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La Tragedia del Hindenburg
El
Graf Zeppelin fue reemplazado por un dirigible aún más gigantesco y poderoso. Se
trataba del LZ 129, mejor conocido como el “Hindenburg”. Tenía un tamaño dos
veces mayor que el Zeppelin
Mayo
6 de 1937. El “Hindenburg” se hallaba frente a las costas norteamericanas.
Transportaba 36 pasajeros y 60 tripulantes, bajo el mando del capitán Pruss.
También viajaba Lehmann a bordo.
Hacía
dos meses que el “Hindenburg” estaba en servicio. En ese lapso había efectuado
treinta y cuatro vuelos interoceánicos sin novedad.
El
capitán Lehmann no comandaba el dirigible en esta oportunidad, sino que estaba
comisionado para una importante y trascendental misión: iba como representante
de la compañía Armadora Alemana de Dirigibles, para las conversaciones relativas
a las exportaciones de helio por parte de los Estados Unidos.
Una
vez que hubiera logrado dicho convenio, no se producirán más catástrofes debidas
a ¡a explosión del hidrógeno. El enorme dirigible se encontraba ya próximo a las
costas estadounidenses.
En la
aeronave todo se hallaba en calma, los pasajeros dormían. Tan sólo uno había
quedado en el salón, escribiendo a máquina. En la cabina de mando y en el cuarto
de radio continuaba la actividad.
El
comandante, oficiales y personal se hallaban en sus puestos, consultando los
mapas y atendiendo los partes meteorológicos. El telegrafista cambiaba mensajes
en todo momento. Los mecánicos vigilaban los motores. En su camastro estaba
recostado el capitán Lehmann, el más famoso comandante de zeppelines. Este era
un día triste para él, como los anteriores,
su único hijo había muerto hacía un par de semanas.
El
“Hindenburg” sobrevolaba Lakehurst, el 7 de mayo. La ciudad estaba cubierta por
una tormenta. El comandante esperaba que ésta terminara de una buena vez antes
de amarrar el dirigible. En el aeropuerto se encontraban centenares de
automóviles y millares de personas que querían ver el descenso de la aeronave
más grande del planeta. En la aeropista también se encontraba el capitán
Rosendhal, comandante del dirigible Los Angeles, que se hallaba en el hangar,
aguardando para recibir al capitán Lehmann, con quien había realizado muchos
viajes en el Graf Zeppelin.
Aproximadamente a las 1 5:00 horas se transmitía la posición del “Hindenburg”,
que se encontraba sobrevolando Nueva York. A las 1 6:30 llegó a destino. La
tormenta aún cubría el aeropuerto. El dirigible se vio obligado a esperar casi
una hora antes de poder efectuar las maniobras de aterrizaje. Aunque aún
quedaban algunas nubes de lluvia, los vientos empujaban la tormenta hacia el
norte. A las 1 7:1 5, desde una altura de ochenta metros, los cables de anclaje
fueron echados. La aeronave puedo ser amarrada en la pista a las 1 7:21.
Los
capitanes Pruss y Lehmann se encontraban en la cabina de mando junto con otros
oficiales, todos ellos veteranos en el manejo de los dirigibles. Sus órdenes
eran precisas. Las máquinas fueron cada vez más sus estrepitosos ruido. El
pasaje se hallaba en el gran salón observando por las ventanillas, preparados
para el descenso. Algunos rezagados se habían quedado en sus camarotes, cerrando
sus valijas.
Otros
tripulantes prefirieron observar el amarre; entre ellos, el famoso barman Max
Schultze, quien no sólo era un excelente conocedor de bebidas sino que, además
era el custodio de la “Cabina para fumadores”, que se encontraba herméticamente
cerrada y aislada en la parte trasera del bar. Cuando alguien abandonaba la
cabina, Max tenía orden de revi arlo para que no saliera de allí con el
cigarrillo prendido.
Tal
vez Schultze pensaría que pronto no correrían más el riesgo de explotar
súbitamente, ya que el capitán Lehmann convencería a los americanos de levantar
las restricciones de importación del helio.
La
explosión se produjo a las cinco y veinticinco de la tarde. Todo comenzó con un
sacudón que estremeció todo el dirigible. ¿Qué ocurría? ¡El “Hindenburg” se
incendiaba!
El
grito de ¡Sálvese quien pueda! resonó entre los pasajeros. En la cabina de mando
se intentaba desesperadamente hacer descender a la aeronave en llamas los
últimos setenta metros que la separaban de tierra. La misma pérdida de hidrógeno
por la combustión fue la que hizo que el dirigible
En
breves instantes se hubo quemado la mitad de la nave, precipitándose la popa
hacia el suelo. La cabina de mando y los compartimentos ocupados por los
pasajeros aún permanecían a diez metros sobre la tierra. Algunos pasajeros se
arrojaban por las ventanas. Como había llovido, el lodo amortiguaba las caídas.
La
cabina chocó y los compartimentos rebotaron debido a los resortes del tren de
aterrizaje, para volver a caer definitivamente la nave convertida en una
antorcha.
En
tan sólo treinta y dos segundos ocurrió la tragedia. jamás se supo la causa que
la provocó. En medio minuto, el “Hindenburg”, orgullo de la aviación mundial,
quedó transformado en un informe montón de hierros retorcidos y humeantes.
Trece
pasajeros perdieron la vida instantáneamente. Un operario del aeropuerto murió
aplastado por el dirigible. Veintiuno de los sesenta tripulantes murieron. Hubo
muchos heridos. Los capitanes Pruss y Lehmann fueron trasladados hacia el
hospital, con graves quemaduras. Ellos habían sido los últimos en arrojarse de
la cabina.
Desde
todos los rincones del mundo llegaron condolencias por las víctimas. Esa noche,
el número de muertos ascendió a treinta y seis. El capitán Lehmann se reunió
definitivamente con su hijo.
Al
día siguiente, la Comisión del Senado de los Estados Unidos aprobó la decisión
de levantar las restricciones de exportación de helio.
Fuente Consultada: Los Sucesos Más Insólitos
Herry B. Lawfort
En
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