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Resumen Biografía de Cristina de Suecia
Fue expresamente educada y preparada para reinar y llegó a poseer una refinada
cultura, pero en su vida se sucedieron altibajos, contradicciones y
excentricidades que le valieron la antipatía de muchos sectores influyentes
europeos y, a veces, de su propio pueblo que tanto la amó en un principio. Se la
recuerda como entusiasta patrona de las artes, que dejó testimonios inolvidables
de su exquisita sensibilidad.
Totalmente distinta a las ' mujeres de su mismo origen
social, en pleno siglo XVII, Cristina de Suecia se opuso al papel
tradicionalmente adjudicado al sexo femenino y buscó la forma de sortear las
obligaciones impuestas por un título nobiliario y una apariencia física que no
la favorecía en absoluto. Lo busco y lo consiguió.
Porque no fueron los caprichos ni las contradicciones los que definieron a la
hija y sucesora de Gustavo II Adolfo y María Leonor de Brandeburgo, sino su
voluntad de romper con las convenciones que asfixiaban a las mujeres.
Los astrólogos le habían prometido a Gustavo Adolfo un hijo varón, pero el
advenimiento de esta niña hirsuta y de piel oscura, echaron por tierra los
vaticinios. El 8 de diciembre de 1626 nació Cristina en Estocolmo; según se
decía, su padre era inteligente y su madre una mujer medianamente capaz de
asumir el papel de reina.
Cuando Gustavo Adolfo muere en la batalla de
Lützen,
Cristina tiene seis años pero su vida futura ya está resuelta: su madre poco
tendría que ver con la educación de la niña, ya que el fallecido rey había
dispuesto que el Estado y un Consejo de Regencia velaran por la formación de la
pequeña.
El canciller Oxenstiern llevó con mano
segura los estudios de Cristina,
que recibió una educación donde no faltaron el latín, las matemáticas ni la
cosmografía. Desde muy niña dominó ocho idiomas, mostró una personalidad firme y una gran capacidad para establecer diálogos vivaces, en los que
mezclaba pasajes enteros de la Biblia con el catecismo luterano. En la
adolescencia su figura era tan poco femenina que incluso Cristina prefirió la
ropa masculina. Esto, unido a sus ojos profundamente azules, su rostro picado de
viruela, su andar desenfadado y la vehemencia que mostraba durante sus cóleras,
le daba una personalidad excepcional.
A partir de 1644 se dedicó al gobierno con
la misma pasión con que antes profundizaba el latín o el sánscrito. Una de sus
máximas —que horrorizaba a los nobles- sostenía que "el talento lo es todo; el
nacimiento nada. Hay labriegos que nacen príncipes y príncipes que nacen
labriegos. Si en el pueblo hay canallas, también los hay entre los príncipes".
En 1645 declaró que su país buscaba la paz externa y terminó la guerra con
Dinamarca, ganando varias provincias para Suecia, de acuerdo al tratado de Bromsebroe.
Por entonces ya era conocida como la más diestra soberana del Norte: protegía el
comercio y la educación, en una época en que el analfabetismo cundía aún entre
los ministros del reino.
Cristina se negó a casarse pues consideraba que la sujeción al hombre que
entrañaba el matrimonio, aunque fuera en interés del estado, era degradante para
una mujer.
Así, en 1649, a los 23 años, comunicó a la Dieta su deseo de permanecer soltera
y logró el
reconocimiento de su primo Carlos Gustavo como presunto heredero. En 1650, luego
de hacerse coronar reina con gran pompa, despreció a sus antiguos ministros y se
rodeó de favoritos de la talla de Tote, Lagardie, el coronel Schilippebanck, el
médico francés Bourdelot, el ministro de España en Estocolmo, Pimentel,
Steinberg y otros.
El palacio real era un mar de intrigas frecuentado por una
corte integrada por los hombres más notables de Suecia, Alemania, Holanda y
otros países. Pese a ello, Cristina se dedicó menos a la política que al amor y
los estudios. Dormía tres horas diarias, comía apenas y se peinaba una vez por semana. Tanto los sabios como los amantes costaban muchísimo dinero y no
sabía a quiénes preferir. Poseía magníficas colecciones y una biblioteca sin
igual en Europa, comprada en base a la hacienda sueca, que padecía extremas
penurias. El pueblo, que en un comienzo la apoyó, pasó del cariño a la
estupefacción, luego al disgusto y finalmente al descontento.
Las tensiones derivadas de esa situación acabaron por enfermarla pero la receta
del francés Bourdelot -descanso-resultó peor que la enfermedad. En efecto,
abandona los estudios y la política para organizar costosas orgías que todos
critican pero nadie detiene. Suecia entera está convencida de la locura de la
reina. Los sabios no perciben sus sueldos y Cristina, para impedir el desastre,
empeña su vajilla de plata.
Cuando el escándalo ensombrece Suecia, Cristina empaqueta sus libros, sus
colecciones y sus objetos de arte y el
11 de febrero de 1654 reúne a la Dieta; en medio de la sorpresa de todos abdica
en favor de Carlos Gustavo. Tenía 28 años. Pese a las críticas de que había sido
objeto, cuando parte de Suecia la congoja popular es enorme. Junto con ella
viajaba un equipaje compuesto por libros, muebles, colecciones, las joyas de la
corona, vajilla de oro y plata y cuanto había en el palacio.
Al llegar a la
frontera de Noruega la cruza de un salto y en lugar de embarcarse en la flota
preparada al efecto, lo hace en un buque mercante. Desembarca en Dinamarca,
monta a caballo varonilmente y se dispone a recorrer Europa dilapidando la renta
que su pueblo le había asignado. Independiente de toda autoridad, con derecho a
ejercer justicia sobre su comitiva, se siente más poderosa que nunca, ya que
incluso se le asigna la propiedad de varias provincias e islas suecas.
En
Bruselas nadie olvida su altivez y desenfado: hasta es capaz de hacerle muecas a
quienes la miran. Se cambia de traje en el coche con la rapidez de una modelo y
al anochecer, sola y vestida de hombre, recorre tabernas y sitios nocturnos de
vida alegre. Ya ha abjurado del protestantismo y en Roma se organiza una
ceremonia magnífica para festejar su conversión.
En 1656 Cristina se considera a sí misma el primer personaje de la cristiandad
y se establece en Roma con sus bibliotecas y colecciones, protegida por los
Papas.
Pero sus bienes están sensiblemente menguados por los gastos sin sentido. Suecia
le ha disminuido sus rentas y los acreedores la asedian. El Papa le asegura una
buena pensión, pero Cristina la halla exigua. Entonces empeña sus alhajas y
viaja a Francia, donde el cardenal Mazarino la recibe con grandes honores.
Fastidiada por la curiosidad que despierta, una noche se sienta en un teatro con
la pierna sobre el brazo de la butaca.
La situación hace crisis cuando ordena
ejecutar a un ex favorito suyo que le había formulado reproches en una carta. El
trágico episodio indigna a sus anfitriones y Mazarino, harto de sus
extravagancias, le da dinero para que parta a Italia.
Poco después Cristina se pone en contra de Suecia y con 20 000 hombres que le
facilita el emperador de Alemania, intenta apoderarse de la Pomerania sueca. El
Papa interviene entonces y le asigna una renta importante y un administrador,
que pronto se convierte en su amante. En 1660, a la muerte de Carlos Gustavo,
Cristina se presenta sorpresivamente en Suecia y reclama que se la nombre
soberana. El gobierno, por toda respuesta, la obliga a salir del reino. Tampoco
prospera su candidatura como reina de Polonia, pese a la recomendación del Papa.
Desdeñada también por los gobiernos de Viena y
Francia, se radica definitivamente en Roma. Funda una academia y continúa
enriqueciendo sus colecciones, relacionándose con personajes de las letras y las
artes y ayudándolos.
En 1688 sufre un ataque de erisipela y, convencida de que su muerte es
inminente, se preocupa por organizar fastuosas ceremonias fúnebres. Fallece el
19 de abril de 1689, no sin antes nombrar a Azzolini, el administrador que el
Papa le había enviado años atrás, su heredero universal. Sus colecciones y
bibliotecas valían millones.
Orgullo, franqueza, contradicciones, caracterizaron el carácter de Cristina,
junto con la esplendidez. Conoció admirablemente el mundo y el corazón humano y
los despreció a ambos por igual. Su vida fue novelesca pero con grandes toques
de positivo realismo: fundó en 1650 el primer diario sueco y su apoyo a las
artes influyó en toda la cultura europea de la época.
El primer teatro de ópera
en Roma se abrió gracias a su interés. Su enorme colección de libros y
manuscritos se conserva en la biblioteca del Vaticano y su tumba, en la Basílica
de San Pedro, Roma, habla de la importancia que tuvo en su siglo la figura de
Cristina.
El filósofo Descartes, el gran arquitecto y escultor Bernini, los
músicos Alessandro Scarlatti (su maestro de coro) y Arcángelo Corelli (que
dirigía su orquesta) la consideraron amiga y protectora. Ambicionó mucho y logró
bastante: no es poco mérito.
Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes
Mujeres - Las Reinas - Elsa Felder
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