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En la inmensa y regia morada del
Olimpo, el gran festín llegaba a su término. Recostados en dorados lechos, los
Inmortales bebían el néctar, fúlgido licor de la juventud, que los coperos
divinos, Hebe y Ganímedes, vertían como ríos.
Estaban todos: desde los poderosos
señores de la tierra y de las aguas hasta las divinidades menores, desde los
pequeños faunos de los torrentes hasta las ninfas de los bosques. Todos eran
felices porque su vida transcurría en un continuo e inalterable júbilo y porque
el mundo, a sus pies, estaba en paz.
La fiesta se celebraba en honor de
la diosa Tetis, desposada con Peleo, de cuyo matrimonio nació luego Aquiles.,
Zeus se hallaba en el centro del gran convite, rodeado por los hermanos Hades y
Poseidón; las hermanas Hera, Hestia y Demetria; los hijos de Hera: Ares y
Héfaistos; Apolo y Artemis, hijos de Latona; Atena, nacida de su cerebro;
Hermes, Afrodita, Dionisio y numerosos sátiros y ninfas, que danzaban y cantaban
para deleite de todos los presentes.
Estos dioses, como los mortales,
tenían necesidad de alimento y de sueño. Su alimento era exclusivamente la
ambrosia y su bebida el néctar. En el aspecto físico se diferenciaban de los
hombres sólo por la estatura, la belleza y el don de eterna juventud. Pero
poseían también todas las pasiones de los hombres: el amor y el odio, la ira y
la envidia; eran a veces crueles y a veces magnánimos. Sus días transcurrían
alegremente, pero todos estaban sometidos a un poder superior: el Destino, hijo
del Caos y de la Noche, a quien ni Zeus podía oponerse.
De repente en el salón se hizo el
silencio. Todas las miradas se fijaron en una extravagante figura que había
aparecido en el umbral: Eris, la única diosa que no había sido invitada. “Es
demasiado intrigante —habían convenido los anfitriones—. Es capaz de echar a
perder la fiesta con sus maledicencias?. Y ahora se hallaba en medio de los
convidados. Cuando estuvo cerca del triclinio donde se hallaban sentados los
dioses mayores, la maléfica diosa extrajo de entre los pliegues de su túnica una
manzana de oro y la arrojó sobre la mesa, exclamando: “He aquí mi regalo. Es
para la más bella de las diosas.” Dicho esto, la diosa de la discordia se
retiró.
Después de un instante de
sorpresa, las tres diosas que se hallaban sentadas alrededor de la mesa: Palas, Hera y Afrodita, alargaron la mano hacia la reluciente manzana; pero se
detuvieron sorprendidas y se miraron unas a otras. Zeus, el señor de los dioses,
que observaba la escena, sonrió, e interviniendo dijo: “El único medio para
conocer cuál de vosotras es la más bella, y establecer, por consiguiente, a
quién corresponde la manzana de la discordia, es recurrir a un arbitraje.
Escoged entre los mortales un juez de vuestro agrado y acatad su decisión.”
Como siempre, Zeus había
sentenciado sabiamente. Después de reflexionar, las tres rivales decidieron
confiar la suerte al más hermoso de los mortales, al joven vástago de Príamo, el
príncipe Paris Alejandro, que vivía desde su nacimiento, entre los pastores del
monte Ida. Un oráculo había pronosticado que sería la ruina de Troya, por lo que
su madre lo ocultó en la montaña, desobedeciendo las órdenes del esposo, quien,
en vista de tan funesto agüero, había decidido eliminar al hijo. Una mañana,
mientras cuidaba su rebaño en un valle solitario, Paris vio aparecer ante sí
tres maravillosas doncellas. Entregáronle la manzana, le explicaron lo que
esperaban de él y, secretamente, cada una le hizo una promesa.
Palas le prometió la sabiduría;
Hera, el poder; Afrodita, la pequeña diosa nacida de la espuma del mar, le
prometió la más linda mujer del mundo. Luego, las tres concurrentes se colocaron
frente a Paris. Éste titubeó un instante, y por fin entregó la manzana a
Afrodita, quien la tomó con alegría, mientras las otras se alejaban furiosas.
Instruido por Afrodita, Paris
descendió hacia los valles y salió a buscar a la mujer más bonita del mundo y
llegó a Esparta y tocó en la puerta del palacio de Menelao, que era el rey de
allá, y esposo de Helena, precisamente la mujer más bonita del mundo.
Helena era hija de Zeus con Leda y
melliza de Pólux, hermana de los también mellizos Cástor y Clitemnestra, estos
dos últimos hijos de Tíndaro. En Esparta recibieron muy bien a Paris. En cierta
ocasión salió Menelao de urgencia para una guerra. Helena y Paris se enamoraron,
y se escaparon para Troya.
Cuando volvió Menelao de su guerra
se enteró de lo que había pasado. Llamó a los otros jefes griegos, compañeros de
él a que fueran a Troya a recobrar a Helena y a castigar a Paris.
Así empezó la famosa historia de
la Guerra de Troya.
Fuente Consultada: Relatos de la Antigüedad
- Lo Se Todo Tomo III - Figuras y Leyendas Mitológicas
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