Causas de las Cruzadas a Tierra Santa

LAS EXPEDICIONES EN NOMBRE DE DIOS CONTRA LA OCUPACIÓN MUSULMANA DE JERUSALÉN

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Urbano II encendió en el Concilio de Clermont una chispa que hizo explosión no sólo por razones religiosas, sino por el ansia de aventura de los caballeros, la vida miserable de los siervos, que nada tenían que perder, y por el acicate interesado de comerciantes que esperaban abrir nuevos mercados.

CUAL fue la chispa que encendió las cruzadas y de qué manera pudo mantenerse el fuego de las marchas, peregrinaciones y batallas durante doscientos años de casi continuos desastres? Los historiadores no se han puesto de acuerdo. Lo prudente es concluir que las causas fueron muchas y diversas. Durante esos dos siglos, emperadores, reyes, nobles, caballeros, monjes, siervos y hasta niños se precipitaron, generación tras generación y marejada tras marejada, hacia el Oriente con el anhelo declarado de conquistar el Santo Sepulcro.

En la épica y en general desafortunada empresa participaron ejércitos organizados, los mejores contingentes caballerescos de la cristiandad y, junto a estas huestes guerreras, muchedumbres de pobres y masas de pastorcillos y niños de las aldeas, en una eclosión de ímpetu, fe, misticismo y fervor como probablemente hay pocos otros ejemplos en la historia.

El ardor de las cruzadas se mantuvo vivo a pesar de las constantes catástrofes, de la muerte, de las inimaginables penalidades y de la creciente y cada día mayor resistencia del Islam. Dos siglos después del último fracaso aún seguía hablándose en la cristiandad occidental de esta empresa y de la posibilidad de reanudarla, y aún hoy el folklore francés conserva viejas canciones campesinas en que se recuerdan las penas y los triunfos de esa tremenda aventura.

Es imposible dejar de lado, como un factor de suprema importancia, la profunda religiosidad de la gente de la Edad Media, en un grado tal, que no puede ser medido por los cánones del mundo de hoy. Pero es evidente, al mismo tiempo, que hubo otros poderosos factores que empujaron a caballeros, monjes y siervos en la lucha con el Islam. Entre ellos está, por cierto, el espíritu bélico de una sociedad joven, dividida por guerras constantes y unida por el anhelo común de expandirse hacia el Asia y el Levante.

Al lado de esta ansia conquistadora y guerrera se ubican los intereses comerciales, en particular de las ciudades italianas del norte. V en el fondo de este vasto drama histórico, las ansiedades y las esperanzas de una masa de campesinos, aldeanos, artesanos y siervos, de condición miserable, con poco que perder. En su Historia Universal, Charles Seignobos dice brevemente: "El Sepulcro de Cristo en Jerusalén, el Santo Sepulcro, había sido siempre el más venerado de los lugares de peregrinación. Los musulmanes, dueños de Jerusalén, no impedían que los peregrinos cristianos fueran allí para sus devociones, e iban de todos los países cristianos, basta de Noruega. Pero en el siglo XI una nueva especie de musulmanes invadió el Asia Menor y se apoderó de Jerusalén (1074). Eran turcos, más ignorantes y de menor tolerancia, y empezaron a maltratar a los peregrinos".

En aquella época el viaje de Tierra Santa duraba varios años. Estaba lleno de riesgos y no había ninguna seguridad de volver con vida. Los peligros acechaban a lo largo de toda la ruta. Además de los existentes en la misma Siria, donde aun en las épocas de paz eran recibidos con desconfianza y sospecha —y hasta con cierto desprecio—, existían muchas otras contingencias. Las penalidades de la navegación en las inseguras naves de aquella época, que naufragaban fácilmente —como le ocurrió en una oportunidad al propio Ricardo Corazón de León—, y la presencia de los piratas.

Muchos peregrinos terminaron vendidos en los mercados de esclavos. En la misma Europa, los riesgos eran grandes. En los caminos solitarios esperaban los bandidos, incluyendo muchos señores que se dedicaban al lucrativo bandolerismo, para despojarlos. En las peregrinaciones tomaban parte los altos prelados de la Iglesia Católica. En el siglo XI hay constancia de que los obispos italianos y franceses partieron frecuentemente hacia la Tierra Santa. También lo hacían los alemanes, los escandinavos y los ingleses. Desde la época de Constantino existían iglesias en Siria, en los lugares de la pasión y muerte de Cristo, construidas por orden de Santa Elena, la madre del emperador. El número de peregrinos era siempre grande y creciente.

Los papas les concedían gracias espirituales especiales. Era natural que en la cristiandad surgieran voces condoliéndose por el hecho de que la Ciudad Santa —aunque hubiera pasado sucesivamente de manos de los persas, los fatimitas de Egipto y los turcos selyúcidas— siempre estuviera en poder de hombres de otra religión. En lugar de enormes rascacielos y de cohetes lunares, los hombres de la Edad Media construían catedrales. La mayoría de ellas puede verse aún en Europa al cabo de ocho o nueve siglos. Se trata de templos magníficos, algunos de los cuales demoraron más de cien años en ser terminados.

Todos, desde el rey hasta el siervo más humilde, daban dinero para levantarlos. Un ejército infatigable de obreros trabajaba en la construcción, día tras día, desde el amanecer hasta la puesta del sol. Simultáneamente se observaban otras muestras de este renacimiento religioso. Miles de hombres dedicaban su vida a la oración y a la meditación de Dios. Alejados de las ciudades vivían en completa soledad en los bosques, en rústicas cabañas o en cuevas. De estos ermitaños surgió la palabra "monje", derivada de la voz griega que significa "solitario".

Poco a poco surgieron, también, siguiendo a San Benedicto, los monasterios, donde los hombres del Medievo se reunían, acatando reglas muy estrictas de pobreza, obediencia y castidad, a vivir y a trabajar juntos Más adelante se organizaron otros grupos de religiosos ambulantes, que recorrían toda Europa: los frailes, que predicaban, enseñaban y cuidaban a los enfermos. Los monasterios eran, a la vez, granjas, fábricas, bibliotecas y hoteles, además de un centro religioso agrupado alrededor de la capilla, donde los monjes oraban por lo menos siete veces al día.

El resto del tiempo lo ocupaban en cultivar la tierra, plantar y cosechar, fabricar vino, criar vacas y gallinas, copiar manuscritos y libros valiosos, asistir a los enfermos y dar hospedaje a los viajeros. Era, también, una época cargada de innumerables supersticiones. Se creía en la magia, en la brujería, en los dragones y los gigantes. Con frecuencia los médicos recetaban brebajes y entregaban amuletos a los enfermos, de quiénes solía pensarse que tenían el diablo en el cuerpo y había que expulsarlo.

Entre las supersticiones llegadas hasta nuestros días figura la creencia de que las herraduras traen suerte. La herradura se asimilaba a la luna creciente, símbolo de buena fortuna. Rasgo característico son los "juicios de ordalía", aberraciones que se mantuvieron durante mucho tiempo. Para un miembro de la plebe, ser llevado ante un juez constituía una terrible experiencia. E1 juicio por fuego era uno de los más usados.

El acusado debía sostener un lingote de hierro al rojo en una mano durante el tiempo que tardara en ascender tres escalones. Pasados tres días se le examinaba la herida. Si tendía a cicatrizar, era considerado inocente y dejado en libertad de inmediato. De lo contrario, se le condenaba a muerte. Un conflicto entre dos nobles no se resolvía mediante la exposición de razones, sino en una pelea. Se concertaba un duelo —el querellante comenzaba por arrojarle un guante al querellado— y ambos luchaban. El ganador de la justa obtenía o la absolución o el derecho sobre la vida del adversario, según fuera el caso. Ambos procedimientos para administrar justicia, el de los siervos y el de los caballeros, se basaban en la creencia aceptada de que Dios inclinaría la balanza en favor del inocente.

Esta mezcla de religiosidad profunda y de ingenuas supersticiones contribuyó a atizar el fuego de las cruzadas. Ahí se explica, tal vez, el increíble espectáculo de masas de cristianos desarmados, entonando cánticos, que se lanzaban indefensos contra los soldados del Islam, sin arredrarse ante las carnicerías y masacres con la Siria de entonces.

HABÍA una razón política y militar. Para toda Europa constituyó un motivo de profunda inquietud la vigorosa embestida de los turcos selyúcidas, guerreros nómades que surgieron repentinamente desde las profundidades del Asia Central. Los selyúcidas, durante la cuarta década del siglo XI, se apoderaron de todas las regiones al sur del Mar Caspio, del Irán Occidental y Central.

Conquistaron toda la Mesopotamia y en 1055 ocuparon Bagdad, la capital del que había sido poderoso imperio de los abasidas. El avance de los turcos continuó durante los años siguientes. Entre 1063 y 1071 invadieron Armenia, donde chocaron por primera vez con el imperio de Bizancio. Lucharon contra Georgia e incursionaron cada vez con mayor ímpetu en las provincias bizantinas del Asia Menor, como Capadocia y Frigia. Por último, en 1074 ocuparon de Jerusalén, Antioquia y otras ciudades bizantinas.

Los esfuerzos de Constantinopla por contenerlos fueron vanos. El emperador Román IV Diógenes, al frente de un poderoso ejército, había sufrido una desastrosa derrota en el combate de Manazquerta, donde él mismo cayó prisionero. Incidentalmente, cuando el emperador fue dejado en libertad por los turcos, descubrió que sus compatriotas habían elegido a otra persona en su trono, al regresar, conforme a la costumbre bizantina, fue apresado y dejado ciego. Las pérdidas de las prósperas provincias del Asia Menor y las derrotas sufridas a manos de los turcos empujaron a Bizancio a pedir ayuda a los cristianos de Occidente.

El Papa Gregorio VII comenzó inmediatamente a organizar un ejército, haciendo un llamamiento a los señores feudales de la época. Alcanzó a reunir 50 mil hombres, pero, entretanto, se había enfriado el entusiasmo bizantino por la ayuda occidental, y la expedición nunca partió a cumplir su misión. LA chispa de esta empresa que había de durar dos siglos fue encendida por el Papa Urbano II, al finalizar el Concilio de Clermont. En realidad, el motivo oficial de la convocatoria del concilio fue la condena al rey Felipe I de Francia que se negaba a unirse de nuevo con su esposa.

Había, no obstante, otro propósito más amplío y profundo. Concurrieron caballeros de muchas regiones francesas, tantos que el pueblo de Clermont no pudo acogerlos a todos y la mayoría debió levantar sus tiendas en la llanura próxima. Muchos sacerdotes y gente del pueblo estaban también allí. Las crónicas dicen que asistieron catorce arzobispos, más de doscientos obispos y cuatrocientos abades.

En esa atmósfera solemne, el Papa exhortó a los cristianos a iniciar una guerra contra los infieles. Citó una frase de los Evangelios: "El que no lleva su cruz para seguirme no puede ser mi discípulo. —Y agregó—: Debéis, colocaros una cruz en vuestras ropas". La multitud, llena de entusiasmo, gritó: "Dios lo quiere". Ese fue, más tarde, el grito de guerra de los cruzados.

El primero en acercarse al Papa fue el obispo de Puy, quien se arrodilló y pidió ser consagrado para la expedición. El ejemplo fue seguido por la muchedumbre de caballeros. Todos juraron ir a pelear contra los infieles y prometieron no regresar sin antes visitar el Santo Sepulcro. El Papa, a su vez, los declaró libres de todas las penitencias en que hubieren incurrido por sus pecados.

EL caballero medieval era un "animal de combate". Toda la educación recibida tendía a hacerlo un guerrero. Ninguna propiedad estaba segura si no se defendía con la tuerza. Cada uno debía tener su propia policía para proteger sus derechos. La manera clásica de conquistar honores y fortuna era combatir contra otros señores, apoderarse de sus tierras, castillos y siervos.

Las "faidas" o guerras entre señores eran muy frecuentes. Los señores feudales peleaban con sus vecinos, los nobles contra otros nobles, los reyes contra otros reyes o contra sus propios señores insubordinados. Esto era tan frecuente, que muchos caballeros sin fortuna recorrían toda Europa para luchar en uno u otro lado. El "entrenamiento" comenzaba desde temprano. La educación del niño estaba orientada a la guerra. Los jóvenes de buena familia seguían un largo y duro adiestramiento, desde los siete años, cuando empezaba por ser paje de un señor. Recibía armas, jugaba a la guerra con otros pajes, aprendía la esgrima y a cabalgar.

A los 14 años de edad podía convertirse en escudero y desde ese instante podía usar armadura y espada. Pero el gran día de su vida era cuando era armado caballero. Pasaba una noche entera en vela, orando en la capilla, del castillo, antes de la ceremonia en la cual el señor le entregaba una espada, un escudo, espuelas y un caballo. Los deportes de la época eran extremadamente duros, destinados a reforzar la resistencia y habilidad de los caballeros en las justas y torneos. Era frecuente que el vencido muriera o saliera malherido.

PERO ¿por qué peleaban los siervos? Muchedumbres de pobres se dirigían al oriente. No eran señores de la guerra. La mayoría de ellos estaban imbuidos de exaltación religiosa y el espíritu ardiente que animaban a estos hombres de la Edad Media. Sin embargo, había algunos motivos materiales para enrolarse. La vida de los siervos era prácticamente insoportable. Estaban adheridos a la tierra y cambiaban de señor según fueran las vicisitudes de las guerras locales.

Trabajaban duramente, pero tenían que repartir gran parte del fruto ganado con el .señor feudal. Pagaban por el derecho a pescar o a cazar, por usar el molino, el lagar, el horno, todos del dueño del castillo. Pagaban también una indemnización si enviaban al hijo a aprender un oficio, para compensar la pérdida de un trabajador. Cuando el señor caía prisionero, los siervos ayudaban a la cancelación del rescate. La vida era atada y miserable, con muchos impuestos y gabelas. En cierto modo, la participación en las cruzadas, que los liberaba de la virtual esclavitud por lo menos por un tiempo y les prometía algunas recompensas, espirituales y materiales, era una puerta de escape para ellos.

ALGUNOS historiadores modernos creen igualmente que influyeron en las campañas contra los infieles, después de las primeras cruzadas, algunos poderosos intereses comerciales, en particular de las ricas ciudades marítimas italianas. La ciudad de Bari, por ejemplo, realizaba un comercio sistemático con el Oriente. Los comerciantes de Amalfi iban frecuentemente a Egipto. Incluso el sultán les concedió un barrio especial en Jerusalén para que instalaran sus negocios. Había un intercambio activo entre Venecia y el Levante.

Las embajadas comerciales venecianas visitaban las .principales ciudades árabes. Para los activos comerciantes del norte de Italia, las cruzadas fueron un medio para fortalecer su posición comercial, conquistar otros mercados y eliminar a Bizancio de la competencia.

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