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A la muerte de Mazarino en 1661, Luis XIV asumió
sus responsabilidades y empezó a reconstruir Francia, que padecía los reveses de
los años de guerra y los conflictos sociales. El monarca estaba decidido a
convertir Francia en una potencia capaz de competir con sus vecinas europeas,
sobre todo con la Casa de los Habsburgo de España, que amenazaba Francia por dos
de sus fronteras.
Tras hacerse con un ejército y una Armada
imponentes, Luis XIV inició una campaña de política exterior agresiva diseñada
para ampliar y reforzar las fronteras de Francia. También resolvió mejorar la
red de carreteras y vías fluviales francesa, todo lo cual redundó en beneficio
de un mayor comercio para el país.
El soberano había suprimido el cargo de primer
ministro al principio de su mandato y gobernaba de forma absolutista, lo cual le
permitió zafarse de la influencia de otras familias nobles. Sin embargo, era un
monarca extravagante y, pese al poderío exterior de Francia, su pueblo debía
hacer frente a impuestos opresivos con los que se financiaban las guerras y los
proyectos de construcción.
Tanto el clero como la nobleza estaban exentos del
pago de impuestos, de modo que la carga recaía principalmente en los campesinos
y obreros, lo cual alentó un resentimiento que acabaría por estallar en 1789.
Luis XIV murió en 1715, tras un reinado de 72 años, el más largo de una gran
monarquía europea.
Su primera preocupación fue someter a su autoridad
a los demás poderes del reino: los estados generales (parlamentos) no fueron
convocados en sus 54 años de gobierno efectivo, mientras las asambleas locales
eran suprimidas o privadas de competencias.
Reformó la administración,
auxiliado por Colbert y Le Tellier, centralizando el gobierno por medio de un
Consejo y varias secretarías de Estado (Guerra, Asuntos Exteriores, Casa del
Rey, Asuntos Religiosos), y las finanzas a través de un Consejo Real. La
administración territorial se confió a intendentes sometidos a un estrecho
control por a monarquía.
La nobleza, fuente de constantes rebeliones en los
decenios precedentes, fue excluida de los órganos de gobierno, aunque se le
reconocieron privilegios sociales y fiscales para contentarla. Pero el paso más
importante en su «domesticación» fue atraerla a la corte. Los aristócratas
acudieron al entorno real en busca de pensiones y honores, y se alejaron cada
vez más de sus bases locales de poder. Los tremendos gastos de la brillante vida
cortesana impuesta por el rey mermaron el poder económico de los nobles, que
acabaron dependiendo del favor real para mantener su nivel de vida, lo que
aseguró su docilidad.
En sus memorias, el duque de
Saint-Simon, quien tenía amplía experiencia en la vida cortesana francesa,
comentó que Luis era "la verdadera personificación de un héroe, imbuido con una
majestad natural, pero más imponente, que se revelaba hasta en sus gestos y
movimientos más insignificantes". Asimismo, su gracia natural brindaba al rey un
encanto especial: "Irradiaba la misma nobleza y majestuosidad con su bata de
vestir que con sus atuendos de estado, o cuando dirigía sus tropas desde el lomo
de su corcel". Tenía el don de la palabra y aprendía rápido. Era naturalmente
cordial y "amaba la verdad, la justicia, el orden y la razón". Su vida era
ordenada: "Nada podía estar regulado con mayor exactitud que sus días y horas".
Su autocontrol era impecable: "No perdió el control de sí mismo diez veces en
toda su vida, y sólo con personas inferiores". Pero, incluso los monarcas
absolutos tenían imperfecciones, y Saint-Simon tuvo el valor de señalarlas: "La
vanidad de Luis XIV no tenía límite ni conocía restricciones", lo cual le
provocaba "disgusto para cualquier mérito, inteligencia, educación y, sobre
todo, cualquier signo de independencia de carácter y sentimientos que mostraran
otros", lo que ocasionó que tuviera "errores de juicio en asuntos de
importancia".
La protección a las artes que ejerció el soberano
fue otra faceta de su acción política. Los escritores Moliére y Racine, el
músico Lully o el pintor Rigaud ensalzaron su gloria, como también las obras de
arquitectos y escultores.
El nuevo y fastuoso palacio de Versalles, obra de Le Vau, Le Brun y Le Notre, fue la culminación de esa política. Al trasladar allí
la corte (1682), se alejó de la insalubridad y las intrigas de París, y pudo
controlar mejor a la nobleza. Versalles fue el escenario perfecto para el
despliegue de pompa y para la sacralización del soberano.
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