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ORIGEN Y EVOLUCIÓN DEL
CRISTIANISMO EN EL IMPERIO ROMANO
VIDA DE JESUCRISTO
PERSECUCIONES A LOS CRISTIANOS
La
persecución romana
de los cristianos durante el primer y segundo siglos de nuestra era
nunca fue sistemática, sino sólo esporádica y local. La persecución
comenzó durante el reinado de Nerón. Habiendo destruido el fuego gran
parte de Roma, el emperador utilizó a los cristianos como chivos
expiatorios, los acusó de incendio premeditado y de odio a la raza
humana, y los sometió a atroces muertes en Roma.
En el segundo siglo, en gran
medida los cristianos fueron ignorados y considerados inofensivos. Al
final de los reinados de los cinco buenos emperadores, los cristianos
todavía representaban una pequeña minoría, pero con una fe considerable.
Esta fuerza se basaba en la certeza de la moralidad de su conducta
convicción reforzada por la disponibilidad de los primeros cristianos a
convertirse en mártires en aras de su fe.
El Crecimiento del
cristianismo
Porque el Cristianismo Se Convirtió en la Religión Oficial del Imperio
Romano
La persecución esporádica de
los cristianos por los romanos en los siglos primero y segundo no
pudieron detener en absoluto el crecimiento del cristianismo. De hecho,
sirvió para fortalecer el cristianismo como institución en los siglos
tercero y cuarto, causa de que cambiara su débil estructura del primer
siglo, y avanzara hacia una más centralizada organización de sus
diversas comunidades eclesiales.
Un elemento crucial para
este cambio fue el visible papel de los obispos. Si bien eran aún
elegidos por la comunidad, los obispos comenzaron a asumir mayor
control, constituyéndose el obispo como jefe y los presbíteros como
clérigos sujetos a la autoridad del obispo. Alrededor del siglo tercero
los obispos eran nominados por los clérigos, simplemente aprobados por
la congregación y luego oficialmente consagrados para el cargo. La
iglesia cristiana iba creando una bien definida estructura jerárquica,
en la que los obispos y los clérigos eran funcionarios asalariados,
separados de los laicos, o miembros regulares de la iglesia.
El cristianismo creció poco
a poco en el primer siglo, se arraigó en el segundo y se difundió
ampliamente en el tercero. ¿Por qué fue el cristianismo capaz de atraer
a tantos seguidores? Los historiadores no están del todo seguros, pero
han ofrecido varias respuestas a esta pregunta.
Ciertamente, el mensaje
cristiano tuvo mucho que ofrecer al mundo romano. La promesa de la
salvación, posible por la muerte y resurrección de Cristo, ejerció un
inmenso atractivo en un mundo lleno de sufrimiento e injusticia. El
cristianismo parecía imbuir la vida con un significado y un propósito
que estaban más allá de las simples cosas materiales de la realidad
cotidiana.
En segundo lugar, el
cristianismo no era del todo desconocido. Podía simplemente ser
considerada como otra religión mistérica occidental que prometía la
inmortalidad como efecto de la muerte sacrificial de un Dios salvador.
Al mismo tiempo, brindaba ventajas de las que carecían otras religiones
misteriosas. Cristo había sido un ser humano, y no una figura
mitológica, como Isis o Mitra. Es más, el cristianismo tuvo un atractivo
universal.
A
diferencia del mitraísmo, no era exclusiva para varones. Además,
no exigía un rito de iniciación complejo o caro, como sucedía con otras
religiones mistéricas. La iniciación culminaba simplemente con el
bautismo —purificación por el agua—, mediante el cual se entraba en una
relación personal con Cristo. Asimismo, el cristianismo dotó de un nuevo
significado a la vida, y brindó lo que las religiones oficiales de Roma
jamás pudieron: una relación personal con Dios, así como un eslabón con
un mundo superior.
Por último, el cristianismo
satisfizo la necesidad humana de pertenencia. Los cristianos integraron
comunidades unidas unas con otras en las que las personas podían
expresar su amor ayudándose mutuamente y ofreciendo auxilio a pobres,
enfermos, viudas y huérfanos. El cristianismo satisfizo la necesidad de
pertenencia en una forma en la que el enorme, impersonal y remoto
Imperio Romano jamás pudo.
El cristianismo resultó
atractivo para todas las clases. La promesa de la vida eterna se ofrecía
a todos: ricos, pobres, aristócratas, esclavos, hombres y mujeres. Como
Pablo enunció en su Epístola a los colosenses: “Deben revestirse del
hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento
perfecto a imagen de su Creador, donde no existen el griego o el judío
el circunciso o el incircunciso, el bárbaro, el escita, el
esclavo o el hombre libre, sino que "Cristo es todo y está en todo”.
Aunque no hizo un llamado a la revolución o a la revuelta social, el
cristianismo puso énfasis en un sentido de igualdad espiritual para
todos los pueblos.
Muchas mujeres se dieron
cuenta de que el cristianismo ofrecía nuevas actividades y otras formas
de compañía con otras mujeres. Las mujeres cristianas practicaban la
nueva religión en su propia casa y predicaban sus convicciones ante
otras personas en sus aldeas. Muchas otras murieron por su fe. Perpetua
fue una mujer aristócrata que se convirtió al cristianismo. Su familia
pagana le suplicó que renunciara a su nueva fe, a lo que ella se rehusó.
Las autoridades la apresaron, pero ella eligió morir por su fe y fue una
de las que formaban el grupo de cristianos masacrados por las bestias
salvajes en la arena de Cartago el 7 de marzo de 203.
Una
vez que la iglesia cristiana estuvo mejor organizada, dos emperadores
del siglo tercero respondieron con más persecuciones sistemáticas. El
emperador Decio (249-251)
(imagen)culpó a los cristianos de los desastres que
asolaron a Roma en el aciago siglo III: fueron ellos quienes no
reconocieron a los dioses del estado y, en consecuencia, éstos se
vengaron contra los romanos.
Es más, conforme la
organización administrativa de la iglesia crecía, Decio juzgaba que el
cristianismo se asemejaba más y más a un estado dentro del estado que
iba socavando el imperio. En consecuencia, inició la primera persecución
sistemática de cristianos. Se requirió a todos los ciudadanos
presentarse ante sus magistrados locales y ofrecer sacrificios a los
dioses romanos.
Por supuesto, los cristianos
se negaron. Sin embargo, los planes de Decio fallaron. Los funcionarios
locales no cooperaron y además, el reinado de Decio no fue tan largo. La
última gran persecución la ordenó Diocleciano, al comienzo del siglo
cuarto, pero era ya demasiado tarde. El cristianismo se había
fortalecido mucho, como para ser erradicado por la fuerza. La mayoría de
los paganos había aceptado la existencia del cristianismo.
En
el siglo IV, el cristianismo prosperó como nunca antes. Es
Constantino
(imagen) quien desempeño una función importante en
el cristianismo, al que apoyo aparentemente desde el 312, cuando su
ejército debía librar una batalla crucial contra Majencio en el puente
Milvio, que cruzaba el río Tiber al norte de Roma. De acuerdo con una
historia tradicional, al entrar en una batalla decisiva tuvo la visión
de una cruz cristiana con la leyenda: “Con este signo, vencerás”.
La tradición prosigue que habiendo ganado la batalla, Constantino se
convenció del poder del dios cristiano.
A pesar de que no fue
bautizado sino hasta el final de su vida, en el año 313 promulgó el
famoso Edicto de Milán, por el que oficialmente se toleraba la
existencia del cristianismo. Después de Constantino, los emperadores
fueron cristianos, con excepción de Juliano (360-363), quien trató
brevemente de restaurar la religión politeísta grecoromana tradicional.
Sin embargo, él murió en una
batalla y su gobierno fue demasiado corto como para causar algún efecto.
Bajo Teodosio “el Grande” (378-395), el cristianismo fue declarado la
religión oficial del Imperio Romano. Una vez en poder del control, los
líderes cristianos utilizaron su influencia para proscribir las
prácticas religiosas paganas. El cristianismo había triunfado.
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