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Los
titulares de los principales medios norteamericanos eran más optimistas que
nunca: “Yalta! Prueba de la fuerza, de la unidad y del poder de decisión de los
aliados”, imprimía el New York Tribune; “ Los tres grandes —así eran llamados
Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética — cooperan en la paz como en
la guerra!”, señalaba el Times Magazine; “Yalta!, la mayor victoria de las
Naciones Unidas!”, afirmaba el Record de Philadelphia.
Era
el 2 de marzo de 1945, y aún faltaban dos meses para el final de la guerra, pero
el entusiasmo en Estados Unidos desbordaba por todos lados, el mismo presidente,
Roosvelt, de regreso de Yalta, se había pronunciado ante el congreso diciendo:
“En los duros meses que nos esperan, me gustaría conocer vuestros sentimientos a
propósito de esta construcción de la paz internacional que hemos realizado en
Yalta, Stalin, Churchill y yo, en unidad de pensamiento y trabajo. Queremos, con
un mismo corazón, asegurar la paz al mundo del futuro . . .
Las decisiones
tomadas en Yalta ponen fin al sistema de la política unilateral de las alianzas
restrictivas. Nos proponemos sustituirlo por un organismo universal del que
todos los estados pacíficos puedan, con el tiempo, llegar a ser miembros.
Nosotros no sabemos tomar medidas a medias. ¡Si no aceptamos nuestra
responsabilidad en el terreno, de la cooperación internacional, entonces
deberemos asumir la responsabilidad de otro conflicto mundial en el que nuestra
civilización correría el riesgo de zozobrar!”.
Roosvelt, ni siquiera pudo presenciar el final del conflicto bélico, murió el 12
de abril, sin poder presenciar el final de la segunda guerra mundial.
El 6
y el 9 de agosto, Estados Unidos bombardeó las ciudades de Hiroshima y Nagasaky
, dejando como saldo más de 250.000 mil personas muertas en cada ciudad. De esta
manera Estados Unidos se ubicó como la indiscutible potencia hegemónica mundial,
con la posibilidad latente ante cualquier conflicto de utilizar su poderío
bélico.
Inmediatamente, Rusia respondió mediante un discurso de su Ministro de
Relaciones Exteriores (Molotov), diciendo que si Estados Unidos mantenía el
secreto de la bomba atómica, y se convertía en la única potencia atómica,
surgiría un desequilibrio de poder a favor de Estados Unidos y, ese
desequilibrio, impediría la cooperación universal que los norteamericanos decían
defender. Solo si se rompía el secreto, la paz sería posible, decía Molotov.
Harry
Truman y Clemment Attle, sucesor de Franklin Roosvelt, el primero y sucesor de
Wiston Churchil, el segundo, respondieron negativamente a la propuesta de
Molotov.
A
partir de 1949, la rivalidad nuclear se hizo cada vez más fuerte con el
descubrimiento por parte de la Unión Soviética, de la bomba atómica. Este hecho
estremeció a la opinión pública mundial durante las siguientes décadas.
El
distanciamiento entre las dos grandes potencias venía desde un tiempo atrás. Ya
en 1946, Wiston Churchill denunció que Stalin había tendido un “telón de hierro”
desde el Báltico hasta Trieste, en el Adrático, que separaba al continente,
dando origen a la famosa “cortina de hierro”.
La
llamada “doctrina Truman” (presidente de Estado Unidos), que consistía en apoyar
a los pueblos libres que se resistían al sometimiento ejercido por minorías
armadas, en realidad, utilizada para apoyar a todos los países que luchaban
contra los soviéticos, también siguió separando a los bloques y haciendo más
tensas las relaciones.
En
1947, la Unión Soviética reconoció que el mundo estaba dividido en dos bloques y
acusó a los Estado Unidos y a sus aliados de planear una nueva guerra
imperialista con los fines claros de destruir el socialismo y el sistema
comunista.
De
esta manera quedó conformado un sistema internacional bipolar , en el cual una
parte del mundo quedó bajo la dirección de los Estado Unidos y la otra, de la
Unión Soviética. Esta división, con distintos grados de intensidad y de
conflictos se mantuvo hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989.
Ahora
bien, esta hegemonía mundial alcanzada por los bloques estadounidenses y
soviético, no sólo se debe explicar desde lo político, lo cual se haría como
resultado y producto de la resolución de la segunda guerra mundial y sus
posiciones de países vencedores.
La
aparición de Estados Unidos y Rusia, más tarde convertida en la Unión Soviética,
como potencias mundiales y la decreciente importancia de los países europeos
occidentales (sobre todo Francia e Inglaterra), ya había comenzado hacia fines
del siglo XIX y comienzo del XX.
Los
países europeos venían perdiendo su primacía política, militar y sobre todo
económica desde un tiempo atrás y la segunda guerra solo lograba profundizar lo
que ya era un hecho. Debido a esto, en los años posteriores a la guerra se hizo
imperiosa la necesidad de propiciar la “unión” entre los países europeos para
recuperar su poderío. Para ello, se buscó construir un mercado único, con el fin
de posibilitar una mayor producción, mejorar su nivel competitivo y a su vez
crear empleos. En 1951, estos objetivos comenzaron a cobrar forma con la
creación de la “Comunidad Económica del Carbón y del Acero” (CECA), conformada
por Alemania, Francia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos (hoy Holanda). Por
primera vez en la historia de Europa, se unían estos países con el objetivo de
crear un mercado único para el carbón y para el acero y así facilitar el
intercambio entre los mismos disminuyendo precios de costos y de transporte para
poder competir en el mercado internacional. Este fue el puntapié inicial de lo
que hoy conocemos como Comunidad Económica Europea.
El
continente Asiático, fue luego de la segunda guerra, otro escenario donde las
transformaciones se precipitaron de una forma inevitable. En este continente, el
fin de la supremacía de los imperios coloniales (Imperio Inglés y Francés)
dejaron a los Estados Unidos y a la Unión Soviética amplios territorios por los
cuales competir.
En
Latinoamérica, la situación de posguerra no tardó en generar distintos tipos de
acuerdos y pactos. En 1948, se creó la Organización de Estado Americanos (OEA).
Debido a la acelerada internacionalización de la vida y la economía (lo que hoy
llamaríamos “globalización”), generó una serie de acuerdos internacionales que
caracterizó al “mundo de posguerra”. Estos acuerdos, de mayor o menor alcance,
intentaron adecuarse y acompañar los cambios ocurridos en este período de
tiempo.
El
“mundo de posguerra”, rápidamente entró en una era de bienestar impulsada por el
crecimiento económico de las industrias, que se habían reconvertido, pasando de
la industria bélica a la industria de bienes de consumo.
Esta
mejora en la producción hizo que se incrementaran las posibilidades de conseguir
trabajo y en consecuencia se comenzó a mejorar el nivel de vida en los países
occidentales y también en el bloque soviético. Este período de tiempo es
conocido como “los años dorados”.
La
supremacía de Estados Unidos, si bien ya se venía comprobando desde un tiempo
atrás, en el “mundo de posguerra” fue evidente su poderío como potencia militar,
industrial y económica. Los nuevos acuerdos para organizar un sistema de
cooperación monetaria internacional aseguraron todavía más la hegemonía
estadounidense. En este “nuevo orden económico mundial”, el dólar norteamericano
se ubicó en un papel fundamental.
La
tarea ha realizar ahora, era evitar nuevos craks (caídas, crisis, rupturas)
financieras como la ocurrida en 1929, que hiciera peligrar el sistema
capitalista en su conjunto.
Una
de las medidas para estos fines, fue la de tratar de impedir las trabas en los
intercambios comerciales internacionales y tratar de evitar la supuesta
“abusiva” intervención del Estado en la economía. Estos propósitos sólo serían
posibles en la medida en que el sistema económico de postguerra estimulara el
intercambio comercial. Para ello, se buscó facilitar la libre circulación de
productos y capitales sobre la base de un tipo de cambio estable con la creación
de dos Instituciones económicas que fueron creadas para tal caso: El Fondo
Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) . El primero, tenía como
función principal reducir el desequilibro en la balanza de pagos en los países
miembros, mientras que el segundo, financiaría a los países periféricos con
créditos, proyectos y ayuda técnica.
Luego
de la segunda guerra, hacia 1946, los capitales norteamericanos necesitaban
acentuar sus inversiones. En Wall Street (centro de las finanzas
estadounidenses) los bancos más importantes (Banca Morgan, Roquefeller, Mellon,
etc.) habían tenido un superávit de 17 mil millones de dólares en un solo año.
Algo tenían que hacer con esas fortunas. Una de las opciones, era evadir
impuestos internos y colocarlas en los mercados exteriores. En junio de 1947, el
secretario de estado del presidente Truman, el general George Marshall puso en
marcha el luego llamado “plan Marshall” (ver plan Marshall), en el cual se
dirigía el superávit bancario de Estados Unidos hacia Europa en forma de
préstamos, que debían ser invertidos en compra de productos norteamericanos. De
esta manera, mediante diversos convenios, se aseguraba que los mismos préstamos
volvieran a Estados Unidos.
La
Unión Soviética, si quería competir por el liderazgo mundial con Estados Unidos,
en ningún momento podía avalar y seguir los planes norteamericanos. Luego del
triunfo del ejército rojo sobre Alemania, Stalin había construido un fuerte
liderazgo sobre toda la Europa Oriental.
En
pocos años (de 1945 a 1947), los Estados Unidos y la Unión Soviética habían
pasado de la cooperación a la división y al conflicto.
Luego
de la guerra, los soviético denunciaron la “teoría del cerco capitalista”. Esto
consistía en rodear y aislar a la Unión Soviética, hasta alcanzar su
debilitamiento y desaparición. Éste, sería un complot en el cual todos los
países occidentales, bajo el liderazgo estadounidense, formarían parte. Según
los soviéticos, ese “cerco”, era consecuencia del carácter agresivo del
capitalismo occidental, el que nunca aceptaría la convivencia con un sistema
distinto.
Los
países de Europa Central (Hungría, Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia y Polonia)
se incorporaron a la órbita soviética. Yugoslavia y la Alemania del Oeste
hicieron lo mismo. (Yugoslavia, conducida por el Mariscal Tito se diferenció al
distanciarse de Stalin., y buscar una posición intermedia entre Estados Unidos y
la Unión Soviética, que más tarde se conocería como la “tercera posición”). Esta
conformación de un verdadero “bloque” de países comunistas, resultó la primera
respuesta para defenderse de la agresión del sistema capitalista.
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