|
El
inventor de los dirigibles, Ferdinand Zeppelin, era llamado por la mayoría
de sus contemporáneos el loco del lago Bondesse, pues a las orillas de éste
habitualmente proyectaba sus invenciones. El hacía caso omiso a todas las
críticas, prosiguiendo con sus construcciones. A su lado trabajaban los
ingenieros técnicos y obreros que creían en él, en razón de no se sabe qué
fuerza misteriosa que irradiaba su carácter.
Cuando contaba con 52 años, en 1890, presentó su primera solicitud de
patente, la que fue rechazada por el Ministerio que la recibió. Según decían
los burócratas, a nadie competía dicho caso. Cuatro años más tarde, Von
Zeppelin pidió al emperador alemán que nombrase un equipo de especialistas
para que evaluara su invento.
Cuando el Kaiser le preguntó: “Y a quién propone usted para presidente de
esa comisión?, Zeppelin repuso: “Propongo a Von Heimholz, porque es mi mayor
enemigo”.
Finalmente, en 1898, logró algunos resultados. El monarca de Wüttemberg
(Alemania se dividía en ese entonces en decenas de estados, cada uno con su
propio rey, aunque todos, bajo el mando del Kaiser), prestó auxilio
monetario a Zeppelin para la construcción de su extraño cigarro volador. El
primer dirigible se encontraba terminado el de julio de 1900. A las 20
horas surcó los aires sobre el lago Bodensee. ¡El “loco” había logrado su
sueño! Pero el éxito no era todavía definitivo. El dirigible se vio obligado
a aterrizar luego de tan sólo 18 minutos de vuelo.
En un periódico de
Frankfurt, un redactor, el doctor Hugo Eckener, efectuó una severa crítica
sobre el invento. ¡Quién hubiera pensado entonces que, quince años después,
Eckener sería el sucesor de Zeppelin! El inventor, mediante su persuasión y
su talento logró que su enconado crítico se transformase en su mejor
colaborador. Durante los años siguientes, la construcción de aeronaves a gas
fluctuó entre el éxito y el fracaso.
A pesar de ello, Von Zeppelin no se
desmoralizaba y proseguía firme en su empeño. En 1908 cumpliendo 70 años.
Aún el loco de Bodensse estaba en el timón de cada dirigible que se elevaba
por los cielos. Junto a él se encontraba el ingeniero Durr, su gran amigo.
El nuevo dirigible “Zeppelin IV” estuvo listo o mediados de julio de 1908.
Esta nave debía efectuar una ascensión de prueba que duraría 24 re ras. A la
ciudad de Friedrichshafen, donde se encontraba el aparato, arribaron los
integrantes de comisión, altos dignatarios y militares.
Por aquella época. La situación de Zeppelin era bastante molesta. pues los
funcionarios nada comprendían de las condiciones rneteorolóqicas que podían
obligar a suspender -a veces por varios días-, el vuelo de los dirigibles.
Aquellos pensaban que el invento no servía. El ministro de Guerra del
Imperio Alemán interrumpió sus vacaciones en la vecina Suiza para estar
presente en la demostración.
El aparato no se encontraba listo cuando llegó el ministro. Además, para
colmo de males, e! tiempo estaba lluvioso, lo que constituía un escollo
insalvable para la ascensión. Zeppelin se encontraba en una incómoda
situación. Por un lado, deseaba convencer a las autoridades de que su
invento funcionaba. Por otro, cuando llegaron los más altos representantes
del Imperio Alemán, se vio obligado a posponer el vuelo.
Zeppelin decidió que a pesar del mal tiempo el dirigible volaría. “Se
animaría a volar”, le pregunta al ingeniero Durr. “Sí me animo, pero no me
hago responsable de lo que sucederá con el aparato”, respondió mientras le
señalaba a Zeppelin la bolsa atada a un mástil que, danzando locamente,
evidenciaba la tremenda velocidad del viento.
A
pesar de todo había que hacerlo. Zeppelin ordenó los preparativos para el
vuelo. El ministro se veia Impaciente. El tiempo empeoraba, como si las
fuerzas de la naturaleza se hubieran propuesto arruinar al inventor. En
estas condiciones, ni siquiera era posible sacar el dirigible del hangar sin
averiarlo. Zeppelin informó al ministro que el des-pegue era imposible por
las condiciones meteorológicas. El alto funcionario, enojado, se marchó sin
saludar.
Pocos días después, una confusión le causó más problemas a Zeppelin. El hijo
del emperador alemán, el Príncipe heredero Guillermo, le envió un telegrama
donde expresaba: “Apoyo sus ideas, como siempre. Firmado: Guillermo “.
Zeppelin creyó que la nota provenía del Kaiser y, entusiasmado, comenzó a
enseñársela a todo el mundo. El Kaiser, enfadado con su hijo, lo llamó al
orden inmediatamente: “Desde ahora en adelante, mantén tu boca cerrada “.
Indudablemente no era muy favorable la situación para el empecinado inventor
y para su “Zeppelin IV’,, amarrado en Friedrichshafen.
Por fin el tiempo se mostró propicio. El 4 de agosto de 1908, a la
madrugada, se elevó la nave ante la atónita mirada de los incrédulos. Todo
ocurrió a pedir de boca, de la base rumbo al Rin y a Estrasburgo. Pero a las
18 horas de vuelo, comenzaron a presentarse desperfectos en los motores.
Estos debían repararse y por eso el dirigible acuatizó en el Rin. Luego de
las reparaciones necesarias, el “Zeppelin IV” fue ayudado por un buque que
lo remolcó rumbo a la ciudad de Maguncia.
Pero nuevamente se presentaron fallas: se rompió un cigüeñal y un motor
quedó inservible. De
todas maneras se decidió continuar la travesía con un solo motor. Pero
cuando ya se encontraba en viaje de regreso a la base, la aeronave se vio
obligada a aterrizar en una llanura para arreglar la fa-¡la, puesto que no
se podía seguir en esas condiciones. Se decidió entonces colocar uno nuevo.
Luego, el Zeppelin levantaría vuelo para, por fin, regresar al punto de
partida.
Bueno, al menos eso era lo que se creía...
Mientras se llevaban a cabo las reparaciones, una gigantesca multitud se fue
congregando donde había aterrizado la nave, para contemplar de cerca al
“monstruo”. El público, en número impresionante, rodeó la aeronave. Mientras
se arreglaban los motores, Zeppelin se retirá a una hostería para descansar.
De pronto, el veterano visionario se incorporó de su lecho. Algo sucedía,
miles de hombres proferían alaridos. Zeppelin se asomó a la ventana. Lo que
vio lo dejó helado. Una negra e inmensa columna de humo se levantaba de su
nave; todo era griterío y confusión. La gente corría desesperada.
Nunca se supo a ciencia cierta qué ocurrió. El caso es que la gente, en las
inmediaciones del dirigible, aguardaba ver el despegue. Aún se estaba
reparando la avería. Los soldados que sostenían ¡os cables del Zeppelin -que
se encontraba suspendido- mantenían firmemente las cuerdas porque el viento
soplaba a considerable velocidad. Súbitamente éste aumentó. La aeronave se
movía
demasiado y los soldados se vieron obligados a correr asidos de las cuerdas.
El viento presagiaba una inminente tormenta. El dirigible se elevó
bruscamente y rompió el anda que lo amarraba a tierra. Los soldados hacían
increíbles esfuerzos por mantener las cuerdas pero la nave se zarandeaba
peligrosamente.
Un soldado no resistió más y soltó el cable, después otro, luego, todos. El
viento era más fuerte que ellos. De continuar tomados de los cables hubieran
sido levantados por el aparato.
El Zeppelin se elevó; un mecánico saltó a tiempo. La aeronave se encontraba
ahora a la deriva, a merced del viento. Aunque elevándose muy poco, corrió
por el campo hasta caer estrepitosamente a tierra e incendiarse. En breves
minutos la majestuosa nave se había transformado en una tea.
Zeppelin ¡legó corriendo. La multitud, callada, le abrió paso y los hombres
se sacaron el sombrero a su vista. El, silencioso, contempló su invento en
llamas. Preguntó si alguien había resultado herido. Y cuando le
respondieron, que no había víctimas, se retiró lentamente. Tenía setenta
años.
En ese momento, un desconocido salió de entre la multitud de millares de
hombres, se trepó a una tarima y comenzó a elogiar a Von Zeppelin. Lo llamó
visionario e imploró a la gente que ayudara al genio que había caído en
desgracia. Luego pidió una colecta en la cual cada uno contribuyera con unos
pocos marcos para paliar la desgracia.
Los periodistas presentes trasmitieron a sus redacciones la petición y, de
la noche a la mañana, todo el país colaboró en la colecta. Fue algo
increíble. Cuando parecía que Von Zeppelin estaba definitivamente derrotado,
se produjo el milagro. Todas las ciudades colaboraron, desde las
instituciones hasta los particulares.
La confianza renació en el inventor cuando -al contar con el fruto de la
colecta- sumó ¡a sorprendente cantidad de seis millones de marcos. ¡Zeppelin
volvía a empezar!
Fue entonces que le llegó la primera oferta desde el nuevo mundo. Un magnate
del café le propuso una sociedad. ‘ÇjSe interesa por los dirigibles?’ le
preguntó Zeppelin. ‘Cuál será mi parte en el negocio?”, inquirió a su vez el
millonario cafetero. “Bueno, respondió Zeppelin, .. .yo bebería mucho café”.
Ferdinand Von Zeppelin murió cubierto de fama a los 80 años, el 8 de marzo
de 1917. Hasta esa edad prosiguió con su trabajo, haciendo triunfar a toda
costa sus audaces concepciones.
Más de cien naves en diez años surcaron los cielos de Europa.
Los dirigibles de Zeppelin fueron ampliamente utilizados durante la Primera
Guerra Mundial. Cuando Alemania fue derrotada, los vencedores exigieron la
entrega de los que quedaban aún intactos y la clausura de la fábrica.
En 1919, por disposición del Tratado de Versalles, Alemania se desprendió de
todas ¡as unidades y procedió al desmantelamiento de las instalaciones.
Desde que el “loco de Bodensse” construyera su primer aparato habían
transcurrido veinte años; en ese lapso -y más aún durante el período bélico-
se multiplicó la producción. Desde el primer aparato hasta 1919, Alemania
había construido 115 unidades.
Al finalizar la primera contienda muchos creyeron en el fin de los
dirigibles. Sin embargo, unos pocos continuaron abrigando la esperanza de
que los zeppelines volverían a surcar los cielos del mundo.
El capitán Ernest Lehmann era uno de ellos.
Made In Germany
New York, 15 de octubre de 1924.
En el gigantesco puerto, los buques hacen aullar sus estridentes sirenas.
Las fábricas los imitan, los trenes hacen lo propio con sus silbatos. Toda
la ciudad está alborozada. ¿Qué sucede? El Zeppelin LR III efectúa una
vuelta de honor sobre la Estatua de la Libertad, luego de haber volado, sin
escalas, durante seis días, desde el viejo continente hasta los Estados
Unidos. Había partido desde Friedrichshafen y llegaba a Norteamérica para
quedarse definitivamente en manos de los yanquis. Este dirigible fue
expresamente construido para pagar la reparación de guerra que los alemanes
adeudaban a los Estados Unidos.
En Alemania, luego de la Primera Guerra Mundial, algunas fábricas de
aeronaves se dedicaron a la producción de cacerolas de aluminio. Esta
insólita actividad cesó cuando se debió amortizar la deuda de guerra. Fue
entonces cuando se comenzó la fabricación del primer Zeppelin, construido
luego de la conflagración, con el permiso de los vencedores.
Una vez que la nave estuvo concluida, viajé a Alemania el equipo de la US
Navy que acompañaría a los pilotos germanos en el trayecto. La tripulación
estaba compuesta por una treintena de hombres, comandados por el doctor
Eckener.
Los periodistas alemanes se hicieron presentes para informar paso a paso
todas las instancias del despegue hacia Norteamérica. Sin embargo, ellos
podrían cubrir la nota únicamente hasta el momento de la partida,
prohibiéndoseles participar en el cruce del océano, pues el dirigible ya era
propiedad de los Estados Unidos.
En el momento en que el capitán Fleming probó la aeronave, el 11 de octubre
de 1924, exclamo: “Hay demasiado peso en popa”. La sobrecarga tenía su razón
de ser, pues allí había ocultos dos polizones. Se trataba de un par de
periodistas que se colaron vestidos de operarios; uno era reportero y el
otro cronista de cine. ¡Cosas del oficio! El 12 de octubre de 1924, a las
7:30 horas, el Zeppelin LR III despegó hacia los Estados Unidos.
Ya en Norteamérica, se le cambió el nombre. Se lo llamó “Los Ángeles”. Pero,
aunque con nombre de ciudad americana, nadie olvidaba que había si-. do
fabricado en Alemania por los discípulos del obstinado Von Zeppelin.
El Gran Zeppelin
En 1928 se realizó la primera travesía del dirigible más famoso de todas las
épocas.
Se trataba nada menos que del Graf Zeppelin. Tenía más de cien mil metros
cúbicos de volumen. Esta era la aeronave que proyectaba el anciano inventor,
pero que la muerte no le dejó construir. El primer Zeppelin desplazaba
11.300 metros cúbicos y un par de motores con unos pocos H.P. El Graf
Zeppelin era un gigante confrontado con su antecesor. Tenía exactamente 1
05.000 metros cúbicos y motores de 2.700 caballos de fuerza.
Fuente Consultada: Los Sucesos Más
Insólitos Herry B. Lawfort |