LAS DIEZ PLAGAS DE EGIPTO
Moisés y el Éxodo del Pueblo Judío de Egipto

 

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LAS DIEZ PLAGAS DE EGIPTO
MOISÉS DEBE CONDUCIR A LOS ISRAELITAS EN EGIPTO
POR ORDEN DE DIOS PIDE PERMISO AL FARAÓN DE EGIPTO

Dios confirma a su promesa de Liberación
El Señor dijo a Moisés: "Pronto verás lo que voy a hacer al Faraón. . . Pronto verás sí dejará o no marchar al pueblo: será él mismo quien a viva fuerza le echará de su tierra. Mientras tanto, recuerda que soy Yavé y me aparecí a Abrahán, a Isaac y a Jacob, como Dios Omnipotente — y los respectivos lugares perpetúan el recuerdo de las apariciones—, pero no me di a conocer a ellos bajo mi nombre de Yavé, el nombre que refleja mi omnipotencia más que ningún otro.

"Ahora, como hice mi pacto con ellos y prometí darles la tierra de Canaán — la tierra de sus peregrinaciones, en la que han habitado como extranjeros —, he oído los gemidos de los hijos de Israel, sujetos bajo la esclavitud de los egipcios; y me he acordado de mi pacto. Di, por eso, a los hijos de Israel que Yavé los rescatará, con poder irresistible y con grandes castigos, de la esclavitud egipcia; y los conducirá a la tierra ya prometida con juramento a Abrahán, a Isaac y a Jacob".

Moisés, el otrora joven bello y elegante, crecido en la corte del Faraón y en la ciencia egipcia, renuncia a las ventajas que le da su educación y, obedeciendo a la llamada de Dios, se pone enteramente al servicio de su pueblo israelita. Ahora, ahí le tenemos como protagonista de la liberación, que es preparada por una serie de castigos divinos — las diez plagas de Egipto — que parecen fenómenos típicamente egipcios, propios de aquella tierra de fábula.

El historiador se hace poeta y los expone en una especie de capítulos de cantar de gesta, cerrando cada uno con el estribillo:

— El corazón del Faraón se endureció. . .

El Señor dijo a Moisés: "Te daré tanto poder sobre el Faraón que tendrá que temerte y rendirse a ti. Aarón, tu hermano, que tiene la lengua suelta, será tu profeta, y dirá al Faraón que deje, por fin, marchar al pueblo de Israel, esclavo desde hace ya demasiado tiempo.

'El corazón del Faraón se endurecerá y no consentirá tal cosa; pero Yo multiplicaré mis porte» en la tierra de Egipto y los egipcios tendrán que reconocer que el Dios de los hebreos es el Dios verdadero y único. Si el Faraón pidiera una prueba de tu misión profética, di a Aarón que tire delante de él su cayado de pastor y éste se convertirá en serpiente".

Así dijo el Señor.
Moisés y Aarón tenían ochenta años el uno y, ochenta y tres el otro respectivamente, cuando se presentaron al Faraón como enviados y mensajeros de Dios; le dijeron lo que el Señor les había mandado decir y, en prueba de su misión, Aarón tiró ante el rey su cayado, que se convirtió en serpiente.

Maravillado el Faraón, llamó a sus magos v encantadores; éstos también echaron sus cayados, que por sus sutiles encantamientos se convirtieron igualmente en serpientes. Pero la serpiente de Aarón las devoró al instante.

Quien obraba no era Moisés, sino el Señor en Moisés; más allá de todo poder de encantamiento se encontraba el poder milagroso de Dios. Pero el corazón del Faraón se endureció y no quiso escuchar la palabra del Señor.

Primera Plaga: El Agua Convertida en Sangre El Señor dijo a Moisés: "Has visto que se ha endurecido el corazón del Faraón y no quiere liberar a mi pueblo...Mañana cuando pasee por la orilla del Nilo con el cayado-serpiente en la mano y dile que deje marchar a Israel al desierto para sacrificar a su Dios. Si no hace caso, golpea con el cayado las aguas del Nilo y éste se convertirá en sangre; y, como el Nilo, también los demás ríos serán sangre; y los canales, y los estanques, y los embalses se trocarán en sangre; y el pueblo de Egipto no tendrá ya agua para beber".

A la mañana siguiente, Moisés y Aarón se presentaron al Faraón, que paseaba por la orilla del Nilo; y cuando Aarón le hubo comunicado la orden del Dios de los hebreos, hallándole indócil a ella, golpeó con el cayado el agua del gran río. que fue trocada en sangre; y sangre fueron los canales, y los estanques, y los embalses de los contornos. Los peces morían y los egipcios no tenían agua que beber: un espectáculo realmente horrible. El Faraón llamó a los magos y encantadores del país y éstos, habiendo hecho excavar nuevos pozos, consiguieron lo mismo con sus encantamientos.

Y el Faraón, volviendo las espaldas a los mensajeros de Dios, regresó al palacio, sin permitir la marcha de Israel. Su corazón se había endurecido y tampoco esta vez hizo caso a la voz del Señor.

Segunda Plaga: Las ranas
El Señor dijo de nuevo a Moisés: "Vuelve al Faraón y, en mi nombre, mándale que deje marchar a Israel al desierto, donde debe encontrar a su Dios. Si no obedece, castigaré a su país con una enorme invasión de ranas. Contra él y sus familiares y sus siervos avanzarán ejércitos de ranas; y su casa y sus estancias, y los hornos y todo será invadido por las ranas, y todo quedará devastado por ellas".

Moisés y Aarón comunicaron al rey la orden del Señor.

Pero el Faraón se mantuvo inflexible. Aarón extendió entonces su mano, que empuñaba el cayado-serpiente, y de súbito, de los ríos, de los canales y de los estanques vinieron ranas, tantas ranas que la tierra quedó cubierta de ellas; todo el país fue un pulular de ranas: por los caminos, en las casas, bajo los tejados, sobre los lechos, en los hornos, en los pozos, en los platos; por doquiera hubo un brincotear y croar de ranas. El Faraón llamó a sus magos y encantadores; y éstos hicieron lo mismo, de modo que la invasión de las ranas fue ya total. No sabía el Faraón que sus magos y encantadores repetían, casi como un eco, el castigo de Dios sobre él.

Fastidiado y humillado, el Faraón llamó a Moisés y Aarón y les rogó que hicieran cesar la insoportable plaga: inmediatamente después, liberaría a Israel.

Moisés aceptó el pacto y oró al Señor. Éste escuchó la oración de Moisés: murieron las ranas, y las casas, los patios y los caminos quedaron libres de ellas. Los egipcios hicieron montones y montañas con ellas y eran tantas que su hedor infectaba el aire de todos los alrededores.
Pero el Faraón, al verse aliviado de aquel azora insoportable, no mantuvo su palabra y no permitió que Israel partiera.

El corazón del Faraón se había endurecida aún más.
 

Tercera plaga: Los mosquitos
Entonces el Señor dijo a Moisés: "Di a Aarón que esgrima el cayado y golpee el polvo del suelo y éste proliferará mosquitos, una irrupción de mosquitos sobre todo el país de Egipto durante una jornada entera".

Y Aarón extendió la mano con que sostenía el cayado y golpeó el polvo del suelo; y de repente el aire fue un enjambre de mosquitos, rana nube de mosquitos, que atacaban a las personas y " animales e incluso las cosas. Todo el polvo " tierra se convirtió en mosquitos en el país de Egipto.
Llamados por el Faraón, los magos intentaron  hacer otro tanto. Pero la prueba no tuvo éxito y  los mosquitos se cebaban furibundos sobre los hombres,  los animales y los mismos magos. Ya nadie sabía defenderse de la ferocidad de sus picadura ni de la molestia de sus zumbidos.

Dijeron entonces los magos al Faraón  "Aquí está el dedo de Dio!" Esto es una burla del Dios de los hebreos". Mas, pasada aquella jornada, el Faraón despreció el castigo de Dios y no permitió que partiera Israel. Al aumentar su pertinacia, el corazón del rey se había endurecido.

Cuarta plaga: Los Tábanos:
El Señor dijo de nuevo a Moisés: "Mañana preséntate una vez más al Faraón cuando se halle paseando por la orilla del Nilo y dile:

"Así te habla el Señor Dios de los hebreos: Deja marchar a mi pueblo, para que me haga sacrificios en el desierto, donde Yo le encontraré. Si también ahora te obstinas en no dejarle salir, haré llover sobre ti, sobre tu casa y sobre todo tu pueblo, nubes de tábanos que 'molestarán de modo insoportable. Únicamente quedará libre de ellos la tierra de Gesén, donde vive mi pueblo. Sabe por esto que el Dios de Israel es el único Dios verdadero".

Y así fue. Enjambres de grandes tábanos cayeron sobre el Faraón, sobre su casa y sobre su pueblo.

El Faraón hizo llamar a Moisés y Aarón y les dijo: "Haced aquí, en tierra de Egipto, los sacrificios que debíais hacer a vuestro Dios".

Le contestó Moisés: "Los sacrificios que ofrecemos a nuestro Dios no placen a los ojos de los egipcios, que nos lapidarían por envidia. Déjanos, pues, marchar al desierto". El Faraón respondió: "Os dejaré marchar, mas antes libradme de la insoportable molestia de los tábanos".

Dijo Moisés: "El Señor librará a Egipto de este ;izote, pero tú no nos defraudes otra vez". Y oró al Señor para que cesara la plaga. Cesó ésta, en efecto, y en poquísimo tiempo no quedó ya un solo tábano. Pero una vez cesado el azote, tampoco el Faraón dejó marchar a Israel. Su corazón se había endurecido.

Quinta Plaga: La Peste  En El Ganado
Nuevamente el Señor ordenó a Moisés que r fuera al Faraón y le mandara dejar marchar a su pueblo, para que éste pudiera salir de Egipto y le ofreciera, entonces, sacrificios en el desierto.
En caso contrario, su mano se descargaría sobre todo el ganado de Egipto, sobre los caballos y los asnos, sobre los camellos, los bueyes y las ovejas, con una tremenda mortandad. En cambio, del ganado de los hijos de Israel ni un solo animal perecería.

Y el Señor puso un término: "Mañana haré esto".  Al día siguiente, el Señor realizó la amenaza y fue grande la mortandad entre los camellos y los caballos, los asnos y los bueyes: un verdadero exterminio. En cambio, no murió una sola cabeza del ganado de Israel. Y envió el Faraón a ver, y se halló que nada había muerto de lo que poseía Israel.

Mas tampoco esta vez obedeció el Faraón al Señor, porque su corazón se había endurecido.


 

Sexta Plaga: Las Úlceras
El  Señor dijo a Moisés y Aarón: "Tomad ceniza de los hornos de ladrillos y echadla a lo alto, en grandes puñados. Caerá como finísimo polvo y cubrirá todo Egipto, y a los hombres, y los animales, en los cuales producirá úlceras que darán horribles pústulas".

Moisés y Aarón tomaron ceniza de horno y en presencia del Faraón la echaron hacia el cielo. Bajando luego en polvo muy tenue sobre los animales y los hombres, produjo al instante molestísimas úlceras y pústulas. Ni siquiera los magos pudieron salvarse de ellas. Pero el corazón del Faraón se había endurecido y también esta vez despreció el castigo del Señor.

Séptima Plaga: Dios Envía el Azote del Granizo

De nuevo el Señor ordenó a Moisés: "Preséntate mañana al Faraón y dile: "Así habla el Señor Dios de los hebreos: deja marchar a mi a sacrificar en el desierto, donde me encontrará.  Si no lo haces, enviaré todas mis plagas contra contra tu pueblo, para que conozcas que nadie semejante a Mí sobre la tierra.

Y si hubiese mi poder y te hubiese alcanzado a ti y a tu con la peste, como he alcanzado tu ganado, ya no estarías en el mundo, ro te he dejado la vida, para que veas mi y mi nombre sea glorificado por doquier, te obstinarás aún en no dejar partir a mi es bien, mañana a esta hora, haré caer una granizada, como jamás se vio en Egipto el día de su fundación; y quien se encuentre ampo, si no corre a los refugios, será alcanzado a y morirá".

luego a Moisés: "Si el Faraón no escucha mi mandato, extiende la mano y el cayado hacia el r caerá la granizada sobre Egipto": Moisés, en efecto, extendió la mano hacia el cielo y de este cayó una granizada gruesa y tupida; mien-:tumbaban los truenos y deslumbraban los relámpagos. Y todo fue azotado por el granizo: el verde de los campos y el grano que ya había en las espigas, el lino en flor y la cebada; todo fue destrozado, los árboles de los campos y los techos de las casas, y los siervos y el ganado que no se habían puesto bajo resguardo.Pero la tierra de Gesén, donde se hallaban los hijos de Israel, ni siquiera se enteró de la temible tempestad.

Asustado el Faraón, hizo llamar a Moisés y Aarón y les dijo:
"Me doy cuenta de haber pecado.
"El Señor es justo y yo y mi pueblo somos culpables.
"Rogad al Señor que haga cesar los truenos y los relámpagos y el granizo y os dejaré marchar en libertad".

Le respondió Moisés: "Levantaré al Señor mis manos, y los truenos cesarán, y cesará el granizo. para que tú sepas que la tierra es del Señor. Pero sé que no temes aún al Señor...: No obstante, hizo su oración y cesaron los truenos y el granizo, Pero el Faraón, al ver que todo había terminado no dejó marchar a los hijos de Israel porque se había endurecido nuevamente su corazón.

Octava plaga: la langosta
El Señor dijo a Moisés: "Vuelve al Faraón, porque he permitido que se endureciese su corazón para realizar estos prodigios en medio del pueblo y que tú puedas contar a tus hijos y a los hijos de tus hijos los prodigios que Yo hice en tierra de Egipto; y reconozcan todos que Yo soy el Señor".

Moisés y Aarón volvieron al Faraón, pues, y le dijeron:
"El Señor Dios de Israel te pregunta hasta cuándo vas a despreciar su mandato de dejar partir a su pueblo para que le encuentre en el desierto y le sirva allí libremente. Y te advierte una vez más que si rehusas obedecerle, mañana mismo hará venir la langosta sobre todo tu territorio, en número tan grande que cubra el suelo; y devorará lo que ha quedado tras el granizo; e invadirá los caminos, las casas, los huertos y los graneros: será una irrupción como jamás vieron los padres de tus padres, desde la creación hasta hoy".

Volvieron luego la espalda al Faraón y salieron.
Entonces los siervos de éste le dijeron:

"¿Hasta cuándo nos traerá desgracias ese hombre? Deja que esa gente se marche y sirva en paz a su Señor. - "¿No ves que Egipto ha quedado desolado?"

Y llamaron, pues, a Moisés y Aarón y los persuadieron para que volviesen al Faraón, que les dijo:
"Id y servid al Señor Dios vuestro. Pero, ¿quiénes van a marchar?"

Respondió Moisés: "Partimos todos: con nuestros niños, y nuestros ancianos, y las mujeres, y los rebaños; porque hemos de celebrar una fiesta del Señor".

Dijo el Faraón con gesto desconfiado: "Que el Señor sea testigo que yo os dejo marchar, a vosotros y vuestros niños. Pero hay alguno entre vosotros que alimenta malas intenciones. . . Marchaos, pero solamente los hombres".

Y los alejó de su presencia.
Dijo entonces el Señor a Moisés: "Extiende tu mano y que la langosta invada toda la tierra de Egipto".

Moisés tendió la mano y el cayado sobre Egipto y el Señor hizo soplar un viento caluroso sobre el país que trajo langostas en cantidad incalculable, como no hubo jamás en el pasado ni volverá a haber en el porvenir.

Eran tantísimas que Egipto quedó oscurecido y cubrieron todo el país y devoraron todo lo que había quedado después de la granizada: de modo que no quedó nada verde, ni la hierba de los campos ni los frutos de los árboles. El Faraón hizo llamar entonces a Moisés y Aarón y les dijo: "De nuevo he pecado contra Dios y contra vosotros". Y agregó luego el Faraón: " "Perdonadme también esta vez y rogad al Señor Dios vuestro que aleje de mí y de mi pueblo este exterminio".
Cuando salió del palacio real. Moisés rezó al Señor; y éste suscitó un viento del Oeste que barrió la langosta y la arrojó al "mar de las cañas" o Alar Rojo.

Pero permitió que se volviese a endurecer el corazón del rey, quien tampoco esta vez dejó marchar a los hijos de Israel.

LAS DIEZ PLAGAS DE EGIPTOLAS TINIEBLAS: El Señor dijo a. Moisés: "Extiende tu mano hacia el cielo y descenderán sobre la tierra de Egipto espesas tinieblas".

Moisés extendió la mano y durante tres días ocuparon el cielo y la tierra densas tinieblas; los egipcios no se veían los unos a los otros y en aquellos días nadie pudo salir de su casa. Solamente los hijos de Israel continuaron teniendo aire y sol en sus casas, en la comarca de Gesén.

Fue entonces cuando el mismo Faraón hizo llamar a Moisés y le dijo:
"¡Marchaos, marchaos, por favor! Y haced sacrificios en el desierto al Señor Dios vuestro.
"Que vuestras mujeres y niños partan con vosotros también; mas quédense aquí vuestros rebaños".

Respondió Moisés: "También nuestros rebaños han de venir con nosotros, porque de ellos hemos de escoger las víctimas para los sacrificios. Incluso tú mismo debieras darnos víctimas para los holocaustos que vamos a ofrecer al Señor".

Pero el Señor permitió que el corazón del rey se endureciese aún más, y tampoco esta vez los dejó marchar.

El Señor Habla Nuevamente Con Moisés

ijo el Señor a Moisés: "Haré venir aún otra plaga sobre el Faraón y sobre Egipto; después, os dejará marchar; él mismo, incluso, os echará de su tierra".

Y Moisés advirtió al Faraón: "Así habla el Señor: Al filo de la medianoche Yo saldré por las calles y pasaré entre las casas de Egipto y morirán todos los primogénitos: desde el primogénito del Faraón que se sienta en el trono al primogénito de la esclava que hace girar la rueda del molino. Y habrá grandes lamentaciones por todo Egipto, como jamás ha habido. Pero entre los hijos de Israel todo estará en calma, para que se conozca la clara separación que Dios ha hecho entre israelitas y egipcios. Incluso — continuó Moisés — todos tus siervos vendrán a mí e inclinándose me rogarán que parta con todo mi pueblo".

Pronunciadas estas palabras, Moisés dio la espalda al Faraón.

Y el Señor dijo a Moisés: "El Faraón no te escuchará y yo multiplicaré mis prodigios en la tierra de Egipto".

Moisés y Aarón hicieron prodigios ante el Faraón; pero éste no dejó marchar a los hijos de Israel de su país, porque su corazón se había endurecido.

Institución de la Pascua

El Señor quiso que el día memorable de la liberación fuese recordado con un rito solemne. Eran los primeros días del Abib o mes de las espigas (aproximadamente, nuestra época de marzo y abril), cuando el Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Sea este mes el principio del año religioso, v el día diez, cada cabeza de familia adquiera un cordero — o un cabrito —, sin defecto alguno, macho y de un año.

Sea alimentado hasta el día decimocuarto y por la noche de ese día toda la asamblea de Israel, reunida, lo sacrifique al Señor. Luego, asado al fuego, cómase en la misma noche, con pan ácimo (sin levadura) y lechugas silvestres y amargas. Que todos lo coman así: ceñidos los costados, con los pies calzados y el bastón en la mano, en la actitud de quien se pone en camino: es la Pascua ( o el Paso) del Señor".

E inspiró el Señor a Moisés que dijera estas cosas.

Moisés llamó a todos los ancianos de Israel y les repitió la orden:
"Escoged un cordero sin mancha para vuestras familias y celebrad la Pascua.

"Con un manojo de hisopo, mojado en la sangre recogida en el plato, untad el dintel de la puerta y que ninguno de vosotros salga hasta la mañana. Por la noche pasará el Señor para castigar a los egipcios, pero no entrará en las casas cuya puerta esté teñida de sangre, ni permitirá al destructor que entre en ellas para herir. Observad todo esto como ley perpetua, para vosotros y para vuestros hijos: y una vez entrados en la tierra prometida por el Señor, observad este rito solemne.

Y cuando vuestros hijos os pregunten qué significa, les responderéis: 'Es el sacrificio de la Pascua (o Paso) del Señor, cuando Egipto, pasó castigando las casas de los egipcios y salvó las casas de Israel; y ayudó a nuestro pueblo a pasar de la esclavitud del Faraón a la libertad del desierto, donde debía encontrar a su Dios'.

"En vuestros relatos a los hijos y a los hijos de vuestros hijos se transmitirán, como un patrimonio de fe esencial, estas palabras: Patres nostri annuntia verunt nobis: nuestros padres nos refirieron estas maravillas de Dios".
Al oír estas palabras, los ancianos se inclinaron en señal de acatamiento.

Muerte de los Primogénitos de  Egipto
LAS DIEZ PLAGAS DE EGIPTOHacia la medianoche, murieron todos los primogénitos de Egipto: desde el primogénito del Faraón que se sentaba en el trono al primogénito del prisionero que estaba en la cárcel. Y el Faraón y sus siervos y todos los egipcios se levantaron de noche, y en todo el país hubo llantos, porque no existía una casa donde no hubiera un muerto.

Cuando vio toda Ja tierra blanqueando de huesos y de sepulcros, el Faraón se asustó; y habiendo llamado a Moisés le ordenó que partiese inmediatamente con todo su pueblo y sus rebaños; que se fuese al desierto a hacer sacrificios al Señor. También los ancianos y los servidores del Faraón ansiaban que llegase la hora de la partida de Israel: "Si no —decían—, aquí morimos todos''.

¡La liberación, al fin! Pero ésta no era sólo la fuga de Israel de Egipto, la victoria de Moisés sobre la injusticia faraónica y el cese de una pesada esclavitud, sino algo más profundo y místico: realizaba la aspiración, viva siempre, de poseer la tierra que el Señor había prometido a su pueblo. Por este objetivo, religioso y nacional, había luchado Moisés valientemente con el Faraón.

Partieron, pues, de Ramesés, en número de casi seiscientos mil y por la prisa de la partida cada cual llevaba entre los pliegues del manto la masa para el pan, todavía ácima. Los hombres adultos a pie, las mujeres y los niños en los camellos y muchos rebaños de toda clase de ganado, se dirigieron en caravana primero a Sucot y luego a Etam, en los linderos del desierto.

En este punto el Señor habló a Moisés y le dijo:
"Di a los hijos de Israel que cambien de ruta y vayan a acampar frente a Baalsefón, junto al mar".

 

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