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El trasfondo judío
Jesús de Nazaret fue un
judío palestino condenado a muerte por Poncio Pilatos, el procurador de la
provincia de Judea, la cual comprendía el territorio del viejo reino
hebreo de Judea. El cristianismo surgió del judaísmo, por lo que conviene
volverse hacia el mundo político-religioso judío con el fin de encontrar
los comienzos del cristianismo.
En tiempos helénicos, el
pueblo judío había disfrutado de considerable independencia, bajo los
gobernantes seleúcidas. El involucramiento de los romanos con los judíos
comenzó en el año 63 a. de C. y, alrededor del año 6 de nuestra era, Judea
se convirtió en una provincia puesta bajo el mando de un procurador
romano. Sin embargo, continuó la intranquilidad, aumentada por las
divisiones entre los mismos judíos. Los saduceos pugnaban por una
fidelidad rígida a la ley hebrea, rechazaban toda posibilidad de
inmortalidad personal y estaban a favor de la cooperación con los romanos.
Los fariseos seguían rigurosamente el rito judío y, aunque deseaban
liberar a Judea del control romano, no apoyaban los medios violentos para
alcanzar esta meta. Los esenios eran una secta judía que vivía en
comunidad religiosa cerca del mar Muerto. Tal y como se revela en los
rollos del mar Muerto —una colección de documentos descubiertos en
1947—los esenios, al igual que otros judíos, esperaban un Mesías que
salvaría a Israel de la opresión, anunciaría el reino de Dios y
establecería el verdadero paraíso en la Tierra. Un cuarto grupo, los
zelotes, eran extremistas militantes que propugnaban el derrocamiento
violento de la dominación romana. Una revuelta judía en el año 66 de
nuestra era fue sofocada por los romanos tras cuatro años. El Templo de
Jerusalén fue destruido y el poder romano se impuso una vez más de manera
absoluta en Judea.
Surgimiento del cristianismo
En medio de la confusión y
de los conflictos de Judea, Jesús de Nazaret (c. 6 a. de C.-30 d. de C.)
comenzó su predicación pública. Jesús creció en Galilea, importante centro
de los militantes zelotes. El mensaje de Jesús, básicamente, era muy
simple. Dio seguridades a sus camaradas judíos de que no intentaba minar
su religión tradicional:
“No piensen que he venido a
abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles
cumplimiento”.’ De acuerdo con Jesús, lo importante no era el rígido
fanatismo de la letra de la ley y el sometimiento a las reglas y a las
prohibiciones, sino la transformación de lo íntimo de la persona:
“Así, en todos los casos, haz a los demás lo que te gustaría que los otros
te hicieran, porque esto resume la ley y los profetas”.18 El mandamiento
de Dios era muy sencillo, amar a Dios y al prójimo: ‘Ama al Señor tu Dios
con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y con toda tu fuerza. El
segundo manda miento es: ama a tu prójimo como a ti mismo’.19 En el Sermón
de la montaña , Jesús expresó los conceptos éticos —humildad, caridad y
amor fraterno— que conformarían las bases del sistema de valores de la
civilización occidental medieval. Como hemos visto, no coincidían con los
valores de la clásica Civilización greco-romana.
Si bien hubo gente que
saludó a Jesús como el Mesías que varía a Israel de la opresión y
establecería el reino de Dios sobre la tierra, Jesús habló de un reino
celestial, y no de un reino terrenal: “Mi reino no es de este mundo”.20 En
consecuencia, defraudó a los radicales. Por su parte, los líderes
religiosos conservadores juzgaron que Jesús socavaba el respeto hacia la
religión judía tradicional. Pali las autoridades romanas de Palestina y
sus aliados locales, el nazareno era un revolucionario en potencia capaz
de transformar las esperanzas judías de un reino mesiánico en una revuelta
contra. Roma. Por consiguiente, Jesús se descubrió como objeto de def cias
en diversos ámbitos, y al final fue entregado a las autoridades romanas.
El procurador Poncio Pilatos ordenó su crucifixión. Empero, esto no
resolvió el problema. Unos pocos fieles seguidores de Jesús difundieron la
noticia de que Jesús había vencido la muerte, había resucitado y luego
había ascendido a los cielos. La creencia de la resurrección de Jesús se
volvió un dogma importante de la doctrina cristiana. Jesús era aclamado
ahora como el “ungido” (Cristo en griego), el Mesías, quien regresaría e
instauraría el reino de Dios en la tierra.
El cristianismo comenzó,
como un movimiento religioso dentro del judaísmo, y así lo consideraron
las autoridades romanas durante muchas décadas. Aunque la tradición afirma
que uno de los discípulos de Cristo, Pedro, fundó la iglesia cristiana en
Roma, el personaje más importante de los primeros tiempos del cristianismo
—después de Jesús— fue Pablo de Tarso (c. 5-c. 67). Pablo se acercó a los
no judíos y transformó el cristianismo de una secta judía en un movimiento
religioso más amplio.
Llamado el “segundo fundador
del cristianismo”, Pablo fue un judío, ciudadano romano, muy influido por
la cultura griega helenística. Creía que el mensaje de Cristo debería ser
predicado no sólo a los judíos, sino a los gentiles (los no judíos). Pablo
fue pionero en la fundación de comunidades cristianas a todo lo largo de
Asia Menor y en las costas del mar Egeo.
Fue Pablo quien proveyó un
fundamento universal para la difusión de las ideas de Cristo. Enseñó que
Cristo era, en efecto, un Dios redentor, el hijo de Dios, que había venido
a la Tierra para salvar a todos los seres humanos, pecadores, de hecho, a
causa del pecado original cometido por Adán al desobedecer a Dios. Con su
muerte, Cristo había expiado los pecados de la humanidad y había hecho
posible que todos los hombres y mujeres experimentaran un nuevo comienzo
con la posibilidad de la salvación personal. Aceptando a Cristo como
salvador, ellos también podrían ser salvados.
Al principio, el
cristianismo se diseminó con lentitud. Aunque las enseñanzas del primitivo
cristianismo se difundían mayormente por la prédica de los cristianos
proselitistas, también hicieron su aparición materiales escritos. Pablo
escribió una serie de cartas, o epístolas, que delineaban las creencias
cristianas en diferentes comunidades. Asimismo, algunos de los discípulos
de Cristo bien pudieron conservar algunos dé los dichos del maestro en
forma escrita, y los transmitieron como memorias personales, que más tarde
llegaron a constituir las bases de los evangelios escritos —la buena
nueva respecto a Cristo— los cuales trataron de formular un registro de
la vida y de las enseñanzas de Cristo, y establecieron el núcleo del Nuevo
Testamento. Aunque Jerusalén fue el primer centro del cristianismo, su
destrucción por los romanos en el año 70 de nuestra era dejó a las
iglesias cristianas con una considerable independencia. Alrededor del año
100 se hablan fundado iglesias cristianas en muchas de las ciudades
principales del oriente, así como en algunos lugares de la parte
occidental del imperio. Muchos de los primeros cristianos provenían de las
filas de los judíos helenizados y de las poblaciones del oriente de habla
griega. Pero en los siglos III y IV, un creciente número de seguidores
hablaban latín. Una traducción latina del Nuevo Testamento, escrito
originalmente en griego, aparecida poco después del año 200, ayudó a este
proceso.
Los grupos de primeros
cristianos se reunían al atardecer en casas privadas para compartir una
comida comunal, llamada ágape, o banquete de amor, y para celebrar lo que
llegó a conocerse como el sacramento de la eucaristía, o cena del Señor,
celebración comunal de la última cena de Cristo:
Mientras comían, Jesús tomó
pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y
comed; éste es mi cuerpo.
Luego tomó una copa, dio
gracias y la ofreció, diciendo: bebed todos de esta copa. asta es mi
sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los
pecados.2’
Al formarse las primeras
comunidades cristianas tenían una organización flexible, en la que hombres
y mujeres desempeñaban funciones importantes. Algunas mujeres ejercían
posiciones relevantes y, a menudo, como predicadoras. Las iglesias locales
se congregaban bajo el gobierno de consejos de ancianos (o presbíteros),
pero, a principios del segundo siglo, ciertos funcionarios conocidos como
obispos llegaron a ejercer considerable autoridad sobre los presbíteros.
Estos obispos basaban su posición de superioridad en la sucesión
apostólica: como sucesores de los doce primigenios apóstoles de Jesús,
eran los delegados vivientes del poder de Cristo. Tal y como Ignacio de
Antioquía escribió en el año 107: “Es obvio que debemos mirar a un obispo
como al Señor en persona ... Sus clérigos... están en armonía con su
obispo como las cuerdas de un arpa, y el resultado es un himno de alabanza
a Jesucristo de mentes que sienten al unísono” Los obispos solamente eran
varones, indicio claro de que en el siglo u de nuestra era la mayor parte
de las comunidades cristianas coincidían con el punto de vista de Pablo,
respecto a que las mujeres cristianas deberían estar sujetas a la
autoridad de los varones cristianos.
A pesar de que algunos de
los valores fundamentales del cristianismo diferían marcadamente de los
del mundo greco-romano, al principio los romanos no prestaron mucha
atención a los cristianos, a quienes consideraban simplemente una secta
más del judaísmo. La propia estructura del Imperio Romano ayudó al
crecimiento del cristianismo. Los misioneros cristianos —incluyendo
algunos de los doce apóstoles o discípulos originales de Cristo—
utilizaron los caminos romanos para trasladarse por todo el imperio
difundiendo la “buena nueva".
Sin embargo, conforme
transcurrió el tiempo, la actitud de los romanos hacia el cristianismo
comenzó a cambiar. Como hemos visto, los romanos fueron tolerantes con
otras religiones, salvo cuando amenazaban el orden o la moral públicos.
Muchos romanos llegaron a considerar el cristianismo peligroso para el
orden del estado romano. Estas opiniones a menudo se basaron en
interpretaciones erróneas. Por ejemplo, la práctica de la cena del Señor
dio origen a rumores de que los cristianos practicaban crímenes horrendos,
como el asesinato ritual de niños. Si bien sabemos que esos rumores eran
falsos, ciertos romanos los creyeron y los manipularon en tiempos de
crisis para incitar al pueblo contra los cristianos. Es más, como los
cristianos llevaban a cabo sus reuniones en secreto y parecían estar en
comunicación con cristianos localizados en otras áreas, el gobierno podía
juzgarlos potencialmente peligrosos para el estado.
Algunos romanos pensaron que
los cristianos eran excluyentes en exceso y, por lo tanto, nocivos para la
comunidad y el orden público. Los cristianos no aceptaban a otros dioses
y, en consecuencia, se abstenían de asistir a los festivales públicos que
honraban a esas deidades. Por último, los cristianos se rehusaban a
participar en la adoración de los dioses del estado y en el culto
imperial. Dado que los romanos consideraban estas ceremonias importantes
para el estado, el rechazo de los cristianos ponía en peligro la seguridad
del estado y en consecuencia, constituía un acto de traición, punible con
la muerte. También constituía una prueba de ateísmo (no creer en los
dioses) y estaba sujeto a castigo bajo estos cargos. Sin embargo, para los
cristianos —quienes creían que únicamente había un solo y verdadero dios
adoración de los dioses del estado y de los emperadores era idolatría, lo
cual pondría en peligro su propia salvación.
La persecución romana de los
cristianos durante el primer y segundo siglos de nuestra era nunca fue
sistemática, sino sólo esporádica y local. La persecución comenzó durante
el reinado de Nerón. Habiendo destruido el fuego gran parte de Roma, el
emperador utilizó a los cristianos como chivos expiatorios, los acusó de
incendio premeditado y de odio a la raza humana, y los sometió a atroces muertes en Roma. En el
segundo siglo, en gran medida los cristianos fueron ignorados y
considerados inofensivos. Al final de los reinados de los cinco buenos
emperadores, los cristianos todavía representaban una pequeña minoría,
pero con una fe considerable. Esta fuerza se basaba en la certeza de la
moralidad de su conducta convicción reforzada por la disponibilidad de los
primeros cristianos a convertirse en mártires en aras de su fe.
El Crecimiento del
cristianismo
La persecución esporádica de
los cristianos por los romanos en los siglos primero y segundo no pudieron
detener en absoluto el crecimiento del cristianismo. De hecho, sirvió para
fortalecer el cristianismo como institución en los siglos tercero y
cuarto, causa de que cambiara su débil estructura del primer siglo, y
avanzara hacia una más centralizada organización de sus diversas
comunidades eclesiales. Un elemento crucial para este cambio fue el
visible papel de los obispos. Si bien eran aún elegidos por la comunidad,
los obispos comenzaron a asumir mayor control, constituyéndose el obispo
como jefe y los presbíteros como clérigos sujetos a la autoridad del
obispo. Alrededor del siglo tercero los obispos eran nominados por los
clérigos, simplemente aprobados por la congregación y luego oficialmente
consagrados para el cargo. La iglesia cristiana iba creando una bien
definida estructura jerárquica, en la que los obispos y los clérigos eran
funcionarios asalariados, separados de los laicos, o miembros regulares de
la iglesia.
El cristianismo creció poco
a poco en el primer siglo, se arraigó en el segundo y se difundió
ampliamente en el tercero. ¿Por qué fue el cristianismo capaz de atraer a
tantos seguidores? Los historiadores no están del todo seguros, pero han
ofrecido varias respuestas a esta pregunta. Ciertamente, el mensaje
cristiano tuvo mucho que ofrecer al mundo romano. La promesa de la
salvación, posible por la muerte y resurrección de Cristo, ejerció un
inmenso atractivo en un mundo lleno de sufrimiento e injusticia. El
cristianismo parecía imbuir la vida con un significado y un propósito que
estaban más allá de las simples cosas materiales de la realidad cotidiana.
En segundo lugar, el cristianismo no era del todo desconocido. Podía
simplemente ser considerada como otra religión mistérica occidental que
prometía la inmortalidad como efecto de la muerte sacrificial de un Dios
salvador. Al mismo tiempo, brindaba ventajas de las que carecían otras
religiones misteriosas. Cristo había sido un ser humano, y no una figura
mitológica, como Isis o Mitra. Es más, el cristianismo tuvo un atractivo
universal. A diferencia del mitraísmo, no era exclusiva para varones.
Además, no exigía un rito de iniciación complejo o caro, como sucedía con
otras religiones mistéricas. La iniciación culminaba simplemente con el
bautismo —purificación por el agua—, mediante el cual se entraba en una
relación personal con Cristo. Asimismo, el cristianismo dotó de un nuevo
significado a la vida, y brindó lo que las religiones oficiales de Roma
jamás pudieron: una relación personal con Dios, así como un eslabón con un
mundo superior.
Por último, el cristianismo
satisfizo la necesidad humana de pertenencia. Los cristianos integraron
comunidades unidas unas con otras en las que las personas podían expresar
su amor ayudándose mutuamente y ofreciendo auxilio a pobres, enfermos,
viudas y huérfanos. El cristianismo satisfizo la necesidad de pertenencia
en una forma en la que el enorme, impersonal y remoto Imperio Romano jamás
pudo.
El cristianismo resultó
atractivo para todas las clases. La promesa de la vida eterna se ofrecía a
todos: ricos, pobres, aristócratas, esclavos, hombres y mujeres. Como
Pablo enunció en su Epístola a los colosenses: “Deben revestirse del
hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto
a imagen de su Creador, donde no existen el griego o el judío> el
circunciso o el incircunciso, el bárbaro, el escita, el esclavo o el
hombre libre, sino que Cristo es todo y está en todo”.23 Aunque no hizo un
llamado a la revolución o a la revuelta social, el cristianismo puso
énfasis en un sentido de igualdad espiritual para todos los pueblos.
Muchas mujeres se dieron
cuenta de que el cristianismo ofrecía nuevas actividades y otras formas de
compañía con otras mujeres. Las mujeres cristianas practicaban la nueva
religión en su propia casa y predicaban sus convicciones ante otras
personas en sus aldeas. Muchas otras murieron por su fe. Perpetua (m. 203)
fue una mujer aristócrata que se convirtió al cristianismo. Su familia
pagana le suplicó que renunciara a su nueva fe, a lo que ella se rehusó.
Las autoridades la apresaron, pero ella eligió morir por su fe y fue una
de las que formaban el grupo de cristianos masacrados por las bestias
salvajes en la arena de Cartago el 7 de marzo de 203.
Una vez que la iglesia
cristiana estuvo mejor organizada, dos emperadores del siglo tercero
respondieron con más persecuciones sistemáticas. El emperador Decio
(249-251) culpó a los cristianos de los desastres que asolaron a Roma en
el aciago siglo III: fueron ellos quienes no reconocieron a los dioses del
estado y, en consecuencia, éstos se vengaron contra los romanos. Es más,
conforme la organización administrativa de la iglesia crecía, Decio
juzgaba que el cristianismo se asemejaba más y más a un estado dentro del
estado que iba socavando el imperio. En consecuencia, inició la primera
persecución sistemática de cristianos. Se requirió a todos los ciudadanos
presentarse ante sus magistrados locales y ofrecer sacrificios a los
dioses romanos. Por supuesto, los cristianos se negaron. Sin embargo, los
planes de Decio fallaron. Los funcionarios locales no cooperaron y además,
el reinado de Decio no fue tan largo. La última gran persecución la ordenó
Diocleciano, al comienzo del siglo cuarto, pero era ya demasiado tarde. El
cristianismo se había fortalecido mucho, como para ser erradicado por la
fuerza. La mayoría de los paganos había aceptado la existencia del
cristianismo.
En el siglo IV, el
cristianismo prosperó como nunca antes. El Constantino desempeño una
función importante en el cristianismo, al que apoyo aparentemente desde el
312, cuando su ejército debía librar una batalla crucial contra Majencio
en el puente Milvio, que cruzaba el río Tiber al norte de Roma. De acuerdo
con una historia tradicional, al entrar en una batalla decisiva tuvo la
visión de una cruz cristiana con la leyenda: “Con este signo, vencerás”.
La tradición prosigue que habiendo ganado la batalla, Constantino se
convenció del poder del dios cristiano. A pesar de que no fue bautizado
sino hasta el final de su vida, en el año 313 promulgó el famoso Edicto de
Milán, por el que oficialmente se toleraba la existencia del cristianismo.
Después de Constantino, los emperadores fueron cristianos, con excepción
de Juliano (360-363), quien trató brevemente de restaurar la religión
politeísta grecoromana tradicional. Sin embargo, él murió en una batalla y
su gobierno fue demasiado corto Como para causar algún efecto. Bajo
Teodosio “el Grande” (378-395), el cristianismo fue declarado la religión
oficial del Imperio Romano. Una vez en poder del control, los líderes
cristianos utilizaron su influencia para proscribir las prácticas
religiosas paganas. El cristianismo había triunfado. |
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