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Caso
Dreyfus: El
mayor escándalo de la historia de Francia terminó en 1906, cuando los tribunales
civiles, anulando el fallo de los militares, dieron el veredicto final: Alfred
Dreyfus no era culpable de traición.
El
proceso de doce años conocido como el «Affaire Dreyfus» empezó en 1894 cuando
una empleada de la embajada alemana en París encontró documentos militares
franceses en un cesto. Los investigadores del ejército concluyeron que el espía
debía ser un oficial artillero y el joven capitán Dreyfus se erigía como el
perfecto sospechoso: un judío, además
de alsaciano. (Alsacia era una región franco-germana y sus habitantes
eran a menudo sospechosos de simpatizar con Alemania.) El antisemitismo estaba
extendido por toda Francia; acusando a un «extranjero», el ejército alejaba
cualquier sospecha de sí mismo.
Con
la prensa y el gobierno reclamando su sangre, Dreyfus fue procesado y condenado
a cadena perpetua. Dos años después, un nuevo jefe del departamento de
inteligencia francés descubrió una evidencia que implicaba a otro oficial, que
luego fue despedido. El oficial implicado fue procesado, pero su absolución
había sido pactada con anterioridad.
El
espionaje francés descubrió que los alemanes habían recibido documentos secretos
entregados por un militar francés; una torpe investigación llegó a la conclusión
de que Dreyfus era el culpable (sin más indicios que un leve parecido
caligráfico). Un consejo de guerra le condenó por traición, fue expulsado del
ejército y enviado de por vida al presidio de la Isla del Diablo (Guayana).
Tras
el juicio militar, el novelista Emile Zola, que se encontraba entre el pequeño
grupo de defensores de Dreyfus, escribió uno de los artículos más famosos de la
historia del periodismo, «J’accuse» («Yo acuso»),
una carta abierta al presidente de Francia detallando todo lo que era falso en
el caso Dreyfus. Zola fue condenado por difamación y desterrado a Inglaterra.
Cuando uno de los acusadores originales de Dreyfus se suicidó (tras confesar que
había falsificado pruebas), el gobierno reabrió el caso. Increíblemente, Dreyfus
fue hallado nuevamente culpable. El gobierno lo indultó pero él continuó
luchando por su absolución, que consiguió siete años después en un tribunal
civil.
El
caso provocó un cambio perdurable en Francia. El rechazo popular por la
persecución de Dreyftr desembocó en la separación de la Iglesia y el Estado en
1905 y facilitó el camino del gobierno a los partidos de izquierda franceses
YO ACUSO:
Alegato en favor del
capitán Alfred Dreyfus, dirigido por el escritor Emile Zola mediante una carta
abierta al presidente de Francia, M. Felix Faure y publicada por el - Diario
L'Aurore en Paris el 13 de enero de 1898 en su primera plana.
CARTA A M. FELIX FAURE:
PRESIDENTE DE LA REPUBLICA FRANCESA
Señor: Me permitís que, agradecido
por la bondadosa acogida que me dispensasteis, me preocupe de vuestra gloria y
os diga que vuestra estrella, tan feliz hasta hoy, esta amenazada por la más
vergonzosa e imborrable mancha?
Habéis salido sano y salvo de
bajas calumnias, habéis conquistado los corazones. Aparecisteis radiante en la
apoteosis de la fiesta patriótica que, para celebrar la alianza rusa, hizo
Francia, y os preparáis a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición
Universal, que coronará este gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad.
Pero que mancha de cieno sobre vuestro nombre - iba a decir sobre vuestro reino
- puede imprimir este abominable proceso Dreyfus!. Por lo pronto, un consejo de
guerra se atreve a absolver a Esterhazy, bofetada suprema a toda verdad, a toda
justicia. Y no hay remedio; Francia conserva esa mancha y la historia consignará
que semejante crimen social se cometió al amparo de vuestra presidencia.
Puesto que se ha obrado tan sin
razón, hablaré. Prometo decir toda la verdad y la diré si antes no lo hace el
tribunal con toda claridad. Es mi deber: no quiero ser cómplice. Todas las
noches me desvelaría el espectro del inocente que expía a lo lejos cruelmente
torturado, un crimen que no ha cometido.
Por eso me dirijo a vos gritando
la verdad con toda la fuerza de mi rebelión de hombre honrado. Estoy convencido
de que ignoráis lo que ocurre. Y a quien denunciar las infamias de esa turba
malhechora de verdaderos culpables sino al primer magistrado del país?
- Ante todo, la verdad acerca del
proceso y de la condenación de Dreyfus.
Un hombre nefasto ha conducido la
trama; el coronel Paty de Clam, entonces comandante. El representa por sí solo
el asunto Dreyfus; no se le conocerá bien hasta que una investigación leal
determine claramente sus actos y sus responsabilidades. Aparece como un espíritu
borroso, complicado, lleno de intrigas novelescas, complaciendose con recursos
de folletín, papeles robados, cartas anónimas, citas misteriosas en lugares
desiertos, mujeres enmascaradas. El imaginó lo de dictarle a Dreyfus la nota
sospechosa, el concibió la idea de observarlo en una habitación revestida de
espejos, es a el a quien nos presenta el comandante Forzineti, armado de una
linterna sorda, pretendiendo hacerse conducir junto al acusado, que dormía, para
proyectar sobre su rostro un brusco chorro de luz para sorprender su crimen en
su angustioso despertar. Y no hay para que diga yo todo: busquen y encontrarán
cuanto haga falta. Yo declaro sencillamente que el comandante Paty de Clam,
encargado de instruir el proceso Dreyfus y considerado en su misión judicial, es
en el orden de fechas y responsabilidades el primer culpable del espantoso error
judicial que se ha cometido.
La nota sospechosa estaba ya,
desde hace algún tiempo, entre las manos del coronel Sandherr, jefe del
Negociado de Informaciones, que murió poco después, de
una parálisis general. Hubo fugas, desaparecieron papeles (como siguen
desapareciendo aún), y el autor de la nota sospechosa era buscado cuando se
afirmó a priori que no podía ser más que un oficial del Estado mayor, y
precisamente del cuerpo de artillería; doble error manifiesto que prueba el
espíritu superficial con que se estudió la nota sospechosa, puesto que un
detenido examen demuestra que no podía tratarse más que de un oficial de
infantería.
Se procedió a un minucioso
registro; examinándose las escrituras; aquello era como un asunto de familia y
se buscaba al traidor en las mismas oficinas para sorprenderlo y expulsarlo.
Desde que una sospecha ligera recayó sobre Dreyfus, aparece el comandante Paty
de Clam, que se esfuerza en confundirlo y en hacerle declarar a su antojo.
Aparecen también el ministro de la Guerra, el general Mercier, cuya inteligencia
debe ser muy mediana, el jefe de Estado Mayor, general Boisdeffre, que habrá
cedido a su pasión clerical, y el general Gonse, cuya conciencia elástica pudo
acomodarse a muchas cosas. Pero en el fondo de todo esto no hay más que el
comandante Paty de Clam, que a todos los maneja y hasta los hipnoptiza, porque
se ocupa también de ciencias ocultas, y conversa con los espíritus. Parecen
inverosímiles las pruebas a que se ha sometido al desdichado Dreyfus, los lazos
en que se ha querido hacerle caer, las investigaciones desatinadas, las
combinaciones monstruosas... que denuncia tan cruel!.
Ah! Por lo que respecta a esa
primera parte, es una pesadilla insufrible, para quien esta al corriente de sus
detalles verdaderos.
El comandante Paty de Clam prende
a Dreyfus y lo incomunica. Corre después en busca de la señora de Dreyfus y le
infunde terror, previniéndola que, si habla su esposo esta perdido. Entre tanto,
el desdichado se arranca la carne y proclama con alaridos su inocencia, mientras
la instrucción del proceso se hace como una crónica del siglo XV, en el
misterio, con una terrible complicación de expedientes, todo basado en una
sospecha infantil, en la nota sospechosa, imbécil, que no era solamente una
traición vulgar, era también un estúpido engaño, porque los famosos secretos
vendidos eran tan inútiles que apenas tenían valor. Si yo insisto, es porque veo
en este germen, de donde saldrá más adelante el verdadero crimen, la espantosa
denegación de justicia, que afecta profundamente a nuestra Francia. Quisiera
hacer palpable como pudo ser posible el error judicial, como nació de las
maquinaciones del comandante Paty de Clam y como los generales Mercier,
Boisdeffre y Gonse, sorprendidos al principio, han ido comprometiendo poco a
poco su responsabilidad en este error, que mas tarde impusieron como una verdad
santa, una verdad indiscutible, desde luego, solo hubo de su parte incuria y
torpeza; cuando mas, cedieran a las pasiones religiosas del medio y a prejuicios
de sus investiduras. Y vayan siguiendo las torpezas!
Cuando aparece Dreyfus ante el
Consejo de guerra, exigen el secreto más absoluto. Si un traidor hubiese abierto
las fronteras al enemigo para conducir al emperador de Alemania hasta Nuestra
Señora de París, no se hubieran tomado mayores precauciones de silencio y
misterio.
Se murmuran hechos terribles,
traiciones monstruosas y, naturalmente, la Nación se inclina llena de estupor,
no halla castigo bastante severo, aplaudir la degradación pública, gozar viendo
al culpable sobre su roca de infamia devorado por los remordimientos..... Luego
es verdad que existen cosas indecibles, dañinas, capaces de revolver toda Europa
y que ha sido preciso para evitar grandes desdichas enterrar en el mayor
secreto?. No! Detrás de tanto misterio solo se hallan las imaginaciones
románticas y dementes del comandante Paty de Clam. Todo esto no tiene otro
objeto que ocultar la mas inverosímil novela folletinesca. Para asegurarse,
basta estudiar atentamente el acta de acusación leída ante el Consejo de guerra.
Ah! Cuanta vaciedad! Parece
mentira que con semejante acta pudiese ser condenado un hombre. Dudo que las
gentes honradas pudiesen leerlas sin que su alma se llene de indignación y sin
que se asome a sus labios un grito de rebeldía, imaginando la expiación
desmesurada que sufre la víctima en la Isla del Diablo.
Dreyfus conoce varias lenguas:
crimen. En su casa no hallan papeles comprometedores; crimen. Algunas veces
visita su país natal; crimen Es laborioso, tiene ansia de saber; crimen. Si no
se turba; crimen. Todo crimen, siempre crimen... Y las ingenuidades de
redacción, las formales aserciones en el vacío!. Nos habían hablado de catorce
acusaciones y no aparece mas que una: la nota sospechosa. Es mas: averiguamos
que los peritos no están de acuerdo y que uno de ellos, M. Gobert, fue
atropellado militarmente porque se permitía opinar contra lo que se deseaba.
Hablase también de veintitrés oficiales, cuyos testimonios pasarían contra
Dreyfus. Desconocemos aún sus interrogatorios, pero lo cierto es que no todos lo
acusaron, habiendo que añadir, además, que los veintitrés oficiales pertenecían
a las oficinas del ministerio de la guerra. Se las arreglan entre ellos como si
fuese un proceso de familia, fijaos bien en ello: el Estado Mayor lo hizo, lo
juzgó y acaba de juzgarlo por segunda vez.
Así, pues, solo quedaba la nota
sospechosa acerca de la cual los peritos no estuvieron de acuerdo. Se dice que,
en el Consejo, los jueces iban ya, naturalmente a absolver al reo, y desde
entonces, con obstinación desesperada, para justificar la condena, se afirma la
existencia de un documento secreto, abrumador; el documento que no se puede
publicar, que lo justifica todo y ante el cual todos debemos inclinarnos: el
Dios invisible e incognoscible!. Ese documento no existe, lo niego con todas mis
fuerzas. Un documento ridículo, si, tal vez el documento en que se habla de
mujercillas y de un señor D... que se hace muy exigente, algún marido, sin duda,
que juzgaba poco retribuidas las complacencias de su mujer!. Pero un documento
que interese a la defensa nacional, que no puede hacerse público sin que se
declare la guerra inmediatamente, no, no!. Es una mentira, tanto mas odiosa y
cínica, cuanto que se lanza impunemente sin que nadie pueda combatirla. Los que
la fabricaron, conmueven el espíritu francés y se ocultan detrás de una legítima
emoción; hacen enmudecer las bocas, angustiando los corazones y pervirtiendo las
almas. No conozco en la historia un crimen cívico de tal magnitud!.
He aquí, señor Presidente, los
hechos que demuestran como pudo cometerse un error judicial. Y las pruebas
morales, como la posición social de Dreyfus, su fortuna, su continuo clamor de
inocencia, la falta de motivos justificados, acaban de ofrecerlo como una
víctima de las extraordinarias maquinaciones del medio clerical en que se movía,
y del odio a los puercos judíos que deshonran nuestra época.
Y llegamos al asunto Esterhazy.
Han pasado tres años y muchas conciencias permanecen turbadas profundamente, se
inquietan, buscan, y acaban por convencerse de la inocencia de Dreyfus.
No historiaré las primeras dudas y
la final convicción de M. Scheurer-Kestner. Pero mientras el rebuscaba por su
parte, acontecían hechos de importancia en el Estado Mayor. Murió el coronel
Sandherr y sucedióle como jefe del Negociado de informaciones, el teniente
coronel Picquart, quien por esta causa, en ejercicio de sus funciones, tuvo un
día ocasión de ver una carta telegrama dirigida al comandante Esterhazy por un
agente de una potencia extranjera. Era su deber abrir una información y no lo
hizo sin consultar con sus jefes, el general Gonse y el general Boisdeffre y
luego con el general Billot, que había sucedido al de la Guerra. El famoso
expediente Picquart, de que tanto se ha hablado, no fue más que el expediente
Billot, es decir, el expediente instruido por un subordinado cumpliendo las
ordenes del ministro, expediente que debe existir aún en el ministerio de la
Guerra. Las investigaciones duraron de mayo a setiembre de 1896, y es preciso
decir bien alto que el general Gonse estaba convencido de la culpabilidad de
Esterhazy y que los generales Boisdeffre y Billot no ponían en duda que la
célebre nota sospechosa fuera de Esterhazy. El informe del teniente coronel
Picquart había conducido a esta prueba cierta. Pero el sobresalto de todos era
grande, porque la condena de Esterhazy obligaba inevitablemente a la revisión
del proceso Dreyfus; y el Estado Mayor a ningún precio quería desautorizarse.
Debió haber un momento psicológico
de angustia suprema entre todos los que intervinieron en el asunto; pero es
preciso notar que, habiendo llegado al ministerio el general Billot, después de
la sentencia dictada contra Dreyfus, no estaba comprometido en el error y podía
esclarecer la verdad sin desmentirse. Pero no se atrevió, temiendo acaso el
juicio de la opinión pública y la responsabilidad en que habían incurrido los
generales Boisdeffre y Gonse y todo el Estado Mayor. Fue un combate librado
entre su conciencia de hombre y todo lo que suponía el buen nombre militar. Pero
luego acabó por comprometerse, y desde entonces, echando sobre sí los crímenes
de los otros, se hace tan culpable como ellos; es mas culpable aún, porque fue
árbitro de la justicia y no fue justo. Comprended esto! Hace un año que los
generales Billot, Boisdeffre y Gonse, conociendo la inocencia de Dreyfus,
guardan para si esta espantosa verdad. Y duermen tranquilos, y tienen mujer e
hijos que los aman!.
El coronel Picquart había cumplido
sus deberes de hombre honrado. Insistió cerca de sus jefes, en nombre de la
justicia, suplicandoles, diciéndoles que sus tardanzas eran evidentes ante la
terrible tormenta que se les venía encima, para estallar, en cuanto la verdad se
descubriera. Moinseur Scheurer-Kestner rogó también al general Billot que por el
patriotismo activara el asunto antes de que se convirtiera en desastre nacional.
No! El crimen estaba cometido y el Estado Mayor no podía ser culpable de ello.
Por eso, el teniente coronel Picquart fue nombrado para una comisión que lo
apartaba del ministerio, y poco a poco fueron alejándose hasta el ejército
expedicionario de Africa, donde quisieron honrar un día su bravura, encargándole
una misión que le hubiera la vida en los mismos parajes donde el marques de
Mopres encontró la muerte. Pero no había caído aún en desgracia; el general
Gonse mantenía con el una correspondencia muy amistosa. Su desdicha era conocer
un secreto de los que no debieran conocerse jamás.
En París la verdad se abría
camino, y sabemos ya de que modo la tormenta estalló. M.Mathieu Dreyfus denunció
al comandante Esterhazy como verdadero autor de la nota sospechosa; mientras
M.Scheurer-Kestner depositaba entre las manos del guardasellos una solicitud
pidiendo la revisión del proceso. Desde ese punto el comandante Esterhazy entre
en juego. Testimonios autorizados lo muestran como loco, dispuesto al suicidio,
a la fuga. Luego, todo cambia, y sorprende con la violencia de su audaz actitud.
había recibido refuerzos: un anónimo advirtiéndole los manejos de sus enemigos;
una dama misteriosa que se molesta en salir de noche para devolver un documento
que había sido robado de las oficinas militares y que le interesaba conservar
para su salvación. Comienzan de nuevo las novelerías folletinescas, en la que
reconozco los medios ya usados por la fértil imaginación del teniente coronel
Paty de Clam. Su obra, la condenación de Dreyfus, peligraba, y sin duda quiso
defender su obra. La revisión del proceso era el desquiciamiento de su novela
folletisnesca, tan extravagante como trágica, cuyo espantoso desenlace se
realiza en la Isla del Diablo. Y esto no podía consentirlo. Así comienza el
duelo entre el teniente coronel Picquart, a cara descubierta, y el teniente
coronel Paty de Clam, enmascarado. Pronto se hallaran los dos ante la justicia
civil. En el fondo no hay más que una cosa: el Estado Mayor defendiéndose y
evitando confesar su crimen, cuya abominación aumenta de hora en hora.
Se ha preguntado con estupor
cuales eran los protectores del comandante Esterhazy. Desde luego, en la sombra,
el teniente coronel Paty de Clam, que ha imaginado y conducido todas las
maquinaciones, descubriendo su presencia en los procedimientos descabellados.
Después los generales Boisdeffre, Gonse y Boillot. obligados a defender al
comandante, puesto que no pueden consentir que se pruebe la inocencia de Dreyfus,
cuando este acto habría de lanzar contra las oficinas de la Guerra el desprecio
del público. -Y el resultado de esta situación prodigiosa es que un hombre
intachable, Picquart, el único entre todos que ha cumplido con su deber, será la
víctima escarnecida y castigada. Oh justicia! Que triste desconsuelo embarga el
corazón! Picquart es la víctima, se lo acusa de falsario y se dice que fabrico
la carta telegrama para perder a Esterhazy. Pero, Dios mío!, por que motivo? Con
qué objeto? Que indiquen una causa, una sola. Estar pagado por los judíos?.
Precisamente Picquart es un apasionado antisemita. Verdaderamente asistimos a un
espectáculo infame; para proclamar la inocencia de los hombres cubiertos de
vicios, deudas y crímenes, acusan un hombre de vida ejemplar. Cuando un pueblo
desciende a esas infamias, esta próximo a corromperse y aniquilarse.
A esto se reduce, señor Presidente
de la república, el asunto Esterhazy, un culpable a quien se trata de salvar
haciéndole parecer inocente, hace dos meses que no perdemos de vista esa
interesante labor. Y abrevio porque solo quise hacer el resumen, a grandes
rasgos, de la historia cuyas ardientes páginas un día serán escritas con toda
extensión. Hemos visto al general Pellieux, primero, y al comandante Ravary, mas
tarde, hacer una información infame, de la cual han de salir transfigurados los
bribones y perdidas las gentes honradas. Después se ha convocado al Consejo de
guerra. Como se pudo suponer que un Consejo de guerra deshiciese lo que había
hecho un Consejo de guerra?
Aparte la fácil elección de los
jueces , la elevada idea de disciplina que llevan esos militares en el espíritu,
bastaría para debilitar su rectitud. Quien dice disciplina dice obediencia.
Cuando el ministro de la guerra, jefe supremo, ha declarado públicamente y entre
las aclamaciones de la representación nacional, la inviolabilidad absoluta de la
cosa juzgada, queréis que un Consejo de guerra se determine a desmentirlo
formalmente?. Jerárquicamente no es posible tal cosa. El general Billot, con sus
declaraciones, ha sugestionado a los jueces que han juzgado como entrarían en
fuego a una orden sencilla de su jefe: sin titubear. La opinión preconcebida que
llevaron al tribunal fue sin duda esta: "Dreyfus ha sido condenado por crimen de
traición ante un Consejo de guerra; luego es culpable y nosotros, formando un
Consejo de guerra, no podemos declararlo inocente. Y como suponer culpable a
Esterhazy, sería proclamar la inocencia de Dreyfus, Esterhazy debe ser
inocente".
Y dieron el inicuo fallo que
pesará siempre sobre nuestros Consejos de Guerra, que hará en adelante
sospechosas todas sus deliberaciones. El primer Consejo de guerra pudo
equivocarse; pero el segundo ha mentido. El jefe supremo había declarado la cosa
juzgada inatacable, santa, superior a los hombres, y ninguno se atrevió a decir
lo contrario. Se nos habla del honor del ejército; se nos induce a respetarlo y
amarlo. Cierto que si; el ejército que se alzara en cuanto se nos dirija la
menor amenaza, que defenderá el territorio francés, lo forma todo el pueblo, y
solo tenemos para el ternura y veneración. Pero ahora no se trata del ejército,
cuya dignidad justamente mantenemos en el ansia de justicia que nos devora; se
trata del sable, del señor que nos darán acaso mañana. Y besar devotamente la
empuñadura del sable del ídolo. No,eso no!.
Por lo demás queda demostrado que
el proceso Dreyfus no era mas que un asunto particular de las oficinas de
guerra; un individuo del Estado Mayor, denunciado por sus camaradas del mismo
cuerpo, y condenado, bajo la presión de sus jefes.
Por lo tanto, lo repito, no puede
aparecer inocente sin que todo el Estado mayor aparezca culpable. Por esto las
oficinas militares, usando todos los medios que les ha sugerido su imaginación y
que les permiten sus influencias, defienden a Esterhazy para hundir de nuevo a
Dreyfus. Ah!, que gran barrido debe hacer el Gobierno republicano en esa cueva
jesuítica (frase del mismo general Billot). Cuando vendrá el ministerio
verdaderamente fuerte y patriota, que se atreva de una vez a refundirlo, y
renovarlo todo?. Conozco a muchas gentes que, suponiendo posible una guerra,
tiemblan de angustia, porque saben en que manos esta la defensa nacional! En que
albergue de intrigas, chismes y dilapidaciones se ha convertido el sagrado asilo
donde se decide la suerte de la patria!. Espanta la terrible claridad que arroja
sobre aquel antro el asunto Dreyfus; el sacrificio humano de un infeliz, de un
puerco judío. Ah! se han agitado allí la demencia y la estupidez, maquinaciones
locas, prácticas de baja policía, costumbres inquisitoriales; el placer de
algunos tiranos que pisotean la nación, ahogando en su garganta el grito de
verdad y de justicia bajo el pretexto, falso y sacrílego, de razón de estado.
Y es un crimen mas apoyarse con la
persona inmunda, dejarse defender por todos los bribones de París, de manera que
los bribones triunfen insolentemente, derrotando el derecho y la probidad. Es un
crimen haber acusado como perturbadores de Francia a cuantos quieren verla
generosa y noble a la cabeza de las naciones libres y justas, mientras los
canallas urden impunemente el error que tratan de imponer al mundo entero. Es un
crimen extraviar la opinión con tareas mortíferas que la pervierten y la
conducen al delirio. Es un crimen envenenar a los pequeños y a los humildes,
exasperando las pasiones de reacción y de intolerancia, y cubriéndose con el
antisemitismo, de cuyo mal morirá sin duda la Francia libre, si no sabe curarse
a tiempo. Es un crimen explotar el patriotismo para trabajos de odio; y es un
crimen, en fin, hacer del sable un dios moderno, mientras toda la ciencia humana
emplea sus trabajos en una obra de verdad y de justicia.
!Esa verdad, esa justicia que
nosotros buscamos apasionadamente, las vemos ahora humilladas y desconocidas!.
Imagino el desencanto que padecerá sin duda el alma de M. Scheurer-Kestner, y lo
creo atormentado por los remordimientos de no haber procedido
revolucionariamente el día de la interpelación en el Senado, desembarazandose de
su carga, para derribarlo todo de una vez. Creyó que la verdad brilla por si
sola, que se lo tendría por honrado y leal, y esta confianza lo ha castigado
cruelmente. Lo mismo le ocurre al teniente coronel Picquart que, por un
sentimiento de dignidad elevada, no ha querido publicar las cartas del general
Gonse; escrúpulos que lo honran de tal modo que, mientras permanecía respetuoso
y disciplinado, sus jefes lo hicieron cubrir de lodo instruyendole un proceso de
la manera mas desusada y ultrajante. Hay, pues, dos víctimas; dos hombres
honrados y leales, dos corazones nobles y sencillos, que confiaban en Dios,
mientras el diablo hacia de las suyas. Y hasta hemos visto contra el teniente
coronel Picquart este acto innoble: un tribunal francés consentir que se acusara
públicamente a un testigo y cerrar los ojos cuando el testigo se presentaba para
explicar y defenderse. Afirmo que esto es un crimen mas, un crimen que subleva
la conciencia universal. Decididamente, los tribunales militares tienen una idea
muy extraña de la justicia.
Tal es la verdad, señor
Presidente, verdad tan espantosa, que no dudo quede como una mancha en vuestro
gobierno. Supongo que no tengáis ningún poder en este asunto, que seáis un
prisionero de la Constitución y de la gente que os rodea; pero tenéis un deber
de hombre en el cual meditaréis cumpliéndolo, sin duda honradamente. No creáis
que desespero del triunfo; lo repito con una certeza que no permite la menor
vacilación; la verdad avanza y nadie podrá contenerla. Hasta hoy no principia el
proceso, pues hasta hoy no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno; a
un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro los justicieros que
daremos la vida porque la luz se haga. Cuanto mas duramente se oprime la verdad,
mas fuerza toma, y la explosión será terrible. Veremos como se prepara el más
ruidoso de los desastres.
Señor Presidente, concluyamos, que
ya es tiempo.
Yo acuso al teniente coronel Paty
de Clam como laborante - quiero suponer inconsciente - del error judicial, y por
haber defendido su obra nefasta tres años después con maquinaciones
descabelladas y culpables.
Acuso al general Mercier por
haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores
iniquidades del siglo.
Acuso al general Billot de haber
tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus, y no haberlas
utilizado, haciéndose por lo tanto culpable del crimen de lesa humanidad y de
lesa justicia con un fin político y para salvar al Estado Mayor comprometido.
Acuso al general Boisdeffre y al
general Gonse por haberse hecho cómplices del mismo crimen, el uno por fanatismo
clerical, el otro por espíritu de cuerpo, que hace de las oficinas de Guerra un
arca santa, inatacable.
Acuso al general Pellieux y al
comandante Ravary por haber hecho una información infame, una información
parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero
monumento de su torpe audacia.
Acuso a los tres peritos
calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores
y fraudulentos, a menos que un examen facultativo los declare víctimas de una
ceguera de los ojos y del juicio.
Acuso a las oficinas de Guerra por
haber hecho en la prensa, particularmente en L'Eclair y en L'Echo de París una
campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública.
Y por último: acuso al primer
Consejo de Guerra, por haber condenado a un acusado, fundándose en un documento
secreto, y al segundo Consejo de Guerra, por haber cubierto esta ilegalidad,
cometiendo el crimen jurídico de absolver conscientemente a un culpable.
No ignoro que, al formular estas
acusaciones, arrojo sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de
julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me
pongo a disposición de los Tribunales.
En cuanto a las personas a quienes
acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento
particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como
espíritus de maleficencia social. Y el acto que realizo aquí, no es mas que un
medio revolucionario de activar la explosión de la verdad y de la justicia.
Solo un sentimiento me mueve, solo
deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido
tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es mas que un
grito de mi alma. Que se atrevan a llevarme a los Tribunales y que me juzguen
públicamente.
Así lo espero.
EMILE ZOLA
París, enero 13 de 1898.
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