Monasterios de Mujeres en la Edad Media

LOS PRIMEROS MONASTERIOS DE MUJERES EN LA EDAD MEDIA

 

 

 

 

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MONASTERIOS DE MUJERES EN LA EDAD MEDIA

Las mujeres también desempeñaron un papel importante en el movimiento misionero monástico y la conversión de los reinos germánicos. Los así llamados monasterios duales, en los que monjas y monjes vivían en casas separadas, pero asistían juntos a los servicios religiosos, se encontraban tanto en el reino franco como en el inglés. Monjes y monjas cumplían una regla común bajo un superior común. A menudo, este jefe era una abadesa, en lugar de un abad. Muchas abadesas pertenecían a las casas reales, sobre todo, en la Inglaterra anglo-sajona. Por ejemplo, en el reino de Northumbría, Santa Hilda fundó el monasterio de Whitby en el año 657. En su calidad de abadesa, era responsable de conceder al estudio un importante papel en la vida del monasterio; cinco futuros obispos se educaron bajo su tutela. A las mujeres intelectuales, los monasterios les brindaban oportunidades para el aprendizaje, que no se encontraban en ninguna otra parte de la sociedad de su época.

Las monjas de los siglos VII y VIII no siempre estaban enclaustradas tan rigurosamente como en otros tiempos y por consiguiente, tuvieron la oportunidad de desempeñar un importante papel en la difusión del cristianismo. El gran misionero inglés Bonifacio dependió de las monjas de Inglaterra en cuestiones de dinero y libros. También solicitó a la abadesa de Wimborne que le enviara grupos de monjas, con el fin de establecer conventos en las recién convertidas tierras germanas. Una monja llamada Leoba estableció el primer convento en Germania, en la ciudad de Bischofsheim.

Resulta difícil valorar lo que significaba el cristianismo para los paganos conversos, sobre todo, a los campesinos a quienes los monjes irlandeses e ingleses les dedicaron sus mayores esfuerzos, Tal y como lo recomendó el papa Gregorio, las creencias y los valores cristianos solían imponerse por encima de las costumbres paganas. Aunque eficaz para obtener rápidas conversiones, es una pregunta sin respuesta saber cuánta gente, en verdad, entendió la doctrina cristiana. La creencia popular tendía a concebir a Dios corno un juez, al cual era necesario apaciguar con objeto de evitar los desastres en la vida cotidiana y para obtener la salvación. A excepción de la promesa de salvación, esa imagen de Dios no era del todo diferente en las prácticas religiosas romanas.

Una Abadesa anglosajona: Hilda de Whitby

Hilda, abadesa del monasterio de Whitby, constituye un buen ejemplo de las abadesas de la realeza en la Inglaterra anglosajona, las cuales desempeñaron importantes papeles en las instituciones monásticas inglesas. Hilda fue muy conocida por su vida ejemplar y su gran aprecio por el conocimiento. Esta narración de su vida está tomada de la obra de Beda, a quien muchos consideran el primer historiador importante de la Edad Media.

Beda, Historia eclesiástica del pueblo inglés

Durante el siguiente año, es decir, el año del Señor de 680, Hilda —abadesa del monasterio de Whitby—, la más devota sirviente de Cristo, falleció para recibir la recompensa de la vida eterna el 17 de noviembre, a la edad de sesenta y seis años, tras cumplir una vida plena de hechos celestiales. Su vida se dividió en dos partes iguales, pues pasó treinta y tres años de la manera más noble, dedicada a ocupaciones seculares, y consagró el resto de su vida, de una forma aún más noble, a nuestro Señor, en la vida monástica. Fue noble de nacimiento, hija de Hererico, sobrino del rey Edwin, con quien recibió la fe y los sacramentos de Cristo mediante la prédica de Paulino, de bendita memoria, quien fue el primer obispo de los northumbrianos, fe que ella conservó hasta que fue considerada digna de verlo en el cielo...

Cuando por algunos años gobernó este monasterio (Heruteu), se ocupó de manera constante en cimentar la vida regular; además de eso, emprendió la fundación u organización de un monasterio en un lugar conocido como Streaneshalch, y llevó a cabo esta misión encomendada con gran energía. Estableció la misma vida regular como lo hizo en su anterior monasterio, y enseñó el cumplimiento de la justicia, la devoción, la pureza y otras virtudes, pero, sobre todo, de la paz y la caridad. Según el ejemplo de la iglesia primitiva, nadie allí era rico o pobre, pues todo era de propiedad comunal, y ninguno disponía de propiedad personal alguna. Tan grande era su prudencia, que no únicamente las personas ordinarias, sino los reyes y príncipes, solían acudir a pedirle consejo para sus dificultades. A aquellos que estaban bajo su dirección se les exigía hacer un estudio cabal de las Escrituras y ocuparse en hacer buenas obras, con objeto de que muchos pudie. ran ser aptos para las Sagradas Órdenes y para el servicio del altar de Dios. Posteriormente, de este monasterio se eligieron cinco obispos: Bosa, Hedda, Oftfor, Juan y Wilfrido, todos ellos con méritos y santidad sobresalientes...

La sirviente de Cristo, la abadesa Hilda, a quien llamaron Madre por todos sus conocimientos y por su maravillosa devoción y gracia, no sólo constituyó un ejemplo para los miembros de su propia comunidad por su vida santa, sino porque brindó enmienda y salvación a muchos que vivían muy lejos, al oír la inspiradora historia de su diligencia y bondad... Cuando Hilda gobernó por muchos años este monasterio agradó (plugó) al Autor de nuestra salvación probar su santa alma con una larga enfermedad, para que —al igual que los apóstoles— su fuerza se perfeccionara en la debilidad. La consumió una fiebre ardiente que la agobió durante seis años; pero, durante todo este tiempo, nunca cesó de dar gracias a su Creador, o de instruir a la congregación bajo su responsabilidad, tanto pública como privadamente. Mediante su propio ejemplo, a todos les enseñó a servir a Dios con rectitud, cuando gozaran de salud; y de darle gracias fielmente cuando se encontraran con dificultades o débiles de cuerpo. En el séptimo año de su enfermedad, sufrió dolores internos, y su postrer día llegó. Al amanecer, recibió el viático de la sagrada comunión y, convocando a todos los siervos de Cristo del monasterio, los urgió a que conservaran la paz evangélica entre ellos y con los demás. Y mientras aún hablaba, gozosa dio la bienvenida a la muerte y, en las palabras de nuestro Señor, pasó de la muerte a la vida.

Fuente Consultada: Civilizaciones de Occidente Volumen A

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