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Que los pacientes no
sientan ningún dolor mientras se les opera es un logro relativamente
reciente. Antes de que se inventara la anestesia, las intervenciones
eran una tortura.
El 16 de octubre de 1846, los médicos y
estudiantes de medicina congregados en la sala de anatomía del hospital
general de Massachusettts, en Boston, esperaban con ansiedad la
posible reacción al dolor de un paciente al que se extirpaba un tumor de
garganta. Pero ésta no se produjo. El paciente permaneció sumido en la
más completa inconsciencia y no sintió nada durante la operación.
El dentista William T. Morton utilizó como
anestésico vapores de éter, hábilmente mezclados con perfume, pues nadie
debía descubrir su secreto. El éter era entonces un medio muy utilizado
para alcanzar un éxtasis rápido; se servía hasta en las tabernas.
¿Cuál era el preparado? Se mezclaba
simplemente una parte de éter con nueve de agua o con una cantidad de
alcohol a discreción. Sin embargo, Morton había descubierto que estos
vapores no sólo producían euforia —al igual que el alcohol, inhiben los
estímulos paralizantes de la corteza cerebral—, sino que además anulaban
la consciencia si se producía una concentración más fuerte. Si la dosis
se aumentaba, desaparecía la sensibilidad al dolor y los músculos se
dormían.
EL DOLOR ESTÁ
VENCIDO La observación de Morton significó un paso
trascendental en la secular lucha contra el dolor. Desde entonces han
proliferado los anestésicos. Pero la razón y la manera en que estos
narcóticos adormecen el sistema nervioso central, hasta el punto de
producirse la pérdida de la conciencia y la insensibilidad al dolor, es
algo que aún no se ha conseguido
descubrir.
Sin duda, las sustancias activas
contenidas en la anestesia producen unos estímulos químicos tan
numerosos e intensos en los receptores de las terminaciones nerviosas de
la médula espinal que el cerebro sólo encuentra una defensa:
desconectarse.
Para saber cuáles son los receptores que
se activan en el organismo hay que conocer antes la composición química
de la anestesia, mientras que, por otra parte, la virtualidad del efecto
depende de la dosis administrada. Por ejemplo, una dosis demasiado
fuerte de éter produce una distensión total de la musculatura
respiratoria, y por tanto, su paralización (y, en consecuencia, también
la muerte).
Pero en la anestesia local el paciente puede conservar su consciencia:
sólo se desconecta la sensibilidad al dolor de la zona que se va a
intervenir. De este modo, los receptores allí situados no pueden
transmitir ninguna señal de dolor al cerebro.
Desde tiempos prehistóricos los humanos intentaron combatir los dolores
masticando hierbas o bebiendo una pócima preparada con éstas. Para el
mismo fin, los médicos de la antigua Grecia utilizaban el jugo
blanquecino de las cápsulas de semillas inmaduras de la adormidera, a
las que otorgaron el nombre de opio (de opos, savia). El opio crudo
contiene 25 alcaloides distintos, entre los que figuran la morfina,
la codeína, la papaverina y la tebaína, Todos ellos poseen
propiedades narcotizantes.
EFICACIA MÚLTIPLE
La forma en que actúan los opiáceos es imprevisible, ya que aumentan su
efecto o lo inhiben parcialmente según su combinación; por ejemplo, el
efecto calmante de la morfina se quintuplica cuando se le añade
narceína, un opioalcaloide. La morfina ejerce también un
efecto inhibidor del centro respiratorio, liste efecto se puede mitigar
agregando noscapina, otro alcaloide, aunque aumenta su toxicidad.
Una de las drogas que más adicción
producen es precisamente un derivado del opio. Producida en 1898 como
analgésico presuntamente inofensivo, la diacetilmorfina recibió
el elogioso calificativo de “droga heroica”. Hoy, como se sabe, la
posesión y consumo de heroína están fuertemente penalizados en casi todo
el mundo. |