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Violencia y Muerte:
La sociedad altomedieval vivía inmersa en la violencia. Aún estaban presentes en
la memoria colectiva las invasiones germánicas cuando el Islam azotó algunas
zonas de Europa, especialmente la península Ibérica.
Pero también podían aparecer en cualquier momento bandidos -llamados baguadas en
lengua galaica- que asolaban cosechas, mataban campesinos y violaban mujeres. Si
caían en manos de las tropas reales estos bandidos eran condenados a muerte o a
la esclavitud pero su presencia motivaba gran angustia e inquietud en la
sociedad franca de la época. Estos frecuentes ataques provocarán el
encastillamiento de la población, primero en sus pequeños refugios y
posteriormente en el castillo del señor feudal.
Los incendios eran otra muestra de la violencia cotidiana, atacando a la
comunidad. No resultaba difícil incendiar aquellas casas de techumbre de madera
y paja o los graneros por lo que las leyes eran contundentes en los castigos.
Los salios imponían fuertes multas a los causantes de estos incidentes,
obligando a pagar indemnizaciones a los familiares de los muertos y a los
heridos. El pirómano podía ser condenado al destierro o trabajos forzados en las
minas dependiendo de su condición social, según la ley romana mientras que si
los daños eran graves la muerte sería su condena.
Los incendios no sólo afectan a hogares aislados sino a ciudades enteras como en
los casos de Bourges (584), París (585), Orleans (580) o Tours en varias
ocasiones. Los cristianos buscaban las causas de estos sucesos en las vidas
licenciosas de los habitantes por lo que había que buscar refugio bajo el signo
de la cruz pintado en el dintel de las casas o las reliquias de algún santo o
mártir. Con motivo de uno de los incendios sufridos por la ciudad de Burdeos "la
casa del sirio Euphrôn, a pesar de haber quedado rodeada por las llamas, no se
vio en absoluto perjudicada" ya que había colocado en uno de sus muros un hueso
de uno de los dedos de san Sergio.
La violencia debía de ser algo cotidiano según podemos advertir en los escritos
de los literatos de la época. Pero esta violencia no sólo afectaba a laicos sino
también a los religiosos. Conocemos el caso de las monjas del monasterio de la
Santa Cruz de Poitiers que maltrataron a la abadesa y al obispo y reunieron "una
tropa de hechiceros, asesinos y adúlteros" para atacar su propio monasterio.
También se ha constatado el caso de un obispo de Le Mans que hizo castrar a sus
clérigos por estar descontento con sus actitudes. A comienzos del siglo X la
instigación del conde de Flandes motivó el asesinato del arzobispo Foulque de
Reims. Para evitar el derramamiento innecesario de sangre la ley salia
establecen castigos monetarios: tres puñetazos se multan con 9 sueldos; una mano
arrancada, un ojo saltado, un pie cortado o una oreja cortada son 100 sueldos de
multa, que se rebajan si el miembro aún cuelga. Ese mismo importe supone la
lengua cortada "de tal forma que ya no pueda hablar".
Resulta curioso diferenciar las multas para los cortes de dedo: si se trata del
índice la multa es de 35 sueldos mientras que si el seccionado es el dedo
meñique sólo serán 15 sueldos. La razón: el índice sirve para tensar el arco,
instrumento fundamental para la defensa y la caza. Resulta lógico pensar que en
una sociedad tan violenta la venganza estaba a la orden del día. Cuando se
realiza un homicidio la familia de la víctima debe vengar su muerte, ya sea en
la persona del culpable o de algún miembro de su familia. Cuando el joven
Sicharius conoce la muerte de sus padres, comenta: "Si no vengo la muerte (...),
no merezco seguir llamándome hombre sino que me tengan por una débil mujer".
Su reacción será cortar la cabeza del asesino con un serrucho. De esta manera ha
vengado a sus víctimas pero inicia una cadena interminable de sangre y muerte
como las que hace referencia Gregorio de Tours en el siglo VI. Era frecuente que
las víctimas de la venganza fueran expuestas de manera pública para exhibir que
la obligación había sido cumplida. No en balde, las leyes hacen referencias a
que "si alguien quita la cabeza de un hombre que sus enemigos han clavado en una
estaca sin contar con alguna otra persona (...) tendrá que pagar 15 sueldos".
Para solucionar este tipo de venganzas la reina Brunehaut utilizó un sistema
bastante reprochable: hizo que sus sicarios mataran a hachazos, después de
haberles emborrachado, a los miembros de dos familias que estaban enzarzadas en
guerras de venganza. Pero existía otro método menos violento para detener la
venganza.
Si la familia del finado exigía el pago de un cantidad de oro y el asesino
aceptaba, se detenía la venganza. Esta acción se denominaba wergeld o
composición. Sin embargo, el temor a ser considerado cobarde pesaba en numerosas
ocasiones y la venganza seguía su curso. Otra muestra de la violencia
altomedieval eran las injurias y los insultos. Al estar relacionado con el honor
se ha llegado a legislar sobre el asunto. Si no se respondía a una injuria o
insulto se daba por sentado que se aceptaba el calificativo mencionado. Las
multas que se imponían por los insultos sitúan el calificativo de prostituta
como el más vil ya que estaba castigado con 45 sueldos. La mención a la
pederastia se castiga con 15 sueldos y el resto de calificativos relacionados
con descréditos se castigan con 3 sueldos de multa: chivato, traidor, zorro,
homosexual, etc.
En un mundo cargado de violencia y muerte tenemos que hacer referencia a los
cementerios, advirtiéndose distintas costumbres entre los variados pueblos
europeos. Los romanos enterraban a sus muertos fuera de los muros de la ciudad,
en diferentes tumbas que se sucedían a lo largo de las vías. Los merovingios
también siguieron esa costumbre, enterrando a los fallecidos en las afueras de
los poblados. Los germanos desarrollaron unos particulares cementerios rurales
situados en la vertiente sur de una colina y en las cercanías de una fuente,
situando las tumbas en hilera. Los francos enterraban los cadáveres desnudos,
rodeando la fosa con piezas de piedra como si se tratara de un sarcófago. En
algunos enterramientos se han encontrado a los niños sepultados en grupos, junto
a las tumbas de sus padres. En algunas zonas se practicaba la incineración,
especialmente en los siglos V y VI, para evitar que los muertos regresasen a
atormentar a los vivos, de la misma manera que se ponían arbustos espinosos
sobre la tumba.
El muerto era trasladado desde la aldea al cementerio en cortejo, colocado sobre
unas parihuelas y cubierto con un paño sus ojos, transportado a la altura de las
rodillas. Una vez enterrado los familiares acudían regularmente a la tumba para
celebrar banquetes funerarios. En el cementerio se reproducía el mundo de la
aldea. Los muertos eran enterrados vestidos con sus pocas o muchas pertenencias
-armas, herramientas, joyas, collares, peines, pinzas de depilar,...-. En
algunos enterramientos se han encontrado caballos sacrificados quizá para
conducir a la tierra al difunto en la celebración de la fiesta de Jul, el 26 de
diciembre. También se depositaban a los pies del finado jarras de cerámica o
cristal con alimentos para el viaje al más allá, reminiscencia pagana al igual
que la moneda en la boca para pagar el óbolo a Caronte, el barquero con el que
se debía cruzar la laguna Estigia.
En las culturas cristianas se sustituyó la moneda por una hostia, lo que motivó
la prohibición de la Iglesia. Las culturas germánicas hacían todo lo posible
para que el muerto estuviera tranquilo en su tumba. Esa es la razón por la que a
los niños muertos al poco de nacer se los empalaba debido a que el inocente no
podía estar bajo tierra. Para asegurar la tranquilidad de las tumbas había que
protegerlas contra las violaciones de los vivos, práctica bastante corriente
como han podido constatar los arqueólogos. Estos delitos traían consigo como
catastrófica consecuencia el regreso del difunto por las noches para atormentar
a los vivos.
Legalmente el violador de tumbas era castigado con una fuerte multa y la condena
al ostracismo más absoluto hasta que no abonara el castigo. Hacia la mitad del
siglo VIII la Iglesia consigue que el cementerio rodee el templo, creando de
esta manera una mayor esperanza de protección y salvación. Las tumbas de los
personajes importantes pasaban a ubicarse bajo el pavimento de la iglesia.
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