

ASCENSO Y CAÍDA DE LA
ALIANZA
Introducción
El 2 de agosto
de 1997 se creó la Alianza para la Producción, el Trabajo y la Educación, que
reunía a la Unión Cívica Radical y al Frente para un País Solidario (FREPASO).
Muy rápidamente recibió el apoyo de otros partidos de la oposición al gobierno
de Carlos Menem
El radicalismo
había sufrido una derrota importante en 1995, pero mantenía un caudal electoral
significativo a nivel provincial y municipal, mientras que el Frente había
obtenido casi un 30 % de los sufragios, aunque su peso en el interior del país
era muy limitado.
Desde su
creación la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación intentó
elaborar un discurso que apuntaba a la superación de las falencias del modelo
económico y social, sin poner en riesgo ninguno de los supuestos éxitos
alcanzados. Este discurso tenía enormes ambigüedades, lo que permitía que los
diferentes sectores que se oponían al menemismo encontraran en él respuestas a
sus distintas propuestas e intereses.
Por otra
parte, en el seno de la coalición existían diferentes posiciones en tenias tan
importantes como la situación de las empresas privatizadas, el grado de apertura
de la economía y los cambios en el plano judicial. La mayor parte de esas
desavenencias quedaba relegada a un segundo plano, el objetivo fundamental era
imponerse frente al menemismo.
La Alianza
tenía un organismo que se encargaba de la elaboración de un programa, el
Instituto Programático de la Alianza (IPA), en el que desempeñaba un papel
relevante el ex presidente Raúl Alfonsín. Pero las líneas centrales del discurso
de campaña eran definidas de hecho por Fernando De la Rúa y Carlos “Chacho”
Alvarez, integrantes de la fórmula presidencial, que por lo general adoptaban
posturas más moderadas que las elaboradas por el IPA.2
En las
propuestas de la Alianza predominaban las buenas intenciones, la voluntad de
acabar con la corrupción y de ingresar a los sectores sociales postergados.
Políticas
sociales y burocracia pública: intentos de cambios:
El gobierno de De la Rua
intentó llevar adelante muchas de las reformas que en la administración
Ménem habían quedado inconclusas. Desde los comienzos de su gobierno la Alianza
propuso reformas que alivianaran las cargas que el sistema jubilatorio tenía
para el Estado. Se reducía la Prestación Compensatoria para aquellos que
ganaran más de 640 pesos (Clarín, 27 de diciembre de 1999). Asimismo, el
diputado Eduardo Santín reveló que existía un proyecto para reducir las
jubilaciones superiores a 3.100 pesos, según
un mecanismo de deducciones, con el objetivo de obtener mayores fondos y mejorar
los haberes mínimos (Clarín, 3 de enero de 2000). El entonces ministro de
Economía José Luis Machinea planteó que estaba trabajando en la presentación de
un proyecto para eliminar los regímenes previsionales especiales y aumentar la
edad jubilatoria de las mujeres (Clarín, 6 de enero de 2000). Algunas de estas
modificaciones, además, formaban parte de una negociación con el Fondo Monetario
Internacional.
Para mejorar la equidad del sistema, el 29 de diciembre de 2000 se dictó un
Decreto por el que se reemplazaba la Prestación Básica Universal (igual para
todos los beneficiarios) por. una Prestación Suplementaria que sería decreciente
hasta los que se jubilaran con 800 pesos.
En la elección presidencial de octubre de 1999, la Alianza ganó con el 40% de
los votos. Pero las provincias más populosas tenían gobiernos peronistas y la
bancada claramente mayoritaria en la Cámara de Senadores del PJ.
Por otra parte, para proteger a
algunos sectores que no estaban cubiertos, se instituía el beneficio Universal
de 100 pesos para mayores de 75 años, que no tuvieran ningún ingreso ni
dispusieran de propiedades, salvo la que usaran como vivienda propia. Quienes
accedieran a ese beneficio recibirían también la cobertura médica del PAMI.
Además, se creaba la Prestación Proporcional para mujeres mayores de 70 años que
tuvieran entre 10 y 29 años de aportes, se generaba un beneficio de 10 pesos por
cada año aportado, con un piso de 150 pesos.
Finalmente, el gobierno podría flexibilizar el menú de inversiones de las AFJP,
estableciendo además que ninguna de ellas podría cubrir más del 27,5 % del
mercado y que los que serían derivados a la Administradora que cobrara la
comisión más baja. Con esta medida se buscaba incrementar los niveles de
competencia y evitar el fortalecimiento excesivo de alguna AFJP.
El
gobierno intentó en primera instancia realizar estos cambios por le» Cuando la
iniciativa se estancó
en el Parlamento por el rechazo de un sector importante del radicalismo,
encabezado por Leopoldo Moreau, recurrió a un decreto de necesidad y urgencia.
No obstante, toda esa situación generó un enorme desgaste en el interior de la
Alianza y la necesidad de estrechar vínculos con miembros de Acción por la
República (el partido de Domingo Cavallo) y con legisladores de partidos
provinciales.
Además, la crisis económica llevó a que se forzara a las Administradoras a
comprar bonos del Estado, se alteró por completo la lógica del menú de
inversiones que se venía produciendo hasta ese momento.
Con
relación a la reforma laboral, luego de una negociación con la CGT para que se
mantuvieran las contribuciones obligatorias a las obras sociales, el presidente
De la Rua logró generar consensos en torno a un proyecto enviado al Congreso,
que fue aprobado en el Senado una vez que le aseguró a los representantes de los
trabajadores que no habría recortes en los salarios durante los dos años
posteriores a la sanción de la ley.
Esta
iniciativa intentaba profundizar el proceso flexibilizador que se había iniciado
en el gobierno menemista. Se proponía extender el período de prueba para los
ocupados, se introducían modalidades promovidas de trabajo, se descentralizaba
la negociación a niveles de fábrica y se disminuían los montos de las
indemnizaciones para favorecer la contratación de nuevos operarios.
Sin embargo, rápidamente se acusé a varios senadores de haber
recibido sobornos para la aprobación de la iniciativa, situación que produjo
fuertes divisiones en la coalición gobernante y llevó a las renuncias del
vicepresidente Alvarez
y el Ministro de Trabajo Alberto Flamarique
. La ley tardó mucho en
reglamentarse y el gobierno tuvo enorme dificultades para implementarla, al
tiempo que crecían las presiones para obtener su derogación.
Además, la sospecha de pago de sobornos para la sanción de la ley, reforzó
en
muchos sectores la creencia (le que
seguían existiendo mecanismos corruptos para la formulación e implementación de
políticas, lo cual era visto por la sociedad como una continuidad de las
prácticas utilizadas por el menemismo11.
Por otra parte, el gobierno trató de profundizar la reforma del sistema de obras
sociales. Como no se podía procesar los cambios por la vía legislativa, el 1 de
Junio de 2000 el vicepresidente Carlos Álvarez (en ejercicio del poder porque De
la Rúa estaba en el exterior) firmó el decreto de necesidad y urgencia para
desregular las obras sociales, de ese modo
entró en conflicto
con algunos dirigentes de su
partido. Si bien esa era una medida solicitada por los organismos de crédito
internacionales, la inexistencia de apoyos concretos dentro de la coalición
gobernante y entre los distintos actores sociales que la habían impulsado, hizo
que la implementación de la iniciativa se volviera crecientemente dificultosa.
También en el área de la burocracia gubernamental se introdujeron modificaciones
para mejorar las capacidades para la resolución de problemas y para controlar la
corrupción. El programa Carta Compromiso con el Ciudadano fue creado a través
del decreto 229/00 que establecía en
sus considerando que
uno de los objetivos del gobierno nacional era potenciar la transparencia y
receptividad del Estado hacia los ciudadanos para optimizar el uso de los
recursos humanos y materiales que estos financiaban a través de sus impuestos.
En este sentido, el ámbito de aplicación del programa eran todas aquellas
dependencias de la Administración Pública Nacional (APN) que prestaran de
servicios a la ciudadanía. El decreto establecía el
desarrollo de herramientas para simplificar y facilitar el seguimiento de los
procedimientos administrativos. También instauraba la necesidad de contar con un
sistema de información y seguimiento de la relación de los organismos con los
usuarios que transparentara su desempeño y rindiera cuenta en forma periódica
del nivel de prestación alcanzado a través de estándares de calidad de servicio.
El gobierno de De la
Rúa continuó con la idea de mantener la práctica de asignar recursos y controlar
la administración a través del mecanismo de acuerdos programa para la
realización de determinadas actividades. Por ello, reglamentó estos acuerdos
programa a través del decreto 103/01 que también aprobaba el nuevo Plan Nacional
de Modernización del Estado.
El
Plan de Modernización partía de la idea de que el problema del Estado no era su
excesiva dimensión sino su forma inadecuada y buscaba mejorar su capacidad de
gestión. Las reformas se basaban en tres puntos: cambio en el modelo de gestión,
proyectos de modernización estructural y transparencia y política
anticorrupción. El modelo de gestión por resultados y la carta compromiso
con el ciudadano hacían referencia al primer pilar, esto es, el cambio en el
modelo de gestión para reorientarlo hacia los resultados y los procesos de
mejora continua. (Estevez y Lopreite, 2001).
La implementación de la Gestión por Resultados suponía transformar el
presupuesto en una herramienta de gestión que permitiera medir los resultados
alcanzados y adoptar la reingeniería de procesos para mejorar la gestión interna
de los organismos. El modelo buscaba introducir la idea de responsabilizar a los
gerentes por los resultados alcanzados por la organización e iba acompañado por
la aplicación de incentivos monetarios para estos administradores por el
cumplimiento de las metas. En este sentido, la ley 25.152 permitía a los
organismos que se incorporaran a los acuerdos programa cierta flexibilidad en la
asignación de los recursos (modificaciones presupuestarias) y en las estructuras
organizativas. (art. 5, inc. 3, 4 y 5).
Muchas de estas iniciativas no se pudieron aplicar a causa de la creciente
inestabilidad que afectaba al Gobierno que permanentemente introducía cambios de
funcionarios. También, los conflictos en el interior de la Alianza dificultaron
la implementación de iniciativas en sectores claves de la burocracia estatal. En
tal sentido, en áreas como las políticas sociales había una enorme fragmentación
entre las diferentes secretarías. Existían más de noventa planes, con un muy
bajo nivel de coordinación. Se producían continuas pujas dentro del gabinete por
el control de los recursos.
POLITICA EXTERIOR
En
política exterior predominaron las continuidades con el gobierno menemista. El
canciller Adalberto Rodríguez Giavarini (un economista con una antigua y muy
aceitada relación con De la Rua) favoreció la continuación de la intervención de
tropas argentinas en misiones de paz en el exterior, formando parte de esa
particular "milicia internacional”, surgida a instancias de los Estados Unidos
tras la Primera Guerra del Golfo. Asimismo, la Argentina siguió votando a favor
de la investigación sobre la violación de derechos humanos en Cuba, con lo que
mantenía la posición sustentada en la década anterior. Esta actitud contrariaba
la voluntad de los sectores ligados con Alfonsín en la Unión Cívica Radical que
se inclinaban por la abstención en lo referente a Cuba.
Por otra parte, se mantuvo la idea de darle un fuerte peso a los condicionantes
de la economía en las decisiones de política exterior. La designación de un
economista ortodoxo como Rodríguez Giavarini al frente de la Cancillería
revelaba las prioridades que tenía el Gobierno en lo referido a las relaciones
del país con el resto del mundo.
Relación con los actores políticos y sociales y factores que llevaron a la caída
El
gobierno de Fernando de la Rúa sufrió un fuerte aislamiento casi desde su
comienzo. La carencia de apoyos concretos se vio tanto desde el punto de vista
partidario como del de la relación con los diferentes actores sociales. La
Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación se fue desgranando a lo
largo de sus dos años de gobierno, se produjo la retirada de un importante
número de legisladores que pasaron a formar parte de otras agrupaciones.
Inclusive los dos partidos que la integraban adoptaron posturas muy críticas
hacia la gestión gubernamental.
La
Alianza había surgido como estrategia para vencer al menemismo. Más allá de este
acuerdo, lo que primaba era la falta de coincidencias programáticas
explícitamente definidas. Esta carencia se tomó evidente cuando la Alianza
alcanzó ei gobierno en las elecciones de octubre de 1999.
Existían diferentes diagnósticos sobre la situación del país entre los distintos
sectores que componían la Alianza y, a partir de ellos, surgieron en el seno del
Gobierno posiciones disímiles acerca de las soluciones que debían implementarse.
El jefe de gabinete, Rodolfo Terragno, criticaba duramente el modelo económico
vigente. Como no podía imponer los cambios que creía necesarios, terminó
renunciando en octubre de 2000. Este tipo de desacuerdos y alejamiento se
repitió con otros miembros originales de la coalición.
Asimismo, algunos analistas consideran que el resultado abrumador a favor de
Fernando de la Rúa en la interna presidencial frente a Graciela Fernández
Meijide dejó al radicalismo y al FREPASO en condiciones muy desiguales para
negociar. En el momento de formar el gabinete, la fuerza liderada por Carlos
“Chacho” Alvarez se quedó disconforme con la situación subordinada en que había
quedado. El FREPASO solo contaba con dos ministerios y un reducido número de
secretarías. Igualmente, la necesidad de darle participación a algunas
organizaciones menores dentro de la Alianza dificultó en ocasiones la necesaria
cohesión para tomar decisiones, que requerían un fuerte apoyo político.
El
gobierno aliancista no logró establecer buenas relaciones con ningún sector del
sindicalismo. En primer lugar, se plantearon importantes diferencias con el
Congreso de los Trabajadores Argentinos, la organización gremial más afín a la
administración en el ámbito gremial, del cual provenían algunos diputados. A
medida que el gobierno fue anunciando sus diferentes políticas, el CTA fue
tomando distancia. Esta tendencia se profundizó tras el recorte de los salarios
estatales, el proyecto de reforma laboral del entonces ministro de Trabajo
Alberto Flamarique, y posteriormente con la llegada de Domingo Cavallo al
Ministerio de Economía.
La
CGT disidente, encabezada por el camionero Hugo Moyano, tuvo también una postura
claramente opositora. Este sector del sindicalismo, que había tenido frecuentes
reuniones con Raúl Alfonsín en el último tramo del gobierno menemista, endureció
su posición frente a la administración de De la Rúa, convocó a paros generales y
a movilizaciones de repudio a las medidas gubernamentales.
Por
su parte, los sindicalistas de la CGT oficial, conocidos como “los gordos”,
establecieron negociaciones con el gobierno en circunstancias como el
tratamiento de la reforma laboral. Pero en general mantuvieron una actitud
opositora. Muchas de las iniciativas de la ministro de Trabajo Patricia Bullrich, referidas al manejo de los gremios y a
la gestión de las obras sociales, fueron rotundamente rechazadas por estos
sectores, que no querían perder capacidad de negociación en temas centrales para
sus intereses.
Con
relación a los grupos empresariales y en especial los ligados al sector
financiero, el gobierno de De la Rúa obtuvo el apoyo para muchas de sus
iniciativas destinadas a alcanzar el equilibrio presupuestario o bien a
introducir reformas orientadas al desarrollo del mercado en relación con las
políticas sociales. Sin embargo. las divergencias existentes dentro de la
coalición gobernante y el permanente intento presidencial por alcanzar amplios
consensos, llevaron a que los empresarios tampoco adoptaran un papel muy activo
como soportes de las políticas oficiales.
El
estilo de gobierno del De la Rúa fue señalado también como causa de su
progresiva pérdida de legitimidad. En primer lugar, De la Rua no ejercía el
liderazgo indiscutido sobre la UCR. De hecho, su candidatura por la Unión Cívica
Radical para las internas de la Alianza en 1998, se relacionó más con la falta
de otros candidatos, que con su capacidad para convertirse en un dirigente capaz
de generar importantes corrientes de identificación con su figura e ideas.
Por
otra parte, numerosos sectores de la Alianza consideraban que el presidente se
alejaba de los postulados de la coalición. Lo criticaban por no escuchar los
reclamos que sus aliados políticos le formulaban, estando excesivamente
influenciado por un círculo de colaboradores en el que se destacan sus
familiares más cercanos, que en muchas ocasiones no seguían los lineamientos
impulsados por la Alianza.
Justamente, muchos de sus críticos hacían hincapié en la forma en que De la Rúa
tomaba decisiones, resaltaban que demostraba un alto nivel de desconfianza hacia
la mayoría de los que lo rodeaban. Por ello, quedaba demasiado expuesto a la
opinión de los pocos a los que escuchaba. Remarcaban su meticulosidad y el hecho
de que quería supervisar puntualmente todas las iniciativas, por lo que el
proceso decisorio se volvía extremadamente lento y complejo.
A
diferencia del estilo que caracterizó a Carlos Menem, Fernando de la Rua
prefirió adoptar otro, basado en la búsqueda de consensos, lo que le quitaba
dinamismo. Además, para muchos, De la Rúa era un presidente débil porque muchas
iniciativas anunciadas públicamente no se llevaban a la práctica por presiones
de los grupos afectados. La debilidad del presidente se hacía visible, los
propios miembros de su gabinete lo contradecían o criticaban con dureza. Un
ejemplo muy claro en este sentido fue el del ministro de Desarrollo Social Juan
Pablo Cafiero, el cual no solo tomó decisiones como la de mantener un diálogo
con los piqueteros de Salta sin consultar con el presidente, o formuló duras
críticas a algunas de las iniciativas oficiales, sino que incluso declaró que en
el entono de Fernando de la Rúa se reunían con mafiosos que frecuentaban la Casa
Rosada, sin que el presidente le pidiera explicaciones.
Había, por otra parte, tina actitud bastante agresiva por parte del
justicialismo, que eligió presidente de la Cámara de Diputados al peronista
Eduardo Caamaño y presidente provisional del Seriado a Ramón Puerta. Se
planteaba una situación compleja porque no había Vicepresidente debido a la
renuncia de Alvarez. Por lo tanto, cada vez que el presidente De la Rúa se
ausentara del país, su lugar sería ocupado por un político de la oposición en
virtud de la Ley de Acefalía.
También hubo maniobras de algunos sectores del peronismo que conspiraron contra
la gobernabilidad. Por ejemplo, la presunta participación de algunos intendentes
justicialistas del conurbano bonaerense en las movilizaciones que terminaron en
saqueos a supermercados y otros comercios minoristas fue documentada en los
medios de comunicación y complicó manifiestamente la continuidad del gobierno
delarruísta.
De
hecho, se produjo una ruptura de la coalición gobernante, que se sumó a un
retaceo de apoyo por parte de importantes sectores del radicalismo. El gobierno
sufrió en las elecciones de octubre de 2001 la paradójica situación de no tener
candidatos que apoyaran abiertamente la gestión oficial. Por el contrario, hubo
candidatos de la Alianza, como Terragno, que impugnaban la mayoría de las
decisiones que se estaban adoptando. El incremento de los votos nulos, la
abstención y el voto en blanco, que dieron lugar a lo que se denominé el
fenómeno del ‘<voto bronca”, marcaron con claridad el descontento de un sector
importante de la sociedad frente a las alternativas que se presentaban.
Tras
las elecciones, el peronismo quedó consolidado como primera fuerza., lo que
complicó aún más la debilitada situación del gobierno. El PJ no contribuyó a la
gobernabilidad, por el contrario aprovechó las limitaciones que el gobierno
delarruísta tenía en ese momento para ocupar posiciones de poder.
Cuando Cavallo, con el “corralito”, confiscó los depósitos bancarios afectó en
forma directa a los sectores de clase media que reaccionaron con cacerolazos y
otras Formas de protesta. Todos estos factores desembocaron en dos fenómenos que
se potenciaron mutuamente: una crisis político institucional y la crisis en las
calles. Esta combinación provocó tras los violentos episodios en la Plaza de
Mayo el 20 y 21 de diciembre de 2001 la renuncia del presidente.
En su
discurso del 20 de diciembre, De la Rúa declaró el estado de sitio y ordenó la
reopresión. Amplios sectores de la sociedad reaccionaron haciendo sonar sus
cacerolas y marchando hacia el domicilio del ministro Domingo Cavallo, la Quinta
Presidencial y la Plaza de Mayo. Su descontento ya se había manifestado en las
elecciones legislativas de octubre con el voto bronca”. La falta de respuestas
por parte del gobierno profundizó el descontento de la población y provocó
finalmente su caída.
Es
importante remarcar como elemento característico de esta crisis el proceso de
vaciamiento de poder que se fue produciendo. Este proceso no solo dificulté la
aplicación de medidas necesarias para la recuperación del país le quitó al
gobierno mecanismos para sostenerse. La posición adoptada por el Partido
Justicialista que se negó a conformar un gobierno de coalición, o como se lo
denominé de “Salvación nacional”, fue un factor significativo. En esta visión
las manifestaciones populares fueron un componente en el proceso de caída del
gobierno, pero no el determinante. Lo decisivo fue la debilidad de la coalición
oficialista.
A
modo de conclusión
En
cuanto a las dificultades que afronté la Alianza para consolidarse, puede
señalarse la falta de una clara definición programática. También la ausencia de
estructura partidaria en el FREPASO ayudé a que buena parte de sus dirigentes no
pudieran contener la salida hacia otros horizontes políticos. Esta carencia de
contención partidaria se plasmé en la creación de agrupamientos políticos que
rechazaban las continuidades existentes con el menemismo por parte del gobierno
aliancista, entre los que se pueden mencionar Alternativa para una República de
Iguales (ARI), encolumnado tras la ex radical Elisa Carné, y el Polo Social, que
presentó la candidatura en la Provincia de Buenos Aires del sacerdote Luis
Farinello. Por su parte, algunos sectores se manifestaron solidarios con las
experiencias piqueteras de acción directa.
Fernando De la Rua no conté con el apoyo contundente de su propio partido,
situación que se vio agravada por el proceso de disgregación que sufrió el
FREPASO.
Además, el Gobierno no pudo establecer vínculos fuertes con los distintos
actores sociales. Respecto de los trabajadores, incluso perdió las buenas
relaciones que tenia con la Central de Trabajadores Argentinos, de la cual
provenían algunos de sus legisladores y funcionarios, como Alicia Castro y Mary
Sánchez. A medida que el gobierno fue proponiendo su plan económico, la CTA se
fue distanciando cada vez más.
Desde
el punto de vista económico, la convertibilidad era incompatible con el rechazo
del recorte del gasto público, con la flexibilización de importan res áreas de
la economía o con el incremento del ahorro interno a partir de la expansión del
sistema de capitalización previsional.
El
resultado de esta tensión fue la profundización de los desequilibrios que
presentaba el sistema productivo, acompañado de un proceso de fuga de capitales
que disminuyó las reservas internacionales del país. y el cierre de los mercados
para el acceso al crédito, reflejado en el constante aumento en el índice de
riesgo país a lo largo del año 2001.
Por
ello, la crisis económica fue incrementándose a lo largo de los dos años de
administración, siendo sus aspectos más sensibles la caída del consumo y el
decreciente ritmo de la actividad económica. Por otra parte, la agudización de
los problemas de empleo y de incremento en los índices de pobreza e indigencia
produjo la erosión de la popularidad del gobierno.
Por
último, la Alianza tampoco logró terminar con la corrupción y dotar de mayor
transparencia al sistema político. Las denuncias de irregularidades en el PAMI,
la ocupación de cargos públicos por parte de familiares de los principales
dirigentes aliancistas y el escándalo producido tras la aprobación de la reforma
laboral, que derivó en la renuncia del vicepresidente Carlos Álvarez, provocaron
la sensación de desconfianza y de frustración. Este rechazo no se limitó a los
miembros del partido gobernante, sino que se extendió a los políticos en
general, lo que dio lugar a su identificación como “casta privilegiada” y generó
un reclamo de renovación en las prácticas políticas que se popularizó a partir
del pedido “que se vayan todos”.
Sin
embargo, las elecciones de 2003, tanto en el ámbito nacional como en el
provincial o municipal, no presentaron sorpresas. Se consolidaron en las
principales candidaturas, políticos experimentados que ya habían ocupado cargos
importantes, generaron poca adhesión aquellos que se identificaban con la “nueva
política” enfrentada con los tradicionales aparatos partidarios .
Notas al pie
(1) La diversidad ideológica
dentro de la Alianza era tal que coexistían en ese espacio político dirigentes
del Partido Comunista y representantes de un partido de centro derecha como
Rafael Martínez Raymonda o Alberto Natale, que anteriormente habían apoyado las
candidaturas presidenciales de Alvaro Alsogarav en 1989 y de Carlos Menem en
1995.
(2) Los desacuerdos en torno de algunas de las propuestas formuladas por el IPA
y rechazadas por el binomio De la Rua y Alvarez, y el rol subordinado en que iba
quedando el Instituto, motivaron que Alfonsín decidiera renunciar a su dirección
poco tiempo antes de las elecciones.
(3) Durante la discusión de la iniciativa en el Senado, el gremialista Hugo
Moyano comentó que el entonces ministro de Trabajo Alberto Flamarique le había
dicho que a los senadores los manejaba con la tarjeta Bandeo. Posteriormente a
la sanción en la Cámara Alta se produjo una declaración a la periodista del
diario La Nación Fernanda Villosio de un supuesto arrepentido que relataba que
se habían producido sobornos a senadores para la aprobación de la ley’, con
dinero proveniente de fondos reservados de la Secretaría de Inteligencia del
Estado. El hecho de que los principales imputados en esa maniobra (Flamarique y
De Santibáñez) no fueran desplazados del Gobierno, sino fortalecidos, provocó la
reacción del vicepresidente Alvarez y su posterior renuncia. El caso de los
sobornos en el Senado no fue aún resuelto por la justicia, por lo que se
desconoce la veracidad de las imputaciones del supuesto arrepentido
El hecho de que un miembro del FREPASO como Flamarique estuviera implicado en la
denuncia de corrupción. se sumaba a las anteriores imputaciones realizadas a
funcionarios de esa agrupación como Tonietto en el PAMJ y el profesor de tenis
de Fernández Meijide. Se lesionaba de ese modo la credibilidad de un partido que
se había fortalecido a partir de frecuentes denuncias sobre la falta de
transparencia en materia administrativa.
Fuente Consultada:
Cuatro Décadas de Historia
Argentina
Palmira Dobaño - Mariana Lewkowicz
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