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Los
egipcios, los babilonios, los caldeos, los griegos y los romanos hicieron las
primeras contribuciones a la ciencia y la investigación científica. Pero las
grandes migraciones del siglo IV destruyeron el mundo clásico en el Mediterráneo
y la Iglesia cristiana, más interesada en la vida del alma que en la del cuerpo,
consideraba que la ciencia era una manifestación de arrogancia humana que
pretendía inmiscuirse en asuntos divinos, que pertenecían al reino de Dios, y
que, por tanto, estaba relacionada con los siete pecados capitales.
El
Renacimiento comenzó a destruir el muro de prejuicios medievales. Sin embargo,
la época de la Reforma, que había acabado con el Renacimiento a principios del
siglo XVI, fue hostil a los ideales de la «nueva civilización» y otra vez los
científicos se vieron amenazados con castigos terribles si osaban traspasarlos
reducidos límites del conocimiento establecidos por las Sagradas Escrituras.
El
mundo está lleno de estatuas de grandes generales montados a caballo, que
conducen a sus valientes soldados a victorias gloriosas. En cambio, a los
científicos se los honra con modestas placas de mármol que señalan el lugar
donde nacieron o donde descansan en paz. Quizá dentro de mil años, las cosas se
hagan de otra manera y los jóvenes de esa feliz época sepan del espléndido
coraje y la devoción casi inconcebible que sentían por su deber los pioneros del
conocimiento abstracto, que hicieron posible el mundo moderno.
Muchos de los primeros científicos vivieron en la pobreza, fueron despreciados y
humillados. Habitaron en cuchitriles y murieron en mazmorras. No se atrevían a
poner su nombre en la portada de sus libros, que no podían publicar en su tierra
natal y enviaban a alguna imprenta secreta situada en Amsterdam o Haarlem.
Estaban expuestos a la amarga enemistad de la Iglesia, católica o protestante, y
se les dedicaban sermones interminable que conminaban a los parroquianos a la
violencia en contra de aquellos «herejes».
Iban
en busca de asilo. Se refugiaban en los Países Bajos, donde había un mayor
espíritu de tolerancia. Allí las autoridades, aunque no veían buenos ojos las
investigaciones científicas, no querían actuar contra la libertad de
pensamiento. Así que el país se convirtió en refugio intelectual c1 filósofos,
matemáticos y físicos franceses, ingleses y alemanes que llegaban en busca de
un poco de tranquilidad y una bocanada de aire fresco.
Roger Bacon, el gran genio del siglo XIII,
se le prohibió durante años escribir una sola palabra si no quería tener
problemas con las autoridades eclesiásticas. Quinientos años más tarde, los
redactores de la gran
Enciclopedia filosófica estuvieron bajo supervisión
continua de la gendarmería francesa. Cien años más tarde, en los púlpitos, se
tildaba a Darwin de enemigo de la especie humana por cuestionarse la historia de
la creación que aparecía en la Biblia. Incluso hoy, en algunos lugares, se sigue
persiguiendo a quienes se aventuran por los caminos desconocidos del reino de la
ciencia. En este mismo instante seguro que en alguna parte del mundo hay
un orador que afirma con vehmencia que el gran naturalista inglés se equivocaba
y advierte a sus oyentes de la «amenaza del darwinismo».
Claro
que estas anécdotas no dejan de ser menudeces. Lo que se tiene que hacer siempre
se acaba haciendo, y quienes condenaban a los que tenían visión de futuro y los
llamaban «idealistas» luego se aprovecharon como todo el mundo de sus
descubrimientos y sus invenciones.
En el
siglo XVII, los científicos todavía se decantaban por el estudio por los cielos y
la posición del planeta Tierra en el sistema solar. La Iglesia reprobaba
aquella indecente excentricidad y Copérnico, que fue el primero en probar que en
el centro del universo se hallaba el Sol y no la Tierra, no publicó sus trabajos
hasta el día de su muerte. Galileo pasó gran parte de su vida bajo supervisión de
las autoridades eclesiásticas, pero aun así usó el telescopio y dejó a Isaac
Newton gran cantidad de observaciones prácticas, que ayudaron enormemente al
matemático inglés a fijarse en el interesante hábito que tienen los objetos de
caer al suelo y le permitió estableció la ley de la gravitación universal.
Con
aquel descubrimiento se interrumpió temporalmente el interés por los cielos y
los científicos se centraron en el estudio de la Tierra. En la segunda mitad del
siglo XVII, Anton van Leeuwenhoek inventó el microscopio y se pudo empezar a
examinar los seres microscópicos responsables entre otras cosas, de tantas
enfermedades. Gracias a aquel invento se sentaron las bases de la «
bacteriología», que desde entonces ha liberado a la
humanidad de muchas dolencias causadas por organismos diminutos. El microscopio
también posibilitó que los geólogos analizaran más detalladamente las rocas y
los fósiles (plantas y animales prehistóricos petrificados) y llegaran a la
conclusión de que la Tierra era mucho más antigua de lo que se decía en el libro
del Génesis. En 1830, sir Charles Lyell publicó sus Principios de geología,
donde negaba la creación bíblica y narraba la historia, mucho más apasionante,
del desarrollo gradual del planeta.
Al
mismo tiempo, el marqués de Laplace trabajaba en una nueva teoría de la creación
en la que anunciaba que la Tierra sólo era un lunar en el mar nebuloso del que
había surgido el sistema solar. Con ayuda del espectroscopio, Bunsen y Kirchhoff
estudiaron la composición de las estrellas y del Sol, cuyas curiosas manchas
habían sido advertidas por Galileo.
Tras
una cruenta batalla con las autoridades católicas y protestantes, los
anatomistas y los fisiólogos obtuvieron permiso para diseccionar cuerpos y así
pudieron sustituir las invenciones de los curanderos medievales por el
conocimiento empírico de nuestros órganos y su manera de funcionar.
Las
diferentes ramas de la ciencia progresaron más en una sola generación (entre
1810 y 1840) que en los cientos de miles de años que habían pasado desde que el
ser humano miró las estrellas por primera vez y se preguntó qué eran. Debió de
ser una época difícil para las personas educadas en el viejo sistema. Creo que
podemos entender el odio que sentían hacia hombres como Lamarck y Darwin que,
aunque no llegaron a decirles que «descendían del mono» —lo cual habría sido un
gran insulto para la gente de aquella época—, sí sugirieron que la orgullosa
especie humana era el producto de la evolución de una serie de seres cuyo árbol
genealógico empezaba con las medusas que fueron las primeras en habitar nuestro
planeta.
La
clase media acomodada, que dominaba el siglo XIX, estaba dispuesta a usar el
gas, la electricidad y todas las aplicaciones prácticas de los grandes
descubrimientos científicos, pero aun así el mero investigador, el «científico
teórico» sin el cual no habría sido posible el progreso, continuó sufriendo de
la desconfianza de la gente hasta el siglo XX. Finalmente su trabajo fue
reconocido y las personas ricas, que en épocas pasadas habrían donado dinero
para la construcción de una catedral, hoy financian laboratorios donde los
científicos luchan contra los enemigos ocultos de la humanidad y a menudo
dedican la vida a la investigación para que las generaciones futuras gocen de
mejor salud.
En el
siglo XX se comprobó que las enfermedades que nuestros antepasados consideraban
«actos de Dios» en realidad eran consecuencia de la ignorancia y la negligencia
humanas. Al principio del siglo XX, todos los niños occidentales sabían que
tenían que vigilar qué agua bebían para no contraerla fiebre tifoidea. Pero
tuvieron que pasar muchos años hasta que la gente entendiera que debía prevenir
las infecciones. Actualmente pocas personas temen ir al dentista. Gracias a que
conocemos los microbios que viven en nuestra boca y las maneras de combatirlos,
ahora ya no tenemos tantas caries.
Y si nos tienen que quitar una muela, la
anestesia nos evita el dolor. En 1846, cuando los periódicos publicaron que en
Estados Unidos se había llevado a cabo una operación «sin dolor», en Europa la
gente se llevó las manos a la cabeza. Les parecía que escapar al dolor que hacía
iguales a todos los mortales era ir en contra de la voluntad de Dios y pasó
mucho tiempo antes de que el éter y el cloroformo se usaran de manera general.
Sin
embargo, ganó el progreso. La brecha abierta en los antiguos muros del prejuicio
era cada vez mayor y, con el paso del tiempo, los ladrillos de la ignorancia
cayeron uno a uno. Los ardientes cruzados del nuevo y feliz orden social se
abrieron paso, pero, de repente, se encontraron ante un nuevo obstáculo. De las
ruinas de un pasado lejano había emergido una ciudadela reaccionaria y millones
de personas tuvieron que dar la vida para acabar con aquel último bastión.
Fuente Consultada: La Historia de la
Humanidad de Hendrik Willem van Loon
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