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Paganismo:
Aunque la religión cristiana era la oficial de los diferentes Estados germanos
surgidos tras la caída del Imperio Romano de Occidente, el paganismo perduró en
las conductas sociales durante la Alta Edad Media tal y como nos informan
obispos y clérigos, al menos hasta el siglo X.
Para
conocer la realidad cotidiana, el hombre medieval buscó explicaciones
sobrenaturales y explicaciones religiosas. La experiencia y la razón no
resultaban en esa época instrumentos suficientes para el conocimiento. Muchos
hombres creían que sólo era posible llegar a él mediante el auxilio de la fe.
Durante la Edad Media, en los intentos por explicar el mundo se cruzaban dos
tradiciones: la tradición pagana, de origen germano, con sus dragones, sirenas y
bosques animados, y la tradición cristiana, según la cual la verdad y el
conocimiento último de la realidad sólo se lograba mediante la razón iluminada
por la fe.
Sin
embargo, ambas tradiciones no tuvieron igual importancia para los hombres de la
sociedad feudal. Por lo general, los campesinos fueron los que se aferraron con
más fuerza a las viejas creencias paganas, mientras que la nobleza, en su
mayoría, adhirió a los principios cristianos.

Los campesinos creían que la
lechuga alivia el insomnio, pero perjudica la vitalidad y la vista,
efecto que puede moderarse si se le agrega apio.
Cuando los campesinos trabajaban la tierra recitaban antiguas canciones y
palabras mágicas para lograr que sus campos fueran fértiles; también era común
que consultaran a magos y hechiceras si tenían algún problema. Pero la Iglesia
se ocupó de que los campesinos agregaran a sus cánticos paganos oraciones de
origen cristiano. Así lo hicieron, aunque siempre en estas oraciones siguió
subsistiendo el rito pagano, como lo demuestran muchas de ellas:
Cuando el hijo de un campesino se
enfermaba, era común que dijeran: "...sal, gusano, con nueve gusanillos, pasa de
la médula al hueso, del hueso a la carne, de la carne a la piel y de la piel a
esta flecha”, y luego obedeciendo a la Iglesia y procurando también evitarse
problemas con su señor, decían: “Así sea, Señor’.
De
este modo, el mago Merlín y Cristo se mezclaban en la imaginación del hombre del
Medioevo. Lo sobrenatural parecía ser la única respuesta al origen de las cosas
y de la vida.
Pero
sería un error suponer que aquellas dos tradiciones transitaron en pie de
igualdad la Edad Media. Fueron los valores y creencias cristianos —impulsados
por la nobleza laica y eclesiástica— los que predominaron.
Si un viajero escucha a una corneja graznando a la izquierda lo puede
interpretar como un signo de buen viaje.
El estudio de los excrementos o
los estornudos de los animales de trabajo -caballos o bueyes- permite conocer si
el día nos trae buenos o malos augurios.
Arrojar unos granos de cebada sobre el fuego del hogar y contemplar como saltan
es una señal de peligro.
Numerosos adivinos se ponían en
contacto con los muertos. Era frecuente que el adivino se sentara en un cruce de
caminos sobre una piel de toro -con la zona ensangrentada vuelta sobre la
tierra- para recibir las comunicaciones de los difuntos, en el silencio de la
noche. De esta manera podían predecir catástrofes o brindar soluciones a
diferentes problemas.
La mujer era la mediadora entre
los vivos en la tierra y los muertos en el cielo.
Para curar a los niños enfermos se
les introducía en una excavación cerrada con espinos, situada en una
encrucijada. Si la madre tierra se empapaba de la enfermedad, el niño dejaba de
llorar y estaba curado.
Si se desea
que un hombre sea impotente se podía conseguir anudando una cinta a cada una de
las prendas de vestir de ambos cónyuges.
Si la mujer no deseaba quedarse
encinta se desnudaba, se embadurnaba en miel y se revolcaba en un montón de
trigo, recogiéndose con cuidado los granos que habían quedado pegados a su
cuerpo. Esos granos eran molidos manualmente al contrario que de la forma
habitual, de izquierda a derecha. El pan resultante de esa harina se ofrecía al
hombre con el que se mantendría la relación sexual. De esta manera se "castraba"
al varón y no se engendraban niños.
La sangre de las menstruaciones,
la orina de ambos sexos o el esperma del hombre también eran considerados
potentes afrodisíacos.
Un afrodisíaco utilizado en la
época era la introducción de un pez vivo en la vagina de la mujer, donde quedaba
hasta que moría. El pez era cocinado y servido al marido que de esta manera se
cargaba de potencia sexual. Otro sistema sería amasar la pasta del pan en las
nalgas de una mujer o sobre sus partes genitales, provocando así el deseo del
hombre perseguido.
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