El relato bíblico menciona ya el consumo y
los efectos de la más universal de las drogas: el alcohol. El patriarca
Noé
embriagado y su hijo Cam burlándose de él fueron los protagonistas.
Las primeras sociedades urbanas -Egipto, Mesopotamia, el valle del Indo-
aportaron a la Humanidad, junto a las legislaciones positivas más antiguas que
se conocen (Código de Manu,
Código de Hammurabi), las primeras noticias
documentadas sobre la existencia de drogas embriagantes. En el caso egipcio, por
ejemplo, las más corrientes fueron el opio y una especie de cerveza cuyo consumo
se gravaba con impuestos. He aquí ya algunas de las características que
acompañarán a las drogas en su peripecia histórica: su uso institucionalizado,
muchas veces con sentido religioso, su vertiente legal y su unión a una
rentabilidad económica.
El Rigveda, libro sagrado de la India,
contiene diversas referencias al soma, bebida ritual que elevaba «hasta las
nubes» a quien la consumía, y la Odisea griega recoge el conocimiento de los
poderes del nepente, brebaje que hacía olvidar el dolor y el infortunio.
El
historiador Herodoto da noticia en sus obras del pueblo de los mesagetes, que aspiraban los vapores despedidos por las
semillas de ciertas
plantas echadas al fuego. En los Grandes Misterios eleusinos, orgías sagradas
celebradas cada cinco años, se practicaban ritos con ingestión de sustancias
estimulantes, y Virgilio se refería a las adormideras como impregnadas por el
sueño de Leteo.
La elevación del nivel de vida de las sociedades occidentales desde comienzos
del siglo XX iría acompañada de un aumento progresivo del
consumo de bebidas alcohólicas de alta graduación, con un cambio en su función
social: de complemento alimentario, al carácter de droga.
Con todo, el alcohol ha sido sin duda la droga por excelencia de los pueblos
mediterráneos y occidentales. Sus efectos fueron utilizados como vínculo
litúrgico por egipcios, griegos, romanos y hebreos (el sincretismo
judeo-cristiano llegaría a elevar el zumo de uva fermentado a la categoría de
vehículo de la encarnación de la divinidad).
La alquimia medieval continuaría
esa larga tradición haciendo del vino el portador de una esencia o espíritu que
podía ser obtenido por destilación: el «agua de la vida», el «aguardiente»,
etc., constituyen algunos de los ejemplos de la mística manipulada del alcohol,
casi siempre llevada a cabo desde los centros monásticos.
Si el alcohol ha sido la droga histórica de
Occidente, de Turquía a la India, pasando por la meseta del Irán, el
protagonismo lo ocupan los derivados del cannabis y la adormidera. A partir del
siglo XVIII, el consumo de estas drogas se extendió a Europa junto con la
cocaína, primero en ambientes elitistas y, mediado el siglo XIX, de forma más
generalizada.
Los nuevos procedimientos para introducir en el cuerpo humano las
sustancias farmacológicas (la morfina, descubierta a principios del siglo XIX,
no pudo ser utilizada a gran escala hasta casi cincuenta años después, tras la
invención de la jeringa y la aguja hipodérmica por Wood y Pravaz) favorecieron tal auge, así como la
industrialización -otra vertiente más de la Revolución Industrial- de los
productos farmacéuticos. El siglo XIX marcó un punto de inflexión en el consumo
de drogas.
El predominio del valor de uso -por razones culturales o
médicas- cedió ante el valor de cambio, con motivaciones económicas: el tráfico
llegó a alcanzar un volumen de negocio muy notable, e incluso amplios sectores
de campesinos en los países productores (Turquía, Birmania, Thailandia, etc.)
pasaron a depender exclusivamente de la rentabilidad del cultivo.
A través del relato de sus asombrosos
viajes, Marco Polo daría a conocer a Europa los usos y costumbres de numerosos
pueblos asiáticos, e introduciría los primeros datos sobre el empleo de
determinadas plantas «exóticas» rituales en ellos.
El peligro más grave al considerar históricamente el problema de las drogas es,
sobre todo, adoptar una visión etnocéntrica, que aisle los problemas de su
contexto, porque la utilización ritual de ciertas sustancias no siempre y en
todas las sociedades ha supuesto problemas de drogadicción. En otras ocasiones,
la visión occidental interesada ha llegado a desvirtuar incluso los hechos
históricos. El estereotipo de una China consumidora tradicional de opio, por
ejemplo, esconde la vergonzosa presión británica, desde mediados del siglo xvm,
por introducir allí la droga a gran escala, propósito que no conseguiría hasta
las guerras del opio (1839-1842; 1856-1858), que tuvieron como triste balance el
aumento de los opiómanos chinos en un 6.000% en tan solo veintiocho años.
Los chinos no conocían ni eran cultivadores
de opio. Uno de sus libros de farmacopea del siglo x lo menciona refiriéndose a
un producto exótico de los valles del Indo y del Ganges, indicando sus virtudes curativas en dosis casi homeopáticas* y bajo los mismos
enfoques que en su momento describieran Dioscórides (siglo I a. de C.) o Plinio
el Viejo. La primera introducción de la droga en China estuvo asociada con la
del tabaco y, probablemente, también con la del cannabis, obras ambas de
holandeses y portugueses. Ya en 1578 un médico chino escribiría: «La adormidera
produce un medicamento que cura, pero que mata como un sable.»
En 1729 el emperador Yung-chen, consciente
de la escalada del opio en su país, promulgó las primeras normas de restricción
y limitación de su comercio, después reforzadas con nuevas disposiciones en
1796, pero la Compañía Inglesa de las Indias Orientales continuó incrementando
el tráfico de la droga en régimen de monopolio.
El aumento y la extensión del conflicto fue
tan espectacular, que en 1838 el propio emperador Mingning apeló directamente a la «moral, virtuosa y
cristianísima» reina Victoria para que prohibiese a sus subditos vender en China
lo que no era lícito en Gran Bretaña; por toda respuesta, la Cámara de los
Comunes británica decidiría que «era inoportuno abandonar una fuente de ingresos
tan importante como el monopolio de la Compañía de las Indias en materia de
opio».
Según la tradición, los egipcios fueron los «inventores» de la cerveza, entre
otras bebidas fermentadas,
tres mil años antes de Cristo. A partir de entonces, su uso se extendería
después a Europa.