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Durante
el régimen rosista, a pesar de los bloqueos y la guerra, prosperaron los
negocios: el comercio continuó creciendo, el volumen de las exportaciones de
carne, cuero y sebo aumentó, y un nuevo rubro cobró importancia: la lana.
La
economía del país —basada en la industria ganadera y en una incipiente
agricultura — favoreció a Buenos Aires, cuya relativa prosperidad se basaba en
dos factores esenciales: el cierre de los ríos Paraná y Uruguay a la navegación
extranjera (medida que favoreció al puerto único a donde
iban a parar todos los productos), y el estrago del litoral y del interior
causado por las guerras civiles de las que fueron escenario. La economía
proteccionista de Rosas sólo consiguió amparar a Buenos Aires y, en algunos
casos, al litoral.
La ganadería:
Las décadas del ‘30 y el ‘40 fueron protagonistas de una fuerte
expansión económica alentada por el crecimiento del comercio exterior. El
desarrollo del comercio estimuló la producción ganadera y saladeril. Por tanto,
los sectores vinculados a estas actividades prosperaron.
La expansión de la ganadería fue posible gracias a la ocupación
de tierras en el sur de la provincia, donde se generalizaron las grandes
estancias ganaderas como centros de población y producción. La ocupación de
tierras estuvo acompañada por la transferencia de tierras públicas al dominio
privado, que generó una mayor concentración de la propiedad en pocas manos. La
explotación ganadera no sufrió grandes cambios técnicos en la producción, pero
se adaptó muy bien a la escasa mano de obra disponible.
Junto a la ganadería también creció la industria saladeril y
la del cuero. A principios del siglo XIX se habían introducido en el país los
primeros Hereford y Shorthon, los primeros merinos y los primeros caballos
frisones (para tiro pesado).
En 1844, Ricardo Newton tendió las primeras
alambradas para separar sus potreros; en 1849, Guillermo White introdujo el
primer toro de raza, Tarquino, que destinó a su establecimiento La Campana, en
Cañuelas. A pesar de los adelantos en materia de ganadería, la industria del
saladero —que había logrado el máximo de expansión durante el primer cuarto de
siglo — inició su decadencia hacia 1840, cuando se hizo efectiva la prohibición
de Rosas de extraer metálico de Buenos Aires para las provincias por vía
fluvial. Las consecuencias fueron graves, sobre todo para el comercio saladeril
sostenido con Entre Ríos y Corrientes.
La novedad: las ovejas
Durante la década del ‘40, el desarrollo de la ganadería ovina
sufrió incentivos externos e internos: aumentó la demanda externa de ¡ana y
declinaron los precios de los cueros. Esta actividad alternativa a la ganadería
vacuna se vio beneficiada por la gran cantidad de tierras aptas para criar
ovejas en la campaña de Buenos Aires. Debido a las enormes ganancias que se
obtenían con a ganadería ovina, algunos ganaderos incorporaron ovejas a sus
planteles de vacunos, al igual que los comerciantes, que comenzaron a comprar
tierras y ganado para iniciar su propia explotación. El gobierno también
facilitó la importación de ovejas finas de raza Merino para mejorar el ganado
criollo. Muchos productores de ovinos eran grandes propietarios, pero también
aparecieron pequeñas familias que, sin contratar mano de obra asalariada,
emprendían su propia explotación: la mayoría de estas familias eran inmigrantes
vascos, irlandeses y franceses.
Durante el primer cuarto de siglo la agricultura no desempeñó
ningún papel en la economía del país; aquél se redujo a pequeños cultivos de
cereales en las zonas próximas a las poblaciones importantes. Sin embargo, el
trigo constituía el principal cultivo en el litoral y Rosas protegió su
producción prohibiendo que fuera importado. Hacia 1845 se estableció en Buenos
Aires — calle Balcarce, entre Alsina y Moreno— el primer molino de vapor. No
obstante y a pesar de este perfeccionamiento técnico, la harina siguió
importándose de Chile y de California, aun cuando hubo años en que pudieron
exportarse el cereal y la harina.
Rosas
protegió también a la incipiente industria fabril por medio de la prohibición de
importar cueros trabajados, velas, escobas y plumeros y hierro forjado.
El Litoral
El Litoral protagonizó una importante mejora en sus economías. La
recuperación fue evidente en Entre Ríos, donde se expandieron de manera notable
la ganadería vacuna y la ganadería ovina, y la industria saladeril sobre el río
Uruguay. Su gobernador, justo José de Urquiza, era, además, uno de los
principales y más eficientes empresarios del rubro. Las exportaciones de cueros
por el puerto de Buenos Aires ocuparon el primer lugar entre los exportaciones
totales del Litoral.
La ganadería entrerriana y correntina salía al exterior mediante
las vinculaciones del Litoral con los puertos de Río Grande do Sul y Montevideo,
puntos comerciales que escapaban al control porteño y que habían generado gran
prosperidad para la región durante el boqueo anglo-francés.
La economía del Interior, según las tensiones del
mercado
Después de 1840 se notó cierta mejora en las economías del
Interior, pero las provincias se desenvolvieron, por lo general, en un marco de
escasez de recursos y de penuria financiera. En estas provincias, la orientación
ganadera no fue tan importante como en el Litoral, sino que la economía se
adecuó a las condiciones del mercado y a las fluctuaciones de precios favorables
en Buenos Aires.
En Tucumán y Córdoba se produjo una mayor diversificación
económica, se incorporaron nuevos rubros para la exportación y se ampliaron sus
funciones de intermediarias
en el comercio interregional.
Tucumán exportó ganado y otros bienes a Chile, a cambio de
metálico; suelas y cueros, tabaco, cigarros, madera, quesos, azúcar y
aguardientes
hacia
Buenos Aires, a cambio artículos ultramarinos y
regionales.
Córdoba orientó la mayor cantidad de sus exportaciones nada Buenos Aires, Envió
cueros
vacunos, ovinos y
caprinos,
ana y productos
agricolas
(trigo y harinas). A través de Buenos Aires, Córdoba importaba productos de
ultramar y del litoral.
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