GEORGE
BRUMMEL
EL REY DE LA
ELEGANCIA |
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El Rey de la Elegancia
Es fácil
encontrar en cualquier ciudad de la llamada civilización occidental tiendas o
almacenes que llevan el nombre de Brummel. Asimismo existe multitud de perfumes,
en una u otra nación, que llevan este mismo nombre siempre relacionado, sea
perfumes como trajes, camisas, corbatas..., con la moda masculina. Hay quien
cree en la existencia de una empresa multinacional que extiende sus tentáculos
por todas partes. Pero nada más lejos de la realidad, pues el nombre deriva de
un hombre que en su día fue llamado el rey de la elegancia.
Se llamaba
George Brummel Era de origen más bien humilde, pues su padre había sido
secretario de lord North, lo que, le habìa permitido reunir una pequeña fortuna.
Su abuelo era confitero en Bury Street. A la muerte de su padre, el joven George
empezó a gastar la fortuna heredada comprando vestidos, finas camisas, corbatas,
sombreros, guantes y bastones. Todo se le iba en vestimenta.
Un día, en
una lechería de moda en el Green Park de Londres, mientras estaba hablando con
la propietaria entró el príncipe de Gales en compañía de la marquesa de
Salisbury.
El príncipe, que quería ser conocido como el primer caballero de Europa, miró
con admiración y no sin cierta envidia a Brummel, pues vio en él una impecable
corbata, un no menos impecable conjunto de casaca, chaleco y pantalón y unos
brillantes zapatos de punta afilada que se había puesto entonces de moda.
El príncipe
de Gales era gordo, y gastaba miles de libras en su vestimenta y los accesorios
correspondientes (se dice que se le iban cien mil libras al año en cosas de
vestir); como dato curioso, poseía, entre otras cosas, quinientos portamonedas.
Brummel era
alto, bien plantado e hizo tan buena impresión en el príncipe de Gales que éste
le convirtió en su amigo, lo cual llenó de estupor a la aristocracia londinense,
que vio cómo el nieto del confitero asistía a las íntimas reuniones
principescas. Por supuesto su elegancia llamó la atención y enseguida fue
copiada. Un detalle bastará para indicar la diferencia entre la elegancia
natural de Brummel y la de sus imitadores.
Un día uno
de éstos le dijo:
-Ayer, en
casa de la duquesa de X me hice notar por mi elegancia, todo el mundo lo
comentó.
-No os
hagáis ilusiones, la verdadera elegancia consiste en pasar inadvertido.
Infatuado
por su amistad con el príncipe de Gales y por su éxito social, Georges Brummel
se permitía impertinencias llenas de afectación y de insolencia. Así, por
ejemplo, un día le preguntaron:
-¿Dónde
cenasteis anoche?
-En casa de
un tal F; que presumiblemente quería que me fijase en él y le diese importancia.
Me encargó que me cuidase de las invitaciones, y las cursé a lord Alvanly,
Pierrepoint y otros. La cena fue estupenda, pero cuál fue mi sorpresa cuando vi
que el señor F. tenía la caradura de sentarse y cenar con nosotros.
Otro día,
en una visita que acababa de efectuar a los lagos del norte de Inglaterra,
alguien le preguntó cuál era el que le había gustado más. Con un afectado
bostezo, Brummel se dirigió a su criado:
-Robinson,
¿cuál es el lago que más me ha gustado?
-Me parece,
señor, que fue el lago de Windermere.
Y Brummel
se dirigió al preguntón y le dijo:
-Windermere... si esto lo satisface.
Tardaba más
de dos horas en vestirse, por lo que era
un
espectáculo al que asistían algunos selectos amigos. entre ellos el príncipe de
Gales. Su forma de ponerse la corbata era esperada por todos con ansiedad.
Recuérdese que las corbatas de entonces consistían en unas largas tiras de tela
que daban varias vueltas alrededor del cuello y se dejaban caer sobre el pecho
en forma negligente. Brummel se levantaba el cuello de la camisa, entonces de
proporciones considerables, hasta que casi le tapaba la cara y a continuación se
anudaba la corbata, cosa no muy sencilla al parecer por cuanto ensayaba diez,
quince v hasta veinte veces acertar con el nudo. Cada vez que fallaba, la
corbata era tirada al suelo y reemplazada por otra. Cuando por fin quedaba
satisfecho, Brummel miraba las corbatas desechadas y decía:
- ¡Hay que
ver cuántos errores se cometen!
Su vanidad
lo inducía a decir y cometer impertinencias, pero carecía del ingenio y el tacto
necesarios para ello. Ello fue su perdición.
Un día
estaban Brummel, el príncipe de Gales y unos amigos tomando café tras la cena y
en un momento dado el primero dijo al príncipe:
-Gales,
llama a un criado.
Aquel día
el príncipe debía de estar de mal' humor, pues cuando llamó al criado y lo tuvo
delante le dijo:
-El señor
Brummel se va, acompáñale hasta la puerta.
Éste fue el
principio del fin. Desprovisto del favor principesco, Bmmmel tuvo que afrontar a
sus acreedores, que se lanzaron como fieras sobre él Se dice que en diez años
había gastado más de un millón (un millón de aquella época), en corbatas,
pantalones y casacas. Sus muebles fueron subastados y tuvo que huir de
Inglaterra, dirigiéndose a Caíais, en Francia.
Allí vivió
un tiempo gracias a préstamos que sonsacaba de algunos ingleses que visitaban
Francia. Se levantaba a las nueve y, según su costumbre, tardaba dos horas en
vestirse. Salía a pasear como si estuviese en Londres y, acostumbrado a la buena
comida, se hacía servir una opípara cena. Pero la cosa no duró. Cada vez se iba
hundiendo más en un océano de deudas. Uno de sus antiguos amigos consiguió que
se lo nombrase cónsul de Inglaterra en Caen.
Aunque sus
ingresos eran modestos, continuó haciendo su vida de antes. Los acreedores
volvieron a surgir y se lanzaron sobre él cuando fue destituido de su cargo. No
pudo
comprarse más ropa. Un sastre de Caen, movido de compasión y de respeto por
quien había sido el rey de la elegancia. le arreglaba bien que mal y
gratuitamente los vestidos que le quedaban.
Parecía que
no podía caer más bajo, pero en mayo de 1835 fue detenido por deudas y conducido
a la cárcel. El duque de Beaufort y lord Alvanley se enteraron en Londres del
suceso y patrocinaron una suscripción para que recobrase la libertad.
Cuando
salió de la cárcel, Brummel ya no era ni una sombra de lo que había sido. Perdía
constantemente la memoria y se alojó en una pequeña habitación del hotel
Inglaterra, de tercera o cuarta clase. Allí pasaba horas enteras sin moverse de
su habitación. Un día una inglesa de la que no se conoce el nombre se presentó
en el hotel preguntando por Brummel y alquiló una habitación que daba a la
escalera para verlo pasar. Lo que vio fue un hombre de cara idiotizada, hablando
consigo mismo y vestido pobremente. Cuando el dueño del hotel subió a ver qué
quería la señora en cuestión se la encontró llorando sentada en un sillón.
Probablemente era una de tantas admiradoras que Bmmmel había tenido en Londres.
Su razón
fue declinando. Varias veces los ocupantes del hotel lo vieron requisar sillas
que trasladaba a su cuarto. Las ponía arrimadas a la pared. encendía unas velas
y solemnemente abría la puerta de su habitación mientras decía en alta voz:
-¡Su alteza
real el príncipe de Gales!... ¡Lady Conyngham!... ¡Lord Alvanley!... ¡Lady
Worcester!... ¡Gracias por haber venido!... ¡El duque de Beaufort!...
Indicaba a
cada uno de sus fantomáticos invitados la silla que les había destinado y luego
volvía a abrir la puerta y exclamaba con énfasis:
-¡Sir
George Brummel!
Y
despertando de su sueño delirante miraba las sillas vacías y se derrumbaba en el
suelo sollozando.
Murió en un
manicomio el 24 de marzo de 1840.
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