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El
tiempo tenía para el hombre medieval dos referentes; el primero, de
carácter físico, era el sol; el segundo, de
carácter espiritual, eran las campanas de las iglesias.
Esto ponía de manifiesto la dependencia del ser humano respecto a la naturaleza
Las
relaciones existentes entre el cómputo de la Pascua y el ciclo lunar y entre la
Navidad y el solsticio de invierno, los dos hitos del calendario cristiano
evidenciaron el papel de la Iglesia en la visión del tiempo entre los europeos.
Los
tiempos litúrgicos se acomodaron a las grandes divisiones del año, las
estaciones. Al inicio del invierno, el Adviento anunciaba el nacimiento de
Cristo. Tras él, al comenzar la estación y terminar el año, las fiestas
navideñas (Natividad, Circuncisión, Epifanía), estaban seguidas por un tiempo de
purificación (de animales: san Antón, 17 de enero; de personas: la Candelaria, 2
de febrero; de conciencias: Cuaresma, recuerdo de los cuarenta días de ayuno de
Cristo en el desierto).
Con
la primavera, llegaba la Pascua (domingo después del primer plenilunio de la
estación), la Ascensión y el Pentecostés. Y con el verano, la festividad de san
Juan (24 de junio), en pleno solsticio estival, recubriendo ritos cristianos del
agua y el fuego, y, tras él, la Asunción de la Virgen (15 de agosto), la gran
fiesta de la fertilidad de las cosechas. La llegada del otoño, con la rendición
de cuentas y rentas, se puso bajo el título de dos santos mediadores: Mateo, el
recaudador (21 de septiembre) y Miguel, el arcángel encargado de pesar las almas
(29 de septiembre). Por fin, el año cristiano, pero también el de la actividad
agrícola, ganadera y pesquera, concluía en torno a Todos los Santos (1 de
noviembre), la conmemoración de los fieles difuntos (día 2), heredados de la
tradición celta, y San Martín (11 de noviembre).
El
ritmo semanal, resultado de dividir en siete el mes lunar de veintiocho días,
estaba ya en la tradición caldea, pero fue el relato bíblico de la creación el
que consagró seis días de trabajo y uno de descanso, en que está prohibido todo
trabajo, incluso el viaje, si no es por motivo grave. Así 52 domingos al año y
otras tantas fiestas, numerosas sobre todo en mayo y diciembre, constituían los
días de guardar, con obligación de oír misa y evitar obras serviles.
De
esta forma, por cristianización de tradiciones previas o imposición de otras
nuevas, la Iglesia se convirtió en la gran dominadora del tiempo en la sociedad
europea. Incluso, dentro del día, el ritmo de las horas se inspiraba en el de
las previstas en las reglas monásticas y las campanadas de los templos se
encargaban de recordarlas.
A lo
largo del siglo XIV el ritmo de vida cotidiana en las principales ciudades de
occidente experimentará una profunda modificación. El tiempo, como bien divino
que venía medido por la sucesión de campanas que anunciaban las horas canónicas,
deja de ser elástico y gratuito para convertirse en un elemento mesurable y
apreciable. Los negociantes medievales descubrieron que la medida del tiempo era
importante para la buena marcha de los negocios, pues la duración de un viaje,
las alzas y bajas coyunturales de los precios o el periodo invertido por un
artesano en la elaboración de un producto eran factores temporales que
intervenían al final en los resultados económicos; es decir, se descubrió que el
tiempo tenía su precio, por lo que era necesario controlar y medir su discurrir.
Tal
como se ha mencionado anteriormente, hasta finales del siglo XIII la sociedad
vivía sujeta a ritmos temporales marcados por el calendario agrícola, que estaba
reafirmado por el calendario litúrgico, ambos tan inestables que el segundo
dependía de un centro móvil, la conmemoración de la Pascua, fijado cada año en
función del primer plenilunio después del solsticio de invierno.
En
cuanto a lo que podemos llamar tiempo cotidiano la verdad es que el hombre
europeo lo vivía sin preocupaciones por la precisión y sin demasiadas
inquietudes por su rendimiento; el único sistema de referencia era el señalado
por las horas canónicas que dividía el día en períodos, distribuidos por igual
entre el día y la noche, registrado por medio de campanas: maitines
(medianoche), laudes, prima, tercia, sexta (mediodía), nona, vísperas y
completas; pero ni siquiera esto podía controlarse, porque los toques de prima y
completas se hacían coincidir siempre, en cualquier época del año, con el alba y
el crepúsculo, y a partir de ellos se computaban el resto de toques, con lo cual
sólo en los equinoccios se conseguía, aproximadamente, delimitar fracciones
temporales homogéneas. Técnicamente, los relojes de agua, arena y sol
constituían los únicos medios objetivos para medir el tiempo, pero eran tan
rudimentarios y sujetos a circunstancias tan imponderables que no pueden tomarse
en consideración.
No
obstante antes del siglo XIII se había producido en algunos lugares una
alteración en el control de ese tiempo cotidiano consistente en el
desplazamiento de la nona, que desde su localización ideal en torno a las tres
de la tarde había avanzado al mediodía; esta pequeña variación que no fue objeto
de ningún tipo de interpretación n comentario por los contemporáneos ha sido
explicada, finalmente, por Le Goff como debida a la necesidad de subdividir el
tiempo de trabajo de forma más racional: la nueva situación de la hora nona
permitía la división de la jornada de trabajo de sol a sol, en dos medias
jornadas equivalente en cualquier época de año.
Se
trata, posiblemente, del primer intento de intervenir en la ordenación del
tiempo de todos por parte de la minoría dirigente. Sin embargo, aún pasarán
varios decenios hasta que se consigan los medios técnicos necesarios para llegar
a controlar la división del día en 24 horas invariables y hacer público y
notorio el paso del tiempo. El afán de alcanzar las horas ciertas reflejadas en
un reloj civil, a las que se refieren en 1335 los burgueses de Aire-sur-la-Lys,
pequeña ciudad gobernada por el gremio de pañeros, a imagen y semejanza de lo
que habían logrado unos años antes los de Gante y Amiens, se convierte en una
lucha social que de manera imparable, y sin apenas resistencia, impondrá un
nuevo género de vida a la sociedad urbana europea, comenzando por las áreas más
industrializadas de Flandes, Italia y el norte de Francia, y que cien años
después conduce a que rara era la ciudad o lugar de Europa que no contaba con
uno o varios relojes para controlar el tiempo de sus habitantes.
Los
primeros relojes no tenían ninguna precisión, se estropeaban con gran facilidad
y dependían de un encargado que lo controlase, diese las campanadas y, en muchas
ocasiones, lo ajustase tomando como referencia el viejo reloj de sol, el alba o
el ocaso. Lo más importante es lo que significaron, pues su propagación
representa la muerte del tiempo medieval, un tiempo que A. Gurievich califica de
prolongado, lento y épico.
El
nuevo tiempo ya no es divino y propiedad exclusiva de Dios, sino que pasa a
pertenecer al hombre, a cada uno de los hombres, y se tiene el deber de
administrarlo y utilizarlo con sabiduría, pero que puede también comprarse y
venderse. Se convierte en herramienta de primer orden para el humanista, cuya
virtud principal, la templanza, tendrá el atributo iconográfico del reloj.
Podemos decir que se produce la aparición de un carácter laico en el tiempo, en
buena medida debido a los relojes. La utilización de sistemas de medición del
tiempo en las ciudades será fundamental para el desarrollo de las diversas
actividades, siendo tremendamente importante la difusión de relojes a través de
pesas y campanas que serían instalados en las torres de los ayuntamientos. Los
relojes municipales aportaban una mayor dosis de laicismo a la vida al abandonar
la medición a través de las horas canónicas. Era una manera de "rebelión" por
parte de la burguesía que se vería reforzada con la aparición, posteriormente,
de los relojes de pared.
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