|

POLONIA: JUAN III
SOBIESKI Y AUGUSTO EL GRANDE
Polonia padecía la misma enfermedad que el Sacro Imperio Romano Germánico: tras
su unión con Lituania (1569) su territorio abarcaba las extensísimas llanuras
situadas entre el Báltico y el mar Negro: pero,
al igual que había sucedido en Alemania, la nobleza impidió la formación de una
fuerte monarquía hereditaria. Todos los reyes polacos eran elegidos, y en la
Dieta bastaba un solo voto en contra para impedir una resolución (liberum
veto).
En
1674, cuando los polacos eligieron rey al valeroso general Juan Sobieski,
estaban eligiendo a un héroe romántico: Sobieski tenía un aspecto regio, era un
general brillante y genial y avivaba la fantasía de los polacos por su romance
con la bella María Casimira su amor de juventud. Cuando Juan tuvo que marchar a
la guerra ella se casó con un infeliz; a su regreso, seguía perdidamente
enamorado de ella y se convirtió en su amante: el pobre infeliz murió de
cortesía, y los amantes se unieron.
Su
gran objetivo era transformar Polonia y derrotar a los turcos. Cuando éstos
ocuparon Viena en 1683, Juan Sobieski y su ejército polaco la liberaron de los
turcos. Su corte se convirtió en un centro de la Ilustración, y se puede decir
que protestantes y judíos gozaban de libertad religiosa. Desde el punto de vista
cultural, abrió Polonia a la influencia francesa desde el punto de vista
político, sin embargo, no pudo reformarla. Cuando murió, los miembros de la
Dieta fueron sobornados y eligieron rey al príncipe de Sajonia, Augusto II el
Fuerte, lo suficientemente ilustrado, y lo suficientemente falto de prejuicios,
como para cambiar su fe protestante por la católica y convertirse así en rey de
Polonia.
RUSIA Y PEDRO I EL GRANDE
Pese
a haber avanzado va tanto en nuestro relato, ésta es la primera vez que
mencionamos a los pueblos eslavos orientales, que, desde su unión bajo el
reinado de Rurik (862), rey de los vikingos, eran llamados «Rus». Bajo
Vladimiro I el Santo (980-1015), los rusos se convirtieron al cristianismo en su
versión ortodoxa griega y adoptaron los ritos de la Iglesia bizantina. El centro
de la cultura rusa era Kiev. A partir de 1223, Gengis Kan, el mongol
expansionista, ataca a los rusos, y en 1242 Rusia se convierte en una parte del
Imperio mongol de la Horda de Oro. Aunque controlados por los mongoles, los
grandes príncipes siguieron gobernando de forma relativamente independiente.
Iván 1 (1323-1340) convierte a Moscú en la capital de los rusos. En 1472, Iván
III libera a Rusia del dominio mongol, se proclama gran príncipe de todos los
rusos y los símbolos de su ejército dicen claramente que se considera a sí mismo
el sucesor del imperio bizantino, caído en 1453.
Por
eso su hijo Basilio III se nombró zar (emperador) e hizo que arquitectos
italianos levantaran la ciudadela de Moscú, el Kremlin. Su hijo Iván IV
(1533-1584) se ganó el mote de «el Terrible», porque aplastó brutalmente a todos
cuantos se resistieron a su poder autocrático; pero al mismo tiempo modernizó el
Imperio y creó la guardia imperial (los «streitsv) En 1613 se extingue la
dinastía de los Ruríkidas, y su lugar lo ocupará hasta 1917 una rama de esta
familia, los Romanov.
A partir de 1682 y con la ayuda de los «streitsv»,
Sofía ejercerá la regencia durante la minoría de edad de su incapacitado hermano
y de su hermanastro Pedro 1. Mientras tanto, éste tuvo tiempo de frecuentar la
llamada «colonia alemana» de Moscú y comprobar que los extranjeros que allí
residían eran muy superiores a los rusos en lo que se refería a la educación, la
cultura y, especialmente, la técnica.
En
efecto, Rusia vivía aletargada en la Edad Media. No había pasado por el derecho
romano, el Renacimiento y la Reforma: lo único que había vivido era el
despotismo mongol. Los campesinos sólo conocían la dureza de la tierra, el
látigo de su señor el murmullo de los pastores ortodoxos, que en la penumbra de
las iglesias movían los incensarios ante los iconos dorados en un eterno vaivén.
En
1689 —un año después de la Revolución gloriosa de Inglaterra—, año en el que
Pedro I se hizo con el poder, comienza para Rusia una nueva época, pues pocas
veces un príncipe ha transformado tanto su país como el zar Pedro 1 transformó
Rusia. Sólo Lenin, al que tanto se asemeja, podrá superarlo.
A
Pedro ¡ le obsesionaba la idea de poner fin al distanciamiento con respecto a
Europa en el que vivía Rusia y su propósito era abrir un acceso al mar, ya al
Mar Negro —lo que significaba la guerra con los turcos—, ya al Báltico —lo que
significaba la guerra con los suecos, que en aquel tiempo dominaban el Báltico y
eran una gran potencia europea—.
Primero lo intentó con los turcos. Cuando sufrió una derrota, comprendió que era
hora de modernizar el país. Y así comenzó uno de los más sorprendentes episodios
de la vida de un soberano. Formó un grupo de aproximadamente doscientos
cincuenta hombres, a los que envió a Europa occidental para que aprendieran
construcción naval y otras habilidades, e incluso se hizo pasar por uno de
ellos. Corno es lógico, muy a menudo se daba a conocer. A la princesa viuda de
Brandemburgo le llamó la atención la antipatía de Pedro 1 por el cuchillo y el
tenedor, tanto como la asombré que a los rusos les molestaran los duros huesos
de las damas alemanas cuando bailaban con ellas: habían confundido las varillas
de sus corpiños con sus huesos.
En
Zaandarn, la meca holandesa de la construcción naval, Pedro 1 vivió una
temporada haciéndose pasar por carpintero de ribera, concretamente en la casita
de un trabajador, Gerit Kist. Más tarde se colocaría en la casita esta
inscripción: «Para un gran hombre nada es demasiado pequeño», y Lortzing
homenajearía a Pedro I el Grande en su ópera Zar y el carpintero. Durante diez
meses, trabajó diariamente como cualquier otro en la construcción de un barco,
por la noche estudiaba la teoría. También visitó a los eruditos y científicos: Leeuvenhoek le permitió mirar por el microscopio; en la sala de disección de
Boerhaave pudo acercarse al interior del cuerpo humano; asistió a conferencias
sobre ingeniería y mecánica y hasta aprendió a extraer las muelas, arte que
practicó con sus subordinados.
Envió a Rusia cargamentos enteros con los últimos
instrumentos y herramientas, y después a cientos de capitanes, oficiales del
ejército, cocineros y médicos para formar a su gente. Viajó a Londres y a Viena
y, de vuelta, hizo un alto en el camino y pasó por Polonia para visitar a
Augusto II el Fuerte. Trabaron inmediatamente una profunda amistad, pues por fin
ambos habían encontrado a alguien con quien competir en sus dos disciplinas
favoritas: beber doblar vajillas de plata. Mientras se dedicaban a estos
menesteres, decidieron unirse y arrebatar a Suecia sus posesiones continentales.
Con la incorporación de Dinamarca a la coalición, comenzó la guerra del Norte,
que se inició en 1700 y concluyó en 1721.
CARLOS XII Y SUECIA
Fue
la guerra de un estratega genial, el rey sueco Carlos XII, contra el invierno
ruso. Carlos ganó todas las batallas, venciendo a Dinamarca, a Polonia y a Pedro
I el Grande, cuyo ejército todavía no había alcanzado el suficiente grado de
formación. Carlos venció y de puso a Augusto II el Fuerte, y desde Polonia
comenzó su marcha hacia la ancha Rusia. En este sentido fue un precursor de
Napoleón y Hitler. El zar Pedro 1 emprendió la retirada, incendiando todas las
ciudades y depósitos de provisiones que encontraba a su paso. Así logró conducir
a Carlos XII hasta el desértico interior del país. Luego vino el invierno, que
en esta ocasión fue especialmente crudo: a los suecos se les helaban las manos y
los pies.
Finalmente, el ti de mayo de 1709, tuvo lugar la batalla de Poltava (suroeste de
Charkow, Ucrania), que fue el Stalingrado del siglo XVIII Después de la batalla,
vencido Carlos XII, el mundo cambió: Rusia se encuentra a las puertas de Europa
y toma el Báltico y Ucrania. Augusto II el Fuerte sube de nuevo al trono polaco
gracias a Pedro I; Carlos XII logra huir a Turquía y vuelve a poner en peligro a
Pedro I con un ejército turco; pero cuando el sultán se cansa de él, cabalga
durante catorce días a marchas forzadas desde Estambul a Stralsunci, defiende la
ciudad contra los ocupantes, regresa a Suecia, forma nuevas tropas y cae, con
tan sólo treinta seis anos de edad, cuando ataca Noruega.
Carlos XII fue el Aníbal sueco. Fue un estratega genial, estuvo a punto de
restablecer el dominio vikingo sobre Rusia, pero logró lo contrario de lo que se
proponía: enterró a la gran potencia sueca y ayudé a nacer a Rusia.
LAS REFORMAS DE PEDRO I EL GRANDE
La
modernización de Rusia llevada a cabo por Pedro es tan despótica como la
posterior sovietización del país por parte de Lenin y Stalin. Lo primero que
tenían que hacer los rusos era cortarse la barba. Quien no lo hacía debía pagar
un impuesto. En segundo lugar, la vestimenta tradicional debía desaparecer. El
zar vacié las casas de acogida de mujeres, recorté el poder de la Iglesia
ortodoxa, prohibió ordenar sacerdotes a los místicos y a los fanáticos e
introdujo la tolerancia religiosa. Sustituyó la nobleza de sangre por una
especie de nobleza basada en el mérito y dividida en rangos que dependían de la
relevancia de los servicios prestados al Estado.
El gobierno estaba compuesto
por un senado y distintos ministerios. Los gobernadores provinciales debían
responder ante el senado. En las ciudades había tres clases sociales: ricos
comerciantes y gente con carrera, maestros y artesanos, trabajadores y
empleados.
La comunidad rural (mir) continuó siendo una corporación
colectiva y la servidumbre permaneció intacta. Al mismo tiempo, el zar
desarrollé una activa política industrial y fomenté la minería, la artesanía y
el sector textil. Corno sucedería después en la colectivización soviética, los
campesinos fueron forzados a trabajar en la industria, lo que dio lugar a una
especie de esclavitud industrial. Finalizada la guerra contra Suecia, el zar
introdujo en el país el libre comercio. Implanté el calendario juliano
(protestante), impuso la escritura cirílica (la Iglesia seguía usando la
escritura eslava), hizo imprimir periódicos, fundó bibliotecas y copió el
«gimnasio» alemán (los centros de educación secundaria). Importó actores de
Alemania, arquitectos de Italia y científicos de todos los países europeos.
Pero, sobre todo, desplazó Rusia hacia el Báltico, donde levantó la nueva
capital imperial: San Petersburgo.
Así como las grandes obras soviéticas
posteriores se realizaron con los trabajos forzados de los presos de los gulags
o campos de concentración rusos y de los prisioneros de guerra, San Petersburgo
fue levantada con el trabajo de los esclavos rusos y de los prisioneros de
guerra suecos. En el delta del Neva se asentaron más de ciento veinte mil
personas.
Pese a estar construida sobre terrenos
cenagosos, San Petersburgo se expandió rápidamente; Pedro mandó construir un
sistema de canales que drenaban las aguas de la tierra e hicieron que la ciudad
pasara a ser conocida como la «Venecia del Norte».
También reclutó a gran número de campesinos
para que trabajaran en los suntuosos proyectos de construcción diseñados por
equipos de arquitectos e ingenieros europeos. Para asegurarse de que la obra en
San Petersburgo se concluyera sin demora, Pedro prohibió construir edificios de
piedra fuera de la ciudad y todos los mamposteros fueron llamados a trabajar en
la capital. En 1 714, Pedro ordenó edificar un palacio de verano y
posteriormente uno de invierno junto al río Neva.
Dada la ubicación estratégica de la ciudad
junto al puerto, gran parte de ella quedó ocupada por edificios dedicados a la
construcción naval y la Armada, el principal de ellos el complejo del
Almirantazgo. En el año 1725, fecha de la muerte de Pedro, un 90 por ciento del
comercio de Rusia pasaba ya por San Petersburgo. A la muerte del emperador, la
construcción en la ciudad prosiguió y se levantaron diversas iglesias y
palacios barrocos.
Pedro
el Grande murió a la edad de cincuenta y dos años odiado por todos. Fue una
figura similar a Enrique VIII de Inglaterra o Lenin:
extremadamente cruel,
resuelto, poseído por un ideal, inusitadamente vital, obstinado, capacitado y
desconsiderado. Modernizó a su país por la fuerza. De
este modo sirvió de ejemplo a sus sucesores Lenin y Stalin, pero también a
Gorbachov. Desde entonces Rusia oscila entre el eslavismo y la occidentalización.
ANÁLISIS DE LAS REFORMAS DE PEDRO I: Pese a
lo superficiales que fueron las reformas de Pedro Grande, consiguieron librar a
Rusia de su aislamiento. Las clases dirigentes se volvieron en lo sucesivo hacia
Europa en lugar de orientarse hacia la mentalidad asiática y adoptaron las
formas de vida y la cultura europeas, decidiendo de este modo su futuro.
Se ha
dicho que Pedro I falseó la evolución de su pueblo al imponen) la cultura
occidental como una especie de camisa de fuerza; otros, en cambio, consideran a
Pedro el Grande como fruto de un necesidad histórica, proporcionando a su pueblo
las reforma adecuadas a sus más hondas exigencias. La antigua Rusia había
agotado sus energías, su misión estaba cumplida, había desempeñado su papel
histórico y podía ya desaparecer, para dejar paso a la nueva Rusia que debía
surgir.
Como
dice el filósofo soviético Soloviev, “el pueblo ruso estaba dispuesto a ponerse
en marcha sólo esperaba un jefe. La contribución personal de Pedro a esta
evolución pudo llevarse a cabo gracias a su extraordinaria fuerza de voluntad.
Pero esta misma energía no permitió en ningún momento al desgraciado pueblo ruso
recuperar alientos, y sentar las bases de aquella prosperidad material sobre la
cual debe asentarse necesariamente la cultura.
Los
primeros Romanov habían oprimido también al pueblo ruso con elevados impuestos,
pero a los mujiks jamás se les ocurrió el hacer responsable de ello a
aquel zar que les resultaba tan lejano, inaccesible, rodeado de un halo de
misterio y que dominaba a su pueblo como el cielo domina a la tierra, un
soberano que nunca aparecía en público.
Todos
los males que gravitaban sobre el pueblo eran atribuidos a los boyardos y a los
funcionarios; desde Pedro el Grande, el zar de todas las Rusias se había
despojado de su aureola, y parecía haber descendido del trono poco menos que
celeste en que sus predecesores se asentaban con intocable majestad; el zar
Pedro vivía y trabajaba en medio de su pueblo, como un simple mortal; no se
mostraba vestido de púrpura y con la corona ciñendo sus si enes, sino manejando
cualquier, herramienta y con la pipa en los labios. Destruyendo de ésta manera
su mito personal, Pedro se exponía al descontento del pueblo. “Nunca hasta ahora
—se lamentaban los rusos— la vida ha sido tan dura. ¡Ojalá muera el zar!”
Fuente Consultada: La Cultura
de Dietrich Swanittz
|