A
comienzos de la década de 1930 había en el continente algo más de nueve millones
de judíos. Los más numerosos eran los “orientales”; hablaban el Yiddish,
eran ortodoxos y muchas de sus comunidades adherían al movimiento jasídico.
Integraban las capas más bajas de las poblaciones urbanas aunque cumplían una
importante función económica, particularmente en lo que respecta al comercio.
Expresaban su identidad a través de la religión o bien de una especie de
nacionalismo secular cuya manifestación más clara era el sionismo. Los judíos
orientales estaban mayormente concentrados en las regiones de Galitzia, Polonia
central, Lituania, Rutenia, Bukovina, Transilvania nororiental, Besarabia y
Letonia suroriental.
Un
segundo grupo lo constituían los judíos “occidentales”. A diferencia de los
anteriores, éstos se habían aculturado, es decir, no hablaban el Yiddish —para
muchos un estigma del judaísmo de los ghettos— sino la lengua local. Su
asimilación los había llevado a mantener una forma de judaísmo reformado;
constituían las capas medias y profesionales de la sociedad y rechazaban toda
ideología o movimiento basado en la identidad religiosa. Residían
fundamentalmente en Poznania, Bohemia, Moravia, Hungría, Valaquia y Letonia.
Un
tercer grupo lo formaban los judíos de Bulgaria, Serbia, la costa dálmata y
Macedonia. Estos eran sefaradíes, es decir, descendientes de los judíos
expulsados de España por los Reyes Católicos. No hablaban ni el Yiddish ni las
lenguas locales sino el Ladino, un derivado del español.
Con
el deterioro de la situación económica en la región, la preponderancia
abrumadora de los judíos en el comercio y las profesiones liberales los
convirtió en presa fácil de un descontento popular muchas veces incitado por las
autoridades mismas. Además de los ocasionales pogroms, las medidas más
comunes fueron la expulsión del territorio, el boicot oficial de las empresas
judías las reparticiones estatales dejaron de comprar a sus proveedores judíos—
y la introducción de un sistemas de “cupos” en escuelas y universidades.
La
situación en Alemania era radicalmente diferente. Allí, desde 1933 el régimen
nacionalsocialista había puesto en marcha una política tendiente a separar a los
judíos de la “comunidad del pueblo alemán”. Para 1938 ya habían sido expulsados
de la administración estatal —incluyendo las Fuerzas Armadas y la enseñanza— y
se les había prohibido a médicos, abogados y otros profesionales atender a
clientes “arios”. Sus hijos tampoco podían concurrir a escuelas “no judías”.
En
1935 las Leyes de Nuremberg los privaron de la ciudadanía plena para
convertirlos en “sujetos bajo la protección del Estado”; y prohibieron las
uniones entre judíos y no judíos con el fin de “proteger la sangre y el honor
alemán”. Luego de la introducción de estas medidas la política antijudía perdió
intensidad, en gran medida porque en 1936 Hitler tenía otras prioridades: la
remilitarización de Renania —una violación del
Tratado de Versalles que podía provocar la
guerra con Francia—; y las Olimpíadas de Berlín, ocasión que debía ser
aprovechada para mostrar al mundo la nueva Alemania.
En
marzo DE 1938 se produjo el Anchluss. Sin demora se aplicaron a la
anexionada Austria las leyes antijudías vigentes en Alemania. Ese mismo mes el
gobierno polaco intensificó su política antisemita y en un intento de deshacerse
de sus judíos anunció que revocaría la ciudadanía de los israelitas de
nacionalidad polaca que residían en Alemania.
Preocupadas por las consecuencias de una medida que complicaba la política de
emigración "voluntaria” impulsada hasta ese momento, a fines de octubre las
autoridades del Reich arrestaron a 17.000 judíos polacos —muchos de los
cuales habían vivido en Alemania por décadas— y los condujeron a la frontera
para deportarlos. A fin de asegurarse la cooperación de los deportados ¡a Gestapo
les distribuyó boletos ferroviarios que indicaban “viaje de ida a Palestina”.
Pero las autoridades polacas se negaron a admitirlos.
Como
consecuencia de esta situación, miles de personas que habían sido despojadas de
su nacionalidad quedaron abandonadas a su suerte en una inhospitalaria tierra de
nadie. Entre estos miles de deportados apátridas se encontraba la familia
Grynszpan.
Estos
judíos orientales habían vivido en Hamburgo hasta que la agudización de la
política antisemita volvió su situación insostenible. Amenazados por el régimen
nazi e imposibilitados de regresar a Polonia, en agosto de 1938 decidieron
emigrar a Francia donde vivía su hijo Herschel (imagen izq.) y unos tíos. Pero
las autoridades francesas les negaron el permiso de residencia. Herschel, sin
embargo, permaneció ilegalmente en Francia, llevando una vida miserable,
evitando ¡a policía y durmiendo en las plazas de París y bajo los puentes del
Sena.
Al
enterarse de los sufrimientos de sus padres y hermanos decidió llevar a cabo un
acto de venganza contra Alemania: en la mañana del 7 de noviembre de 1938 este
joven de 17 años ingresó a la embajada alemana en París y disparó contra el
secretario Ernst von Rath. El funcionario murió esa misma tarde en un hospital.
La organización del pogrom
“espontáneo”
Hitler
tomó conocimiento de estos hechos cuando asistía en Munich a la conmemoración
anual del golpe nazi de 1923. También estaban presentes el ministro de
propaganda y Gauleiter de Berlín, Joseph Goebbels, y la guardia vieja del
partido. Durante a cena en la antigua alcaldía de la ciudad se recibió la
noticia del deceso de von Rath.
Hitler conversó con Goebbels (imagen der.) y luego se retiró sin pronunciar su
acostumbrado discurso. En su lugar, el ministro de propaganda dio vía libre a su
verborragia antisemita indicando que se estaban desarrollando acciones
“espontáneas” de venganza por el crimen de París”. En realidad, el pogrom
de la “noche de cristal” (Kristallnacht) fue una combinación de actos
premeditados y acciones espontáneas de los sectores más radicalizados del
partido nacionalsocialista.
El 8
de noviembre el Vólkischer Beobachter —periódico dirigido por Goebbels— publicó
un editorial incendiario en el que se invitaba a los dirigentes partidarios
locales a organizar reuniones con el objeto de incitar al antisemitismo. Ese
mismo día tuvieron lugar en algunos puntos del Reich los primeros incendios de
sinagogas, saqueos de comercios y viviendas, y ataques a judíos . Pero el 9 por
la noche la situación tomó un giro mucho más grave. Como en otras ocasiones, las
acciones se llevarían a cabo sin que precediera una orden formal de los jerarcas
nazis.
De
hecho, el que fueran preparadas e implementadas por diferentes organizaciones
partidarias —tales como la Juventud Hitleriana y las SA (Tropas de
Asalto)— sin coordinación previa fue lo que dio la apariencia de espontaneidad.
Luego de su discurso de la noche del 9, Goebbels envió instrucciones a las
secciones de propaganda de cada una de las regiones (Gau) del Reich.
Paralelamente, el líder de las SA Victor Lutze hizo un llamamiento a sus
jefes de grupo aunque sin darles consignas precisas. Estos, interpretando las
vagas expresiones de sus jefes, pusieron en marcha el proceso de movilización
‘espontánea” de sus afiliados y simpatizantes locales. No quedan dudas sobre la
responsabilidad de Goebbels en el desarrollo de los acontecimientos del 9-10 de
noviembre.
Heinrich
Himmler (imagen izq.) —que como jefe de la SS concentraba bajo su
jurisdicción todos los servicios de seguridad interna y policía, incluida la
Gestapo— Herman Goering —asesor de Hitler, jefe de la Luftwaffe (aviación)
y director del Plan Cuatrienal— fueron puestos al corriente.
Ninguno de ellos aprobó los métodos de Goebbels: el primero porque aspiraba a
concentrar bajo su autoridad toda la política antijudía a fin de hacerla
ordenada y racional. El segundo, porque temía que la violencia plebeya del
ministro de propaganda hiciera peligrar el apoyo de las clases dirigentes—en
particular el ejército y la burguesía—.
Desde
la noche del 9 de noviembre y durante toda la jornada siguiente ciudades y
pueblos de todo el Reich fueron escena de hechos sin precedentes. Prácticamente
todas las sinagogas del país fueron incendiadas; siete mil comercios judíos
fueron vandalizados —sus vidrieras destruidas dieron a esta jornada el nombre de
“noche de los cristales”—; 26.000 judíos fueron internados en campos de
concentración bajo la aberrante “ley de custodia protectora” que permitía al
Estado detener sin recurso de habeas corpus a individuos considerados
“peligrosos”. Entre noventa y cien personas murieron en menos de 24 horas: la
mayoría fue asesinada por las bandas de nazis; unos pocos no pudieron soportar
la barbarie y se suicidaron.
La
Gestapo y la policía recibieron instrucciones del jefe del Servicio de Seguridad
de las SS Reinhard Heydrich de proteger las personas y bienes no judíos,
de efectuar detenciones de judíos adultos varones para utilizarlos como fuerza
de trabajo en los campos de concentración. Los bomberos, por su parte, debían
limitarse a cercar los focos de incendios evitando que se extendieran a las
propiedades no judías.
El
12 de noviembre Goering (imagen der.) convocó una reunión con representantes de
los distintos organismos estatales y partidarios, así como de empresas
aseguradoras, a fin de evaluar los daños y las medidas a adoptar con vistas a
“arreglar la cuestión judía”.
Las
pérdidas directas e indirectas fueron estimadas en varios cientos de millones de
Reichsmarks (RM). Uno de los resultados más graves de la reunión fue la decisión
de declarar la responsabilidad colectiva de los judíos alemanes por el asesinato
de von Rath.
Como
represalia, deberían pagar al Estado la suma de un billón de RM, aplicable a
todos los bienes cuyo valor excediera los 5.000 RM; sus propietarios deberían
pagar el 25 % del valor en cinco cuotas. Además se promulgó un decreto especial
“para la restauración del paisaje callejero” por el que se obligaba a los
comerciantes judíos a costear los gastos de los daños causados a sus
propiedades. Los reembolsos que las compañías aseguradoras debían pagar a los
damnificados quedaban confiscados en beneficio del Estado.
La
reunión del 12 de noviembre también sancioné el “decreto para la exclusión de os
judíos de la vida económica”. La decisión estaba dirigida a completar la ya
avanzada “arianización” de la economía alemana. Se estableció que todos ¡os
comercios judíos deberían cerrarse o ser transferidos a propietarios no judíos
antes del 11 de enero de 1939. A fin de evitar un colapso del mercado un decreto
ulterior obligó a ¡os judíos a vender sus bonos, acciones, joyas y obras de arte
al Estado, que establecería el precio de los mismos.
La
política antijudía había procedido de manera gradual y errática. Ello se debió
en parte al poco entusiasmo con que la mayoría de la población recibió las
consignas raciales del régimen, así como a la competencia permanente entre ¡as
organizaciones del partido por mostrar su celo en los asuntos que preocupaban al
Führer.
El
pogrom del 9/10 de noviembre fue orquestado por los grupos más radical
izados dentro del partido —Goebbels y la SA— en un intento por recuperar su
capacidad de acción y contrarrestar lo que consideraban el deslizamiento del
nacionalsocialismo hacia políticas de compromiso con sectores burgueses y
reaccionarios de la sociedad4. Pero por sobre todas las cosas la
Kristallnacht constituyó un punto de inflexión decisivo de la política
antijudía. Los actos de barbarie ocurrieron a la vista de la sociedad; sin
embargo, y salvo raras excepciones, no hubo reacciones públicas de protesta.
Semejante actitud —y éste es un dato fundamental para comprender la tragedia
posterior— mostró al régimen que si bien la mayoría de los “camaradas
nacionales” no eran antisemitas fanáticos, tampoco se opondrían a la política
antijudía aún cuando ésta involucrase actos criminales. La pasividad de la
población en general no puede ser explicada en términos del grado de eficiencia
y dominación alcanzado por el aparato de terror nazi.
De
hecho, estudios recientes han demostrado como, a través de denuncias falsas,
muchos alemanes “ordinarios” manipulaban las estructuras coercitivas del partido
para beneficio personal5. Salvo unos pocos que se solidarizaron públicamente con
las víctimas —entre ellos, el Pastor Martín Niemoeller de la Iglesia Confesional
y el Cardenal Faulhaber de Munich—, los representantes de las iglesias
protestante y católica permanecieron en silencio cuando todavía era posible una
condena pública. Tampoco existe evidencia alguna de protestas por parte de otros
grupos opositores al nacionalsocialismo dentro de la burguesía o el ejército.