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AMOR ETERNO: Francisco Drummond, nació en
Dundee, una ciudad de Escocia en el año 1803. Fue hijo del Capitán Francis
Drummond y Chatarine Young. Su familia pertenecía a la elite de Forfar, sus
antepasados habían servido a la causa de la Casa de Bruce y también a la de
Stuart.
Además, tenían una tradición militar, tanto es así que su padre y sus
cuatro hermanos habían muerto en combate. En su juventud viajó a América, una
vez allí, se incorporó voluntariamente a las fuerzas del almirante Guillermo Brown. Aunque era muy apuesto y hacia suspirar a varias mujeres, Drummond tenía
ojos solamente para la hija del almirante Elisa, que tenía 17 años.
(imagen
izq.)
A
medida que las visitas de Drummond se incrementaron, el Almirante consintió que
los jóvenes mantengan el romance. Así, Francisco y Elisa solían pasear por los
álamos que adornaban el jardín de la casa de Brown. El amor que sentían uno por
el otro era tan transparente que con sólo mirarse se comunicaban. Apenas se
miraban. Él, orgulloso pero retraído en su respeto; ella, ansiosa aunque tímida
y recatada.
Brown
los miraba desde lejos y sonreía al verlos. Sin embargo, el tiempo de paz se
terminó y ambos militares debieron continuar con su carrera, partiendo hacia la
guerra con el Brasil. El capitán Drummond sería el comandante de una de las tres
naves argentinas que enfrentarían a dieciséis buques brasileños.
Su barco era el
Independencia. El saldo de la guerra que Argentina entablo con Brasil fue
desfavorable, la tensión entre ambos países había quedado latente en episodios
como la batalla de Ituzaingó.
Los
brasileros esperaban tener una revancha y se encarnizaron con este nuevo
enfrentamiento bélico. De esta manera, las tres naves patriotas se defendían
como podían, rodeadas por las dieciséis enemigas que vomitaban plomo y muerte.
Franciso Drummond se destaca en batalla, era un verdadero león sobre la cubierta
de su buque. Cuando en medio de un bombardeo se quedaron sin municiones,
Franciso ordenó cargar los cañones con eslabones de cadena, todo menos rendirse,
pensó. A pesar que los brasileros iban ganando, Drummond nunca dejo de dar
batalla, con un humo que enturbiaba el sitio y el futuro, una esquirla le
arrancó una oreja de cuajo a Francisco Drummond. Malherido no dejaba de dar
órdenes. Al presenciar que la vida de Drummond corria peligro, el almirante
Brown, desde otra nave, la Sarandí, le ordena mediante señales con banderas que
abandone el buque de inmediato, quemando antes su casco para que no cayera en
manos del enemigo.
Sin
embargo, Franciso continuó peleando, tomó un bote y, en medio del fragor de la
lucha, se abrió paso hasta el Sarandí para pedirle a su almirante más municiones
y su autorización para no abandonar la contienda. Al verlos las naves enemigas
descargan contra el pequeño bote todas las municiones, volando en pedazos la
embarcación.
Drummond herido de muerte es rescatado por sus compatriotas,
llevándolo a bordo del tercer navío argentino, el República. Allí es acostado en
la litera de Juan Coe, el joven capitán de ese buque. Drummond comprende que va
a morir y, con la mayor premura, cumple sus deberes heroicos. Pronuncia unas
palabras que evitan cuidadosamente la queja; entrega a su amigo, el capitán Coe,
el anillo nupcial para Elisa y alcanza a mantenerse vivo hasta la llegada del
propio almirante, en cuyos brazos muere.
Al
regreso, en febrero de 1827, el Almirante se encarga de dar la fatídica noticia
a la joven Elisa, la cual apretando con fuerza el anillo que su prometido le
dejó antes de morir, lo besará y se marchará en silencio, algunos dicen que
sufrió desde ese momentos una leve demencia. A Francisco lo velaron en la
comandancia de marina y lo enterraron con honores en el cementerio protestante.
Diez meses después, Elisa decidió vestirse con el traje de novia que había
bordado para su casamiento con Drummond, y se adentró en el río, quitándose la
vida. Después de este hecho fatídico, el Almirante Brown no pudo reponerse, de
tal manera que Guillermo Enrique Hudson lo vio muchos años después, vestido de
negro y parado en la puerta de su casa, mirando fijamente a la distancia. Le
pareció un fantasma. El jardín de la casa del almirante fue suplantado por la
plazoleta Elisa Brown, un modesto homenaje municipal.
Fuente Consultada: Crónica Loca de Víctor Suerio
y Espadas y Corazones de Balmaceda
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