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LOS
ESFUERZOS POR LA PAZ:
Al parecer, la primera mujer que ofició de enfermera militar en la historia fue
la inglesa Florence Nightingale.
Lady with the lamp,
como la llamaron quienes la vieron deambular por las noches entre los soldados
heridos aliviándoles el sufrimiento o dándoles palabras de ánimo, fue un
significativo ejemplo en el frente de Crimea, en 1855.
Cuatro años más tarde, los
ejércitos de Napoleón III y Francisco José se enfrentaron con singular violencia
en Solferino (Italia), donde murieron 22.000 soldados austriacos y 17.000
franceses. La horrible visión de más de 40.000 heridos abandonados en el campo
de batalla bajo la lluvia y el calor conmovió a los observadores y, en
particular, a un ginebrino llamado Henri Dunant, quien tomó la iniciativa de
organizar por su cuenta un servicio de salvamento con la ayuda de los vecinos de
Castiglione.
La impresionante experiencia
inspiró a Dunant el libro Un recuerdo de Solferino, en cuyas páginas,
después de describir con crudeza el resultado de la batalla, propuso la creación
en todos los países de comités de socorro para los heridos de guerra, a quienes
debía respetarse y considerarse como neutrales, ya que no podían atacar ni
defenderse.
El libro, sin recurrir a grandes
postulados filantrópicos, encontró eco en algunos sectores de la sociedad
europea y, en Ginebra, el 17 de febrero de 1863, Dunant y sus compatriotas G.
Mognier, Th. Mannoir, L. Appia y el general G.H. Dufour pudieron constituir
el Comité de los cinco, que en principio se limitó a proponer la «formación de
cuerpos de voluntarios que sirviesen como enfermeros en los ejércitos de cada
país».
La Cruz Roja abandera la
solidaridad:
Con
el apoyo inicial de Francia, el Comite de los cinco pasó a llamarse Comité
internacional y logró que dieciséis países reconociesen su ya célebre Convención
de Ginebra de 1864, inspirada «para mejorar la suerte de los militares heridos
de los ejércitos en campaña». La segunda Convención de Ginebra, celebrada en
1899 y adoptada por cincuenta y cinco naciones más, señaló el principio de una
nueva era en la consideración del ser humano comprometido en los conflictos
bélicos. La magnífica iniciativa de Henri Dunant reivindicando la solidaridad y
la dignidad del ser humano, le valió en 1901 el premio Nobel de la Paz.
En 1906, la Convención fue
ratificada y los diez artículos originales llevados a treinta y tres. Asimismo,
en esa ocasión instituyó la enseña que la haría célebre. «Como homenaje a Suiza,
la bandera con una cruz roja sobre fondo blanco (inversión de los colores de la
bandera federal) será el emblema y signo distintivo del servicio sanitario en
todos los ejércitos.» La cruz no debía considerarse como un símbolo religioso,
puesto que la Sociedad de la Cruz Roja se había empeñado en ponerse al margen de
todo interés religioso o político; sin embargo, Turquía se reservó y se le
concedió el empleo de la media luna roja, que se hizo extensiva a todos los
países musulmanes, y a Persia, actual Irán, un león y un sol rojos.
Organización de la Cruz Roja
internacional: Cuando
en 1864 se creó el Comité internacional, al mismo tiempo se constituyeron las
Sociedades
nacionales
de la Cruz Roja, con el propósito de auxiliar a los heridos de guerra. Para
fortalecer los vínculos de estas sociedades, en 1919, a instancias de los
Estados Unidos, se fundó la Liga de las sociedades de la Cruz Roja. Tanto el
Comité internacional como la Liga de las sociedades, administrada por un Comité
ejecutivo, tienen sede en Ginebra y se relacionan a través de una Comisión
permanente. (imagen: cruz roja internacional)
El Comite internacional está
compuesto por dieciocho miembros de nacionalidad suiza, como garantes de la
neutralidad, y el Comité ejecutivo de la Liga de las sociedades por quince
delegados elegidos por las sociedades nacionales, un presidente y un secretario
general. Cada cuatro años tiene lugar una Conferencia internacional de la Cruz
Roja en la que participan todas las instituciones que componen la Cruz Roja
internacional, es decir el Comité internacional, la Liga, la Comisión
permanente, los presidentes o gobernadores de las sociedades nacionales y los
representantes de los gobiernos firmantes de las convenciones de Ginebra.
La acción humanitaria de la Cruz
Roja se extiende: El
articulado de la Convención de 1899 fue ampliado, incluyendo los heridos de la
guerra marítima y la protección de los buques hospitales, de las enfermerías de
los buques de guerra y del personal sanitario. La Convención de 1929 extendió
aún más el alcance de la acción humanitaria al incorporar a ella no sólo a los
heridos sino también a los prisioneros de guerra. Se acordó entonces que «los
prisioneros de guerra corresponden al gobierno enemigo, pero no a los individuos
ni a los ejércitos que los han capturado. Deben ser tratados con humanidad.
Todo su ajuar personal, excepto
las armas y documentos militares, deben respetarse como de su propiedad» (art.
4). Se precisaba además que «el Estado puede emplear a los prisioneros de guerra
como obreros, según su grado y aptitudes, con excepción de los oficiales. Los
trabajos no serán excesivos ni relacionados con las operaciones militares» (art.
6). En este sentido, estos obreros fueron facultados a percibir un salario
equivalente al de los obreros del país, el cual debía serles abonado,
deduciéndoles los gastos de manutención, en el momento de la repatriación.
En la Convención de Ginebra de
1929 se precisaron además cómo debían ser los campos de concentración y el trato
que debían recibir los prisioneros, a fin de salvaguardar su salud física, su
paz espiritual y su dignidad como personas.
Un propósito difícil: humanizar la
guerra
El espíritu que alentaba a la
organización de la Cruz Roja hizo que su acción humanitaria trascendiera más
allá de las víctimas de la guerra y alcanzara a la guerra misma, a fin de
aliviar sus dolorosas consecuencias. Las naciones signatarias del protocolo
internacional de 1925 acordaron renunciar a las guerras química y
bacteriológica, incorporando a la jurisprudencia internacional la expresa
prohibición del «empleo de gases asfixiantes y tóxicos, lo mismo que el de
materias líquidas análogas» y de «sustancias bacteriológicas» por estar
«justamente condenado por la opinión general del mundo civilizado».
A estas prohibiciones siguieron
más tarde la proscripción de los bombardeos a ciudades inermes y del maltrato a
ancianos y niños, la condena de los excesos y crímenes de las torturas y
capturas de rehenes, de las represalias y castigos colectivos y de las
deportaciones y ejecuciones sumarias, y la prescripción de guardar «el honor
debido a las mujeres». Los esfuerzos por humanizar la guerra llevados a cabo a
principios de siglo se correspondían, asimismo, con una corriente de opinión
pacifista que tendía a su total erradicación, como ya lo había postulado Jmmanuel Kant en Proyecto para una paz perpetua, editado en 1795.
¡Abajo las armas!
Uno de los más importantes
alegatos contra la guerra fue el libro de la austriaca Bertha Kinsky von Suttner,
¡Abajo las armas!, aparecido en 1889. El impacto que provocó en amplios
sectores de la opinión pública esta obra de la hija del conde Kinsky, mariscal
de campo y chambelán del emperador Francisco José, desembocó en los años
siguientes en varias campañas antibélicas, a las cuales se adhirieron
intelectuales como Víctor Hugo, Tolstoi, BjÉ5rnson, Strindberg, Renan y muchos
otros.
Un efecto más específico en los
gobiernos europeos tuvo La guerra futura, publicado en 1888 por el banquero
rusopolaco J. S. Bloch. Este autor profetizaba para un futuro más o menos
inmediato una larga y cruel guerra de trincheras seguida de un colapso económico
tanto para vencidos como para vencedores. Tras la lectura del libro de Bloch, el
zar Nicolás II a través de su ministro de Relaciones exteriores, Muraviev, puso
sobre aviso a las naciones europeas sobre la conveniencia de reducir los
armamentos y de celebrar una conferencia de distensión.
«El gobierno ruso creía que el
momento actual era favorable para estudiar, en una conferencia internacional,
los medios más eficaces de asegurar a todos los pueblos los beneficios de una
paz real y duradera», explicó el zar, quien creía que tal reunión «sería un
feliz presagio del siglo que iba a comenzar» y «recogería en un haz poderoso los
esfuerzos de todos los estados que quisiesen hacer triunfar la gran concepción
de la paz universal contra los elementos de desorden y discordia.
Consagraría
los principios de equidad y de derecho sobre los que deben descansar la
seguridad de los estados y la felicidad de los pueblos». La invitación rusa fue
acogida con entusiasmo, más afectado que sincero, por los gobiernos europeos y
la conferencia se celebró en mayo de 1899, en La Haya. La poca disposición de
las potencias europeas —sobre todo de Alemania y Francia—, a transigir en lo que
consideraban un intento de «limitar su independencia», había condenado de
antemano el éxito de la reunión, mas la inesperada presencia de un grupo de
influyentes pacifistas, como los franceses Léon Bourgeois, D’Estournelles de
Constant, Pauncefort y Martens, entre otros, va rió el resultado final.
El palacio del Tribunal de la
Haya, propuesto por el zar Nicolás II y costeado por el industrial y financiero
estadounidense Andrew Carnegie (imagen izq.). Desde 1899 es un tribunal
permanente de arbitraje de alcance internacional, así como la sede de diversas
conferencias. Así, en esta conferencia de La Haya se convino en que la
limitación de armamentos «sería un gran paso para el bienestar moral y material
de la Humanidad» y que el arbitraje internacional era «el medio más eficaz para
resolver cuestiones de orden jurídico y para la interpretación de convenciones
internacionales».
El Tribunal de La Haya
Casi obligadas por las
circunstancias, las potencias occidentales consintieron en levantar en La Haya
un monumental Palacio de la Paz, que fue financiado por el magnate del acero
estadounidense Andrew Carnegie, destinado a ser la sede de un Tribunal de
arbitraje para los litigios internacionales. En medio de una atmósfera cargada y
con la previsión del inevitable desastre, los pacifistas, por iniciativa de
D’Estoumelles de Constant, crearon simultáneamente la Unión interparlamentaria.

El propósito de esta organización
era presionar a los parlamentos para que se firmaran acuerdos entre las naciones
aceptando someter sus conflictos al Tribunal de La Haya. Uno de los primeros y
tímidos tratados europeos de arbitraje fue el firmado en 1903 entre Gran Bretaña
y Francia. De acuerdo con él ambos países convenían en llevar al Tribunal de La
Haya «aquellas disputas de orden jurídico que no hayan podido ser resueltas por
la vía diplomática, siempre que no pongan en peligro los intereses vitales, ni
la independencia o el honor de ninguno de los dos estados contratantes, ni de un
tercero...». Sin embargo, coherentes con su política expansionista, Francia,
Gran Bretaña y el resto de las grandes potencias sólo sometieron a la
consideración del Tribunal de La Haya unos pocos litigios intrascendentes,
haciendo caso omiso al cariz que tomaban los acontecimientos mundiales y a la
cada vez más evidente amenaza de guerra.
Nobel
y Carnegie, los magnates de la paz:
Resulta significativo que dos
personajes que habían forjado sus enormes fortunas con la dinamita y el acero
tomaran decidido partido por la paz mundial.
Alfred Nobel, influido por el libro y la acción
de Bertha von Suttner, adoptó con decisión la causa pacifista con la convicción
de que «la guerra divide un país en víctimas y asesinos». Pero el célebre
inventor de la dinamita no se limitó a las palabras y un año antes de morir, en
1895, legó a la Fundación Nobel su fortuna para la creación de un fondo cuyos
intereses serían distribuidos en premios a las personas que cada año «hubieran
aportado los mayores beneficios a la humanidad».
El primero de esos premios era
para el «descubrimiento o invento más importante en el campo de la física». Los
siguientes eran para las aportaciones en los campos de la química, la fisiología
o la medicina y para la obra literaria «más notable de tendencia idealista». “El
vagabundo más rico de Europa”, como se le llegó a llamar a Alfred Nobel, también
dejó constancia en su testamento del deseo de instituir un premio a quien más
hubiera trabajado «en favor de la fraternidad entre las naciones, por la
abolición o reducción de los ejércitos permanentes y por la celebración y
fomento de congresos por la paz».
Henri Dunant, fundador de la Cruz
Roja, fue el primer galardonado con el premio Nobel de la Paz (1901) y cuatro
años más tarde lo recibió la baronesa von Suttner. Andrew Carnegie fundó en 1910
la Donación Camegie para la Paz internacional, dotándola de un capital de doce
millones de dólares. El objetivo de la fundación era, según escribió el “rey del
acero”, promover «una investigación metódica y científica sobre las causas de la
guerra y de los medios para evitarla».
Camegie fundamentaba su decisión
en la absoluta convicción de que «la guerra es la más infame mancha de nuestra
civilización. No nos comemos ni torturamos a los prisioneros, ni saqueamos
ciudades, sacrificando sus habitantes, pero nos matamos unos a otros en guerra
como bárbaros. Sólo las bestias salvajes tienen excusa para ello. En nuestra
época, la nación que rehusa el arbitraje es criminal». Durante los primeros
catorce años del siglo XX se constituyeron en Europa innumerables sociedades
pacifistas, se celebraron varios congresos mundiales para la paz y se llevó a
cabo una vasta movilización en todos los estamentos de la sociedad. Pero, al
mismo tiempo que unos trabajaban incansablemente por la paz, otros se preparaban
para la guerra alistando sus fuerzas y disponiendo sus alianzas.
Fuente Consultada: Historia del Siglo XX La
Nación
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