|
A John Dillinger, el delincuente
mas buscado de la década, lo mataron a la salida del cine “Biograph”, después de
haber visto, Drama en Manhattan, con Clark Gable. Ese edificio, el del “Biograph”,
existe aun, lo mismo que los árboles de un bosque cercano, allí, en Chicago,
donde pueden verse los huecos de las balas de uno de sus episodios con el F.B.
I. En su momento, Dillinger fue temido y admirado. Miembro de una clase media
que empezaba a empobrecer, se especializó en robos de bancos. Dillinger tenía
sobre su conciencia un único asesinato.

Había
nacido en 1903 en Indianápolis, en el hogar de un tendero viudo que abandonó a
sus hijos a su suerte hasta que, en 1912, contrajo segundas nupcias. En 1915 el
pequeño John (12 años) ya encabezaba una pandilla de golfillos autobautizados
como «los doce sinvergüenzas», lo que le llevó, por primera vez, ante un
tribunal de menores. Cuando estuvo de nuevo en la calle, participó en una
violación junto a otros niños (tenía
entonces 13 años), y con 16 años
abandonó las aburridas aulas de la escuela y se decidió por la mecánica, para la
que parecía bien dispuesto. A los 20, se alistó en la Marina, aunque desertó muy
pronto. Su ídolo por entonces era el bandido Jesse James.
Se
casó a los 21 años, acontecimiento que coincidió con su primera pelea con un
policía, que lo llevaría a estar entre rejas durante diez años. Su flamante
esposa pidió el divorcio. En la cárcel fue un alumno aventajado y entusiasta de
un personaje siniestro y con poderes parece que irresistibles que engatusó al
joven preso: se trataba de Harry Pierpont. En 1933 salió de la cárcel y
descubrió un país diferente, azotado por la gran crisis iniciada en 1929 y que
aún continuaba.
Le
acobardó la posibilidad de unirse a los más de cuatro millones de parados
producidos por los momentos difíciles que se vivían en Estados Unidos y en todo
el mundo por la recesión. Así que, ya sin duda alguna, eligió una profesión
arriesgada pero con buenos resultados económicos inmediatos: la de gángster. A
partir de ahí, y hasta su muerte, iniciará y desarrollará una carrera frenética
que lo convertirá en una leyenda en vida. Comenzó con un atraco a un banco, y
siguió por el robo a dos supermercados, una tienda de 24 horas y una fábrica. Al
final, cayó y de nuevo fue encerrado, pero su «ángel —o demonio— de la guarda»,
Pierpont, le facilitó la huida.
Junto
a su «padrino», reanudó sus locas aventuras al margen de la ley, haciendo que
medio país lo persiguiera en enloquecidas carreras de automóviles que los
llevaban de un estado a otro, de una capital a tina aldea perdida, de Indiana a
Wisconsin y de aquí a Illinois, para quedarse en Chicago. Allí, el 15 de enero,
disparó sobre un policía llamado O’Maley, a quien mató. De nuevo fue detenido en
Tucson (Arizona), donde «visitó» de nuevo otra prisión, la de Lake Country, de
donde se volvió a escapar tras dejar en su celda, maniatados, a una docena de
agentes. En su afán por escapar otra vez, robó un coche y cruzó la frontera de
otro estado, lo que le convirtió en un delincuente federal y obligó a participar
en su persecución al todopoderoso FBI. Para entonces, la prensa y todo el país
lo habían bautizado como «el enemigo público número 1». Se le sumó en aquellas
fechas un socio nada recomendable: Baby-Face Nelson, quien a su vez, llegó
acompañado por un tal Horace van Meter. Todos juntos robaron un banco, y de
nuevo lograron escapar.
En
Iowa atracaron de nuevo, repitiendo la forma de huir ilesos ya experimentada
anteriormente, y que consistía en obligar a los rehenes capturados en el banco a
viajar en el estribo de su automóvil utilizándolos como escudos contra los
disparos de la policía que los perseguía y que, obviamente, no disparaba contra
ellos. En Saint Paul, un lugar típicamente mafioso, el gángster pensó que estaba
a salvo junto a su amante Billie Erechette, pero el FBI llegó hasta allí y
estuvo a punto de cogerlos.
No
obstante, fue herido en una pierna, huyó y se ocultó en casa de su padre, donde
como ya era un héroe popular, fue recibido casi como un ídolo y como un ejemplo
a seguir para algunos de los suyos. Su aureola de atracador de bancos (como
siempre, establecimientos odiados por quienes nunca tuvieron un céntimo) lo
convirtió en una versión yanqui de nuestros «bandidos generosos».
Una
nueva reyerta con los agentes se produjo en La Petite Boheme, un albergue
en el que descansaban Dillinger y los suyos. Sorprendidos por la policía, fueron
cercados. Se inició un tiroteo en el que sus compinches lograron saltar por las
ventanas y ponerse a salvo, pero dejaron atrás a las mujeres que les
acompañaban, las cuales fueron detenidas. La bola de nieve de la ubicuidad del
gángster aterrorizó a medio país, haciendo cada vez más difícil que alguien lo
escondiera o ayudara. Su cabeza ya tenía precio: 10.000 dólares. Y John
Dillinger acudió a un cirujano plástico que le cambió la cara. Reinició sus
atracos, ahora en Indiana.
Cada
vez más acorralado, huyó con su última amante, Polly Hamilton, y ambos llegaron
a Chicago, donde alquilaron un apartamento con nombre falso. Pero la dueña del
mismo los denunció, llegando la policía a las proximidades del lugar con un
impresionante número de agentes y vehículos.
Antes de todo esto, Diflinger y
Polly habían sacado sus entradas para el cine Biograph y, al abandonar la sala,
ignoraban todo lo que había montado en el exterior. Sin tiempo para sacar su
pistola, Dillinger cayó acribillado por una lluvia de balas a la puerta del
cine. Junto al cadáver aún caliente, la gente se arremolinó, algunos mojaron
pañuelos en la sangre del malhechor y, a partir de ese momento, se puso en
marcha la leyenda de que aquel cadáver no era Dillinger —para muchos, poco menos
que invulnerable— y que el auténtico «enemigo público número 1» había logrado
escapar una vez mas.
Fuente Consultada: Crónica Negra del Siglo XX- José María
López Ruiz
|