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La santa guerrera No había hombre que pudiera
con ella, ni en el arado ni en la espada. En el silencio del huerto, al
mediodía, escuchaba voces. Le hablaban los ángeles y los santos, san Miguel,
santa Margarita, santa Catalina, y también la voz más alta del Cielo: —Alo
hay nadie en el mundo que pueda liberar el reino de Francia.
Sólo tú. Y ella lo repetía, en todas partes,
siempre citando la Fuente Consultada: —Me lo dijo Dios. Y así, esta campesina
analfabeta, nacida para cosechar hijos, encabezó un gran ejército, que a su
paso crecía. La doncella guerrera, virgen por mandato divino o por pánico
masculino, avanzaba de batalla en batalla.
Lanza en mano, cargando a caballo contra los
soldados ingleses, fue invencible. Hasta que fue vencida. Los ingleses la
hicieron prisionera y decidieron que los franceses se hicieran cargo de esa
loca. Por Francia y su rey se había batido, en nombre de Dios, y los
funcionarios del rey de Francia y los funcionarios de Dios la mandaron a la
hoguera.
Ella, rapada, encadenada, no tuvo abogado. Los
jueces, el fiscal, los expertos de la inquisición, los obispos, los priores,
los canónigos, los notarios y los testigos coincidieron con la docta
Universidad de la Sorbona, que dictaminó que la acusada era cismática,
apóstata, mentirosa, adivinadora, sospechosa de herejía, errante en la fe y
blasfemadora de Dios y de los santos.
Fuente Consultada: Espejos de Eduardo
Galeano |
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