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Detrás del trabajo de un
astronauta hay meses de entrenamiento, pero también miedos, posibles secuelas y
un salario exiguo.
Así es su vida íntima en el espacio

Meses
de entrenamiento, bajón emocional, preparación psicológica para cualquier
adversidad, aislamiento del resto del mundo, falta de reconocimiento económico,
emociones fuertes, miedo... Así son la vida y las emociones de un astronauta
antes de dejar la Tierra y después de volver a ella. El viaje al espacio es una
experiencia tan cargada de adrenalina como de temores.
Todos sabemos cuál es la
misión de un astronauta cuando deja este planeta, ¿pero cómo vive una
experiencia por la que pocas personas en el mundo han pasado? ¿Cuál es la carga
emocional y económica para su familia? ¿Sufren los astronautas secuelas físicas
o psicológicas después de las misiones espaciales? ¿Reciben sueldos millonarios?
Al
regresar a la Tierra, muchos tardan semanas en recuperarse. La labor que
desarrollaron en el espacio es hasta tal punto estresante que volver a casa trae
consigo una sensación de relajación que puede llegar a desembocar en una
enfermedad.
Durante el viaje espacial, estos científicos son mas que nunca
dueños de cada uno de sus movimientos. Si algo sale mal, desde aquí abajo sólo
pueden recibir consejos; las decisiones finales son exclusivamente de ellos. Por
eso, muchos dicen que la vuelta a casa trae consigo una desorientación total en
el plano fisiológico y una sensación de cansancio y abatimiento absolutos.
(Foto estación
espacial rusa Salyut,
lanzada en 1971)
• Científicos hechos de una
materia especial
Embarcarse
en un vuelo espacial, sobre todo los de larga duración a bordo de la Estación
Espacial Internacional, no es algo sencillo, aunque sí muy demandado por los
científicos. Hay que estar hecho de una pasta especial para que el cuerpo
soporte semejante impacto. En el “automóvil” en el que se viaja no se pueden
abrir las ventanillas. A veces hay muy malos olores por la desgasificación de
algunos objetos con los cambios de temperaturas y presión; puede hacer mucho
frío o mucho calor, y el ruido es muy alto y constante, ocasionado por el
zumbido de los ventiladores, el aire acondicionado, los filtros y el timbre de
los teléfonos.
Hay un nuevo amanecer cada 90 minutos, lo cual es maravilloso,
pero 16 de ellos por día son capaces de enloquecer cualquier biorritmo. Así es
este viaje, sin duda fantástico, pero también lleno de inconvenientes. Las
náuseas son una constante, especialmente al ponerse en órbita, y el sencillo
acto de ir al baño en casa se convierte en toda una odisea en la nave. El
procedimiento funciona como un acoplamiento en órbita entre dos vehículos
espaciales, dentro de los cuales debe haber un encaje perfecto. “El baño es muy
bueno —escribió el astronauta Michael Foale refiriéndose a la difunta estación
espacial rusa Mir—, pero me lleva entre 15 y 20 minutos de principio a fin. Es
mucho tiempo”.
Dentro de la nave no hay arriba ni abajo. Todo flota, hasta los seres humanos,
así que hay que tener mucho cuidado de no chocar contra partes vitales del
aparato o contra los propios experimentos científicos. Por todo esto, es
necesario estar preparado para el viaje al espacio. Meses de entrenamiento y
algunos días de incomunicación con el exterior para evitar enfermedades son
clave antes de lanzarse al vacío, y a un viaje que, para muchos, ha sido sin
retorno. Y eso pesa en las mentes de los astronautas.
• Se seleccionan personas que no
tengan claustrofobia
Los
ejercicios preparatorios son muy intensos y la salud debe ser de hierro. Por
eso, para el viaje espacial se seleccionan personas que no sean propensas a
sufrir enfermedades ni tengan claustrofobia. Por tal motivo, el círculo de
candidatos se reduce bastante con estas condiciones. El gran sueño de muchos
astronautas es que algún científico llegue a inventar un sistema o medicina que
impida los mareos y la sensación de desorientación durante las primeras seis u
ocho horas de vuelo, las más peligrosas del viaje, y a las que acompaña una
insoportable tensión ante un riesgo de explosión.
¿Pero
qué ocurriría si uno de los tripulantes contrajera una enfermedad durante el
tiempo que está en el espacio? Unos ocho días previos de aislamiento ponen a los
tripulantes a salvo de cualquier enfermedad contagiosa. El acercamiento a ellos
sólo está permitido tomando ciertas medidas de seguridad, como vestirse con unos
trajes apropiados y cubrirse la boca con una mascarilla. Las revisiones médicas
son frecuentes. No obstante, hay todo tipo de medicinas a bordo, además de un
desfibrilador, un aparato para medir la presión y conexión directa con un
médico, disponible las 24 horas, que está en la Tierra.
• La convivencia prolongada puede
ocasionar tensiones
“No
importa con quién esté volando, podría ser su mejor amigo, pero va a haber
momentos en que estarán a punto de ahorcarse el uno al otro”, dijo el astronauta
Daniel Bursch en 2002 al terminar su estancia de 194 días en el espacio. “Cuando
eso sucede, uno tiene que irse a hacer ejercicio, dedicarse a un hobby o ponerse
a trabajar’. La convivencia es otro de los problemas. Espacio reducido suele ser
sinónimo de tensión con el compañero; por eso, los estudios psicológicos sobre
la personalidad y la cultura de los tripulantes son de gran ayuda en la
convivencia. Tanto la NASA como la ESA tienen mucho cuidado de que sus
astronautas sean personas de carácter afable. Durante los meses de entrenamiento
se van conociendo y estrechando el espacio que los separa. De hecho, uno de los
grandes problemas de los asiáticos es que necesitan mucho espacio entre ellos y
su interlocutor algo que en un vuelo espacial es imposible. Por eso, la
convivencia previa es imprescindible.
Pero
lo que es especialmente duro para la mayoría de los pioneros del espacio son las
semanas o meses que viven alejados de los seres queridos. “Dile a la pequeña
Jenna que la amo y que lloré cuando leí que ella creyó que me había convertido
en una estrella» escribió Michael Foale a su esposa en un correo electrónico
desde la Mir. “Cada vez que recibo un correo tuyo es como si fuera un regalo o
un trozo de chocolate que me moría por comer. A propósito de chocolate, aquí
tenemos, pero no nos dura nada, y el vehículo de carga Progress aún tardará un
mes en llegar... Siempre que miro por la ventana trato de pensar en lo que está
haciendo la gente sobre los lugares por los que pasamos".
• Hoy han mejorado las
comunicaciones con la Tierra
Las
comunicaciones con el espacio han sido tradicionalmente difíciles. Antes había
que esperar a que la estación pasara sobre una serie de antenas terrestres y
satélites para enviar o recibir información. Hoy es posible hablar virtualmente
con Control de Misiones a cualquier hora, y también es posible usar el sistema
de radioaficionado, que ahora es muy popular entre los astronautas. De todas
maneras, como en la Tierra, a veces las comunicaciones fallan, y es entonces
cuando sobrevienen las mayores frustraciones.
Por
si fuera poco, cuando es posible hablar en tiempo real hay que hacerlo ante los
oídos de la gente de Control de Misiones, una falta de privacidad que ha sido
criticada duramente por los astronautas. Otro tema que está siendo evaluado es
el hecho de comunicar o no malas noticias familiares. El consenso parece ser no
hacerlo si se trata de un vuelo corto en el transbordador, pero sí si se
encuentran en una misión de larga duración.
El
correo electrónico parece ser el sistema más aceptado por los astronautas para
comunicarse. Y es que hasta la inmensidad del espacio es capaz de llegar uno de
ellos con la fotografía de un hijo, una esposa o un mensaje de alegría. Y todo
sin que -al menos en teoría— nadie sea testigo de sus conversaciones. Por correo
electrónico un astronauta puede recibir, por ejemplo, noticias sobre la tarea
encomendada a un amigo para que cuide de su familia. Porque tanto la NASA como
la ESA encargan a un compañero muy allegado al astronauta su atención durante su
ausencia. Esa persona tiene asignado un trabajo con horario mientras su amigo
está en el espacio: ocuparse de todo lo que su familia pueda necesitar, desde
apoyo moral hasta mediar con los doctores del colegio de los chicos o arreglar
un enchufe que no funciona.
• No se pueden demostrar
públicamente debilidades
La
psicología y el comportamiento humano en órbita es un asunto espinoso, sobre
todo para la NASA. La herencia del piloto de pruebas “macho y duro» con la que
nacieron los primeros astronautas dificulta que éstos puedan mostrar alguna
debilidad públicamente. Hacerlo sería admitir que no están preparados
convenientemente. “Yo vivía aterrado todo el tiempo con la idea de que me iba a
dar un ataque de apendicitis o que me iban a doler los dientes. Una noche lo
soñé tan vivamente que amanecí con dolor de muelas por apretar las mandíbulas»,
dice el cosmonauta Valery Ryumin.
Otro
problema poco estudiado es el de los efectos del profundo aislamiento. Algunos
estudios de la Annada estadounidense demostraron las reacciones psicológicas de
los científicos y personal desplegado durante el invierno en posiciones
aisladas, como las bases en la Antártida. Son situaciones emocionalmente
parecidas a las de un vuelo espacial de larga duración. Muchos sufrieron
problemas nerviosos. Otros se volvieron esquizofrénicos. Estar separado del
resto del mundo dentro de un ambiente difícil es complicado. No siempre hay
ayuda inmediata y tampoco noticias frescas. Las cosas se rompen. Los compañeros
se hacen antipáticos. La comida deshidratada se vuelve aburrida. La motivación
comienza a flaquear.
En
efecto, la palabra comida, por ejemplo, se asocia con algo muy poco placentero
en el espacio. Durante los primeros años de la carrera espacial, los médicos no
se ponían de acuerdo sobre si se podía o no tragar comida en ingravidez. Rusia
empezó a fabricar alimentos y a envasar-los en algo parecido a un tubo de pasta
de dientes, mientras que en EE.UU. se utilizaba algo similar a una pastilla de
caldo que se tragaba después de mojarla en agua. Los astronautas protestaron y
la comida cambió un poco. Ahora se utilizan, sobre todo, latas de comida —se
abren con abrelatas normales— que previamente se han metido en cámaras de baja
presión para evitar que revienten. También se recurre mucho a los alimentos
deshidratados y la bebida siempre se ingiere desde una bolsa y por un sorbete.
Pero aunque la comida no es muy suculenta, se trata del aspecto menos
desagradable. De hecho, en la nave hay otros muchos detalles que pueden llevar a
la depresión.
HAGO UN TESTAMENTO ANTES DE
VIAJAR: Durante muchos
meses, ya estás mentalmente allí” señala el astronauta español Pedro Duque.
“Sabes que amba nadie te va a ayudar, así que te preparas con todo. Luego llega
el día del despegue, y la sensación de mareo es terrible y te das cuenta de que
eso no lo has podido controlar. Te han puesto una inyección para el mareo y eso
te quita reflejos. A eso le sumas la tensión porque son los momentos de más
peligro”. Después de su experiencia en el espacio -en 1998 durante 9 días en el
vuelo STS-95 del transbordador espacial y en 2003 durante 10 días en la misión
Cervantes de la ESA-, Pedro Duque tiene las sensaciones muy vivas. El hoy
director de Operaciones del Centro Español de Apoyo a Usuarios y Centro de
Operaciones no olvida ni uno sólo de los momentos vividos antes y después de
cada misión.
“Yo
hice un pequeño testamento en ambas ocasiones. Hay que ser precavido. En cuanto
a los seguros de vida, la verdad es que es la agencia quien lo organiza. Uno
tiene la cabeza en otras cosas”. Quizá la gran demanda hace que las condiciones
no sean las mejores. “A mí no me pagaron plus de peligrosidad, pero después del
segundo viaje me dieron un mes extra de vacaciones”. Unas vacaciones que lo
ayudaron a superarla vuelta a la gravedad: ‘Tardas mucho tiempo en
recuperarte”.
El éxito a veces puede más que los momentos desagradables. “Cuando ves que sacas
adelante algo que durante meses has estado preparando, no quieres volver a
tierra. Mientras tanto, te vas comunicando con tu familia por e-mail y lo llevas
adelante mucho mejor, a pesar de que no te sueltas en los mensajes por si
alguien los lee”.
•Siempre existe el riesgo de
sufrir una depresión
El
veterano astronauta retirado John Blaha, uno de los primeros en convivir en la
Mir con dos cosmonautas, admitió cómo sucumbió a ella. Para empezar, poco antes
de comenzar la misión cambiaron la tripulación rusa con la que había estado
entrenando. Blaha llegó a la Mir sin conocer a sus compañeros. La estación, una
maravilla tecnológica, no obstante estaba plagada de problemas: las ventanas
estaban llenas de hongos, la ducha no funcionaba y no había espacio para nada.
Pero lo peor fue cómo perdió su confianza en los controladores de Houston, un
problema que ha estado presente históricamente en casi todas las agencias
espaciales. Los controladores le asignaban tareas constantemente y muy pronto
Blaha se encontró durmiendo menos de tres horas por día.
• En el espacio también se
producen huelgas
Por
este y otros motivos, en el espacio también hubo huelgas. La primera tuvo lugar
en la antigua estación Skylab, donde los tres astronautas se negaron a trabajar
durante 24 horas, según ellos por el control al que fueron sometidos.
Ante
este cúmulo de tensiones, riesgos y dificultades sería lógico pensar que los
astronautas reciben un plus económico por peligrosidad. Nada más lejos de la
realidad. Su salario es el mismo en la Tierra que en el espacio. El astronauta
español Pedro Duque aún recuerda los 25 dólares de dietas que le dieron por el
viaje de Houston a Florida desde donde despegaría en su primer vuelo espacial.
“Todos nos quedamos con el tiquet de recuerdo por lo anecdótico del asunto. Eso
da una idea de todo lo demás”.
En la
NASA el salario oscila entre los 60.000 y los 85.000 dólares anuales, según la
antigüedad. Comparado, por ejemplo, con el salario de un ejecutivo en la
industria privada en EE.UU. es muy poco. De hecho, el sueldo del antiguo
director de la agencia espacial, Sean O’Keefe, era de 158.000 dólares anuales.
En su nuevo cargo como rector de la Universidad de Louisiana, O’Keefe gana más
del triple.
Al
comienzo de la era espacial, los astronautas sí recibían casas y automóviles.
Eran parte de una elite de héroes y se los quería honrar. Ahora no. Ser
seleccionado para una misión es considerado como un premio en sí mismo por tener
las cualidades que se busca para ese vuelo específico. El dinero pierde
importancia cuando a uno lo seleccionan para una misión. Entonces hay que pensar
en los preparativos. ‘Susan Helms, la primera mujer en vivir en la Estación
Espacial Internacional, en 2001, decidió cortar con todo. “Me dije: Susan vas a
estar fuera del planeta durante meses. Tienes que tomar medidas radicales’.
Cancelé mis tarjetas de crédito, cerré mi departamento, dejé mis cosas en un
depósito e hice remitir el correo a casa de mi madre. No quería tener problemas
con el alquiler, las goteras o la cuenta de la luz”.
• Los astronautas cancelan
sus celulares antes de partir
Hacer
un pequeño testamento es una opción a la que todos los astronautas recurren
antes de viajar al espacio. Hay un 98 por ciento de posibilidades de
supervivencia, pero el 2 por ciento restante es muy real. Muchos anulan su
correo electrónico para no tener que contestar cientos de mensajes a su regreso
y otros cancelan sus teléfonos celulares.
Otra
cosa con la que los astronautas no tienen que lidiar es con los seguros de vida.
Primero, porque no existen beneficios especiales para los familiares de
astronautas que mueren durante una misión espacial. De hecho, el seguro de vida
a través de la Asociación de Beneficios a Empleados de la NASA contiene una
cláusula específica de “no pago” si la “muerte resulta o es causada al volar
como tripulante o pasajero en un transbordador espacial”.
Estos
son términos que todo astronauta acepta desde el comienzo. Por otro lado,
ninguna compañía aseguradora haría un contrato con un astronauta por un precio
razonable. Según Sean O’Keefe, ellos reciben los mismos beneficios por muerte
que cualquier otro estadounidense que arriesga su vida en zonas de guerra o en
el desempeño de otros servicios al Gobierno, esto es, aproximadamente unos
200.000 dólares.
No
obstante, cuando llega la oportunidad de una misión, es el momento de máxima
alegría. Para ellos viene a ser como ganar la lotería, especialmente si se trata
del primer vuelo de un astronauta. Y es que resulta toda una satisfacción
después de años de duro entrenamiento y con frecuencia viendo pasar por delante
a varios de sus compañeros. En ese momento, los científicos se olvidan de los
problemas y se someten a cuantas pruebas sean necesarias. Haber pasado esa
especie de casting ya es suerte suficiente. Se trata, desde luego, de un sueño
hecho realidad, ese que tantos niños imaginan en algún momento de su infancia:
llegar a ser algún día un astronauta.
Lola Delgado / Ángela
Posada-Swafford
Fuente Consultada: Revista Muy Interesante
Abril 2006
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