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Ecología y medio ambiente, un poco de historia:
LAS EXPLORACIONES espaciales han permitido conocer las reales dimensiones de las catástrofes ecológicas en nuestro planeta. En junio de 1993, el satélite Landsat obtuvo informaciones que señalan que la tasa de deforestación del Amazonas brasileño la zona forestal tropical más grande del mundo) fue de aproximadamente 15.000 km2 por año entre 1978 y 1988, y su mayor efecto fue sobre la diversidad biológica.

Sobre el mismo tema, el sociobiólogo Edward O. Wilson, de la Universidad de Harvard, y estudioso de la sobrevivencia de las especies, afirma que hoy desaparecen 27.000 especies al año, 74 al día y tres cada hora, a pesar de lo cual aún faltan siglos para que se extingan todas las especies.

Nadie sabe con certeza cuántas especies existen hoy, pero se han catalogado cerca de 1,4 millones, de las cuales más de la mitad son insectos, 250 mil son plantas superiores, 9.000 son aves y 4.000 corresponden a mamíferos. Según los cálculos de Wilson, al paso que va la humanidad, el 20% de las especies existentes se van a extinguir en los próximos 30 años, lo que representa un promedio alarmante.

Otro de los problemas que preocupan en relación al medio ambiente es el de la capa de ozono, que registra una disminución de concentración cada vez mayor que debilita su función. El récord en la disminución de la capa de ozono se produjo durante 1993 sobre la Antártida, con una cobertura de 9 millones de millas cuadradas. Ese mismo año, y de acuerdo con el Protocolo de Montreal, a las naciones en desarrollo se les pidió abandonar totalmente, para el año 2010, el uso de sustancias que agoten el ozono.

Un grupo internacional de importantes compañías electrónicas y aeroespaciales, en cooperación con el Banco Mundial y la Agencia de Protección Ambiental de EE.UU., emprendió en octubre de 1993 esfuerzos para eliminar el uso de solventes que agotan el ozono en Brasil, China, Malasia, México, Tailandia, Turquía, Corea y Taiwán.

El foro mundial llamado Cumbre para la Tierra, realizado en Río de Janeiro, Brasil, en 1992, constituyó un acontecimiento sin precedentes. Ahí se dieron cita una gran cantidad de jefes de gobierno, y la atención del mundo se centró en los serios problemas de pobreza y medio ambiente que enfrenta la comunidad mundial; esta reunión culminó con la formulación del Programa 21.

En él se consigna la imperiosa necesidad de solucionar problemas como el hambre, la pobreza, la enfermedad, el analfabetismo y también el incesante deterioro de los ecosistemas de los cuales dependemos para sobrevivir. Una de las conclusiones a las que se llegaron fue que, para obtener un futuro más próspero y seguro, es indispensable el trabajo en conjunto de todas las naciones en forma equilibrada en lo que respecta al medio ambiente y desarrollo.

El Programa 21, aprobado en la Cumbre para la Tierra, traduce la existencia de un consenso mundial y la determinación política al más alto nivel para favorecer la cooperación en materia de medio ambiente y desarrollo, para así enfrentar los desafíos que nos deparará el siglo XXI.

Al Gore, en su afamado libro "La Verdad Incómoda", explica sobre los efectos de la desaparición del lago Chad. Es un lago poco profundo que se encuentra, situado en la frontera entre Chad, Níger, Nigeria y Camerún, en África. Su capacidad ha ido menguando con el paso del tiempo y debido, sin duda, a la desertización provocada por la cercanía del desierto del Sahara y por la captación de aguas para irrigación de cultivos.

"Hace solamente cuarenta anos, el lago Chad era tan grande como el lago Erie. Pero ahora, a causa de la disminución de las precipitaciones y de su uso cada vez más intenso por parte de los humanos, ha quedado reducido a un veinteavo de su tamaño original. Con todo, en la actualidad hay más gente que depende del lago Chad de la que nunca antes ha habido, a pesar de que las dunas ya cubren su lecho seco.

Su destino es tristemente característico de una parte del mundo en la cual el cambio climático puede medirse no sólo en términos de aumentos de temperatura, sino también en vidas perdidas. La desaparición del lago ha llevado a la eliminación de las pesquerías y los cultivos, lo cual ha obligado a desplazarse a millones de personas y puesto en peligro a muchas más.

Cuando estaba lleno, el lago Chad era el sexto más grande del mundo y se hallaba entre las fronteras de Chad, Nigeria, Camerún y Níger. La gente dependía de sus aguas para el riego de los cultivos, la pesca, el ganado y el agua para beber. N'guigmi, una ciudad de Níger a la que el lago Chad alguna vez abrazó por tres de sus flancos, se encuentra ahora a casi cien kilómetros del agua. Las barcas pesqueras y los taxis acuáticos están varados de forma permanente. Chad y Malafator, en Nigeria, han sufrido destinos similares. Al seguir las aguas en retroceso hasta Camerún, los pescadores nigerianos causaron escaramuzas militares y disputas legales internacionales. Cuando los granjeros comenzaron a labrar el lecho del que otrora había sido el lago, se produjeron luchas por los derechos de propiedad.

Mientras el lago Chad se secaba, un periodo de sequías particularmente intensas preparaba el escenario para la violencia que estalló en el cercano Darfur, una región sudanesa desgarrada por la guerra. Al norte y al oeste, Marruecos, Túnez y Libia pierden cada uno mil kilómetros cuadrados de tierras productivas al año como consecuencia de la desertización. Y hacia el sur, en Malawi, cinco millones de personas estuvieron en peligro de morir de hambre en 2005, cuando los granjeros sembraron según el calendario, pero las lluvias nunca llegaron. La mayoría de los africanos aún depende, literalmente, de los frutos de su trabajo: cuando las cosechas fracasan, todo se viene abajo.

Se prevé que estos problemas se agravarán. Los científicos han predicho que para el final de este siglo, la gente de muchas ciudades africanas perderá entre un cuarto y la mitad del caudal fluvial que necesita para sobrevivir. En particular, durante los años secos, veinte millones de personas podrían perder las cosechas que los alimentan. El Delta del Okavango, en Botsuana, famoso por su exuberancia, podría perder tres cuartas partes del agua que contiene, poniendo en peligro una reserva de más de cuatrocientas cincuenta especies de aves, elefantes y predadores. La fauna salvaje africana atrae visitantes de todo el mundo y su pérdida destruiría el principal motor económico de la región, es decir, el turismo.

En ocasiones, en los debates que surgen alrededor de la mitigación de la hambruna, se da a entender que son los propios africanos quienes se la han buscado, por culpa de la corrupción o la mala administración. Pero a medida que comprendemos más profundamente el cambio climático, se hace más visible que los verdaderos culpables somos nosotros. EE.UU. emite alrededor de un cuarto de los gases invernadero del mundo, en tanto que todo el continente africano es responsable solamente del 5%. De igual modo que no podemos ver realmente los gases invernadero a menudo, y desde una distancia tan grande, tampoco vemos su impacto. Pero ya es momento de aceptar con frialdad y honestidad nuestro papel en este creciente desastre. Hemos contribuido a construir el sufrimiento de África y tenemos la obligación moral de acabar con él."


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