LA ECONOMÍA ROSISTA
EL COMERCIO DE CONFEDERACIÓN ROSISTA

Demora de Rosas Para organizar constitucionalmente
al país

Economia Rosista

 
 

La Aduana de 1836

La Generación del 37

El Pacto Federal

Campaña al Desierto

Carta de la Hacienda de Figueroa

Facundo Quiroga


Durante el régimen rosista, a pesar de los bloqueos y la guerra, prosperaron los negocios: el comercio continuó creciendo, el volumen de las exportaciones de carne, cuero y sebo aumentó, y un nuevo rubro cobró importancia: la lana.

La economía del país —basada en la industria ganadera y en una incipiente agricultura — favoreció a Buenos Aires, cuya relativa prosperidad se basaba en dos factores esenciales: el cierre de los ríos Paraná y Uruguay a la navegación extranjera (medida que favoreció al puerto único a donde iban a parar todos los productos), y el estrago del litoral y del interior causado por las guerras civiles de las que fueron escenario. La economía proteccionista de Rosas sólo consiguió amparar a Buenos Aires y, en algunos casos, al litoral.

La ganadería:

Las décadas del ‘30 y el ‘40 fueron protagonistas de una fuerte expansión económica alentada por el crecimiento del comercio exterior. El desarrollo del comercio estimuló la producción ganadera y saladeril. Por tanto, los sectores vinculados a estas actividades prosperaron.

La expansión de la ganadería fue posible gracias a la ocupación de tierras en el sur de la provincia, donde se generalizaron las grandes estancias ganaderas como centros de población y producción. La ocupación de tierras estuvo acompañada por la transferencia de tierras públicas al dominio privado, que generó una mayor concentración de la propiedad en pocas manos. La explotación ganadera no sufrió grandes cambios técnicos en la producción, pero se adaptó muy bien a la escasa mano de obra disponible.

Junto a la ganadería también creció la industria saladeril y la del cuero. A principios del siglo XIX se habían introducido en el país los primeros Hereford y Shorthon, los primeros merinos y los primeros caballos frisones (para tiro pesado).

En 1844, Ricardo Newton tendió las primeras alambradas para separar sus potreros; en 1849, Guillermo White introdujo el primer toro de raza, Tarquino, que destinó a su establecimiento La Campana, en Cañuelas. A pesar de los adelantos en materia de ganadería, la industria del saladero —que había logrado el máximo de expansión durante el primer cuarto de siglo — inició su decadencia hacia 1840, cuando se hizo efectiva la prohibición de Rosas de extraer metálico de Buenos Aires para las provincias por vía fluvial. Las consecuencias fueron graves, sobre todo para el comercio saladeril sostenido con Entre Ríos y Corrientes.

La novedad: las ovejas

Durante la década del ‘40, el desarrollo de la ganadería ovina sufrió incentivos externos e internos: aumentó la demanda externa de lana y declinaron los precios de los cueros. Esta actividad alternativa a la ganadería vacuna se vio beneficiada por la gran cantidad de tierras aptas para criar ovejas en la campaña de Buenos Aires. Debido a las enormes ganancias que se obtenían con a ganadería ovina, algunos ganaderos incorporaron ovejas a sus planteles de vacunos, al igual que los comerciantes, que comenzaron a comprar tierras y ganado para iniciar su propia explotación. El gobierno también facilitó la importación de ovejas finas de raza Merino para mejorar el ganado criollo. Muchos productores de ovinos eran grandes propietarios, pero también aparecieron pequeñas familias que, sin contratar mano de obra asalariada, emprendían su propia explotación: la mayoría de estas familias eran inmigrantes vascos, irlandeses y franceses.

Durante el primer cuarto de siglo la agricultura no desempeñó ningún papel en la economía del país; aquél se redujo a pequeños cultivos de cereales en las zonas próximas a las poblaciones importantes. Sin embargo, el trigo constituía el principal cultivo en el litoral y Rosas protegió su producción prohibiendo que fuera importado. Hacia 1845 se estableció en Buenos Aires — calle Balcarce, entre Alsina y Moreno— el primer molino de vapor. No obstante y a pesar de este perfeccionamiento técnico, la harina siguió importándose de Chile y de California, aun cuando hubo años en que pudieron exportarse el cereal y la harina.

Rosas protegió también a la incipiente industria fabril por medio de la prohibición de importar cueros trabajados, velas, escobas y plumeros y hierro forjado.

El Litoral

El Litoral protagonizó una importante mejora en sus economías. La recuperación fue evidente en Entre Ríos, donde se expandieron de manera notable la ganadería vacuna y la ganadería ovina, y la industria saladeril sobre el río Uruguay. Su gobernador, justo José de Urquiza, era, además, uno de los principales y más eficientes empresarios del rubro. Las exportaciones de cueros por el puerto de Buenos Aires ocuparon el primer lugar entre los exportaciones totales del Litoral.

La ganadería entrerriana y correntina salía al exterior mediante las vinculaciones del Litoral con los puertos de Río Grande do Sul y Montevideo, puntos comerciales que escapaban al control porteño y que habían generado gran prosperidad para la región durante el boqueo anglo-francés.

La economía del Interior, según las tensiones del mercado

Después de 1840 se notó cierta mejora en las economías del Interior, pero las provincias se desenvolvieron, por lo general, en un marco de escasez de recursos y de penuria financiera. En estas provincias, la orientación ganadera no fue tan importante como en el Litoral, sino que la economía se adecuó a las condiciones del mercado y a las fluctuaciones de precios favorables en Buenos Aires.

En Tucumán y Córdoba se produjo una mayor diversificación económica, se incorporaron nuevos rubros para la exportación y se ampliaron sus funciones de intermediarias en el comercio interregional.

Tucumán exportó ganado y otros bienes a Chile, a cambio de metálico; suelas y cueros, tabaco, cigarros, madera, quesos, azúcar y aguardientes hacia Buenos Aires, a cambio artículos ultramarinos y regionales. Córdoba orientó la mayor cantidad de sus exportaciones nada Buenos Aires, Envió cueros vacunos, ovinos y caprinos, ana y productos agricolas (trigo y harinas). A través de Buenos Aires, Córdoba importaba productos de ultramar y del litoral.

PARA SABER MAS...
LAY DE ADUANAS DE 1836

Durante el segundo gobierno de Ortiz de Rosas, los representantes Nicolás de Anchorena y Baldomero García propusieron la realización de un estudio sobre las rentas aduaneras, las producciones locales y las posibilidades de elasticidad fiscal para declarar medidas proteccionistas. Ortiz de Rosas encargó el caso a su ministro de Hacienda, Roxas y Patrón, que elaboró la ley de Aduanas para 1836.

"Se dio libre introducción a los frutos del país que procedían de las provincias, a saber: cuero, cerdas, crin, lana, sebo, astas, tasajo, oro y plata sellados, etc. Las máquinas importadas, mercurio, instrumentos de agricultura, libros, pinturas, estatuas, telas de seda, relojes, bordados de oro y plata, carbón, salitre, ladrillos, bronce, hierro, acero y estaño en bruto pagarían un impuesto del 5 por ciento ad valorem; armas, pólvora, brea, seda y arroz, del 10 por ciento; azúcar, café, yerba mate, comestibles, lana y algodón, del 24 por ciento; muebles, espejos, coches, ropa hecha, calzado, licores, vinos, aguardiente, vinagres, sidras, tabacos, estribos y espuelas de plata, látigos, frazadas, guitarras y pasas de uva, del 35 por ciento; cerveza, fideos, pastas, papas, sillas de montar, del 50 por ciento.

El capítulo II de la ley se refería a los efectos prohibidos, que no podían ser introducidos en la provincia: herrajes para puertas y ventanas, almidón de trigo, velas, manufacturas de hojalata o latón, argollas de hierro o bronce, asadores de hierro, arcos para calderos, baldes, espuelas de hierro, cabezales, riendas, lomillos, cinchas, cojinillos, lazos, botones, cebada, cencerros, escobas de paja, cartillas y cartones, ejes de hierro, manteca, maíz, mostaza y ruedas para carruajes. El trigo y las harinas se encontraban en una posición semejante cuando su precio en plaza no excediese de los 50 pesos el quintal.

El capítulo III trataba de la salida marítima; gravó con ocho reales (un peso) la exportación de cada cuero de toro, novillo, becerro, caballo y muía, con uno por ciento la de oro y plata sellada; declaró libre la exportación de granos, harinas, carne salada y manufacturas nacionales exportadas en barcos del país. [...]

El capítulo IV se refería  a la entrada terrestre, gravaba con 10 por ciento la introducción de yerba y tabaco procedente del Paraguay, y con 20 por ciento la de cigarros. Los productos chilenos fueron declarados exentos de todo impuesto. El capítulo VI trataba sobre la manera de calcular y recaudar los derechos y establecía que el arancel sería revisado anualmente."

Hacia 1853 había en la Confederación 1.075 fábricas y 743 talleres; en comparación con 1830 se contaban en aquellos años 590 establecimientos en total, entre talleres y fabriles.

Fuente Consultada: Argentinos de Jorge Lanata

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