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Los documentos preservan la historia de la
humanidad. Si el hombre no hubiera inventado la escritura, o comenzado a llevar
registros formales de batallas, leyes, tratados y demás, habría que obtener la
historia de los relatos orales.
Si el lector ha participado alguna vez en el
juego que consiste en susurrar al oído de su vecino alguna cosa para que éste a
su vez la susurre al oído de un tercero, y así sucesivamente por todo el salón,
sabrá que la historia oral cambia de persona a persona, aun en el intervalo de
unos pocos minutos. Si el proceso continuara durante siglos, al cabo de ese
tiempo la gente no tendría la menor idea de lo que se dijo realmente. Con la
historia ocurre lo mismo que con los acuerdos contractuales: todo el mundo sabe
que hay que ponerlos por escrito.
Los documentos son importantes, y algunos lo son
más que otros no sólo porque preservan el pasado sino porque lo moldearon en su
momento. Los documentos establecen entonces pautas de comprensión de la
identidad social y principios acerca de lo bueno y lo malo.
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La Piedra de Rosetta |
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Antigua
escritura egipcia: la formal jeroglífica, como la que podemos ver en las tumbas
reales, y la demótica, un género popular de escritura simplificada. En 1799,
durante la ocupación napoleónica de Egipto, algunos soldados encontraron la
piedra en el brazo de Rosetta del río Nilo, en Raschid, cerca de Alejandría. La
piedra fue esculpida cerca de 2.000 años antes, en 196 a.C.
Hasta el
momento en que se encontró la piedra nadie sabía cómo leer los jeroglíficos y la
historia del antiguo Egipto parecía perdida para siempre.
Los
eruditos Jean François Champollion y Thomas Young trabajaron duro y parejo para
descifrar la piedra, logrando establecer que los tres textos decían lo mismo.
Usando su conocimiento del griego antiguo, Champollion fue capaz de descifrar el
texto y anunció en 1822 que podía leer jeroglíficos. La piedra de Rosetta
proporcionó la clave de entrada al remoto pasado egipcio.
Podemos
ver la piedra de Rosetta en el Museo Británico de Londres.
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Las Analectas de Confucio |
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En el mundo
occidental la gente atribuye la regla áurea a Jesucristo. Pero 500 años antes de
Cristo un humilde maestro chino, Kong Ch’iu, había dicho a sus alumnos: “Haz a
otros lo que quisieras que te hicieran a ti”.
Kong vivió
desde el año 551 hasta el 479 a.C., aproximadamente. Siendo adolescente era ya
funcionario gubernamental; a los 15 años estaba a cargo de los pastos y del
almacenamiento de granos, y fue ascendiendo hacia los altos oficios de la
administración. Sus ideas reformistas lo hicieron popular entre la gente pero
también irritaron a algunos privilegiados.
Sus
enemigos lo obligaron a abandonar su provincia natal. Entonces Kong viajó
mientras enseñaba sus ideas sobre el respeto a los demás, el culto de los
ancestros, la lealtad y el mejoramiento personal. Hacía énfasis en los
conceptos de Ii (la conducta correcta) yjen (la actitud compasiva). Sus alumnos
le dieron el título de Fuzu (maestro venerado).
En los
últimos años de su vida y después de su muerte sus enseñanzas fueron recogidas
por sus discípulos en las Analectas, fuente importantísima y de gran influjo
sobre el pensamiento chino. El confucianismo (del nombre latinizado de Kong Fuzu,
Confucio), mezclado con otros sistemas filosóficos y religiosos como el taoísmo,
el budismo y el legalismo, moldeó el carácter. Hasta el siglo veinte, todo
estudiante en entrenamiento para ser funcionario del gobierno chino debía
estudiar las Analectas. El confucianismo influyó asimismo en otras culturas
asiáticas, incluida la japonesa.
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La Biblia |
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Éste es un
conjunto de escritos, un cofre precioso de documentos envueltos en un volumen.
La Biblia de la que hablamos depende de la tradición de cada cual. Pero,
independientemente de esta tradición, se trata de un documento indispensable
para comprender el curso de muchos acontecimientos mundiales.
La Biblia,
desde el punto de vista cristiano, en todo caso, incluye documentos que
conforman el núcleo de dos religiones, el judaísmo y el cristianismo La Biblia
consta del Pentateuco, o ley sacerdotal judaica (la Tora escrita), y tanto los
diez mandamientos como la regla de oro de los cristianos
Los relatos
de la Biblia constituyen una importante fuente histórica, aun si algunos
historiadores los objetan. Han moldeado la trayectoria de grandes naciones,
incluyendo los imperios romano y bizantino.La Biblia fue asimismo protagonista
de un gran cambio tecnológico, cortesía de Johannes Gutenberg, quien la escogió
como la primera obra para imprimir en su revolucionaria imprenta.
Desempeñó
además una función en importantes cambios lingüísticos: las lenguas alemana e
inglesa se afianzaron gracias a traducciones tempranas de la Biblia. Para el
alemán fue la traducción de Martín Lutero de 1530, y para el inglés la edición
del rey Jacobo de 1611. (Puede que suene divertido, pero la lengua inglesa
actual debe mucho al libro de 400 años de antigüedad, lleno de “thee” y “thou”.)
Libro
sagrado al igual que la Biblia, el Corán es no sólo el fundamento de enorme,
opulenta y poderosa porción de la humanidad hace un milenio, y continúa
siéndolo.
El libro
define el lugar que ocupa el Islam en la historia. Sus versos estimularon las
conquistas árabes de los siglos séptimo y octavo, y continúan formando la visión
del mundo de los musulmanes de hoy.
Los
musulmans creen que el Corán (o Qu’ran) es la palabra de Dios directa e
infalible, escrita en el cielo y revelada por el arcángel Gabriel al profeta
Mahoma, fundador del Islam, en el siglo séptimo d.C. Su texto es sagrado para
los musulmanes, y está prohibido tocarlo si no se está ritualmente puro. Si se
imita su estilo, en el cual Alá se expresa en prosa rimada, se comete
sacrilegio.
Además de
su enorme impacto en los eventos mundiales, el Corán es también el libro en que
por tradición los musulmanes aprenden a leer el idioma árabe, de suerte que
probablemente es el más leído de todos los libros, en todos los tiempos.
La noción
del derecho divino de los reyes se basaba en el supuesto de que el monarca,
como delegado de Dios, estaba obligado a cuidar de los hijos menores de la
creación. La obediencia era pagada con protección.
No siempre
funcionó así. El rey Juan, el más impopular de los monarcas ingleses, exasperó a
sus barones, quienes se rebelaron en 1215, logrando imponerse y obligar al rey a
firmar un acuerdo, llamado la Gran Carta, o en latín (lengua oficial del siglo
trece en Europa) la Carta Magna.
Al firmar,
el rey Juan se comprometía a cumplir reglas específicas de respeto hacia sus
súbditos. La Carta Magna contenía 63 artículos, la mayoría relacionados con el
uso indebido, por parte del rey Juan, de sus poderes judiciales y financieros.
Las cláusulas 39 y 40, las más célebres, dicen:
39)
Ningún hombre libre podrá ser capturado o encarcelado sin un juicio previo por
parte de sus iguales o de acuerdo con la ley del país por hombre libre se
entendía un adulto de sexo masculino súbdito de la corona, que no era siervo o
esclavo.
40) A
nadie venderemos ni negaremos ni aplazaremos el derecho o la justicia.
Este primer
ensayo formal de apartar a la realeza de la tiranía no resolvió todos los
problemas existentes entre el rey Juan y sus barones, pero estableció un
precedente de las leyes relacionadas con los derechos, la justicia y el
ejercicio de la autoridad en Inglaterra, el Imperio Británico, otras partes del
mundo. La Carta Magna señalaba libertades constitucionales garantizadas por los
fundadores de repúblicas como Estados Unidos de América.
Los
venecianos de los siglos trece y catorce llamaban a Marco Polo il Milione,
repitiendo un título de su muy leído libro sobre sus viajes y vida en China. (El
libro de Polo fue publicado con otros títulos en varias traducciones y
ediciones.) il Milione se refería a las enormes riquezas (millones) de Kublai Kan,
emperador de China.
Pero
algunos de sus contemporáneos europeos usaban también el término para significar
que Polo contaba un millón de mentiras. Muchos no podían creer sus historias
acerca del magnífico imperio de Kublai Kan Catay, como la gente llamaba a
China, parecía tan remota como otro planeta. Bueno, no tanto. Unos cuantos
viajeros occidentales habían visitado Pekín, entre los cuales se contaban el
padre y el tío de Marco, quienes salieron de Venecia en 1271 en compañía del
joven, en su segundo viaje a Oriente, volviendo a la ciudad 20 años después.
El
conocimiento de Marco sobre las riquezas de Oriente, plasmado en sus escritos,
le atrajo muchos seguidores. Más y más gente se fascinaba con sus relatos. Su
libro, llamado en castellano Viajes de Marco Polo, se convirtió en lectura
obligatoria en el siglo catorce, alimentó el ansia de sedas, cerámicas y otros
productos exóticos, e impulsó la búsqueda de una ruta marítima que permitiera
transportarlos. Como dice el historiador Daniel J. Boorstin en su celebrado
libro Los Descubridores, publicado en 1983: “Sin Marco Polo... ¿habría existido
un Cristóbal Colón?” Se puede llegar hasta el extremo de considerar el relato de
Polo como la raíz de la era de la conquista y el colonialismo europeos.
Cuando en
el curso de los eventos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los
lazos políticos que lo han conectado con ¡No me diga! Se trata de una versión
reducida de la frase inicial de un gran documento escrito en su mayor parte por
Thomas Jefferson , y firmado por el Congreso Continental el 4 de julio de 1776
La guerra
de independencia estaba ya en marcha, así que esta declaración no era sobre la
guerra; era más bien una explicación de las razones por las cuales los líderes
de las colonias norteamericanas pensaban que habla que hacer lo que estaban
haciendo. Está llena de quejas específicas contra el rey Jorge III. Pero además
Jefferson, asistido por Benjamin Franklin y John Adams, realizó un brillante
trabajo al recapitular algunas de las más apremiantes ideas sociales y políticas
surgidas del movimiento filosófico del siglo diecisiete conocido como la
Ilustración.
Thomas
Jefferson escribió:
“Sostenemos que estas verdades son evidentes en
sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales y que han sido dotados
por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida,
la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
La
declaración no mencionaba a las mujeres ni se aplicaba a todos los hombres
puesto que los esclavos quedaban excluidos. A pesar de todo, las palabras de
Jefferson eran poderosas. La declaración afirmaba que la gente no sólo tenía el
derecho sino también la responsabilidad de enfrentarse al gobierno en caso de
que el ejercicio de la autoridad fuera injusto. Tales palabras tuvieron eco no
sólo durante el resto del siglo dieciocho sino también en los dos siglos
siguientes.
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La Carta de los Derechos |
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Redactadas
en 1789 y añadidas a la Constitución de Estados Unidos el 8 de diciembre de
1791, las diez primeras enmiendas constitucionales eran poderosas ideas,
posteriores a la Constitución misma, destinadas a limitar el poder del gobierno
y garantizar ciertos derechos, las libertades civiles, comunes a todos.
La primera
enmienda garantiza expresamente la libertad de palabra, la libertad de religión
y la libertad de prensa. La segunda enmienda, que comienza con la frase “Una
milicia bien reglamentada, siendo necesaria para la seguridad de un estado
libre...”, ha sido invocada, tanto por los partidarios de la regulación del
porte de armas como por los que defienden el derecho al libre porte, desde hace
más de 200 años contados a partir de su aprobación.
La gente
discute todo el tiempo la Carta de Derechos. Ciudadanos, miembros del Congreso,
invitados a los programas televisados de opinión y jueces interpretan y
reinterpretan este documento esencialmente norteamericano. Los jueces de la
Corte Suprema gastan la mayor parte de su tiempo decidiendo lo que los autores
de la Constitución tenían en mente cuando escribieron estas enmiendas.
Discutible
pero indeleble, la Carta de Derechos establece un control permanente a la acción
gubernamental. Lo mismo que la Declaración de Independencia, las enmiendas han
sido copiadas y desarrolladas por muchas democracias en todo el mundo.
También en
1789, la Asamblea Nacional francesa proclamó un conjunto similar de libertades,
denominado Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
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Manifiesto Comunista |
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El
Manifiesto Comunista de 1848 y su secuela de 1869, El Capital, parecen hoy un
tanto desacreditados. Los mayores gobiernos establecidos sobre las premisas de
El Capital se desintegraron, como la Unión Soviética en 1991, o hicieron
concesiones a la propiedad privada y al lucro individual, como la República
Popular de China.
Con todo,
el impacto mundial del tratado político-económico de Karl Marx y Friederich
Engels ha sido fabuloso y ha impulsado numerosas revoluciones e inducido
drásticas reformas en algunas sociedades.
El
Manifiesto Comunista atacaba el gobierno, la religión y la cultura tradicional
como instrumentos de una represiva clase capitalista, definida como la de los
dueños de fábricas y minas, que empleaban el trabajo de otros para obtener
provecho y lucro de esas propiedades.
Marx y
Engels presentaban el comunismo, con la propiedad colectiva de industrias y
haciendas y la distribución equitativa de los recursos, como el único sistema
económico adecuado para todos. El comunismo pulsó una cuerda sensible y poderosa
entre los trabajadores del mundo. A pesar del colapso soviético, las ideas
socialistas ligadas a la teoría de Marx siguen ejerciendo hoy una importante
influencia en asuntos relacionados con los derechos de los trabajadores y la
responsabilidad gubernamental.
La teoría
de la evolución por selección natural de Charles Darwin, presentada en su libro
de 1859 titulado El origen de las especies, sustenta el modo como los
científicos enfocan, a partir de Darwin, el estudio de los seres vivos. La
biología moderna, la antropología y la paleontología se basan todas en la idea
de la evolución.
La mayoría
de los naturalistas del siglo diecinueve creían que animales y plantas eran
inmodificables desde que Dios creó el mundo. Otros observaban cambios, pero
pensaban que un rasgo adquirido en vida podía trasmitirse a la descendencia,
como si una yegua con un casco malo diera origen a un potrillo cojo. A los 20
años, Darwin (1809-1892) emprendió un viaje alrededor del mundo como naturalista
a bordo de un barco de reconocimiento inglés. Sus observaciones lo hicieron
dudar de ambas teorías.
La idea de
que las especies evolucionan por selección natural se llama darwinismo, aunque
el propio Darwin reconoció que por los menos otros 20 científicos habían
propuesto ideas similares. Al contrario de los otros, Darwin sustentó su teoría
con una enorme cantidad de observaciones y datos recopilados en todo el mundo.
Además, el
naturalista escribió en un lenguaje sencillo, para que toda la gente pudiera
leer El origen de las especies. El libro le trajo fama pero también oposición.
Mucha gente religiosa condenaba cualquier teoría de la vida que no estuviera
basada en la intervención divina. Algunos conservadores religiosos se
escandalizaron con la noción, sugerida por el darwinismo, de que el hombre
evolucionaba como los otros animales.
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