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El hombre que
nunca existió
El cadáver sobre la playa de Huelva no
significaba mucho para el pescador español que lo había cogido del mar
con la red. Después de todo, corría el mes de abril de 1943, y la
segunda guerra Mundial había aportado un flujo continuo de cadáveres
como consecuencia de accidentes aéreos y buques hundidos en el
Atlántico.
Pero este cadáver era diferente, porque pertenecía al hombre
que nunca existió. Muchos soldados aliados viven aún hoy gracias a la
manera en que engañó a los alemanes.
Los aliados acababan de expulsar a los
nazis del norte de África y, según las palabras de Winston Churchill,
«nadie sino un condenado imbécil» debía saber que Sicilia seria el
objetivo para la invasión aliada. De una forma u otra, los aliados
tenían que engañar a Hitler, induciéndole a pensar de otra manera. La
solución, ideada por el departamento confidencial del ministerio de
marina, era brillante: había que hacer llegar a los nazis documentos que
nunca esperaran obtener, y de una manera que jamás pudiera hacerles
sospechar en una conspiración... Un correo diplomático volaría al norte
de África con instrucciones escritas para los vencedores jefes aliados.
Su avión se estrellaría, y él y los
documentos aparecerían, arrastrados por el mar, en las costas españolas.
A pesar de que el gobierno de Franco era nominalmente neutral, tenía una
fuerte simpatía por los alemanes, y había suficientes agentes nazis en
el país como para que los aliados confiaran en que cualquier documento
británico llegaría rápidamente a Berlín. Era innecesario preparar un
verdadero accidente aéreo. De todas formas, los aviones perdidos en el
mar con frecuencia no dejan restos superficiales. En lugar de eso, el
cadáver seria dejado en el mar por un submarino, a las afueras de la
costa española. Obtener los documentos falsos era fácil. Primero, el
general sir Archibald Nye, vicejefe del estado mayor general, escribió
al general Alexander, comandante del 8vo. Ejército, «revelando» los
planes para asaltar el cabo Araxos, en Grecia.
Luego, el almirante, lord Louís
Mountbatten, escribió al general Eisenhower, comandante supremo del
norte de África, y a sir Andrew Cunningham, almirante de la flota,
haciendo bromas acerca de las sardinas, para hacer pensar a los nazis en
Cerdeña; en su «carta», Mountbatten también presentaba al correo
diplomático como un Pero el verdadero problema era encontrar un correo
diplomático muerto y hacerlo parecer plausible para los alemanes. Se
decidió que el hombre debería tener unos treinta años y debería parecer
que realmente había sido víctima de un accidente aéreo en el mar.
Finalmente se encontró el cadáver de un hombre de la edad correcta y que
había muerto de neumonía por exposición al frío.
Sus padres aceptaron permitir que se usara
a su hijo con la condición de que recibiera un entierro apropiado y que
nunca se revelara su identidad. Así, el equipo del ministerio de marina
emprendió la tarea de crear una nueva identidad para su hombre. Lo
convirtieron en un marino y lo nombraron capitán (mayor suplente William
Martin, porque había varios Martin en la infantería de marina. Lo
inscribieron como nacido en Cardiff en 1907 y le asignaron la cartilla
de identidad Nro. 148228. Para explicar el porqué la cartilla parecía
tan nueva, le agregaron una línea manuscrita que versaba: provista en
lugar del n0 09650, perdida. Entonces, agregaron algunos matices al
personaje que habían creado.
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En la cartera tenía un billete de 5 libras
y tres billetes de 1 libra. En los bolsillos del pantalón habían 5
chelines y 10 peniques de calderilla; un paquete de cigarrillos, una
caja de cerillas, un lápiz corto, dos billetes de autobús usados y un
manojo de llaves; un recibo de la cuenta por una noche en el Club naval
y militaren el Piccadilly londinense, y los talones de dos localidades
de teatro. Para darle una vida privada al mayor Martin, una muchacha del
ministerio de marina le escribió dos cartas como si fuera su novia.
Estas, junto con una instantánea de la chica y una cuenta de un anillo
de compromiso por 53 libras, estaban en sus bolsillos.
Así también, había una carta de su
«padre», escrita desde Gales del Norte, donde la noticia del compromiso
de su hijo era vista con poco entusiasmo. El toque final era una carta
del Banco Lloyds, instando a la acción inmediata sobre un saldo deudor
por 79 libras, y una nota de una firma de abogados acusando recibo de
sus instrucciones. Ya estaba todo dispuesto para la entrega del
mensajero muerto, El cuerpo fue sacado del depósito de cadáveres, se le
puso el uniforme y un chaleco salvavidas. Sus efectos personales fueron
empacados y los documentos oficiales, dentro de una cartera, atados a
una de sus muñecas. Finalmente se le introdujo en un recipiente de hielo
seco, y dos hombres partieron con el cuerpo para realizar un largo
trayecto nocturno hacia Greenock, Escocia, donde el submarino Seraph
estaba esperando para partir hacia Malta.
En esta etapa de la operación. el único
que conocía el secreto era el oficial que comandaba el submarino. Cuando
subió a bordo el enorme bul Después de diez días de navegación, el
Seraph emergió al sur de la costa española, el 30 de abril, a las 4.30
de la mañana. Un grupo de oficiales seleccionados, que se enteraron a
último momento de la verdadera naturaleza del cargamento, acarrearon el
bulto sobre la cubierta, mientras sobre el mar calmo se arremolinaban
vestigios de niebla. Sacaron al mayor Martin, inflaron su chaleco
salvavidas y lo deslizaron suavemente hacia el agua, a una milla de
distancia de la ría de Huelva. Detrás de él, lanzaron una lancha
neumática y un remo para agregar evidencias de un accidente aéreo. El
plan no podría haber funcionado mejor. El pescador informó del hallazgo
esa misma mañana, y el cadáver fue entregado a la patrulla naval
española. Las noticias de la «tragedia» llegaron rápidamente a la
embajada británica en Madrid, junto con los efectos personales del
mayor.
Pero no se dijo ni una palabra de los
documentos. Para su devolución fue necesario enviar una alarmada demanda
formal desde Londres, antes de que los remitieran el 13 de mayo, y para
entonces ya habían cumplido su misión. Los análisis científicos
comprobaron que los sobres habían sido abiertos y, después de la guerra,
los documentos nazis demostraron que las cartas habían sido estudiadas
al más alto nivel, convenciendo incluso a Hitler de que el ataque de los
aliados se produciría sobre Grecia y Cerdeña.
El alto mando alemán distribuyó sus
fuerzas, listas —como ellos pensaban— para sorprender a los invasores.
Pero fueron los alemanes los que sufrieron el shock cuando los aliados
tomaron por asalto Sicilia y se encontraron sólo con la oposición de una
división italiana y dos alemanas. La invasión fue un éxito: las pérdidas
en las playas fueron mucho más bajas de lo esperado y se había
conseguido abrir un camino hacia Europa, vía Italia. Pero el héroe del
momento era un hombre que no sabia nada del asunto. El hombre que nunca
existió. El hombre que fue enterrado con todos los honores militares en
Huelva, por la misma gente que le había ayudado, inconscientemente, a
embaucar a Hitler. |