Encontrar un
significado exacto y a la vez realista al término droga no es tan sencillo como
parece. Abordar los problemas y situaciones derivadas de su consumo, tampoco.
Las definiciones médicas y farmacológicas se muestran insuficientes ante la
complejidad de un tema de trascendencia mundial por sus implicaciones, pero cuya
perspectiva concreta depende de cada sociedad y de cada cultura. Su tratamiento
a base del recurso a las leyes simplemente, ha demostrado también su ineficacia,
porque el problema hunde sus raíces en las características de todo un modelo de
convivencia.
Según la
Organización Mundial de la Salud (OMS), el nombre de droga resulta
aplicable a toda sustancia, terapéutica o no, que introducida en el cuerpo por
cualquiera de los mecanismos clásicos (inhalación de vapores o humos,
ingestión, fricciones, etc.) o nuevos (administración parenteral, endovenosa,
etc.) de administración de los medicamentos, es capaz de actuar sobre el sistema
nervioso central del individuo hasta provocar en él una alteración física o
intelectual, la experimentación de nuevas sensaciones o la modificación de su
estado psíquico.
Esa modificación, condicionada por los efectos inmediatos (psicoactivos)
o persistentes (crónicos), predispone a una reiteración continuada en el uso del
producto. Su capacidad de crear dependencia, física o psíquica, en el consumidor
es precisamente una de las características más importantes a la hora de definir
una sustancia como droga. Pero la dependencia no viene determinada
exclusivamente por esa interacción entre la sustancia y el sistema nervioso
central que, real y objetivamente, tiene efectos bioquímicos agudos,
persistentes o crónicos a corto, medio o largo plazo.
Es una situación más
compleja, en la que también intervienen la estructura social donde se
desenvuelve el sujeto, sus relaciones dentro de un grupo humano y la
«agresividad» en los mecanismos del mercado del producto. En este factor
dependencia está basada, precisamente, una de las clasificaciones más
controvertidas de las drogas: «duras o pesadas», cuando crean adicción física, y
«blandas o ligeras» cuando no la crean.
Naturalmente, al hablar de las drogas nadie o casi nadie piensa en las
institucionalizadas, en las integradas en las pautas de comportamiento de la
sociedad, porque gozan del respaldo de la tradición histórico-cultural y porque
su producción, venta y consumo no están penalizados. Nadie o casi nadie parece
referirse al alcohol, al tabaco o al café, por ejemplo, productos todos ellos de
uso común, aunque sean capaces de crear más o menos graves toxicomanías.
La polémica se centra sobre todo, de manera parcial y en consecuencia
erróneamente, en las sustancias no integradas, que no pertenecen al acerbo
cultural de referencia, vividas como «exóticas» e ilegales. Para desgracia de
quienes luchan por hallar soluciones realistas al problema, el nivel de
información del gran público al respecto continúa basándose en estereotipos, en
frases hechas y en noticias con mayor sensacionalismo que rigor científico.
No
es extraño, pues, que la actitud
social más generalizada abunde en juicios rotundos, casi siempre condenatorios,
sobre las causas del problema, ni que recurra con facilidad a los legalismos, al
enfoque exclusivamente penal, a la hora de las soluciones. Desde este punto de
vista, el consumidor de drogas, de ciertas
drogas sin «prestigio» social, continúa siendo sobre todo un delincuente.
Los preadolescentes y jóvenes consumidores de drogas en la sociedad actual no
son individuos extraños o aislados, exponentes solo de una fracción
«descarriada» de la población. Son elementos constitutivos de ella, abocados a
un negro futuro de adicción si no varían muchas de las estructuras
socioeconómicas actuales.
La mayor o menor peligrosidad de las drogas es algo difícilmente cuantificable.
Desde una perspectiva médica estricta no cabrían ambigüedades: toda droga
resulta nociva para la salud del hombre. Pero esta gradación de su carácter
dañino, algo físicamente objetivo, se complica cuando entran en escena los
diversos factores económicos, políticos e ideológicos que rodean al individuo.
El problema se enturbia y enmascara, se transforma en un rompecabezas en el que
no caben los dogmatismos. Cada juicio sobre la bondad o maldad de cada droga
exige un matizado ejercicio de análisis de los aspectos personales, sociales y
culturales que caracterizan a su propio consumo.
Está claro que se ha producido un notable cambio cualitativo en el modo de
enfocar el tema. El hecho de que la droga haya rebasado el marco de la
utilización individual, elitista, para trascender a un consumo realmente masivo,
ha contribuido a ello.
Hoy, los tradicionales y legales alcohol, tabaco,
medicamentos y cafeínicos comparten su hasta hace pocos años indiscutible
«reinado» con el hachís, la coca, los opiáceos y los alucinógenos. La búsqueda
de nuevas experiencias, los problemas afectivos, la crisis de Ja familia, el
deseo de escapar al control social, la marginación y la presión que ejercen
ciertos mercados, figuran como las causas principales de su aparente éxito.
Para
muchos individuos, sobre todo jóvenes, el paraíso ficticio de las drogas aparece
como una forma, si no de lucha, sí de contestación, de transgresión de lo
establecido, de enfrentamiento radical contra los principios y los valores de
una sociedad que les es hostil y en la que no creen.
Solo que. frecuentemente,
el supuesto remedio tiene mayores costes que la enfermedad. Si difícil es que
las drogas ayuden, a largo plazo, a soportar mejor determinados problemas,
imposible es que contribuyan al cambio social para que desaparezcan precisamente
algunas de las situaciones que conducen mas frecuentemente a la drogadicción.
Los terapeutas señalan que los adictos y las personas
con dependencia de sustancias utilizan las drogas como mecanismo de compensación
o de superación. Las drogas se usan para embotar los sentimientos, aliviar los
estados emocionales dolorosos o disminuir los conflictos internos. Pueden
aliviar la sensación de soledad o solucionar la falta de relaciones
gratificantes con los demás. Las personas que consumen sustancias o drogas
sienten que sólo pueden decir y hacer cosas cuando están bajo los efectos de
éstas y, por tanto, con el tiempo muestran dependencia de una sustancia concreta
para poder mantener una actividad social efectiva.
Tres factores son básicos para entender la complejidad del problema de las
drogodependencias:
• Producción: comprende la existencia del producto
toxicomanígeno en sí, o
droga, y todo el proceso preciso para llegar a su obtención. En el caso de la
heroína, por ejemplo, la siembra de la adormidera,""la recolección del opio, su
ulterior elaboración en morfina y, finalmente, su transformación en heroína.
•
Exposición:
indica la disponibilidad y oferta de la substancia en un momento
dado. El mercado crea una intensa exposición, que explica que, desde hace años,
la heroína haya dejado de ser de uso exclusivo en los estamentos extremos del
arco social y se haya extendido a todos en diversos grados.
• Factores de riesgo: facilitan la explicación o interpretación de la
vulnerabilidad, p sea, del caso individual, pero son, aún en la actualidad y en
la mayoría de los casos, hipótesis basadas en observaciones de grupos de control
(asistentes a un dispensario u hospital), indicadores sociales (asociaciones de
exdrogadictos) o indicadores socio-sanitarios (encuestas de actitudes de la
población).
La investigación epidemiológica que en este campo es compleja, no
imposible, en particular en drogas ilegales, ha permitido, cada vez con mayor
aproximación valorar los factores producción, disponibilidad, etc., como
controlables y como aquéllos que tendrían que ser modificados por una acción
enérgica de una campaña de Información y Educación Sanitaria.
Predisposición a las Adicciones a Drogas