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Existen
construcciones que han nacido para ser un símbolo, y el Empire State Building es
una de ellas. Y de tal manera es el símbolo de Nueva York que asume como propio
el nombre orgulloso: Estado imperial.
En
ese mismo lugar se levantaba anteriormente la Astor Mansion, la mansión
de los Astor, una dinastía industrial que resume en sí misma la historia
de capitalismo americano. Desde allí se decidía la suerte de millones de hombres
de todo el mundo. En los últimos años del siglo, en el lugar de la Astor
Mansion se construyó el Waldorf-Astoria Hotel, que se convirtió en el
lugar donde los entonces llamados “los Cuatrocientos de Nueva York”, se
encontraban, almorzaban, bailaban, presentaban en sociedad a sus hijas y
dirigían sus negocios. Era un hotel que estaba considerado a la sazón como
el más exclusivo, sofisticado y caro del mundo.
Pero
la auténtica vocación de esta parcela tan céntrica no podía ser otra que la de
albergar un centro de negocios. Por eso, cuando a fines de los años veinte el
Waldorf Astoria se trasladó a su sede actual de Park Avenue, el
camino para el Empire State Building estaba abierto.
Abierto, sí, pera con muchos obstáculos aun salvar. El rascacielos fue concebido
como símbolo de la América de los años de euforia: un país rico y esperanzado,
cuyos imites todavía estaban más allá del horizonte. Pero sucedió que mientras
el proyecto tomaba forma, América entraba en la “gran depresión”. Los capitales
eran escasos y a esta falta de dinero se unía la falta de confianza. Además, una
vez superados los obstáculos financieros, surgieron los problemas técnicos, que
eran enormes.
La
reglamentación urbanística ponía muchas limitaciones a la explotación del
terreno; por
ejemplo, en la Quinta Avenida sólo se podía construir hasta una
altura aproximada de 38 metros. La altura máxima sólo se podía alcanzar en el
centro de la superficie base, sobre poco más de una cuarta parte de la misma, y,
lo que era aún más restrictivo, el rascacielos debería adoptar la forma “en
escalones”, lo que por cierto se convertiría posteriormente en su característica
estética más perceptible. Por otra parte, la organización de la obra parecía a
primera vista imposible por falta de espacio, puesto que no se podían ocupar las
calles adyacentes. Y, por último, para ceñirse a los costos era imprescindible
acabar la obra al cabo de veinte meses de la colocación de la primera piedra.
Aun antes de nacer, el Empire State Building ya estaba abrumado de cargas
simbólicas.
Construirlo allí y entonces, significaba creer tenazmente en el destino de
América y en su capacidad de recuperación. Daba a entender también el medio con
el que la recuperación iba a conseguirse: la enorme capacidad técnica y
profesional del mecanismo productivo estadounidense.
El capital se consiguió recurriendo a las “columnas” del capitalismo americano:
a la General Motors Company, a través de su presidente John J.. Raskob,
y a la Du Pont de Nemours, en la persona de Pierre S. du Pont.
Para obtener el crédito se nombró presidente de la Empire State Inc. a Alfred
E. Smith, que fuera cuatro veces gobernador del Estado de Nueva York y
candidato a la presidencia por el partido democrático en 1928, el primer
católico que intentó la escalada a la Casa Blanca. Los problemas técnicos se
confiaron al estudio de arquitectura Shreve, Lamb & Harmon, señalando un
límite máximo: el edificio debía tener 36 millones de metros cúbicos, cifra
obtenida dividiendo la suma disponible por el coste aproximado de un pie cúbico
de construcción. Parece increíble, pero fue este simple cálculo lo que determinó
las dimensiones que tendría el edificio destinado a oficinas más grande del
mundo.
A
estos requisitos, los arquitectos añadieron otra condición que también era
limitante: el edificio debía ser bello. Esta condición no se vio cumplida. Pero
no fue por su culpa únicamente, pues cuando tras quince pruebas, la maqueta del
proyecto fue presentado a Raskob, su único comentario fue: “Lo que
necesita este edificio es un sombrero”; y el “sombrero” fue un pilar de amarre
para dirigibles, que se añadió a pesar de que lo proyectistas le advirtieron que
no serviría para nada. Pero nadie pretendía tampoco que el State Building
figurara en los manuales de historia de la arquitectura.
La
exigencias técnicas que se hicieron a lo proyectistas fueron respetadas
rigurosamente, incluso superadas. Hasta se consiguió sin resultado que sin duda
es único en los anales de la arquitectura de todos los tiempos: la construcción
costó mucho menos de lo previsto (40.948.900 dólares frente a un presupuesto de
50.000.000 de dólares), fue así a pesar de las ampliaciones de proyecto que se
decidieron en el curso de la obra.
En su versión original, el rascacielos era sólo un poco más elevado que su
predecesor neoyorkino, el Chrysler Building. Pero el “sombrero” encargado
por Raskob, aunque disminuye su estética (y además demostró ser totalmente
inútil para la misión a la que se destinaba), aumentaba considerablemente su
altura. Sin duda fue con este fin que el presidente de la General Motors lo
había deseado tanto, ya que, gracias al añadirlo, el Empire State Building
fue, durante más de cuarenta años, el rascacielos más alto del mundo. Incluso
contribuiría a crear la leyenda de que el Building podía ser considerado como la
“octava maravilla del mundo”.
Por
razones de costo, era taxativo no superar los límites de tiempo prefijados:
veinte meses. Y por último, era necesario trazar un rigurosísimo ritmo de
trabajo por parte de los suministradores, para que todo el material llegase
exactamente en el orden y en el momento previstos.el retraso de un solo día en
la ejecución de las obras significaría que decenas de camiones cargados de
material, procedentes de las fábricas y de los depósitos, no hubieran encontrado
sitio para descargar.
Afortunadamente, tanto los arquitectos como los contratistas americanos no se
sentían brumados en este campo. Lo inusitado era la “escala” en que fue preciso
actuar. Únicamente para las estructuras se necesitaban 60.000 toneladas de
acero, con las que hubiera podido construir un ferrocarril de doble vía de Nueva
York a Baltimore, y diez mil toneladas de ladrillos, lo suficiente para un
discreto barrio residencial. Las instalaciones suponían más complicado , 5.600
km. de cables telefónicos y telégrafos para el servicio de 18.000 teléfonos; 73
ascensores (más que en ningún edificio de Nueva York); instalaciones para aire
acondicionado (situadas en los sótanos de edificio), capaces de cambiar
totalmente el aire del edificio seis veces en una hora; y tuberías a el agua, la
energía eléctrica y las instalaciones higiénicas.
Y pese a tantas exigencias el rascacielos se construyó a una velocidad
increíble.
Las
etapas fueron las siguientes: a mediados de octubre de 1929 se demolió el viejo
Waldorf-Astoria hasta los cimientos y en febrero 1930 se llevó a cabo la
remoción de los cimientos del hotel; la primera piedra fue lacada el 17 de marzo
de 1930; el 7 de abril se colocaron las primeras columnas acero de la sección
principal; se llega al octavo piso en mayo de 1930; a mediados de junio al
vigésimo piso; a mediados de julio al piso cuarenta y al sesenta a mediados de
agosto. A mediados de noviembre la construcción en acero está acabada, casi
todos los muros de taponamiento están realizados y se inician los acabados. El
día 1 de mayo de 1931 el rascacielos se dio por terminado: un año y veinte días
después de la colocación de las primeras columnas, o sea siete meses antes del
limite prefijado. Y eso con una semana laboral de cinco días.
Es
una empresa que sólo con evocarla ya se la exalta: en efecto, la media alcanzada
de un piso por jornada laboral, que se logró en el verano de 1930, había de ser
durante años una meta inalcanzable en este tipo de edificios. Este alarde fue
posible, sobre todo, gracias a tres hechos irrebatibles: la tecnología,
desarrollada por los arquitectos americanos, de la construcción en esqueleto de
acero; un cuidadoso estudio de la organización de la obra y de los suministros;
y la puesta a punto, por parte de Shreve, Lamb & Harmon, de una técnica
completamente inédita de la distribución de los materiales.
Al
contrario de lo que sucede en Europa y en América del Sur, donde el material
clásico para la construcción moderna es el cemento armado, en los Estados Unidos
toda la estructura del edificio se realiza con elementos de acero. Es decir, con
elementos que llegan al pie de la obra perfectamente acabados y que sólo
necesitan el montaje “en seco”, como dicen los técnicos: un montaje muy rápido y
ajeno casi por completo a las condiciones atmosféricas (hielo y humedad), además
de ser manejable con tiempos exactamente previsibles.
La
parte subterránea, de una profundidad de varios pisos, comprende los cimientos
una inmensa plataforma de una altura correspondiente a dos pisos del edificio),
las instalaciones técnicas (aire acondicionado, maquinaria de los ascensores,
depósitos, etc.) y el primer nivel “habitado”, el llamado “Concourse”,
que es un gran bloque subterráneo dispuesto recientemente como lugar de tiendas
y de oficinas después de haber sido casi una “ciudad fantasma” durante 36 años.
(A pesar .de que el Empire State Building haya demostrado ser una buena
inversión desde un principio, no se ha utilizado toda la zona disponible hasta
ahora). En el “Concourse” se compran también las entradas para visitar el
edificio, lo que hacen todos los años casi un millón de personas.
El
vestíbulo, en la planta baja, es el nivel más “representativo”. De una
altura de tres pisos, está decorado con hermosos mármoles procedentes de Italia,
Francia, Bélgica y Alemania, muy bien elegidos; en un cáso fue necesario excavar
todo un filón para encontrar el color y el grano necesarios. En este lugar se
encuentran los grandes paneles que reproducen las “siete maravillas del mundo”,
a las que ellos añaden la octava, que es el Empire State Building.
Unos
pocos pisos más arriba, el edificio se estrecha bruscamente, limitándose a la
parte central del área: es aquí donde empieza la vertiginosa escalada hacia el
cielo, que concluirá unos centenares de metros más arriba. Y decenas y decenas
de pisos para oficinas, todos iguales (por lo menos exteriormente), hasta llegar
a otro estrechamiento, en el piso 86, que corresponde al observatorio: una zona
totalmente encristalada, a 320 metros de altura, con calefacción en invierno y
refrigeración en verano y que permite observar el horizonte desde todos vientos
son fuertes y las condiciones atmosféricas un tanto extrañas: no es raro, en los
días de mal tiempo, ver cómo la lluvia o la nieve caen hacia arriba” a causa de
las corrientes ascensionales. A veces la lluvia adquiere hasta un color rosado.
Cuando el viento es muy fuerte, la presión que ejerce sobre la inmensa “vela”
que representa la fachada del edificio es colosal.

A
pesar de ello, pruebas muy rigurosas, efectuadas con un giroscopio muy sensible,
han demostrado que el edificio no se desplaza más de un cuarto de pulgada del
eje vertical, incluso bajo vientos huracanados. La solidez del Empire State
Building es proverbial: el 28 de julio de .1945, un bombardero B-25 de la
USAF se estrelló contra las estructuras del edificio, a la altura del piso 79,
quedando el avión completamente destrozado y sufriendo el rascacielos sólo daños
sin importancia. Y no sólo es notable su solidez, sino también su flexibilidad.
El
pilar primitivo de amarre para dirigibles (el “sombrero” de Raskob), nunca
utilizado como tal, se ha transformado fácilmente en una de las mayores
concentraciones de telecomunicación del mundo: desde su altura emiten nueve
estaciones de televisión y once estaciones de frecuencia modulada.
Quizás el mayor elogio que se pueda hacer al Empire State Building sea
decir que después de casi ochenta años de su construcción, resulta más funcional
que nunca. Pero aún hay más: es una parte viva, ineludible, de la ciudad y de la
historia de la técnica arquitectónica. Ya no es el rascacielos más alto del
mundo, ni siquiera el más alto de Nueva York, primacía que le han arrebatado,
durante su existencia, las dos torres gemelas de World Trade Center.
Empire State Building es el símbolo de una ciudad, de una época, de una
técnica: en definitiva, es el resultado de una epopeya.
Fuente Consultada:
Enciclopedia de las Maravillas del Mundo Tomo II
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