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La doctrina de Monroe:
"América para los americanos "
Preocupados con sus problemas e intereses, los norteamericanos volvieron la
espalda a Europa y proclamaron de modo solemne y oficial la total independencia
de la República estrellada, así como su decisión de mantenerse al margen de la
política europea. Tal fue, en síntesis, la célebre declaración del presidente
Monroe (imagen) el 2 de diciembre de 1823.
La
historia había de denominar a esta actitud política la "doctrina Monroe" si bien
John Q. Adams contribuyó a ella tanto por lo menos como el propio jefe del
Estado. Principio fundamental de la doctrina era que, en lo sucesivo, las dos
partes —septentrional y meridional— del continente americano no estarían
sometidas a colonización por parte de potencia alguna
no americana.
El
sistema político de las potencias de la Alianza europea difiere esencialmente
del sistema aplicado en América. Consideramos como una amenaza contra la paz y
la seguridad toda tentativa de cualquiera de tales potencias para extender su
sistema a una u otra parte de este hemisferio. No hemos participado en las
guerras promovidas entre las potencias europeas y no pensamos en el porvenir
actuar de manera distinta.
El
texto es explícito y basta citar un solo comentario coetáneo, el de Tomás
Jefferson: "De este modo queda fijado el rumbo que siempre seguiremos a través
del océano de los siglos". La declaración presidencial no sólo se refería a los
Estados Unidos sino a ambas partes del continente americano. La causa inmediata
de esta alusión eran los movimientos de liberación nacidos en las colonias
españolas de la América del Sur, a consecuencia de la ocupación de la metrópoli
por Napoleón en 1808-1813.
Europa contemplaba tales rebeliones y desórdenes con escaso interés y poco
entusiasmo. Para mantenerse fieles a los principios del orden y gobierno
monárquico absoluto, y ser consecuentes con ellos, las potencias que formaban la
Santa Alianza debían intervenir y hacer volver a la obediencia de España a las
colonias rebeldes. Por supuesto, los Estados Unidos no estaban dispuestos a
permitir tales propósitos porque una vez desembarcadas en América del Sur las
tropas de las potencias europeas podrían muy bien dejarse arrastrar por la
tentación de llevar a cabo alguna expansión en los territorios del Norte. Los
posesiones de los países europeos en el continente americano eran considerables.
A
principios del siglo XIX, España poseía vastísimos territorios en el Nuevo
Mundo; por otra parte, la Gran Bretaña y Rusia podían considerarse también como
potencias americanas, ya que Inglaterra poseía el Canadá, yen el transcurso del
siglo XVIII Rusia había avanzado considerablemente por Alaska, en el extremo
noroeste, reivindicando, además, extensos territorios en las mal definidas
fronteras occidentales del Canadá en el litoral californiano,
Todo
aquello inquietaba seriamente a John Quincy Adams, que imaginaba con horror a
los Estados Unidos detenidos en su expansión, hacia el Oeste, en el caso de que
se establecieran los rusos en California, y con la posibilidad remota de una
ocupación francesa en México o de los ingleses en Cuba. La "doctrina Monroe"
afirmaba de modo inequívoco que los Estados Unidos se reservaban su propia
esfera de influencia en el continente y que Europa no tenía por qué intervenir
en sus asuntos, del mismo modo que América no deseaba en modo alguno inmiscuirse
en la política europea, cuyo sistema social consideraba con la natural reserva.
La declaración de Monroe pretendía formular una clara advertencia y así fue
interpretada en el lado europeo del Atlántico.
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