con un hierro al rojo
una señal distintiva. Cada ganadería posee sus colores que el toro ostentará el
día de la lidia. La corrida no es, como se acostumbra decir, un deporte; es más
bien una tragedia donde la inmolación del animal es segura y la vida de muchos
hombres corre peligro.
El matador es el hombre que, por
su ciencia, inteligencia y habilidad dominará la fuerza bruta de la bestia. Para
que ese espectáculo sea hermoso deberá ser un alarde de gracia y valor. En las
corridas modernas se inmolan, generalmente, seis toros que serán sacrificados
por tres toreros distintos. Los animales elegidos deben tener astas muy afiladas
y no más de cinco años, y no padecer ningún defecto físico. Antes del
espectáculo, cada animal debe ser minuciosamente examinado por un veterinario.
La corrida se efectúa en un gran circo (arena, coliseo) cuya construcción es,
por lo gen6ral, de inspiración romana y al que los españoles llaman “plaza de
toros”. No existe en España ninguna ciudad de cierta importancia que no posea su
“plaza”. En el centro del recinto está el redondel, espacio circular donde se
desarrolla el espectáculo; el suelo está cubierto de arena fina para facilitar
la acción del torero. El diámetro del “redondel” no pasa de 50 metros.
Alrededor se levanta la “barrera”,
sólida empalizada de madera que lo separa del resto de la plaza. En la
empalizada existen varias entradas. Dos de ellas están custodiadas por hombres
siempre listos a intervenir en caso de peligro, otra es la salida de los toros
encerrados en el toril, donde permanecerán hasta el momento de salir al
redondel. La cuarta entrada, la del patio de caballos, está reservada a la
cuadrilla o sea la formación de toreros y auxiliares. Los espectadores están
ubicados en los palcos y en las gradas. Constituyen una muchedumbre abigarrada y
heterogénea, ávida de sensaciones. Una banda de música alegra el ambiente y, a
medida que la hora se acerca, los ruidos se acallan.
Todas las miradas se dirigen hacia
la puerta del patio de caballos por donde saldrán los picadores (a caballo) y
los toreros (a pie): Llegada la hora, el presidente, desde un palco, agita un
pañuelo. Es la señal esperada. Se oyen las notas agudas de una trompeta. y
aparecen dos jinetes ataviados con centelleantes trajes. Seguidamente se
escuchan los acordes de un típico paso doble, la puerta del patio se abre, el
cortejo aparece y avanza para presentarse al público. Al frente marchan los
toreros, orgullosos, serenos, erguidos. Sus brillantes trajes bordados de oro
(traje de luces) hacen resaltar la agilidad del cuerpo.
Detrás de ellos siguen, por orden
de edad, los banderilleros y los picadores. Llegados frente al palco del
presidente los toreros se inclinan reverentemente y se descubren; luego se
quitan la capa torera y la confían a un amigo o a un admirador quien la coloca
sobre el parapeto de la primera fila de espectadores. El matador que habrá de
enfrentarse con el primer toro recibe una capa de percal, rosa por fuera y
amarilla por dentro, provista de un amplio cuello rígido. Ahora los dos jinetes
ataviados a la antigua reciben del presidente las llaves del toril mientras que
unos peones alisan la arena y borran las huellas de la comitiva. Llegó el gran
momento.
El silencio se hace profundo y
todos los espectadores miran ansiosos hacia la puerta roja del toril. El
presidente da otra señal con su pañuelo, suena una trompeta, y un anciano,
grotescamente vestido de torero, abre la puerta del toril de donde saldrá el
primer toro. Los asistentes del torero lo reciben agitando sus capas a su
alrededor; lo obligan así a correr para descubrir eventuales defectos y, sobre
todo, para apreciar la velocidad de la embestida. El torero, inmóvil como una
estatua, sólidamente plantado sobre sus piernas, observa y se prepara. Luego,
con andar pausado avanza hacia el toro. Su cuerpo está disimulado tras una
pesada capa roja, y es justamente hacia esa capa que el toro se dirige buscando
al hombre que se escuda detrás de ella. El torero no se ha movido: ha desplazado
solamente su brazo con él la capa. Después, es un verdadero duelo del que se
entabla entre el hombre y la bestia: son los pases, movimientos rápidos,
elegantes, precisos.
El toro, al principio
desorientado, está ahora furioso. Es el momento en que recibirá la primera
herida, tarea ésta confiada al picador. Ese auxiliar, generalmente hombre de
gran estatura y fuerza, está montado en .un caballo protegido por una coraza
erizada de puntas metálicas. Su arma es una lanza de tres metros de largo
llamada garrocha cuya punta, corta, no puede penetrar profundamente. En cuanto
el toro avista el caballo, creyéndolo fácil presa, se precipita sobre él; pero
en cuanto las astas poderosas rozan la coraza del caballo, el picador clava su
arma en el cuello del toro, inmovilizándolo por un momento. Seguidamente una
sorda batalla se entabla entre el picador y el toro.
A menudo el agudo dolor que
le produce la herida le obliga a desistir de la lucha, pero, otras veces, en un
esfuerzo desesperado, embiste y desmonta al jinete buscando destrozarlo con sus
astas. Entonces se acercan los toreros agitando sus capas para distraer el toro
y obligarlo a abandonar sus victimas. Llegó ahora el momento de las banderillas.
El toro se halla en el centro del redondel, inmóvil, sorprendido; un hilo de
sangre surca su oscuro cuerpo.
De pronto un hombre a pie se le
acerca, sin la ilusoria protección de la. capa. En cada una de sus manos tiene
un palo delgado cubierto de cintas y provisto en uno de sus extremos de garfios
de hierro. Levanta el hombre sus banderillas, se yergue sobre los pies, corre
hacia el animal provocándolo con gritos y ofreciendo su cuerpo indefenso a la
temible embestida cuyas consecuencias son imprevisibles. Sin titubear, el toro
se le arroja encima resoplando furiosamente. El espectador, que asiste por
primera vez a una corrida de toros, cree que nada ni nadie podrá salvar al
banderillero. ¡ Las astas punzantes están tan cerca del frágil cuerpo humano!
Pero el hombre, con la rapidez de un rayo, clava sus banderillas en la cerviz
del toro, cerca del lugar donde la lanza del picador había producido la primera
lastimadura. Tras lo cual comienza el último acto. La atención del público
alcanza su punto culminante.
El diestro o torero entra en
función con su capa roja fija a la ”muleta” y la espada de acero templado. Con
los ojos inyectados de sangre el toro ha llegado al paroxismo del furor. El
torero se dirige, solo, esta vez, hacia el palco del presidente, se descubre,
hace una profunda reverencia y mira hacia la persona a quien habrá de ofrecer su
victoria. Después levanta la muleta y se acerca al animal para el duelo final.
Un buen trabajo de muleta consiste en exponerse lo más posible, pues la única
manera de provocar la arremetida del toro es darle la ilusión de que alcanzará
fácilmente al hombre.
Durante la última fase, el toro y el torero se encuentran
frente a frente a corta distancia. El hombre se yergue, baja la
muleta y coloca la espada a la altura de los ojos. Su inmovilidad ahora es
total. Luego la muleta ondea, el toro baja la cabeza y toma impulso para atacar.
Las cintas de las banderillas revolotean en el aire, los espectadores retienen
el aliento temerosos por la vida del hombre, pero, súbitamente, el toro queda
clavado en su sitio, la mirada vítrea.
¿Qué ha ocurrido? El torero, apartándose
ligeramente, ha hecho penetrar la hoja de su espada entre los omóplatos del
toro, clavándola certeramente en el reducido espacio que separa dos vértebras,
para alcanzar así el corazón del animal y traspasarlo.