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LA CONVERSIÓN DE INGLATERRA
Mientras los monjes irlandeses se ocupaban de ofrecer su versión del
cristianismo a los anglo-sajones de Bretaña, el papa Gregorio el Grande también
puso en movimiento su propio esfuerzo para convertir a Inglaterra al
cristianismo romano. Su agente más importante fue Agustín, un monje del
monasterio de San Andrés de Roma, el cual llegó a Inglaterra en el año 597. Para
esa época, Inglaterra estaba conformada por un número de reinos germanos.
Agustín se dirigió primero a Kent, donde convirtió al rey Etelberto.
En consecuencia, los súbditos del rey siguieron su ejemplo.
Las técnicas de conversión del papa Gregorio hacían hincapié más en la
persuasión que en la fuerza y, como se puede colegir de este fragmento de una de
sus cartas, estaba dispuesto a asimilar antiguas prácticas paganas, con el fin
de inducir a los paganos a la nueva fe:
Desearía que tú [abad Melicio] le informes [a Agustín] que hemos dado mucha
atención a los asuntos concernientes a los ingleses, y
hemos llegado a la conclusión de que los templos de los ídolos de entre esa
gente bajo ningún motivo deben derribarse. Los ídolos deben destruirse, pero los
templos mismos deben asperjarse Con agua bendita, y en ellos se colocarán
altares y se depositarán reliquias. Si esos templos están bien construidos,
deben ser purificados del culto a los demonios y consagrarse al servicio del
verdadero Dios. De esta forma, esperamos que esa gente, al ver que no se
destruyeron sus templos, pueda enmendar su error y, congregándose con más
presteza en sus lugares habituales pueda llegar a conocer y adorar al verdadero
Dios.
Liberados de su pasado pagano, los templos se convirtieron en iglesias, como
hizo notar con júbilo un comentarista cristiano: “La morada de los demonios se
convirtió en la casa de Dios. Llegó el brillo de la luz salvadora a donde las
sombras lo cubrían todo. Donde los sacrificios tenían lugar y se erigían ídolos,
ahora danzan coros angelicales. Donde Dios estuvo encolerizado, ahora está
contento
Del
mismo modo, a todas las festividades paganas se les dio un nuevo nombre y se
incorporaron al calendario cristiano. Sin lugar a dudas, Gregorio era consciente
de que los primeros cristianos procedieron de manera similar. La festividad
cristiana de la Navidad, por ejemplo, se siguió celebrando el 25 de diciembre,
día de la celebración pagana del solsticio de invierno.
A
medida que se extendía el cristianismo romano hacia el norte de Bretaña, se
encontró con el cristianismo irlandés, que se expandía hacia el sur. Muy pronto
hicieron su aparición disputas sobre las diferencias entre el cristianismo
romano y el céltico, sobre todo rulo que respecta a los asuntos de disciplina.
En el Sínodo de Whitby can sede en el reino de
Northumbria, en el año 664 el
rey de esa región aceptó los argumentos de los representantes del cristianismo
romano y decidió la cuestión a favor de las prácticas romanas. A parir de ese
momento se dio una fusión gradual del cristianismo remano y el celta. Pese a su
recién alcanzada unidad y su lealtad a Roma, la iglesia inglesa retuvo ciertas
características irlandesas. La roas Importante fue su compromiso con la cultura
monástica, y especialmente con el aprendizaje y el trabajo misionero. Hacia el
año 700, la clerecía inglesa se convirtió en la mejor entrenada y en la más
instruida de Europa occidental.
Siguiendo el ejemplo irlandés, misioneros ingleses viajaron al continente
europeo para realizar el trabajo de conversión. El monje más importante fue
Bonifacio (c. 675-754), quien emprendió la conversión de los germanos paganos de
Frisia, Bayana y Sajonia. Cerca del año 740, san Leonifacio, “apóstol de los
germanos" se convirtió en el sacerdote más famoso de Europa. Murió asesinado
catorce años después, mientras trataba de convertir a los frisios paganos.
Bonifacio fue un brillante ejemplo de los numerosos monjes irlandeses e ingleses
cuyos incansables esfuerzos hicieron que Europa fuera un bastión de la fe
católica romana.
Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Volumen A
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