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La
salida de Europa provocó un gran impacto en la mentalidad de una población que,
durante el extenso período feudal, había vivido relativamente aislada e
ignorante de lo que ocurría en otras tierras.
En
apenas cincuenta años (muy pocos, comparados con los siglos que abarcó el
feudalismo) los europeos tuvieron que asimilar la realidad de un mundo distinto:
la antigua sospecha de la redondez de la Tierra, por siglos olvidada, volvía a
tener vigencia, y se descubrían nuevos pueblos que no conocían la palabra de
Cristo.
Los
descubrimientos pusieron a los europeos en contacto con pueblos cuyas creencias
eran muy diferentes. Sorprendidos al ver que la cristiandad quedaba reducida a
Europa, algunos se preguntaron si esos pueblos tenían alguna espiritualidad, si
tenían alma, y por lo tanto si también pertenecían al género humano.
La
realidad de una Europa rodeada de hombres que vivían alejados del verdadero dios
hizo que el rey de Portugal —Enrique el Navegante— y los Reyes Católicos de
España, consideraran la expansión territorial como un medio para llevar el
mensaje cristiano a todo el mundo. De esta manera, el impulso misionero le dio
una justificación ideológica a la conquista de otras tierras y de otros hombres.

Éste es el tipo de mapa con que
los europeos representaban el mundo, antes de los grandes descubrimientos de los
siglos XV y XVI. Su observación nos permite comprender la noción que los hombres
tenían de las distintas regiones del planeta, de acuerdo con el conocimiento de
que disponían, proporcionada por los viajes marítimos y terrestres.
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