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El
elemento químico carbono no sólo aparece en el mundo mineral formando parte
de los combustibles, sino que se encuentra, en estado de gran pureza,
constituyendo dos minerales muy característicos: cuando cristaliza en el
denominado sistema hexagonal forma el grafito; cuando lo hace en el
cúbico se tiene el diamante.
Cabe
indicar que, aun cuando nadie utilice diamantes como combustible, éstos, por ser
carbono puro, se “queman» perfectamente: puestos en atmósfera de oxígeno amen
igual que un trozo de carbón; se vuelven rojos, convertidos en ascuas, y,
finalmente, desaparecen: se han transformado totalmente en anhídrido carbónico.
Experimento algo caro que efectuó, hace ya bastantes años, el célebre químico
Lavoisier.
Otro
curioso experimento consiste en someter el diamante, colocado en atmósfera de
nitrógeno u otro gas inerte, a la acción del arco voltaico: su sistema de
cristalización cambia y se convierte en grafito. Cambio que, por cierto, resulta
irreversible.
Aun
cuando el diamante ofrece gran variedad de usos industriales, su característica
más genuina es ser uña piedra preciosa. Todo el mundo sabe que las piedras
preciosas son escasas, bonitas y caras; pero es necesario precisar una serie de
particularidades para definirlas con propiedad.
La
primera de ellas es la inalterabilidad: se comprende que algo de elevado precio,
utilizado como joya, deba ser resistente al ataque de cualquier agente. Esta
propiedad la presenta, en grado elevado, el diamante; en efecto, sólo se
disuelve, en frío, en la mezcla de ácido sulfúrico y bicromato potásico, y, en
caliente, en los carbonatos de sodio y de potasio fundidos, en los que es a
todas luces imposible que nadie meta una mano ornamentada con un diamante.
La
segunda propiedad es la dureza. Mal podría cotizarse a elevado precio algo que
se desgastara con facilidad. El diamante la posee en grado superlativo, siendo
la sustancia de origen natural más dura que se conoce; lo cual no impide que sea
extraordinariamente frágil: si cae simplemente al suelo, según el choque, puede
romperse en mil pedazos.
Las
demás propiedades son de tipo óptico, y el hombre ha tardado bastantes años en
saber aprovecharlas. Extraordinariamente importante es que posea un índice de
refracción elevado, lo cual significa que los rayos luminosos sufren un
importante cambio de dirección al penetrar en la sustancia. El fuerte brillo de
las piedras preciosas se debe, pues, no solamente a la luz que se refleja sobre
ellas, sino a la que, entrando por sus bordes y por su parte inferior, sale,
gracias al cambio de dirección mencionado, por la parte superior. Esto no ocurre
siempre, cualquiera que sea la forma en que se haya tallado el diamante, sino
únicamente cuando se ha efectuado la talla en brillante. Los ángulos diedros se
calculan ahora matemáticamente.
Tal
sistema de tallado, prácticamente el único utilizado hoy en día, fue inventado
por Luis de Berquen, natural de Brujas. Había ensayado con piedras pequeñas,
pero buscaba unos diamantes grandes para la prueba definitiva. Resultó que
Carlos el Temerario poseía tres soberbias piedras y las ofreció en condiciones
muy precisas: si salía bien y brillaban más, Luis de Berquen obtendría 3.000
ducados; si salían mal y se rompían, Luis de Berquen perdería la cabeza. Era
altamente peligroso el pacto, pues ello ocurría en 1476 y no se disponía de
medio alguno para realizar un estudio previo y ver la forma exacta de dar los
golpes; pero el de Brujas lo aceptó. La aventura salió bien.
Finalmente, el diamante tiene otra propiedad, asimismo óptica: posee una fuerte
dispersión, o sea que en él las desviaciones de la luz de diferentes colores son
apreciablemente diferentes. Tal fenómeno produce las extraordinarias irisaciones
coloreadas de esta piedra preciosa. |