Recibimiento
que se hizo a del Cano en la Corte.
Mercedes que se le concedieron
Juan Sebastián Elcano, también
escrito Juan Sebastián del Cano o Juan Sebastián de El Cano (Guetaria,
Guipúzcoa, España, 1476 – Océano Pacífico, 4 de agosto de 1526), fue un marino
español que participó en la primera vuelta al mundo, quedando al frente de la
expedición tras la muerte de Fernando de Magallanes.
"Desde San Lúcar tenia escrito
El Cano al Emperador participándole su llegada. El Monarca desde Valladolid,
donde residía la Corte, le contestó a Sevilla, mandándole que fuese a darle
cuenta de su viage, acompañado de dos de sus camaradas los que
a él le pareciesen mas cuerdos y de mejor explicación.
Estaban en situación tan
desastrada, que el mismo Emperador tuvo que dar orden a los oficiales de la Casa
de Contratación, para que a todos tres los vistieran y auxiliaran.
Llegado Juan Sebastian a
Valladolid, se presentó al Emperador con algunos indios que habían quedado
vivos; con los regalos de los reyes de Molucas, y con las muestras de la
especería.
El Monarca lo recibió muy bien,
congratulándole con donaire por ser el primer hombre que hubiese rodeado nuestro
globo por el Océano, como el Sol por su eclíptica, é hizo merced, á él y a sus
compañeros, de la cuarta parte de la veintena que a Su Magestad
pertenecía de todo lo que Traian en sus cajas, incluyendo en la merced a los
prisioneros hechos en Cabo Verde, los cuales ya habían sido remitidos a Lisboa
en una nave llegada de Calicut, y fueron reclamados vivamente por el Emperador
al rey de Portugal.
Concedió además a El Cano
privilegio de introducción, y un escudo de armas, en cuya primera mitad, en lo
alto, pusiese un castillo dorado en campo rojo, y en la otra mitad un campo
dorado, sembrado de especería con dos palos de canela, tres nueces moscadas
en aspa y dos clavos de especia, encima un yelmo cerrado y por cimera un globo
con esta inscripción: Prirnus circunzdediste me. ¡Magnífico emblema, y
sorprendente siglo aquel, en que la historia contemporánea, podía ofrecer tales
imágenes para alentar el espíritu caballeresco y emprendedor!
En Valladolid, sin embargo, no
todo fue placemes y satisfacciones para El Cano.
La tripulación de la nao San
Antonio, que sublevada por el piloto Esteban Gómez contra su Capitán Álvaro
de Mezquita, había dado la vuelta a España antes de atravesar el Estrecho, para
cohonestar su desobediencia y rebelión, acriminó a Magallanes por las
ejecuciones hechas, y dio muchas quejas de lo mal dirigida que iba la
expedición.
Esteban Gómez entregó a los
oficiales de la Casa de contratación a Alvaro de Mezquita, que lo traía
aherrojado, y cuyos bienes fueron embargados, mientras se le formaba proceso.
Declararon cincuenta
y
cinco personas que venían en la nave;
como no todas eran enemigas de
Mezquita, ni habían aprobado lo hecho, las declaraciones fueron confusas y
contradictorias.
Lo único que se sacó en limpio
fue, que la conducta de Esteban Gómez no era del todo laudable, y a él y a cinco
de sus principales compañeros se les metió también en la cárcel, mandándose
depositar la nave y sus efectos.
Pronto salió de la prisión
Esteban Gómez y obtuvo el mando de una Escuadra contra los corsarios que
infestaban las Indias, mientras el infeliz Mezquita, víctima de la
insubordinación de Gómez seguía preso como un malhechor y desposeído de sus
bienes.
Cuando llegó la nao Victoria
quiso el Emperador que se hiciese una información sobre la conducta de
Magallanes y de los sucesos de su expedición, acerca de todo lo cual los
tripulantes de la San Antonio habían hecho formar ideas muy oscuras.
En Valladolid, pues, fue
requerido El Cano con sus dos compañeros Francisco de Albo, piloto de la
Victoria y Fernando de Bustamante, su barbero ó cirujano.
La declaración de El Cano fue
dura, culpando a Magallanes de falta de consideración hacia sus compañeros; de
ene miga hacia los castellanos; de irreverencia hacia las órdenes del Rey; de
dilapidación de su hacienda, interpretando como una de las causas del rigor que
empleó contra los Capitanes que justició en el puerto de San Julián, el deseo de
entregar el mando de las naves a los portugueses, sus parientes y amigos, como
se vió en los cargos que dio a Álvaro de Mezquita y a Duarte de Barbosa.
Todas las respuestas con que
satisfizo a las preguntas que se le hicieron, demuestran la ruda franqueza de un
marino. Debieran parecer poco generosas, tratándose de un hombre ilustre que fue
su Caudillo, y que acabó sus días con una muerte gloriosa en la empresa; sino
pudiera reconocerse en ellas el deseo de volver por la reputación de los que
fueron justiciados, librando sus nombres de la nota de traidores, que se les
impuso.
Nada encubrió de la parte que
había tomado en aquel momento, en que de orden de Quesada se encargó del mando
de la nave San Antonio y asestó sus cañones.
Que el Emperador quedó
satisfecho de la declaración de El Cano, á pesar de esta confesión, lo indica el
que poco después (el 23 enero de 1532) le hizo merced de una pensión
vitalicia de quinientos ducados al año, asentados en la Casa de
Contratación, de la especería establecida por aquel tiempo en la Coruña; y si
bien no pudo cobrarla por el mal estado del Real Tesoro, su concesión es un
testimonio de la benevolencia del Monarca hacia él."
Fuente:
Es parte del cap. IX de la Historia de del Cano, por Navarrete (E.) —
Páginas 107 a 114
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