|
Como
consecuencia de la implantación del llamado Estado de bienestar, a partir de
fines de la Segunda Guerra Mundial, importantes sectores sociales de los países
industrializados aumentaron, considerablemente, el poder adquisitivo. Para
mantener esa situación de mejoramiento salarial y de cobertura social, era
necesario acrecentar la producción y, en forma paralela, el consumo para que se
pudiera absorber todo lo fabricado. Así aumentarían las ganancias de los
industriales que, a su vez, dispondrían de más capitales para seguir mejorando
la capacidad adquisitiva de las clases medias y bajas, formando un círculo en el
cual todos los elementos debían conservar el equilibrio.
Todo esto se
hizo posible gracias a los adelantos tecnológicos. El mejoramiento salarial se
dio a partir de las negociaciones entre los sindicatos y las organizaciones
patronales, y asegurando las mayores ganancias a los empresarios. Para sostener
este nivel de vida, era necesario aumentar el consumo, aun de productos
superfluos que comenzaron a ser publicitados como imprescindibles.
A fin de
lograr ese objetivo, fue creado en los Estados Unidos un nuevo estilo de vida,
que comenzó a difundirse como el american way of life (estilo de vida
americano). Para ello, se utilizaron dos elementos: la publicidad y la
disminución de la calidad de los productos, con el fin de que tuvieran menor
vida útil y por lo tanto, fuera necesario reponerlos más rápidamente.
Esta nueva
forma de vida se basaba en el consumo de todo tipo de artículos, como uno de los
principales caminos para la realización individual de los seres humanos. Se
dejaban en segundo plano muchos de los valores culturales sostenidos hasta
entonces, como el crecimiento intelectual y espiritual.
Las
características de ese “estilo’ fueron —además del consumismo— la exageración,
la ostentación de la riqueza y la grandiosidad, reflejadas en todos los órdenes.
La industria automotriz norteamericana, por ejemplo, se diferenció de las demás
por el enorme tamaño de sus vehículos y por su mayor potencia. Los automóviles
Impala, inmensos en tamaño, se convirtieron en el símbolo de la riqueza de los
años 60. Se creó, de este modo, una notoria influencia y hasta dependencia
cultural, pues el resto de los países estuvieron influidos por la moda y las
preferencias norteamericanas, más allá de sus propias tradiciones o idiomas.
LA SOCIEDAD DE CONSUMO:
En las sociedades de los países desarrollados —y en cualquier lugar del mundo
donde se deje sentir la influencia del modelo dominante del capitalismo
industrial— el trabajo se ha convertido en una forma de obtener dinero y
éste en un medio para conseguir bienes. Esta cadena que llamamos «sociedad de
consumo» es producto del gran crecimiento económico de los años siguientes a la
posguerra mundial. La venta de productos de consumo crece de forma imparable
gracias a la publicidad, dirigida a una población cada vez más amplia, que se
encuentra en condiciones de adquirirlos. Las nuevas técnicas publicitarias
presentan los productos no sólo de forma atractiva, sino haciéndolos
indispensables, con el objeto de aumentar el consumo.
En muchas sociedades vivir es
consumir y una nueva escala de valores, en la que se prima el éxito económico,
la abundancia de bienes y la búsqueda del máximo bienestar, ha sustituido a
otros principios. Todo se compra y se vende: la cultura, el deporte, las
noticias, los sueños. Ello provoca profundas insatisfacciones entre quienes no
consiguen esos objetivos: los marginados del sistema, los parados, los jóvenes
que no acceden al trabajo, los jubilados que pierden su actividad y parte de su
nivel económico
Después de la
Segunda Guerra, el avance tecnológico (en electrónica, física y química), la
mayor disponibilidad de mano de obra —producto de la paz y del aumento
demográfico— ocasionaron un gran incremento de la producción industrial. Para
mantener y aumentar el nivel de ganancias de los empresarios, fue necesario
elevar el consumo, para lo cual se incorporó a los sectores medios y bajos en el
mercado consumidor de productos antes reservados a las clases privilegiadas,
tales como, electrodomésticos, automóviles, etc.
Además de
aumentar el consumo, las mejoras en el nivel de vida de los obreros hacían
disminuir los reclamos y los alejaban de los posibles conflictos sociales. A
este modelo basado en el consumo masivo se lo denominó sociedad de consumo. Dos
elementos fundamentales ayudaron a instalar el consumismo: la publicidad y las
ventas a crédito.
Se estimulaba a
través del cine, la radio, la televisión, de los diarios y de las revistas, el
deseo por acceder a un mundo ideal y fantástico, al cual sólo se ingresaba
comprando determinadas “marcas” de productos. Para triunfar en la vida, había
que manejar tal automóvil, beber determinada gaseosa o vestir la ropa de los
famosos. Incluso, las manifestaciones artísticas, como la música, el cine, el
teatro o la literatura, eran impuestas por la propaganda de las empresas
discográficas, las distribuidoras cinematográficas y por las empresas teatrales
o editoriales. Había nacido la cultura de masas, en la que era
más importante
la difusión que la creación artística en sí misma. Tenía más valor lo más
conocido que lo más creativo o mejor producido. Prevalecía lo comercial sobre lo
artístico.
EL PENSAMIENTO ALTERNATIVO Y
LA RESISTENCIA CULTURAL: A partir de los
años 50, la modernización socioeconómica comenzó a expresarse claramente en el
arte, la literatura y en otras manifestaciones culturales. A su vez, la
expansión de los denominados medios masivos de comunicación, implicó una nueva
y compleja relación entre las diferentes culturas. Sobre todo, porque el poder
político y económico de los países centrales también iba a mostrarse en una
capacidad, hasta ese momento impensable, de difundir sus valores culturales a
otros pueblos.
A su vez, en el interior de cada sociedad, también existían
determinados valores predominantes, es decir, un cuerpo de ideas coherentes que
explicaban una particular visión del mundo e impregnaban la vida social y
cultural de una comunidad. Y en toda sociedad, paralelamente a esa cultura
dominante, surgieron grupos que se planteaban otros valores, otras ideas sobre
lo que estaba bien o estaba mal, y que cuestionaron los valores los modos de
relación y el sistema político de una época.
Esos grupos
comenzaron a surgir en los años de posguerra, al calor de la urbanización y del
crecimiento de la matrícula estudiantil en todos los niveles. Fueron movimientos
que cuestionaron la forma en que estaba ordenada la sociedad y que se
pronunciaron c por alternativas de vida distintas de las formas en que habían
sido educados por sus mayores. Estas voces fueron, a veces, subculturas que
expresaron a subgrupos de la sociedad, como pueden ser los jóvenes que
utilizaban una manera particular de vestirse, hablar, etc., o auténticas
contraculturas, es decir en corrientes de opinión que planteaban valores
contrarios a los predominantes en la sociedad de la que eran parte.
La
complejidad de este proceso de intercambio cultural estuvo dada, también, porque
los modernos medios de difusión fueron parte de la Guerra Fría. Estos medios,
controlados por los países centrales, comenzaron a irradiar a todas partes del
mundo sus valores y hábitos culturales, como los que se correspondían con el
mundo occidental y cristiano frente al ateísmo socialista. Otro importante
elemento de propaganda fueron los comics, donde héroes dotados de poderes
sobrehumanos —como Súperman o el Capitán América— lograron proteger al mundo
occidental de la constante amenaza de sus enemigos.
Frente a esta
influencia cultural, marcada y guiada por la sociedad de consumo, nacieron en la
postguerra pensamientos alternativos a los dominantes, es decir verdaderos
movimientos contraculturales: todos dieron muestras de inconformismo, rebeldía y
resistencia a la imposición cultural a Li que se sentían sometidos.
La denominada
cultura beat se originó en los Estados Unidos y fue la expresión de una
generación que no creía en los mitos de los adelantos científicos que habían
producido la mecanización, ni en la adoración del dinero como medio de
satisfacción. Allen Ginsberg y Jack Kerouac fueron —a través de poesías y
cuentos que transitaban en revistas subterráneas (underground) sin circulación
comercial— típicos representantes de una búsqueda por separarse de una sociedad
que consideraban arbitraria y falsa. En ella los hombres —afirmaban— habían
perdido la capacidad de comunicarse y vivir, producto de los bombardeos
publicitarios que alentaban únicamente la superficialidad del confort: el auto,
la casa, el televisor, etcétera. Para manifestar su disconformidad, alentaron la
resistencia al consumo.
En Europa, junto al desarrollo del Estado de bienestar
que daba lugar a la “sociedad del ocio”, la resistencia cultural se expresó
también en el terreno filosófico: autores como
Herbert Marcuse o Jean Paul Sartre adquirieron notoriedad en los 50, aunque sus
libros y figuras fueron célebres en los 60. La búsqueda de lo auténticamente
latinoamericano fue parte de ese pensamiento alternativo, y la crítica apuntó a
padecimientos de sus habitantes por parte de dictaduras o regímenes que
permitían y alentaban el despojo económico, acompañado de la destrucción de la
identidad cultural propia. Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier
y José María Arguedas fueron —entre otros— parte de esa generación que, en sus
novelas, expresaron la resistencia y alternativa cultural en Latinoamérica.
Historia El Mundo
Contemporáneo Polimodal A-Z de Felipe Pigna y Otros
|