La
historia de El hombre elefante es absolutamente fascinante, el horrible aspecto
que le dio la naturaleza, escondía a una persona sensible, digna de admiración,
y que solamente recibió insultos y desprecios durante la mayor parte de su vida.
Creemos que su vida es un modelo a seguir de tolerancia y de compresión hacia
todo aquello que nos resulta extraño.
Su
verdadero nombre fue Joseph Carey Merrick, nació en Lee Street, Leicester el 5
de agosto de 1860, tuvo una infancia muy normal, su
deformidad no comenzó a manifestarse hasta los 5 años. Su madre le protegía todo
lo que podía de las burlas de los demás niños, y gracias a esto, pudo ir a la
escuela hasta los 12 años.
Por desgracia su madre murió, y su madrastra no
quería vivir con alguien de su aspecto, por lo que Joseph tuvo que aprender a
ganarse la vida a pesar de su aspecto. Ejerció diversos oficios, hasta que su
deformidad se lo permitió, ya que esta iba cada vez a más.
La
gente le empezaba a mirar horrorizada, y casi no podía salir a la calle, toda su
cabeza estaba llena de enormes bultos, su mano derecha creció de forma
desmesurada, aunque todo su cuerpo sufrió una terrible malformación
A
Joseph se le ocurrió una idea que parecía su salvación, pero que llegaría a ser
su ruina: pensó en cobrar por exhibirse, y de hecho, al principio, confesaba
sentirse cómodo con lo que antes le causaba horror.
Sin
embargo, las condiciones en las que fue exhibido fueron haciendo cada vez más
vejatorias, los insultos de "su público" eran cada vez más hirientes, y empezó a
ser un martirio.
En
este momento, Joseph conoció a un hombre que cambió su vida: Frederick Treves
(imagen) ,
un médico especialista en malformaciones, que se interesó por su caso tras una
visita al circo en el que estaba. Le trató con cortesía y le hizo pruebas en el
hospital, aunque por desgracia, su enfermedad fue tratada como incurable y
devuelto al circo.
Su
odisea no había hecho más que empezar. Los espectáculos de seres deformes
empezaron a ser mal vistos y prohibidos, por lo que Joseph fue abandonado a su
suerte, cubierto con una gran capa y una capucha, consiguió regresar a Londres,
solo, sin familia, profesión, en un estado cercano a la locura.
Cuando estaban a punto de llevarle a un psiquiátrico, Joseph se acordó del
Doctor Treves, y dijo que le conocía. Treves, al ver las lágrimas de su antiguo
paciente y el estado en el que se encontraba, se lo llevó consigo al hospital, y
gracias a su tesón y su profesionalidad, obtuvo fondos para dar a Joseph un
hogar, su primera casa!.
Treves
propuso a Merrick estudiarlo mejor para tratar de desentrañar su extraordinaria
patología. "Si podemos conocer de qué se trata", razonaron juntos, "tal vez
encontremos una forma de solucionarla". El Hombre Elefante se mostró de acuerdo.
Menos de un mes más tarde, el 2 de diciembre de 1884, Treves presentó a Merrick,
desnudo, exhibiendo su horrible fealdad ante los conturbados miembros de la
Sociedad de Patología de Londres. Poco tiempo después, se realizó una segunda
exhibición ante los mismos médicos —esta vez sin la presencia del paciente—
donde Treves expuso los resultados de sus estudios y todos juntos debatieron
acerca de la naturaleza y pronóstico de la enfermedad y de las posibilidades
terapéuticas a aplicar. No tuvieron, como veremos, demasiado éxito.
Allí,
le hacían pruebas médicas, para poder mejorar su vida, pero no solo eso, médico
y paciente se hicieron amigos. Al conocer la naturaleza sensible y educada de
Joseph, su amigo pensó en que sería bueno que conociera a alguna mujer. Una
sencilla entrevista educada con una mujer, encargada de darle conversación y
cogerle la mano, desató a emoción de Joseph, rompiendo a llorar: era la primera
mujer que le tocaba, después de su madre.
Estos hechos, llegaron pronto a
conocimiento de la gente, llegando muchas solicitudes de mujeres para poder
visitar a un hombre tan sensible, siendo su invitada de honor la Princesa de
Gales, la cual le visitó en varias ocasiones, y le regaló una foto dedicada.
Consiguió cumplir además uno de sus sueños: estar en el campo, todo un mes de
vacaciones en una casita del bosque.
(imagen: tomografia computada del
craneo de cráneo de Merrick)
En
ese momento , cuando todo estaba por primera vez a su favor, sucedió lo peor: un
día le encontraron muerto en su cuarto. Parece ser que la causa de su muerte,
fue que se quedó dormido de pie, sobre la cama, en contra de su costumbre de
dormir tumbado sobre un lado, y por el peso de su cabeza, se inclinó, y se
desnucó.
Ni
siquiera hoy se sabe con exactitud que enfermedad tuvo Joseph Carey Merrick.
En un
párrafo de su autobiografía describe su apariencia así:
"Mi cráneo tiene una circunferencia de 91,44 cm., con una gran protuberancia
carnosa en la parte posterior del tamaño de una taza de desayuno. La otra parte
es, por describirla de alguna manera, una colección de colinas y valles, como si
la hubiesen amasado, mientras que mi rostro es una visión que ninguna persona
podría imaginar. La mano derecha tiene casi el tamaño y la forma de la pata
delantera de un elefante, midiendo más de 30 cm de circunferencia en la muñeca y
12 en uno de los dedos. El otro brazo con su mano no son más grandes que los de
una niña de diez años de edad, aunque bien proporcionados. Mis piernas y pies,
al igual que mi cuerpo, están cubiertos por una piel gruesa y con aspecto de
masilla, muy parecida a la de un elefante y casi del mismo color. De hecho,
nadie que no me haya visto creería que una cosa así pueda existir". El cráneo de
Joseph Merrick era holgadamente mayor que su cintura."
La siniestra madrastra que le
tocó en suerte fue peor que la más malvada de los cuentos infantiles.
Merrick se preocupa, en su autobiografía, en describir los tormentos a que
fue sometido por aquella mujer, que se entretuvo en abusar, durante años, de
un niño huérfano, gravemente enfermo y horriblemente discapacitado. El
nombre de la madrastra era Emma Wood Anthill, y se casó con el padre de
Joseph en 1874, al fallecer su madre biológica:
"Cuando yo tenía 13 años,
ella hizo todo lo posible para conseguir que yo saliera a buscar trabajo.
Obtuve un empleo en la fábrica de cigarros Freeman y trabajé allí por unos
dos años. Luego, mi mano derecha comenzó a crecer, hasta que se volvió tan
grande y pesada que ya no pude liar los cigarros, y tuve que irme. Ella me
mandó por toda la ciudad para buscar trabajo, pero nadie quería contratar a
un rengo deforme. Cuando volvía a casa para comer, ella solía decirme que
había estado vagando y no buscando empleo. Se mofó tanto de mí, se burló y
me despreció de tal manera, que dejé de regresar a casa a las horas de las
comidas. Allí me quedaba solo, en las calles, con el estómago vacío, con tal
de no regresar para soportar sus pullas.
De lo poco que yo comía, medias raciones y platos casi
vacíos, ella igualmente me decía: ´Es más de lo que te mereces. No te has
ganado esa comida´. Incapaz de encontrar empleo, mi padre me consiguió una
licencia de buhonero y comencé a recorrer las calles como vendedor ambulante
ofreciendo telas, géneros y pomada para zapatos. Al ver mi deformidad, la
gente ni siquiera me abría la puerta ni escuchaba mis ofertas. Como
consecuencia de mi enfermedad mi vida seguía siendo una miseria perpetua, de
modo que me escapé de
nuevo de mi casa e intenté salir a vender por mi propia cuenta. Para esos
tiempos mi deformidad había crecido a un grado tal que ni siquiera podía
recorrer la ciudad sin que las multitudes se reunieran a mi alrededor y me
siguieran por todas partes". Joseph tenía desde su nacimiento una deformidad
en la articulación de la cadera. Era para él muy difícil caminar incluso
sobre una superficie plana. Imagínese el tormento que debieron significar
para él los húmedos e irregulares empedrados del Londres victoriano,
perseguido por catervas de niños que lo golpeaban, insultaban y gritaban a
causa de su fealdad.